Sábado, 02 Octubre 2021 11:28

¿Jesús contra Moisés? Comentario del Domingo XXVII del T.O.

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Una de las actitudes de Jesús que le enfrentaron con los fariseos fue su relación con la ley mosaica. Para los judíos, Moisés era el supremo legislador porque había recibido directamente de Dios los preceptos de la ley. Con el tiempo, dichos preceptos habían dado lugar a diferentes interpretaciones y adaptaciones de manera que los fariseos discutían por llegar a su recta comprensión. Jesús, tenido por maestro, entraba en estas discusiones y los fariseos buscaban ocasión para sorprenderle y poder acusarle de detractor de la ley mosaica. Una de esas ocasiones es la que presenta el evangelio de hoy sobre el matrimonio. Los fariseos, con ánimo de tenderle una trampa, le preguntan si es lícito el divorcio. Y Jesús les replica con otra pregunta: ¿Qué ha mandado Moisés? Los fariseos le responden que Moisés permitió el divorcio dando a la mujer un acta de repudio. La trampa estaba tendida. Jesús no podía desautorizar a Moisés, aunque tampoco quería perder la ocasión de enseñar.

            La respuesta de Jesús revela no solo su sabiduría, sino la habilidad para sortear la trampa tendida. Dice así Marcos: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,5-9). Al remontarse al momento de la creación, citando el texto del Génesis, Jesús apela al plan del Dios sobre Adán y Eva. El hombre y la mujer, considerados en su mismo origen, están hechos para llegar a ser una sola carne. Con esta expresión, el autor sagrado define la realidad natural del matrimonio tal como Dios ha pensado desde el principio. Sin decirlo expresamente, Jesús distingue entre el plan original de Dios y la adaptación que Moisés había hecho en lo referente al divorcio. Hablando en términos jurídicos, Jesús establece una distinción entre el derecho divino y la ley positiva de Moisés. Por otra parte, al apostillar que Moisés concedió el libelo de repudio debido «a la dureza de corazón» del pueblo judío, señalaba que la razón última de tal concesión era la incapacidad de entender el plan original de Dios.

            La enseñanza de Jesús sobre el matrimonio se sitúa, por tanto, en el orden mismo de la creación o de lo que ha dado en llamarse ley natural o derecho natural, conceptos que la cultura actual ha puesto en entredicho. Las palabras últimas de Cristo no dejan lugar a dudas: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Es evidente que estas palabras son exigentes. Revelan por una parte la extraordinaria grandeza del amor humano que, en el matrimonio, convierte en una sola carne la realidad de dos personas. Salvaguardar esa comunión de vida, que entre cristianos se convierte en sacramento, es una exigencia del amor conyugal. El hombre y la mujer, que desean vivir la alianza íntima que Dios estableció al crearlos y ordenarlos uno al otro, saben que tienen que luchar cada día contra el peor enemigo de las relaciones humanas: el egoísmo. Lo que Jesús llama «dureza de corazón» es la cerrazón interior que incapacita al hombre a acoger la voluntad de Dios y vivir orientado a su cumplimiento. Cerrarse a la voluntad de Dios lleva consigo cerrarse también al otro, al más prójimo y cercano, que, en el matrimonio, es el propio cónyuge. Por eso Moisés se vio forzado a «suavizar» la ley de Dios mediante la concesión del divorcio. Pero Jesús, revelador supremo del Padre, recuerda que en el origen no fue así. Jesús corrige la ley mosaica, pero lo hace apelando al mismo Dios que se reveló a Moisés.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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