Viernes, 10 Septiembre 2021 15:23

Una cuestión de principios. Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

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Al comenzar un nuevo curso conviene recordar que el cristianismo se fundamenta en la relación personal con Cristo, el Señor. Como en toda relación seria y comprometida, sólo puede basarse en el conocimiento del otro si es que se aspira a vivir en la mutua confianza. Se comprende, pues, que Jesús pregunte a sus discípulos lo que la gente y ellos piensan de él. Desde el principio quiere evitar cualquier malentendido. Y, cuando Pedro declara que Jesús es el Mesías sin más, este prohíbe a sus discípulos decírselo a  nadie.

¿Por qué Jesús impone lo que ha dado en llamarse el “secreto mesiánico”, que tanta discusión ha provocado entre los exegetas y teólogos. Aunque no es una cuestión resuelta de modo definitivo, hay cierto consenso en explicarlo así: Jesús no quiere que le consideren como un mesías político, que es lo que se esperaba en su tiempo. Un mesías que librase al pueblo judío del poder de Roma. En el evangelio de Marcos, que leemos en este domingo, Pedro no confiesa, como en el de Mateo, que Jesús sea, además de mesías, el Hijo del Dios vivo, lo que arranca de Jesús un gran elogio por haber recibido tal revelación del Padre celestial. Marcos dice solamente que es el mesías. Jesús impone silencio para evitar falsas expectativas acerca de su misión. Y, para disipar toda duda sobre este aspecto, comienza a explicar a sus discípulos «con toda claridad» —según dice Marcos— que el camino que le espera es el del sufrimiento, la muerte y la resurrección final. Aunque Jesús hable de resurrección, parece que lo que impactó a Pedro fue lo de sufrir y morir. Porque, a continuación, Pedro, llevándose a Jesús aparte, comenzó a increparlo para que abandonara su camino. Jesús, entonces, en presencia de todos sus discípulos increpó a Pedro con estas palabras: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,33-35).

Jesús no deja ninguna duda sobre lo que significa seguirle como discípulo. Pedro ha querido ponerse delante de Jesús, y Jesús lo pone en su sitio: ¡detrás de él! Pero no es una cuestión personal con Pedro, a quien incluso llama «Satanás», porque ve en él la tentación diabólica; se trata de la concepción misma del discipulado. Seguir a Jesús conlleva aceptar su mismo destino y, para ello, siempre hay que ir detrás de él. Es frecuente entre los cristianos, como hizo Pedro, querer marcar el camino a Jesús dulcificando las exigencias de su seguimiento. Lo que Jesús llama «salvar la propia vida» significa en realidad posponer el evangelio a los intereses personales. Jesús establece un principio sin el cual es imposible seguirle: negarse a uno mismo. Y esto vale para todo cristiano sin excepción, sea cual sea su estado de vida. Si esto no está claro, el cristianismo será una estrategia de componendas, que permita a cada uno hacerse su traje a la medida. Y ser cristiano no es cuestión de vestidura externa, según la moda de cada tiempo. Es cuestión, como dice san Pablo, de revestirse de Cristo, es decir, de apropiarse de su estilo de vida y de sus actitudes internas, las que siempre irán a contracorriente de lo que el mundo —entendido como opuesto al evangelio— propone. En realidad, el evangelio de hoy nos somete a un examen de conciencia sobre nuestra adhesión a Cristo, porque la pregunta sobre quién es él no solo la dirigió a Pedro y a sus compañeros; es una pregunta que todo cristiano debe responder con sinceridad a la largo de la vida.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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