Sábado, 28 Agosto 2021 07:13

«El verdadero culto». Domingo XXII del Tiempo Ordinario

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La tradición religiosa de Israel está basada en el cumplimiento de los preceptos de la ley mosaica. La importancia de esta ley, expresada en los diez mandamientos o palabras de Dios radica en que, gracias a ella, el pueblo de Israel alcanzó la tierra prometida, como dice el libro del Deuteronomio. A pesar de que en dicho libro se dice que «no añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada» (Dt 4,2), a lo largo de la historia los rabinos han añadido preceptos nuevos para explicar o aclarar dudas sobre la correcta comprensión de la ley. Estos preceptos se agrupaban por materias, una de las cuales versa sobre los alimentos y sobre el modo de comerlos.

            En el evangelio de hoy, los vigilantes de la ortodoxia judía se acercan a Jesús para reprocharle que sus discípulos comían con manos «impuras», es decir, sin lavarse bien las manos como prescribían ciertos preceptos. Se explica que el evangelista se vea obligado a precisar lo siguiente: «Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas» (Mc 7,3-4). Es evidente que este concepto de pureza o impureza depende de un concepto externo y ritual del comportamiento humano. Por eso Jesús les responde con un texto de Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan están vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». En esta respuesta, Jesús deja claro, apelando al profeta, que hay un culto vacío sustentado en preceptos humanos que nada tiene que ver con el culto del corazón que busca agradar a Dios. Por si no estuviera claro, añade aún: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Jesús distingue, pues, entre mandamiento de Dios y la tradición de los hombres.

            Cuando los discípulos regresan a casa con Jesús y le preguntan sobre el sentido de sus palabras, Jesús explicita aún más en qué consiste la pureza del hombre y dónde está su origen. En primer lugar, Jesús declara que todos los alimentos son puros y ninguno de ellos puede convertir en impuro el corazón del hombre, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y termina en la letrina. ¿Qué hace entonces impuro al hombre? «Lo que sale de dentro del hombre —dice Jesús— eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7,20-23).

            Con esta explicación, Jesús recoge la enseñanza profética del culto que agrada a Dios centrado en la pureza o integridad del corazón. Por usar una imagen familiar a la mentalidad judía, recogida por san Pablo en la carta a los Romanos, la verdadera circuncisión no es la del prepucio, sino la del corazón, como dice Dt 10,16. En el famoso salmo 50, el salmista pide a Dios un corazón puro, que significa la renovación interior, la conversión. Este es el culto que agrada a Dios porque lleva consigo la pureza interior, esa pureza que no se alcanza mediante purificaciones con agua, sino con la obediencia a la voluntad de Dios. Esto es lo que propone Jesús en la bienaventuranza sobre los limpios de corazón que verán a Dios. Si la visión de Dios es lo más grande a lo que el hombre puede aspirar, la pureza de corazón es precisamente el medio para alcanzar esa meta. Y, naturalmente, esto no se consigue con meras prácticas rituales.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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