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Lunes, 19 Julio 2021 09:18

«El dolor de la Ignorancia». Domingo XVI del Tiempo Ordinario

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Cada vez me sorprende más la ignorancia religiosa que asola a las nuevas generaciones. Cuando voy a confirmar o visito alguna parroquia he dejado de preguntar a los jóvenes —como solía hacer antes— porque me temo lo peor: que no sepan o que respondan con un disparate. En realidad, la formación humanista en sentido amplio del término ha sufrido un deterioro lamentable. Lo hacía notar Doris Lessing, premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras. En su discurso al recibir este premio hizo notar que la formación humanista estaba desapareciendo y se refería concretamente al estudio de las lenguas clásicas —latín y griego— y de la Biblia.

            La ignorancia religiosa y humanista implica otras ignorancias que hacen del hombre un ser desamparado. Acabar con la fe y la metafísica es aniquilar cualquier anhelo de trascendencia. Incluso grandes intelectuales sin fe han confesado el drama de esta carencia. No es extraño, por tanto, que Jesús, según el evangelio de hoy, se compadecía de la gente porque andaba como ovejas sin pastor y les enseñaba muchas cosas. No creo que Jesús perdiera el tiempo en asuntos triviales. Su doctrina encandilaba y suscitaba adhesiones incondicionales entre los diversos estratos sociales. Se habla de los pobres y sencillos que seguían a Jesús, pero se olvida que tenía alta reputación y discípulos entre las clases altas y cultas de la sociedad. Entraba en debates con los doctores judíos y su sabiduría dejaba sin respuesta a quienes buscaban sorprenderle en un renuncio, una herejía o, más aún, en una blasfemia.

            Hoy hay gente que lleva a gala no ser creyente ni entender de religión. Están en su derecho. Se afilian, sin embargo, a «creencias» de todo tipo y dogmatizan sobre Dios —¡si no existe!— y sobre el hombre como si fueran nuevos profetas, maestros de sabiduría y artesanos de una nueva sociedad que pretenden imponer para liberar a los hombres de los prejuicios religiosos que les alienan y subyugan. Siempre ha habido y habrá detractores de lo divino para deificar lo banal, lo efímero y aberrante. Es clásica la postura de quien niega a Dios para afirmar la nada; de quien niega al hombre para venerarse a sí mismo. El intento de arrebatar a Dios su gloria para revestirse de ella es tan viejo como la humanidad.

            La compasión de Jesús enseñando muchas cosas domina el evangelio. Lo abras al azar o intencionadamente encuentras limpia y fluyente el agua viva de su verdad. Sus palabras y gestos, sus silencios y emociones delatan la compasión por el hombre. De ahí que se llame pastor, título que Dios se da a sí mismo, cuando contempla a su pueblo descarriado, o conducido por pastores que dispersan, confunden o aniquilan su rebaño. En el salmo 22, que empieza con las palabras «el Señor es mi pastor», el salmista desborda de alegría porque no le falta nada y, aunque pase por cañadas oscuras, nada teme porque la vara y el cayado del pastor le sosiegan. Le acompaña siempre, le prepara una mesa frente a sus enemigos y le unge con perfume la cabeza. Vive con la certeza de su bondad y misericordia todos los días de su vida y sabe que habitará en la casa del Señor por años sin término.

            Estoy convencido de que la gente que se apiñaba en torno a Jesús y no le permitía incluso descansar cuando se retiraba con los suyos a un lugar tranquilo para descansar, reconocía en él lo que dice este hermoso salmo. Y aprendían cosas, recibían sabiduría, comprendían el sentido de su vida y, sobre todo, se sentían amados por alguien que terminaría dando la vida por ellos en la cruz donde se consumaba la verdad que había enseñado a lo largo de su vida. Por ello duele tanto la ignorancia religiosa que anida en el corazón de las nuevas generaciones.

           

+ César A. Franco Martínez

Obispo de Segovia

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