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Jueves, 15 Julio 2021 17:55

«La autoridad sobre el Mal» Domingo XV del Tiempo ordinario

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En el escueto resumen del envío de los apóstoles por parte de Jesús, que narra el evangelio de hoy, se presenta como elemento constitutivo de su misión la «autoridad sobre los espíritus inmundos», expresada en el hecho de «echar muchos demonios» (Mc 6,7.13). La importancia de este dato solo puede entenderse si tenemos en cuenta que la misión de Cristo es acabar con el imperio del mal, personificado en el diablo, a quien llama «el príncipe de este mundo» (Jn 14,30), «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), porque «no hay verdad en él».

La autoridad de Jesús sobre el diablo revela que es una criatura inferior, sometida al poder de Dios. Según la tradición bíblica, el diablo fue un ángel creado por Dios en belleza y santidad, que, puesto a prueba en su libertad, no se mantuvo en la adoración y cayó en la soberbia que le apartó para siempre de Dios. De ahí que busque perder al hombre llevándole por el mismo camino que le condenó a él. Las caricaturas que se han hecho del diablo, pintorescas y ridículas en su mayor parte, se alejan de la seriedad con que la Escritura y, sobre todo, Jesús hablan de él. No es extraño que, por influjo de esas visiones distorsionadas, mucha gente incluso en la Iglesia ha dejado de tomarlo en serio. Jesús se dejó tentar por él en el desierto y, desde el inicio de su ministerio, se enfrenta a él con su autoridad y le arrebata sus rehenes, como dice magistralmente el pasaje de Lc 11,21-26, mostrando así su poder sobre él. Esta es la autoridad que Cristo concede a sus doce apóstoles cuando les envía a la misión.

Dejando a un lado el tema de la posesión diabólica, que tanta curiosidad insana suscita en la gente, la malicia del diablo reside en la envidia y la mentira. Envidia de los hombres a quienes ha redimido Cristo: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo», dice el libro de la Sabiduría (2,24). Fue la envidia, provocada por la situación de amistad de Adán y Eva con Dios, la que le movió a engañarlos para perderlos con arte lúcido e inteligente. El diablo siempre miente; en él «no hay verdad», afirma Jesús. Desde el Génesis —en la tentación de Adán y Eva— hasta cuando se enfrenta a Cristo, miente. De ahí que la mentira sea su arma fundamental en la lucha contra el hombre. Se explica, pues, que Cristo prevenga a sus discípulos contra la mentira en el sermón de la montaña: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5,37).

Educar en la verdad es fundamental para librarse de las insidias del diablo, y hay que reconocer que nuestro tiempo no es amigo de la verdad. Se niega que exista una verdad absoluta y universal; la «deconstrucción» del lenguaje ha llevado al ultraje de la palabra, la palabra dada y la palabra como vehículo de conocimiento de la realidad; la mentira se considera válida para alcanzar determinados fines; y nada hay más dañino que la mentira para arruinar la relación personal y social. En realidad, como dice D. von Hildebrand en su Ética, «la mentira implica una falta de respeto ante la dignidad y la majestad del ser. El mentiroso considera la realidad como algo que está a la disposición de su arbitraria soberanía. Niega la existencia de un hecho tan pronto como no le convenga a sus propósitos por una u otra razón, o le sea desagradable, peligroso o perjudicial […] la inmoralidad intrínseca a toda mentira consiste, en parte, en el desprecio del valor del ser en cuanto tal y en no plegarnos a la realidad en nuestra afirmación».

Decía santa Teresa de Jesús que «la verdad padece, pero no perece». Para librarse del influjo del Maligno, basta permanecer en la Verdad y no temer sus asechanzas. Así lo venció Cristo.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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