Lunes, 15 Junio 2015 10:05

Un bocado de pan

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Jesús anunció en Cafarnaúm que daría a comer su carne y a beber su sangre. Sus palabras provocaron un enorme desconcierto, escandalizaron y «desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6,66). A esta primera desbandada de discípulos se la ha llamado la crisis de Cafarnaúm. El realismo de las palabras de Jesús resultó inaceptable a la razón porque, sin duda, las entendieron de forma burdamente materialista. Les faltó creer en Jesús, a pesar de haber visto la multiplicación de los panes y los peces, y no comprendieron lo que decía.

También entre los Doce surgió el rechazo. De otro modo, Jesús no hubiera preguntado: «¿también vosotros queréis marcharos?». Es Pedro, de nuevo, quien profesa la fe: «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Cuando Jesús, en la última cena, pronuncie las palabras de vida eterna —«esto es mi cuerpo, esta es mi sangre»— entendieron que Jesús era capaz de ofrecer a los hombres el pan y el vino que, en sus manos, pasaban a ser su cuerpo y su sangre. Y por primera vez entraron en la mayor comunión que puede darse entre Cristo y los suyos. Entonces comprendieron que él era el Pan vivo bajado del cielo, prefigurado en el maná que Dios dio a los israelitas en el desierto.

Que Dios pueda estar en un bocado de pan es una enorme provocación a la razón. Es la paradoja de que lo infinito pueda ser al mismo tiempo finito. Lo inefable, minúsculo; lo eterno, temporal. Dios hecho niño en Belén y crucificado en el Calvario. Y, en el colmo de la paradoja, hecho bocado de pan. He aquí el núcleo de la paradoja cristiana. Pero, miradas bien las cosas, esto es lo que hace más creíble al cristianismo. Como bien decía Romano Guardini sobre el ser de Cristo, sólo caben dos hipótesis: que sea una locura, o que sea verdad. Herodes tomó por loco a Cristo y lo vistió con una túnica blanca. Cristo guardó silencio ante el ultraje. Pero la mañana de la Resurrección despejó cualquier duda sobre la verdad que encerraba su persona, sus hechos y su enseñanza. San Pablo dirá que la locura de la cruz ha desbaratado la sabiduría del mundo y que la necedad de la predicación evangélica ha desbancado los artificios de la razón autosuficiente. Dios ha triunfado negándose a sí mismo y anonadándose en una carrera hacia abajo, hacia la pobreza radical, hacia el desprecio y la burla, hacia la pequeñez de un bocado de pan. Esto es lo más divino de Dios en su acción por el hombre.

Y ahí está la paradoja: ese trozo de pan consagrado en las manos de Cristo y del más humilde sacerdote que celebra la eucaristía en el último rincón del planeta ejerce una atracción irresistible en los hambrientos y sedientos de la vida eterna. Ante el sagrario y la custodia que porta al Sacramento solemnemente por las calles de nuestras ciudades se postran los sencillos de corazón, los cansados y agobiados por la vida, los sembradores de paz y justicia, los humillados por los poderes de este mundo, los misericordiosos y justos de la tierra que han superado el escándalo de la razón soberbia y adoran al Dios que según la fórmula antiquísima de san Justino se encuentra en el «pan y vino eucaristizados». Dios sale al encuentro del hombre en la
Eucaristía, con sorpresa, como le ocurrió a André Frossard, que no le buscaba, el día de su conversión en una capilla donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento: «Una sola cosa me sorprendió —dice— la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso».

+ César Franco
Obispo de Segovia

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