Jueves, 24 Septiembre 2020 08:00

«Señora y Madre de la Fuencisla» Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

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Durante mis estudios teológicos en el seminario recuerdo que me llamó la atención un texto del teólogo protestante K. Barth que hablaba de María en relación con la Iglesia. Es sabido que nuestros hermanos de la Reforma no aceptan los dogmas marianos porque implican que el hombre puede colaborar con Dios en la obra de la salvación. Para ellos, la «sola fe» basta para salvarse. Pues bien, me sorprendió leer en K. Barth que el pensamiento católico sobre la Virgen explicaba perfectamente lo que el Concilio Vaticano II había querido hacer al presentar la Iglesia como la comunidad de creyentes que colabora con Dios en la salvación de los hombres. Así es. Si tenemos que simplificar los dogmas sobre María en una sola idea, podemos decir que es la obediencia de la fe mediante la cual se pone a plena disposición de Dios. Me gusta mucho pensar en María como la oyente de la Palabra de Dios que se ha hecho, por la obediencia, totalmente disponible para Dios. No encuentro mejor definición del cristianismo que ésta, dado que fue precisamente lo que hizo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María: hacerse obediente a la voluntad del Padre para cumplir su misión.

En las representaciones de la Anunciación abunda la que presenta a la Virgen con un libro abierto en sus manos. Ese libro es la Palabra de Dios. Cuando Gabriel saluda a María, según esta representación, la encuentra leyendo la Palabra de Dios, que es el camino seguro para conocer su voluntad. A nuestros hermanos evangélicos esta imagen les gustaría mucho, teniendo en cuenta que el centro de su fe está en la «sola Escritura». Leyendo la Palabra de Dios, María ha modelado su corazón según las palabras reveladas y cuando canta las alabanzas de Dios nos deja el hermoso himno del Magnífica que es una serie de citas bíblicas encadenadas unas a otras como si fuera un pequeño breviario de la Escritura. Esa es María, la que vive de la Palabra de Dios y alaba a Dios con palabras suyas.

La sobriedad con que los evangelios hablan de María no va en demérito de sus autores y, ni mucho menos, de María, Pocas palabras sirven más que largos discursos. Ya decía Miguel de Cervantes que «no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca». Los evangelistas nos han dejado lo esencial sobre María y el retrato que nos ofrecen de la Madre de Jesús es fascinante por su sencillez y agudeza. Para hacerlo se han servido siempre de la Palabra de Dios, quizás para enseñarnos que la Madre del Verbo solo puede ser descrita, cantada y alabada con Palabras de la Escritura. ¿Acaso es muy osado pensar que muchas de las cosas que Jesús dijo de adulto las aprendió de ella? Si al encarnarse en sus entrañas, ya oyó decir a su madre: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra», no debería sorprendernos que Jesús, el Maestro, hablara tanto de cumplir la voluntad de Dios y de guardar los mandamientos de su Padre. Cuando en las bodas de Caná, María dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga», está evocando —según los estudiosos— las palabras conclusivas de la renovación de la alianza que dijo el pueblo de Israel: «Haremos todo lo que ha dicho Yahvé». Si fuese así, María estaría señalando a Jesús como el que viene a establecer una alianza nueva y definitiva, cuyo símbolo es el vino mejor que ofrece a los comensales de la boda. ¿Se puede decir más bellamente quién es la Madre de Jesús? Retratada con palabras de la Escritura, se entiende que san Agustín, comentando el Magníficat, exhortara así al cristiano: «Canta y camina». Es un bonito lema para vivir la fe y caminar en estos tiempos duros de pandemia: Cantar con María y caminar con ella. Así festejaremos bien a Nuestra Señora de la Fuencisla.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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