Jueves, 03 Septiembre 2020 10:35

«La corrección fraterna» Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

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Muchos cristianos desean una Iglesia perfecta, pero tal Iglesia no existe. El dicho latino ecclesia semper reformanda indica que la Iglesia está siempre en vías de reforma. Pero no sólo la Iglesia llamada institución, a la que siempre miramos cuando hablamos de reforma, sino la Iglesia de a pie, la que formamos cada bautizado. El hecho de estar formada por hombres exige a cada uno que aspire a la perfección de manera que toda la comunidad se beneficie. Con razón decía Pablo que cada miembro debe contribuir a la perfección del cuerpo total.

Basta leer el Nuevo Testamento para darse cuenta de que nunca ha existido una Iglesia perfecta. En la primera comunidad de Jerusalén, en las comunidades fundadas por Pablo, y en el resto de las que conocemos nos encontramos con el pecado de sus miembros. Algunas de las cartas de Pablo han nacido precisamente para corregir errores, evitar divisiones, y edificar auténticas iglesias de Cristo.

Jesús, en el Evangelio de hoy, también sabe que su comunidad no es perfecta y formula lo que podríamos llamar la «regla de la corrección fraterna». Desde el principio, Jesús tuvo que corregir a sus discípulos cuando veía comportamientos pecaminosos: afán de ser los primeros, deseos de poder, críticas a los demás. Actitudes propias del hombre, que no deben escandalizar, pues son patrimonio común. En la regla que ofrece Jesús, señala tres pasos: el primero —cuando uno peca contra su hermano— es ir directamente a él buscando la reconciliación. La venganza está prohibida. Callarse no es bueno, porque la ofensa fermenta en el corazón y produce reacciones negativas. Murmurar no arregla nada y extiende el mal. Lo mejor es la apertura del corazón y la sinceridad en la corrección directa. Si este gesto es eficaz, dice Jesús que hemos salvado al hermano. Si no hace caso, el segundo paso es llamar a uno o dos hermanos que sean testigos de la corrección. Y si tampoco este camino resulta fructuoso, el tercer paso es decírselo a la comunidad, que tiene su autoridad. Y si a la comunidad no hiciera caso —dice Jesús— «considéralo como un pagano o publicano». Con esta expresión, Jesús quiere decir que dicho comportamiento es propio de quien no cree en Dios o quiere ser tenido por un pecador público, como eran los publicanos.

El fin de esta regla de la corrección es lograr la salvación de la persona. Se trata de practicar la caridad con quien lo necesita en el orden espiritual. «Corregir al que yerra» es una obra de misericordia. Normalmente, actuamos de forma distinta a la que dice Jesús: damos a conocer los pecados ajenos, buscamos resarcirnos de las ofensas recibidas, o no aceptamos la corrección por falta de humildad o por obstinación en el pecado. El Papa Francisco habla frecuentemente del daño que hace a la Iglesia la murmuración y las críticas sobre los defectos ajenos. Las murmuraciones, ha dicho, matan igual y más que las armas. Hablando de la primera comunidad cristiana se ha referido a la «cizaña de la murmuración, la cizaña de las habladurías». Y más expresamente: «Este cáncer diabólico que es la murmuración, que nace de la voluntad de destruir la reputación de una persona, agrede al cuerpo eclesial y lo daña gravemente».

Sabemos que corregir no es fácil. Hay que hacerlo no sólo con la verdad, sino con extremada caridad, de manera que en la corrección se haga patente el amor al hermano que ha pecado y experimente que la Iglesia lo busca para sacarlo del error y conducirlo de nuevo a la comunión perdida. Para hacer esto bien, hay una fórmula muy segura: preguntarnos a nosotros mismos cómo nos gustaría que nos corrigieran. Así cumpliremos el mandato de «amarás a tu prójimo como a ti mismo».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

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