Jueves, 13 Agosto 2020 16:02

«Mujer, que grande es tu fe» Domingo XX de Tiempo Ordinario

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Es sabido que Jesús circunscribió su ministerio público al pueblo de Israel. Era consciente de haber sido enviado, como mesías de Israel, para realizar la nueva alianza que los profetas habían anunciado. Aun teniendo en cuenta esto, sabemos por los evangelios que, en alguna ocasión, salió de las fronteras de Palestina y se adentró en tierra de paganos, bien en la región de Tiro y Sidón, bien en la Decápolis. Y también allí realizó milagros.

El Evangelio de este domingo narra el milagro realizado a una mujer cananea, de la región de Tiro y Sidón, cuya hija estaba enferma. Como la fama de Jesús se había extendido por los países vecinos, esta mujer se acercó a Jesús invocándole con un título propio del mesías: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). En tiempos de Jesús se consideraba que las enfermedades eran causadas por algún demonio; de ahí que la mujer se expresara así. Jesús no respondió a la mujer y los discípulos le pidieron que la atendiera pues caminaba gritando detrás de ellos. Es entonces cuando Jesús manifiesta la conciencia de su misión: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». El relato, de gran realismo, continúa así: «Ella se acercó y se postró ante él diciendo: Señor, ayúdame. Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija» (Mt 15,25-28).

En este diálogo sorprende la comparación que Jesús hace entre los hijos que comen el pan y los perrillos que reciben las migajas. Jesús se hace eco de la tensión que existía entre judíos y paganos que no podían comer juntos y, posiblemente, prueba a la mujer que solicita un milagro. Lo que puede parecer un desprecio se convierte, gracias a la fe de la mujer, en un aliciente para seguir suplicando con humildad. La respuesta de Jesús no se hace esperar: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Este elogio de la fe de una pagana es significativo, porque en diversas ocasiones Jesús pone en contraste la fe de personajes y ciudades judías con la fe de los paganos. Baste recordar las invectivas contra ciudades como Betsaida, Corozaín y Cafarnaúm porque no han acogido su enseñanza ni comprendido sus milagros, mientras gentes paganas se han abierto a su predicación y han reconocido la salvación que trae. Cuando Jesús cura al criado de un centurión romano que confía en que una sola palabra suya puede sanarlo, sin necesidad de que baje a su casa, Jesús afirma: «En verdad os digo que ni en Israel he encontrado en nadie tanta fe» (Mt 8,10).

La enseñanza de este Evangelio tiene siempre vigencia. Con frecuencia, quienes nos profesamos cristianos podemos pensar que los que no pertenecen a la Iglesia no tienen los «derechos» que el bautismo nos ha concedido. Hay en esto una parte de verdad, pero no es toda la verdad. Tenemos ejemplos de personas que, sin pertenecer a la Iglesia, reciben de repente la gracia de la fe en Cristo por caminos misteriosos que sólo Dios sabe. Y estas personas, llamados conversos, una vez incorporados a la Iglesia, nos dan ejemplo de amor y fidelidad a Cristo que echamos de menos en quienes catalogamos como cristianos de toda la vida. No olvidemos la advertencia de Jesús admirado por la fe del centurión: «Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera».

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

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