Jueves, 23 Julio 2020 08:49

«Para Dios todos viven» Domingo XVII de Tiempo Ordinario

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La Conferencia Episcopal Española ha pedido a las diócesis que los días 25 y 26 de julio celebren funerales por los difuntos de la pandemia. La diócesis de Segovia ha elegido el domingo 26, fiesta de san Joaquín y santa Ana. Hemos escogido el domingo por ser el día del Señor, de su resurrección de entre los muertos. Además, la fiesta de los abuelos de Jesús nos permite recordar a tantos mayores fallecidos que están siendo llorados por sus nietos y nietas. ¡Que el Dios de la Vida acoja a todos en su paz!

La Biblia nos dice que “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera” (Sab 1,13-14). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, que engañó a nuestros primeros padres para que se rebelaran contra Dios. Junto a la caída, vino la muerte que se extiende a todas las generaciones. Aun así, la muerte no tiene el poder definitivo sobre el hombre. Sólo Dios es Señor de vida y muerte. También dice Jesús que Dios “no es Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos están vivos” (Lc 20,38). El plan de Dios sobre el hombre no es la disolución de su condición humana ni la muerte que pone fin a la existencia temporal. Es cierto que la muerte es “el máximo enigma de la vida humana” (GS 18), difícil de asumir por la razón. Por eso, dice el Concilio Vaticano que “el hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano” (GS 18).

La terrible pandemia que estamos padeciendo da a estas palabras una actualidad inesperada. Muchos familiares y amigos han sido arrancados de nuestro lado de manera trágica, llenando nuestro ser de desconsuelo. Nuestro pueblo se ha vestido de luto y de dolor y, ante tanto sufrimiento, hemos enmudecido. Pero la muerte no es la última palabra sobre el hombre. Nuestros difuntos no han caído en la nada, ni han desaparecido para siempre, aunque ya no gocemos de su presencia física. Dios no deja que le arrebaten lo suyo. Y, en medio del dolor, la palabra de Cristo y su resurrección nos abren el horizonte de la vida que no tiene fin. La rebeldía que el hombre siente ante la muerte es el anhelo profundo de inmortalidad que Dios ha puesto en él en la creación. En cuanto terrenos, volvemos a la tierra; en cuanto espirituales —dice san Pablo— llevamos en nuestra carne la semilla de la resurrección.

Las exequias de hoy son la palabra de consuelo que Dios nos dirige a quienes quedamos aquí esperando el encuentro final. Es momento para dar gracias a Dios por quienes han partido y aunque el paso del tiempo y de las generaciones borren su memoria, ellos están vivos siempre en Dios. Gabriel Marcel decía que “amar a una persona es decirle: tú no morirás jamás”. Esta certera intuición de la razón y del corazón humano ha sido verificada y confirmada por Cristo, quien, en su resurrección, ha destruido el poder de la muerte. Lloremos, hermanos, sí, por nuestros seres queridos, pero que esas lágrimas rieguen nuestra carne como aguas bautismales y nos purifiquen de cualquier tentación o duda sobre el destino de nuestros seres queridos, porque, no los hemos perdido para siempre. Dios los guarda para sí y para nosotros.

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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