Viernes, 22 Noviembre 2019 08:17

Reino y paraíso. Domingo XXXIV. Tiempo prdinario

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El año litúrgico se cierra con la solemnidad de Cristo Rey. Quizás la costumbre de llamar rey a Cristo nos lleva a considerar aspectos de su realeza y olvidar otros. Es rey porque vendrá al fin de los tiempos a juzgar a vivos y muertos y establecer su reino para siempre; es rey porque tiene autoridad sobre el universo; es rey porque establece su soberanía en los suyos. En un momento de su vida las turbas quisieron hacerle rey porque les había dado de comer. También Pilato le pregunta si era rey. Jesús se lo confirma, pero al mismo tiempo corrige el concepto de realeza del procurador: «Yo para esto he nacido —le replica Jesús— y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).
¿Cuál es la verdad de Cristo? A esta pregunta responde el evangelio de hoy con la dramática y conmovedora escena de las burlas a Cristo crucificado en el Calvario. Las autoridades religiosas, los soldados y el pueblo se burlan de Cristo a propósito del letrero que Pilato mandó poner en lo alto de la cruz: «Este es el rey de los judíos». A ese escenario de burlas se une también uno de los condenados con él. Todos le piden que se salve a sí mismo, que baje de la cruz y demuestre su realeza. En medio de las burlas, el otro malhechor, lanza esta súplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Poco importa la idea que se había hecho aquel pobre hombre del reino de Cristo. Simplemente convirtió las burlas en oración, y, dado que aquel misterioso crucificado padecía un suplicio inmerecido, se acogió a su supuesta realeza. La respuesta a su oración no se hizo esperar: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso», le dijo Jesús, que no entrará sólo en su reino sino acompañado de un ladrón agonizante en cuyo corazón se ha establecido su realeza.
Volvamos a los aspectos olvidados de la realeza de Cristo. Cristo es Rey porque se hizo esclavo —recordemos el lavatorio de los pies— y asumió la ignominia de la cruz como camino para establecer su reinado. La verdad de Cristo aparece en la cruz superando la tentación de salvarse a sí mismo. El Hijo de Dios no se despojó de su gloria eterna para buscar la gloria humana. Asumió nuestra condición humana para salvarnos por el camino de su entrega sacrificial. Cristo es el rey anunciado por los profetas que se convertiría en pastor de su pueblo, un pastor que busca la oveja perdida para llevarla a su redil, es decir, a su reino. Porque el reino de Cristo está donde está él, y donde está él quiere que estén los suyos. Por eso, la manifestación de la realeza de Cristo como pastor, aparece con todo su esplendor y grandeza en las palabras dichas al ladrón agonizante: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Esta identificación de reino y paraíso no es casual. El Reino de Dios, que en este pasaje del ladrón arrepentido, pasa a ser Reino de Cristo, comporta la plena satisfacción de los deseos de felicidad que el hombre alberga en su corazón. Pertenecer a Cristo, ya en este mundo, es participar de su alegría, que será totalmente plena en el paraíso. Esto significa que los cristianos, como el buen ladrón, debemos mirar a Cristo como el único que puede introducirnos en su reino: la gloria eterna.
Comentando este pasaje dice el teólogo H.U. von Balthasar que «se trata del primer barrunto de la soberanía regia de Jesús sobre el mundo entero». Un barrunto que nos llega de los labios de un agonizante que sólo se apoya en la muerte, el último enemigo del hombre. La realeza de Cristo, su universal soberanía, aquello que hace de él un ser único en la historia, se establece precisamente en salvar de la muerte a quienes le invocan con fe.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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