Miércoles, 30 Octubre 2019 10:03

Buscar y salvar lo perdido. D. XXXI tiempo ordinario

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Hay relatos evangélicos que, a pesar de su concisión, recogen como en un arca de tesoros la esencia de la revelación de Cristo. La historia de Zaqueo es un caso ejemplar de esto. El relato concluye así: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Esta es la misión de Cristo: buscar y salvar lo perdido. Como buen Pastor busca la oveja perdida y sale al encuentro de quien más le necesita, como sabemos por la parábola del hijo pródigo.
Si observamos bien, la historia de Zaqueo tiene un gran parecido con la parábola del hijo pródigo. Zaqueo es un pecador público, que se había enriquecido con el dinero de los demás extorsionando a los pobres. Cuando Jesús llega a Jericó, Zaqueo busca discernir quién es, desea verlo y, como era bajo de estatura, se sube a un sicomoro. Como el hijo pródigo que anhela retornar al Padre, surge en él el deseo de ir a Jesús. El hijo pródigo había caído en la pobreza más radical del pecado, pero en esa postración siente la llamada de retornar al Padre y se pone en camino. Zaqueo busca a Jesús y pone todos los medios para encontrarlo.
Cuando Jesús pasa junto a Zaqueo, levanta los ojos hacia él, y le pide que baje del árbol porque quiere comer con él en su casa. Jesús se hace el encontradizo de quien le busca. Zaqueo busca a Jesús, pero, en realidad, es Jesús quien busca a Zaqueo para entrar en su casa, la casa de un pecador público. Este gesto suscita murmuraciones. Un maestro de la ley, como era Jesús, no podía entrar en casa de un pecador ni compartir mesa con él. Pero Jesús supera los convencionalismos porque ha venido a salvar a Zaqueo.
Como en la parábola del hijo pródigo, también la historia de Zaqueo termina en un banquete gozoso donde el pecador público pide perdón de sus pecados y, sobre todo, anuncia su propósito de cambiar de vida. Jesús lo ha ganado para sí, lo ha introducido en su casa, la casa de la misericordia, donde el hombre reconoce sus pecados y siente la necesidad de cambiar de vida. Nos gustaría mucho saber de qué hablaron Jesús y Zaqueo. El evangelista no lo dice, pero constata la consecuencia del encuentro entre ambos: La salvación ha entrado en casa de Zaqueo.
En su encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI afirma: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1). La historia de Zaqueo es un ejemplo iluminador de esta verdad. Cuando Cristo entra de verdad en la vida de una persona, esta cambia radicalmente. Nada sigue igual. El hombre experimenta que la “salvación” le ha alcanzado. No se trata de una salvación cualquiera, la que nos libera de los problemas de la vida ordinaria. Es una salvación integral, que afecta a la totalidad de nuestro ser y que nos proyecta hacia al futuro con una vitalidad sobrenatural que implica la caridad con los más pobres y necesitados. Se trata de la salvación definitiva que nos arranca del pecado y nos lanza a la vida más allá de la muerte. El banquete de Jesús con Zaqueo, como el que ofrece el padre al hijo pródigo, es un símbolo del banquete del Reino de los cielos, que consumará la historia con una alegría inagotable. Esta es la alegría que invade a Zaqueo cuando Jesús le dice que quiere comer con él.
Hay muchos cristianos que, a pesar de vivir en la Iglesia y sentirse discípulos de Cristo, no han experimentado aún el encuentro transformador con su persona. Les falta dejarse mirar por él, acogerle en su intimidad, tratar con él de la orientación de su vida, y determinarse a vivir a la luz del evangelio que nos invita a la conversión.
+ César Franco
Obispo de Segovia

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