Lunes, 09 Septiembre 2019 11:35

«Si alguno viene conmigo…». D. XXIII. Tiempo Ordinario.

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

Las sentencias de Jesús en el evangelio de este domingo apuntan a los fundamentos de su seguimiento. Podemos decir que Jesús establece las condiciones que debe tener en cuenta quien quiera seguirlo. A primera vista, resultan exigentes, pero no hay que olvidar que la exigencia se mide en proporción al fin que se quiere alcanzar. Desde la perspectiva humana, la exigencia en el trabajo es condición necesaria para llegar a ser un auténtico profesional. Nadie pensará ser un excelente médico, ingeniero o arquitecto, si no está dispuesto a ser exigente con el estudio de las distintas disciplinas. Lo mismo podemos decir de aspira a ganar los juegos olímpicos o llegar a ser un virtuoso de cualquier instrumento musical. El alma tiene más exigencias que el cuerpo, porque se trata de salvarse o no, más allá de la muerte y esto no es una cuestión baladí.
Las exigencias de Jesús parten de un principio fundamental: Para seguir a Jesús hay que posponer todo, incluso la propia vida, hay que tomar la cruz y seguir en pos de él. Sólo sabiendo quién es Jesús, el Hijo de Dios, se puede entender su pretensión de no anteponer nada a él. Sólo sabiendo lo que ofrece —la vida eterna— podemos asumir la necesidad de que él sea siempre el primero en nuestras vidas. Lo cual no desmerece el amor a los padres, esposos, familia. Porque todas estas realidades son también don de Cristo. En cuanto a tomar la propia cruz y seguirle, ¿es que se puede entender de otra manera la respuesta a lo que él ha hecho por nosotros? Amor con amor se paga, solemos decir. La cruz es el signo del amor de Cristo, al que sólo corresponde adecuadamente el amor con que aceptamos nuestra propia cruz.
Que el hombre se juega en el seguimiento de Jesús la vida entera lo da a entender las dos comparaciones que Jesús establece, orientadas a discernir con prudencia nuestro comportamiento. Un hombre que desea construir una torre debe calcular primero si tiene medios para ello, no sea que empiece a construir y no logre su objetivo siendo objeto de burlas de quienes lo ven. Del mismo modo, un rey que quiere librar una batalla contra otro deberá ponderar si puede ganarle con diez mil hombres a quien viene a él con veinte mil. Son ejemplos de clara prudencia.
Si en el orden temporal actuamos así, ¿cuál será nuestro comportamiento en el orden espiritual? La vida cristiana es la construcción de un edificio espiritual que debe durar la vida entera. En la construcción de ese edificio entran las virtudes, las actitudes evangélicas, la práctica de la oración y de los sacramentos, la dirección espiritual, las obras de caridad y todo el conjunto de la vida moral. Y todo esto unido con la argamasa de la gracia y docilidad al Espíritu Santo, sin el que no podemos edificar nada. ¿Nos sentamos a considerar si podemos edificarlo? Las veces que hemos fracasado, ¿no se debe a nuestra falta de reflexión y prudencia?
También se compara la vida cristiana con una batalla en la que, como dice san Pablo, no luchamos contra enemigos de carne y sangre, sino con los poderes del mal que están actuando en nuestro mundo y buscan perdernos. Sólo un infeliz, que olvide el poder de estos poderes, sale al campo de batalla mal pertrechado. Caerá en el primer ataque. Los grandes tratados de vida espiritual nos advierten del peligro de ser vencidos por no haber tenido en cuenta las armas del Espíritu que necesitamos poseer y que san Pablo describe admirablemente en la carta a los Efesios 6, 11-13. Sin esas armas, podemos dar por segura la derrota. El mismo Jesús nos ha dicho, en el momento de su prueba, que sin vigilancia y oración, somos pura fragilidad. Y nos ha advertido que el enemigo busca constantemente el flanco más débil para introducirse en nuestra casa.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Visto 31 veces Modificado por última vez en Lunes, 09 Septiembre 2019 12:41
© 2018. Diócesis de Segovia