Jueves, 31 Enero 2019 11:00

La Vida Consagrada. D. IV. Tiempo ordinario.

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El domingo 13 de Enero se clausuraba el VIII centenario de la presencia dominica en Segovia. En este año de 2019 los Maristas celebran su centenario de la llegada a Segovia como educadores cristianos y las Misioneras Concepcionistas los 125 años de su Congregación. En Segovia —capital y provincia— hay monasterios de vida contemplativa muy antiguos que convierten la diócesis en un inmenso tesoro espiritual. También hay comunidades de vida activa que han marcado la historia de nuestra Iglesia diocesana. Todo nos invita a dar gracias a Dios por la vida consagrada, expresión indiscutible de la santidad de la Iglesia. Lo hacemos en este 2 de Febrero, como cada año, fiesta de la Presentación del Señor.
Que el pecado existe en la Iglesia es algo sabido. Cuando Cristo llama a los Doce, conocía los pecados de Judas, Pedro, Tomás… En la Iglesia primitiva existía, como en la nuestra, la división, la avaricia, el deseo de poder. La Iglesia es parte de la humanidad herida por el pecado. Ningún cristiano está exento de la amenaza permanente del pecado. Pero también existe la santidad, que hace a la Iglesia santa. Desde el bautismo somos consagrados a Cristo y su vida corre unida a la nuestra. Los consagrados y consagradas en la Iglesia son el rostro visible de su santidad. Se han entregado totalmente al Señor mediante los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y aunque muchas veces no sean comprendidos, siempre suscitan el interrogante de por qué viven así. La razón es muy sencilla: buscan identificarse con Cristo y ser un signo de su presencia en el mundo. A veces les exigimos que sean intachables, perfectos, santos de altar. Y olvidamos que nuestro bautismo nos obliga a lo mismo. Ellos y ellas han consagrado su vida a Cristo en multitud de tareas que confluyen en el servicio de la caridad: están en escuelas, hospitales, misiones arriesgadas en el mundo de la marginación, la droga y la prostitución. Fundan comunidades para acoger a los que mundo margina, rezan en común, viven fraternalmente, se entregan hasta la muerte. ¿No nos dice esto nada? ¿No nos urge a ser mejores?
En las pasadas navidades he recibido correos electrónicos de misioneros y misioneras segovianos que llevan toda su vida fuera de su tierra. Sus confidencias son conmovedoras. Transcribo un párrafo de una Concepcionista Misionera de la Enseñanza: «Soy un hermana viejita de 93 añitos, ingresé a los 20 años y permanezco en Venezuela 53. He sido muy feliz trabajando con toda clase de niños, jóvenes y familias y ahorita me encuentro en la casa de las mayores completando y finalizando mi vida siendo toda del DUEÑO y de los hijos que me ha ido encomendando. Perdone que le diga estas cositas pero así soy. Cuente con mi oración y cariño de hermana en Cristo y pidiendo su bendición y agradecimiento». Esta es la vida consagrada: ser del Dueño y de los hijos que el Señor confía. Hermosa experiencia. Sólo espera finalizar su vida.
Por muchos que sean los pecados, no tienen el poder de una vida entregada a Dios, cuya fecundidad sólo él conoce. Los que se entregan a Dios plenamente reproducen la contradicción que marcó la vida de Cristo: no son nada en apariencia, pasan por el mundo sin hacer ruido, padecen incluso rechazo y persecución de los suyos, pero tienen el poder y la gracia de sanar, purificar y transformar este mundo en el nuevo y definitivo que anticipan en sus propias vidas, convertidas en una profecía de lo que Dios hará al fin de los tiempos. Sin la vida consagrada totalmente a Dios y a los hombres, este mundo sería muy oscuro, carente de esperanza, y viviríamos sin la luz que nos marca el camino, a pesar de las sombras, hacia la consumación de la nueva creación.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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