Miércoles, 16 Enero 2019 08:06

El vino bueno. Domingo II.Tiempo Ordinario

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El milagro de las bodas de Caná, donde Jesús transforma el agua en vino, ha pasado a la historia de la interpretación cristiana de los milagros como un gesto de compasión de Jesús con un matrimonio en apuros el día de su boda. Quedarse sin vino en el banquete era un feo a todos los invitados. Los más críticos no entienden que Jesús usara su poder para este tipo de situaciones. Por eso rechazan su historicidad y consideran el pasaje como un relato edificante.
Leído en profundidad, sin embargo, el texto describe mucho más que un simple gesto compasivo. Algún estudioso de mirada aguda ha dicho que el protagonista es el vino. Tanto el viejo, que se acaba, como el nuevo que trae Jesús. Nos encontramos, por tanto, en la transición de lo viejo a lo nuevo. La expresión del maestresala, al probar el agua convertida en vino, es significativa: «Has dejado el vino bueno para el final». Es una proclamación indirecta de que se ha llegado al tiempo final de la historia en que la venida del Mesías trae lo mejor, lo definitivo.
En la tradición judía había una enorme expectación sobre la venida del Mesías. Cuando llegara, todo sería abundante, terminaría la sed y el hambre. El banquete de bodas servía para describir la alegría mesiánica. Se explica así que el Mesías, y Dios mismo, se representara como el novio y esposo, el amante fiel de Israel.
Aquí sólo podemos indicar que el cuarto evangelio, antes de narrar el milagro de las bodas de Caná, ha presentado a Cristo como el esposo que trae la alegría a Israel. Al presentar a Jesús como invitado a la boda y portador de un vino mejor, está señalándole como el esposo que viene a unirse con su pueblo. Esto es mucho más que sacar de apuros a una pareja de recién casados.
Otro dato importante para leer con fruto este pasaje evangélico es el lugar que ocupa María junto a Jesús. Con la fina observación de mujer, María se da cuenta de que el vino se acaba y se lo dice a Jesús. Este le responde de forma enigmática: no la llama «madre», sino «mujer». Y le dice que su «hora» no ha llegado. Todo el que haya leído el evangelio de Juan habrá observado que, cuando se habla de la «hora» de Jesús, se refiere a su muerte, el momento en que Cristo da la vida y la salvación por todos. La hora del amor hasta el fin.
Se preguntará algún lector: ¿Qué tiene que ver la carencia de vino con la hora de Jesús? Muy sencillo: Jesús no piensa en el vino de los comensales, sino, como decía san Juan de Ávila, en «el buen vino de la cruz», el que dará al morir. Por eso, viene a decirle a su madre: aún no es el tiempo de la salvación que traigo. Hay que esperar la hora. Y al llamarla «mujer» le está diciendo que también ella, en esa hora, alcanzará su misión definitiva. No se olvide que, clavado en la cruz, Jesús dice a su madre refiriéndose a Juan: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Volvamos entonces al milagro y a la crítica de su historicidad. La última intención de Jesús al realizarlo es mostrar quién es él, el mesías que trae la plenitud de los bienes, representados en el vino mejor. Para ello, se sirvió de una circunstancia muy concreta: la boda de unos conocidos. Y aprovechó la carencia de vino, no sólo por empatía con los novios, sino como signo de su entrada en la historia de Israel y de la humanidad. El milagro, como todos los milagros de Jesús, pretendía suscitar la fe en él. Esta es la clave. Por eso el relato termina diciendo que en Caná Jesús comenzó sus signos —no los llama milagros—, «manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2,11). Es obvio que el evangelista tenía una visión mucho más amplia que muchos críticos modernos que leen los evangelios con prejuicios racionalistas.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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