Miércoles, 31 Octubre 2018 07:59

El Sínodo de los Jóvenes. Dos confidencias del Papa.

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El domingo pasado el Papa Francisco clausuraba el sínodo sobre los jóvenes. El documento final, con las proposiciones de los padres sinodales, ha sido entregado al Papa para que, según su criterio, lo convierta en una exhortación postsinodal o lo sancione con su autoridad en el modo que considere oportuno.
Al final de la asamblea sinodal, el Papa improvisó un breve discurso que apenas ha sido comentado a pesar de decir que era «dos pequeñas cosas que me importan mucho». En primer lugar, dijo que «el Sínodo no es un Parlamento, sino un espacio protegido para que actúe el Espíritu Santo». El Papa sabe que existe una mentalidad sobre la Iglesia que pretende asimilarla a las estructuras de gobierno de las naciones que suelen contar con un parlamento. La Iglesia no es así. Se reúne en sínodo para dejar actuar al Espíritu. Por eso, dijo expresamente: «No olvidemos esto: ha sido el Espíritu el que ha trabajado aquí». Y añadió que el resultado del sínodo no es un documento que tendrá más o menos efecto cuando sea presentado a los demás, sino el mismo hecho de haberse reunido sinodalmente, trabajar juntos y situarse bajo la acción del Espíritu.
Conviene no olvidar esta idea del Papa si queremos entender el sentido del sínodo y no interpretarlo desde una visión de la Iglesia puramente sociológica en la que se debaten problemas, se llega a acuerdos y se ejecutan como si fuera una empresa. «Por esta razón —dice el Papa— la información que se da es general y no son las cosas más particulares, los nombres, la forma de decir las cosas con las que el Espíritu Santo trabaja en nosotros».
La segunda idea que el Papa quiso ofrecer a los miembros del Sínodo se refiere a la Iglesia. Aludiendo a los tres últimos números sobre la santidad, que se recogen en el documento sinodal, el Papa recordó una fórmula de los Santos Padres que presenta a la Iglesia como la «casta meretriz». Recordó que nuestra Madre la Iglesia es santa, pero sus hijos somos pecadores. Es evidente que el Papa tenía ante sus ojos los problemas de los pecados de quienes formamos la Iglesia, pecados de los que se sirve el gran Acusador —como designa el libro de Job al diablo— para intentar manchar el rostro de la Iglesia. Cuando el Papa decía estas palabras, presidía la asamblea sinodal el patriarca Sako de la iglesia de Irak, que ha conocido la persecución de manera dramática. A renglón seguido, Francisco aludió a otro tipo de persecuciones que la Iglesia sufre hoy con acusaciones continuas que intentan ensuciarla. Y dijo: «Pero a la Iglesia no se la ensucia; a sus hijos sí, todos estamos sucios, pero la Madre no. Y por eso es hora de defender a la Madre; y a la Madre se la defiende del Gran Acusador con la oración y la penitencia. Por eso pedí, en este mes que termina en unos pocos días, que se rezase el Rosario, que se rezase a San Miguel Arcángel, que se rezase a Nuestra Señora para que siempre cubra a la Madre Iglesia. Sigamos haciéndolo. Es un momento difícil, porque el Acusador, atacándonos, ataca a la Madre, pero la Madre no se toca. Quería decir esto sinceramente al final del Sínodo».
Hay que agradecer al Papa estas confidencias al final del sínodo. Nos pone en guardia del peligro que todos tenemos de atacar a la Iglesia olvidando que cada uno de quienes la componemos somos pecadores. La paradoja de la Iglesia es precisamente ésta: que, por su unión a Cristo, es santa, como confesamos en el Credo; pero, al estar formada por hombres pecadores, nuestros pecados pueden desfigurar su rostro. Por eso, la mejor forma de amar a la Iglesia es vivir la santidad que nos trasmite como Esposa de Cristo y Madre nuestra. Y a una madre no se la toca.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

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