Jueves, 13 Septiembre 2018 00:00

Divorcio entre fe y vida , D. XXIV T.O.

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

Creer no es sólo confesar con los labios las verdades de la fe. Creer es conformar toda nuestra vida con esas verdades. Decía Romano Guardini que la fe es su contenido. El Concilio Vaticano II afirma que «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (GS 43). Ese divorcio nos hace llevar vidas paralelas: por una parte lo que creemos; por otra, lo que practicamos.

            La escena que narra el evangelio de este domingo es una perfecta ilustración de ese divorcio entre la fe y la vida. Jesús pregunta a sus apóstoles qué dice la gente de él. Estos le resumen lo que se decía de él: que era Elías, Juan Bautista revivido o uno de los profetas. Jesús, entonces, les pregunta directamente qué piensan ellos. Pedro toma la palabra y hace la solemne confesión de fe: «Tú eres el Mesías». Jesús les impone silencio sobre esta confesión y comienza a describir cuál será su destino, para que no piensen que es un mesías político. Ha de padecer, ser ejecutado y resucitar al tercer día. La situación cambia de inmediato: Pedro toma aparte a Jesús y comienza a increparlo, mostrando su desacuerdo con ese destino dramático. Entonces, Jesús, mirando a sus apóstoles, se dirige a Pedro con estas palabras: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

            Pedro ha confesado la fe, y esto le alcanza de Cristo el Primado en la Iglesia. Sin embargo, cuando Jesús explica qué significa ser Mesías, Pedro se resiste a aceptarlo, se opone a Jesús como si se tratara del mismo Satanás. La fe confesada, podríamos decir, queda sin contenido. Pedro no piensa como Dios, sino como los hombres: excluye la paradoja de la cruz, el misterio pascual de Cristo, que consiste en morir para dar vida.

            El pasaje evangélico termina con estas palabras de Jesús que son el programa para sus discípulos, los de entonces y los de ahora: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35). Aquí Jesús no habla de fe, pero define magistralmente la vida del creyente. Creer es poner la vida a disposición de Jesús y de su evangelio siempre y en cada circunstancia, y, de modo especial, cuando llega el momento de la cruz. Pasar de la fe confesada a la fe vivida significa que renunciamos a nuestra propia vida, tal como la planteamos al estilo humano. Pensar como Dios es aceptar su voluntad, su plan de salvación. Pensar como los hombres es diseñarse la fe a su manera, vivir para nuestros planes y realizaciones personales, apegarnos a nuestros intereses presentados —eso sí—«religiosamente», pero intereses propios al fin y al cabo. Los planes de Dios pasan necesariamente por la obediencia a su voluntad, que raramente coincide con la nuestra. Por eso, Jesús utiliza la dialéctica de perder para ganar. En el seguimiento de Cristo, se gana cuando uno se pierde a sí mismo, se olvida de sus pretensiones, y carga con la cruz. Esto es lo que san Pablo llama la «sabiduría de la cruz», contrapuesta a la «sabiduría del mundo». Y esto es lo que estos días se ha celebrado en tantos lugares de nuestra geografía como la fiesta de la exaltación de la santa Cruz, que no significa exaltar el dolor por sí mismo —el cristianismo no es masoquista—; significa que estamos dispuestos a llevar la cruz porque sólo así salvamos nuestra vida del peor enemigo que nos asedia: nosotros mismos. Sólo quien sigue a Cristo y pierde día a día su vida por amor, se salva a sí mismo, es decir, vive la fe que confiesa con sus labios.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Visto 29 veces Modificado por última vez en Domingo, 09 Septiembre 2018 07:58
© 2018. Diócesis de Segovia