Jueves, 02 Agosto 2018 19:39

Lo transitorio y lo perenne, D.XVIII T.O.

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La multiplicación de los panes y los peces despertó en los seguidores de Jesús la pregunta sobre si él sería el rey esperado. Su capacidad de alimentar a multitudes con solo cinco panes y dos peces suscitaba credibilidad. Asegurar el pan de cada día no es cosa baladí. Pero Jesús no es amigo de confusiones y, cuando comprende que quieren hacerle rey, huye a la soledad de la montaña para orar. Al regresar, establece un diálogo con la gente sobre los motivos por los que le busca. Les echa en cara que no le buscan por haber comprendido su autoridad moral y su enseñanza, sino porque han comido hasta saciarse, olvidando que hay un alimento que perece y otro que perdura para la vida eterna.

            Nos encontramos con el eterno problema del hombre: quedarse en lo transitorio o aspirar a lo eterno. Vivir en clave de temporalidad o trascender el tiempo con la eternidad. En la época de Jesús, esta dialéctica entre lo temporal y lo eterno se comprendía bien, pues el ambiente y la cultura religiosa lo favorecía. Aún así, la espera del Mesías estaba muy centrada en el anhelo de ver saciadas las aspiraciones más inmediatas del hombre, lo que hoy llamamos la cultura del bienestar. Vivir lo mejor posible. Despreocuparse del futuro, sobre todo si el futuro es tan difuso como la eternidad. Aunque confesaban la fe en el Dios revelado, el que resucita a los muertos, la sociedad judía en general pensaba en un Mesías que les diera prosperidad temporal. Como sus antepasados, muchos preferían tener asegurados los ajos y las cebollas de Egipto antes que ponerse en camino hacia la tierra prometida. Por eso, le piden signos a Jesús para que puedan confiar en él como Mesías.

            Como respuesta, Jesús, les exhorta a trabajar por tener fe y por aspirar al pan que no caduca, el Pan vivo del cielo, que es él mismo. Su argumento es muy sencillo: si él ha multiplicado los panes y los peces no es para asegurar lo material de cada día, sino para que entiendan que puede darles aquello que sólo viene del cielo. Con su habitual pedagogía, Jesús intenta revelar al hombre que el deseo profundo del corazón va más allá de las necesidades materiales del momento, que, una vez saciadas, no dejarán al hombre satisfecho plenamente, pues la felicidad a la que aspira no es de orden material, sino espiritual.

            ¿Espiritual? ¿Entendemos esta palabra? ¿O nos parece superada, perteneciente a tiempos pasados? El hombre que vive apegado a los sentidos corporales, aferrado a lo material, se hace incapaz, según san Pablo, de entender lo espiritual, que afecta al hombre en su dimensión trascendente. Hoy, dice el Papa Francisco, se impone la cultura dominante en la que ocupa el primer lugar «lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede a la apariencia» (EG 62). Duro lo tienen quienes se decidan a hablar del Espíritu y de lo espiritual como fundamento de la existencia humana. Dirán lo que le espetaron a san Pablo cuando, en Atenas, tuvo la osadía de hablar de la resurrección: De esas cosas ya te oiremos en otra ocasión. Y le dieron la espalda.

            Nuestra sociedad se ha conformado con aspirar a que este suspiro que es la vida, trascurra pacíficamente, sin sobresaltos, sin cuestiones inoportunas que nos aparten un ápice del disfrute sensual y hedonista que nos proponen los ideólogos del momento, profetas de la ensoñación y del divertimento. Contra ellos combatía Rilke en una de sus elegías, que presenta la vida como una feria, en la que todos se divierten bebiendo una cerveza llamada «sin muerte», que sin embargo no logra apartarlos de lo real: la muerte que intentan olvidar. De ahí que Jesús ofrezca un pan que da la Vida.

+ César Franco

Obispo de Segovia   

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