Jueves, 28 Junio 2018 07:28

Enfermedad y muerte D. T.O. XIII

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La curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, que leemos en el evangelio de este domingo, presentan a Jesús sanando y resucitando. Estos milagros son la prueba de que es el Mesías esperado, tal como habían anunciado los profetas. Sin embargo, relatos como este suscitan, según Urs von Balthasar, «preguntas terribles», que formula de esta manera: «¿Por qué entonces tienen que enfermar tantos hombres después de él y por qué tienen que morir todos? ¿Quiere Dios la muerte? Si nada ha cambiado en el mundo, ¿para qué vino Cristo a él?».

            La revelación bíblica deja claro que «Dios no hizo la muerte». Su presencia en el mundo se atribuye a la envidia del diablo que, como ángel caído, no podía soportar la felicidad del hombre en estado de gracia. El dogma del pecado original explica el desorden que ha sufrido la humanidad, que padece la enfermedad y camina hacia la muerte. Por eso nos preguntamos, si Cristo vino para remediar estos males, ¿por qué no lo ha hecho de modo definitivo y universal?

            En el precioso relato del evangelio al que hemos aludido, Jesús ofrece alguna pista para responder a estas preguntas. Cuando llega a casa de Jairo y escucha el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, Jesús afirma: «¿Qué estrépito y lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Jesús entiende la muerte como un sueño, como dice también antes de resucitar a su amigo Lázaro. Para Cristo, la muerte verdadera, que el Apocalipsis llama «segunda muerte», no es la física, sino la espiritual que sucede más allá del morir terreno. También la enfermedad, que según la mentalidad judía era una premonición de la muerte, para Jesús no tiene la trascendencia que le otorgan los hombres. Se explica así que la hemorroísa es curada con sólo tocar el manto a Jesús gracias a la fuerza que dimana de él.

            La venida de Cristo a este mundo ha dejado las cosas aparentemente iguales, pero no es así. Jesús es resurrección y vida y su fuerza ha penetrado en la entraña de lo humano reorientando todo hacia la plenitud de Dios. No cabe duda de que la enfermedad y la muerte siguen siendo un enigma de la condición humana, pero ha sucedido algo que nos permite responder a esas dramáticas preguntas que el hombre se hace en su interior. San Pablo lo explica muy bien en el capítulo 8 de la carta a Romanos, cuando afirma que estamos salvados «en esperanza» y que aún no vemos lo que se desvelará en el momento final de la historia. ¿A qué se refiere? Sencillamente a que el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, y con ella todo sufrimiento y la misma muerte. Jesús ha respondido con su vida y su entrega a las preguntas del corazón humano: ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué morimos? ¿Por qué este mundo parece que se le ha escapado a Dios de las manos? Estas preguntas están ya en el Antiguo Testamento, en los Salmos y libros sapienciales, en los profetas, que gritaban a Dios para quejarse de sus planes incomprensibles. En Cristo está la respuesta, y especialmente en el silencio sobrecoger de su muerte y de su descenso a lo más ínfimo de la condición humana, donde se ha hecho solidario con lo que el hombre rechaza como inaceptable a la razón. Jesús ha roto esa frontera y nos ha dado signos de que en él está la Vida y la Resurrección y que la muerte no tiene su origen en Dios.

            Es posible que nos falte la fe de aquella mujer que padecía hemorragias de sangre y le bastó tocar el manto de Jesús para ser curada. O la de Jairo, que, aún sabiendo que su hija había muerto, confió en que Jesús podía devolverla a la vida. Bastó con tomarla de la mano para que la niña despertara del «sueño» y echara a andar.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

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