Sábado, 30 Enero 2016 18:33

Nadie es profeta en su pueblo

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Cuando Jesús dice que «ningún profeta es aceptado en su pueblo» sintetiza en gran medida la historia de Israel, que rechazó a grandes profetas, como Isaías, Jeremías, Juan Bautista. Acercándose a su destino último, Jesús exclamó ante la vista de la ciudad santa: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados» (Lc 13,34). Jesús vivió en su propia carne este destino de los verdaderos profetas, como narra el evangelio de este domingo. Y todo fue por no plegarse a las expectativas del pueblo que le exigía milagros, como había hecho en Cafarnaún.

Llama la atención que los vecinos de Jesús en Nazaret pasan de la admiración ante su predicación a una actitud de ir porque Jesús se niega a realizar milagros por su falta de fe. Ese cambio de actitud se debe a que no se cumplen las expectativas que han depositado en Cristo. Jesús no se deja manipular. Como los grandes profetas, prefiere ser rechazado por su pueblo a renunciar a su misión de proclamar la verdad. Se une así al destino de quienes, por fidelidad a Dios, optan por la incomprensión, el desprecio y, en último extremo, la muerte. Es el signo del verdadero profeta.

Los falsos profetas se acomodan a los deseos del pueblo. Halagan los oídos, gustan de la adulación, no resisten las críticas ni el rechazo, se achantan ante el sufrimiento y la persecución, aborrecen la verdad. Pierden la libertad de hablar en nombre de Dios. Son profetas que buscan la alabanza, el aplauso, la complacencia de sus auditorios. En realidad, actuando así, conducen a la ruina y al desastre como aparece en la historia del pueblo elegido y de la Iglesia. Son «perros mudos» que, cuando tienen que ladrar, advirtiendo que viene el lobo, se callan por no ser acusados de profetas de calamidades. Quien lea detenidamente el evangelio entenderá la vida y el destino de Cristo desde unas palabras que le identifican: «la verdad os hará libres». En el evangelio de este domingo Jesús no renuncia a la verdad y advierte a sus vecinos de Nazaret de que Dios puede hacer milagros en los pueblos paganos, porque encuentra en ellos más acogida y fe que en su propio pueblo. Esto les indignó de tal manera que echaron a Jesús de su pueblo con intención de despeñarlo. Pero aún no había llegado su hora.

 

César Franco

+ Obispo de Segovia

           

            

 

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