VieSep22

XXV Domingo del Tiempo Ordinario (A): La bondad de Dios y la envidia de los «justos».

Para acercarse a Dios hay que asumir a priori que es un misterio insondable. Es el principio y fundamento de la religiosidad y de la creencia. Así titula su libro el teólogo E. Przywara: Deus semper maior. Dios es siempre mayor que nuestro intento de conocerlo. Y así empieza el famoso argumento ontológico de san Anselmo: Dios es un ser tal que nada mayor puede ser concebido. Sin este presupuesto, el intento de acercarse a Dios, resultará siempre un fracaso. En cierto sentido es lo que Dios pide a Moisés desde la zarza ardiente: le exige descalzarse, es decir, reconocer que pisa terreno sagrado, misterioso e inefable. Dios sobrepasa nuestro limitado conocimiento. Isaías dice que los pensamientos y caminos de Dios no son los de los hombres. Y el profeta Oseas pone estas palabras en labios de Dios «Yo soy Dios, no un hombre».

En la enseñanza de sus parábolas, también Jesús habla de su Padre en términos que desconciertan al hombre. El comportamiento de Dios, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo, supone para el hijo mayor una injusticia: No entiende que el padre organice un gran banquete para acoger al hijo que se ha gastado la herencia con prostitutas. El hijo mayor, que se tiene por justo y obediente, pretende juzgar a su padre desde una posición de justicia que representa la del grupo fariseo que se escandalizaba porque Jesús acogía a pecadores y se sentaban con ellos a la mesa. Jesús, con su parábola, desvela el comportamiento de Dios que acoge al pecador con la alegría de quien ha rescatado del pecado a un hijo suyo.

En la parábola de este domingo, también Dios se comporta injustamente según una mentalidad de estricta justicia. El dueño de la viña, al final de la jornada, ordena a su administrador pagar el mismo salario a quienes han trabajado desde el amanecer y a quienes se incorporaron al trabajo al caer la tarde. No son pocos los lectores, incluso de hoy, que consideran el proceder de este amo como una clara injusticia. El contexto de esta parábola es muy parecido a la del hijo pródigo: esos últimos que, al atardecer, son llamados a trabajar en la viña, representan a los pecadores, acogidos y perdonados por Cristo que llama a trabajar en su viña. Desde una concepción de la justicia, entendida desde la óptica farisaica, según la cual el hombre se justifica a sí mismo mediante la observancia de la ley, el comportamiento de Jesús era reprochable. «La aparente lógica de la protesta de éstos —escribe M. Herranz— desaparece como aventada por un ciclón: sin esta injusticia, no habría perdón de Dios; el perdón de Dios, su inmensa y desconcertante bondad, es lo que único que puede hacer de pecadores justos. Sin esa bondad y ese perdón, el pecador, es decir, el hombre estaría muerto para siempre; y Dios no quiere la muerte del pecador».

El final de la parábola es como un rejón que Cristo clava en nuestra conciencia, tantas veces farisaica, de «justos» irreprochables cuando no comprendemos el comportamiento de Dios, o lo tachamos de injusto. «Amigo —dice Jesús— no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma la tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros últimos». Nos cuesta entender la bondad de Dios, la medida de su amor siempre infinito y desconcertante. Pero, ¿qué sería de nosotros si no fuera así? ¿O pensamos que tenemos el jornal ganado por ser trabajadores desde el amanecer? Es mejor sorprendernos por lo desconcertante de Dios que caer en la envidia de los «justos».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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