SábSep16

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (A): ¿Cómo perdonamos nosotros?

La parábola del siervo que recibe de su señor el perdón de una enorme deuda y que, a su vez, se niega a condonar a un compañero una pequeña cantidad de dinero, es utilizada por Jesús para enseñarnos una verdad que nos cuesta aprender y vivir: que debemos perdonar como Dios perdona. La parábola tiene su origen en una pregunta de Pedro a Jesús: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar, hasta siete veces?». Jesús, mediante un juego de palabras con el número siete, símbolo de perfección en el judaísmo, le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que equivale a decir, siempre que te lo pida. Y, para aclarar esto, Jesús cuenta la parábola que se lee este domingo. Dios se esconde detrás del señor indulgente que perdona todo, mientras que el hombre queda retratado en el siervo sin entrañas que mete en la cárcel a su deudor. Al conocer la mezquindad del siervo, el señor, indignado, le condena a los verdugos hasta que pague toda su deuda. Jesús termina la parábola con esta enseñanza: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

El Papa Francisco ha repetido hasta la saciedad, especialmente durante el año jubilar de la misericordia, que Dios no se cansa de perdonar, porque su amor es infinito. A todos nos consuela y conforta escuchar este mensaje, que es el centro del evangelio. Todos necesitamos el perdón de Dios que nos libre del peso de nuestras culpas. Cada uno conoce las suyas, pero todos somos pecadores redimidos por el Señor. Sin embargo, no escuchamos con la misma alegría y satisfacción la consecuencia de este perdón de Dios: también nosotros debemos hacer lo mismo con quien nos ofende. Nuestra admiración por la misericordia termina cuando somos nosotros quienes debemos aplicarla. Entonces comprendemos que perdonar es un atributo de Dios y no tanto de los hombres. Por eso Jesús pone siempre el ejemplo de Dios capaz de perdonar todo tipo de pecados y borrarlos de nuestra historia personal, para invitarnos a hacer lo mismo con nuestros semejantes. En la oración del Señor, el Padre nuestro, nos comprometemos a esto cuando decimos: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». ¡Qué comprometido es decir como! Porque si es como lo hace Dios, seremos perdonados; pero si no es como Dios, tampoco él nos perdonará a nosotros, según la parábola de este domingo.

El orgullo del hombre es la razón por la que le cuesta  tanto perdonar. El amor propio herido nos impide rebajarnos, humillarnos y olvidar las ofensas. Incluso cuando perdonamos nos falta con frecuencia dar el paso último de Dios: olvidar la ofensa, borrarla de nuestra memoria. Para ayudarnos en este ejercicio de virtud, que nos asemeja a Dios, bastaría recordar por un momento todo lo que Dios me ha perdonado, lo que nunca me echará en cara una vez absuelto de mis pecados. Esta debe ser nuestra actitud con los demás. «Todo hombre, escribe san Agustín, es un deudor que, a su vez, tiene acreedores, Por eso Dios, que es justo, te ha dado para con tu deudor una regla que él mismo observará contigo. Existen, en efecto, dos obras de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha expuesto brevemente en el evangelio: Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará. La primera trata del perdón y la segunda de la caridad».

Hagamos memoria de la misericordia de Dios con nosotros, no en abstracto, sino en la concreción de su perdón cada vez que hemos acudido a él. Aprendamos su medida para que así él no tenga que aplicar la nuestra cuando supliquemos la clemencia que no estamos dispuestos a conceder a otros.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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