SábAgo12

 

La fe y la duda van a menudo de la mano. No son incompatibles. Creemos en Dios y en el poder de su palabra, pero nos amenaza la duda cuando sentimos su ausencia o su silencio. Dudamos ante los misterios de la fe, pero se acrecienta la fe cuando nos fiamos de quién los ha revelado. La fe aniquila la duda, y la duda nos remite a la fe. Quien lea el diario íntimo de Unamuno percibirá el contraste de la actitud creyente y la incrédula cohabitando y batallando en su alma según se dejase llevar por el orgullo de la inteligencia o la sencilla humildad de la fe.

Cuando Jesús se acerca a sus discípulos andando sobre el agua, en una noche de tormenta, Pedro le pide, para asegurarse de que no es un fantasma, que le mande ir hacia él caminando también sobre el agua. Jesús le ordena que vaya y Pedro comienza a andar sobre el lago encrespado, acercándose a Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse. ¿Qué ha sucedido para este cambio radical? La palabra y la autoridad de Jesús son suficientes para que Pedro, fiándose, comience a caminar sobre el agua. El viento y el miedo, es decir, las circunstancias externas y los propios temores —la duda— minan la confianza puesta en Cristo y la tormenta se acrecienta en el interior del alma. Es entonces cuando se despierta de nuevo la necesidad de creer: «Señor, sálvame», grita Pedro al hundirse. Y, dice el evangelio: «Jesús extendió su mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Comentando este pasaje, dice magistralmente Orígenes: «Al principio, su deseo de salir al encuentro de Jesús lo hará caminar sobre las aguas. Pero, estando su fe todavía poco segura y dudando de sí mismo se dará cuenta de la fuerza del viento, tendrá miedo y empezará a hundirse. Sin embargo, saldrá de este peligro porque lanzará a Jesús este gran grito: ¡Señor, sálvame! Entonces, el Verbo extenderá la mano para socorrerlo, reprochándole su poca fe y sus dudas».

Esta escena del evangelio se ha convertido en una imagen perfecta de la vida cristiana. La fe no es sólo la aceptación de las verdades que Dios nos revela con su autoridad; es también una confianza creciente en el Señor que nos agarra con fuerza en las tempestades de la vida. Martin Buber dice que hay dos formas de fe: la judía y la grecocristiana. Esta última pone el énfasis en tener por verdaderas determinadas proposiciones; la judía, sin embargo, acentúa la relación de confianza en Dios como persona. Es la postura de Pedro que se fía de Cristo y comienza su andadura sobre el agua. Y, al gritar que le salve, experimenta que le agarra y evita que se hunda. La fe cristiana significa «creer algo a alguien»: es confianza en quien habla y revela la verdad y conlleva la aceptación de lo que dice. La duda amenazará cualquiera de estos dos polos de la fe: minará la confianza en la persona que se revela, es decir, Dios y Cristo; o salpicará de escepticismo las afirmaciones de fe. Por tanto, para creer no basta confesar el Credo, sino reconocer quién está detrás de los artículos de la fe. Tampoco cree plenamente quien se adhiere a Cristo pero rechaza alguna de sus proposiciones, pasándolas por el filtro de su razón aislada de la fe. La fe verdadera despeja toda duda. Esta siempre puede amenazarnos, pero la autoridad de Cristo y la experiencia de su salvación es el mejor antídoto contra la duda. Por eso, aunque se den juntas, la duda se desvanece ante el acto de fe y entramos con Cristo en su barca. Como decía el beato Henry Newman: «Si alguno dice: Sí, ahora, en este momento, yo creo…; pero no puedo prometer que mañana también creeré, entonces es que tampoco ahora cree».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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