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El domingo, 16 de Julio, se cumplen 249 años de la dedicación de la catedral de Segovia que tuvo lugar en 1768. Providencialmente, celebramos este aniversario con la inauguración del nuevo presbiterio cuyo altar será consagrado solemnemente. Desde la reforma del Concilio Vaticano II, el presbiterio de la capilla mayor de la catedral se arregló provisionalmente mediante el mobiliario que ha llegado hasta hoy. El cabildo catedralicio ha decidido renovar el presbiterio dando a la liturgia catedralicia la dignidad que merece. Agradecemos esta iniciativa que pone de relieve la importancia de los tres elementos que conforman el espacio celebrativo: el altar, el ambón de la Palabra de Dios y la cátedra episcopal.

El altar, mediante su notable elevación en el centro del presbiterio, es el lugar más sagrado de la liturgia porque en él se realiza el misterio eucarístico. Por eso se consagra mediante la unción con el santo crisma. Es el símbolo de Cristo, que es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. El celebrante lo venera con un beso al comienzo y al final de la celebración y lo inciensa al inicio de la eucaristía y en el ofertorio. En la tradición cristiana se situaba sobre la tumba o reliquias de los mártires, que, a ejemplo de Cristo y en comunión con él, habían entregado su vida como ofrenda agradable a Dios. Es el ara del sacrificio en la cruz y la mesa que actualiza la Cena del Señor con sus apóstoles al instituir la Eucaristía y el Sacerdocio. Según la tradición de la Iglesia, la mesa del altar fijo (no móvil como era el de ahora) debe ser de piedra natural, signo de la consistencia y durabilidad del misterio que sucede en él. El ritual de consagración expresa claramente la santidad del lugar donde el pueblo cristiano recibe las primicias de la vida eterna.

El ambón de la Palabra de Dios, elevado como un púlpito para proclamar la Verdad, es la mesa de la Palabra, donde Dios alimenta a su pueblo. También el ambón tiene su consistencia material y estética para que los fieles comprendan que no es un mero atril con finalidad utilitaria, sino el lugar elevado para proclamar a la asamblea la historia de la salvación, los oráculos de los profetas y los textos de sabiduría de quienes en nombre de Dios iluminan al pueblo como el faro encendido que guía su camino. El ambón es el signo de que Dios no deja de hablar a su Pueblo con palabras antiguas y siempre nuevas. En él se cantan los salmos y se venera sobre todo el Evangelio de Cristo que recibe en las solemnidades el honor del incienso.

Finalmente, la cátedra episcopal, que da nombre a la iglesia madre de la diócesis, la catedral, es el lugar de la presidencia eucarística y del magisterio del obispo, que, como sucesor de los apóstoles, nos vincula a los orígenes del cristianismo y nos alienta a vivir mirando siempre hacia Cristo, que vendrá al fin de los tiempos para consumar la historia de la salvación. La cátedra del obispo evoca a Cristo Maestro que, según la costumbre judía,  solía enseñar sentado. En la cátedra su magisterio se hace presente en aquellos que participan de su sacerdocio a lo largo de los siglos. La cátedra recuerda al propio obispo que su autoridad no se fundamenta en sus cualidades, talentos y saberes, sino en quien es el único Maestro que tiene palabras de vida eterna. Es el lugar de la sucesión apostólica donde el obispo aparece como un eslabón de la cadena que tiene su origen en Cristo de quien recibe la capacidad de hablar y presidir en su nombre. Demos gracias a Dios por este acontecimiento que nos permitirá vivir con gratitud y gozo los misterios que nos salvan. Laus Deo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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