LunJul03

Es posible que la devoción al Corazón de Jesús nos parezca anticuada, pasada de moda. Es posible también que algunas imágenes del Corazón de Cristo resulten poco atractivas, melifluas, carentes de verdadera espiritualidad. En el arte, incluso en el sacro, hay cosas buenas y cosas malas. Pero el simbolismo del Corazón de Cristo es y será siempre actual. ¿Hay algo más nuclear en la persona que el corazón? ¿Algo identifica más al hombre que su propio corazón? ¿No late con fuerza cuando nos enamoramos? ¿No parece que se sale del pecho cuando algo nos asalta o nos conmueve? ¿No lo entregamos a alguien como signo de amor? Hasta lo usamos, como emoticón, en nuestros diálogos sin palabras. El corazón es un símbolo universal, comprensible por todos.

Jesús se ha definido a sí mismo con el símbolo del corazón en estas únicas y asombrosas palabras: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30).  Como símbolo del hombre en la cultura semita, el corazón representa la humanidad de Cristo, que se define como manso y humilde, capaz de atraer hacia sí a los fatigados y agobiados para aliviarlos con su sola presencia. Poner la cabeza sobre su pecho, como hizo Juan en la última cena, es signo de amistad y descanso. Es un gesto de confianza que sugiere la identificación con aquel que amamos. Jesús atrae por su mansedumbre, no rechaza a nadie, busca al que se pierde. Seduce con su humildad y abajamiento. Precisamente este descenso a lo bajo, perdido y postergado, convierte a Cristo en el amigo más fiel y cercano que podemos imaginar. En él siempre hay alivio y descanso.

La devoción al corazón de Cristo no es un invento moderno ni una devoción particular que algunos santos han desarrollado gracias a revelaciones privadas. Está en las palabras citadas de Jesús, leídas en el evangelio de este domingo, y en la escena conmovedora de la muerte de Cristo, cuando el centurión le atraviesa el costado con su lanza. El evangelista Juan da testimonio de este hecho que provoca la salida de sangre y agua, interpretado por la Tradición como símbolo de los sacramentos de la Iglesia. Algunas imágenes de Cristo lo presentan mostrando su llaga del costado, signo de su amor y compasión por el hombre. El Resucitado muestra las llagas de su humanidad indicando que es el Crucificado, y que el amor manifestado en la pasión perdura en su carne gloriosa. Y la carta a los Hebreos llega a decir que los cristianos tenemos libre acceso a Dios a través del velo rasgado de la carne de Cristo. Su humanidad se ha convertido en el camino seguro para llegar a Dios.

¿Es anticuada esta devoción? De ninguna manera. El mes de Junio, dedicado al Corazón de Cristo, no basta para llegar a comprender su ternura y misericordia con el hombre. Ni toda la vida. Comprender esta devoción a la humanidad de Cristo representada en su corazón es reconocer que Jesús nos ama con un corazón humano y divino al mismo tiempo. Supone darnos cuenta de que, como hizo con Pedro, nos pregunta si le amamos de verdad, si estamos dispuestos a amar como él e identificarnos plenamente con sus sentimientos. El cristianismo se reduce a esta identificación plena con Cristo de manera que nuestro corazón sea semejante al suyo, como pedimos en la oración. Nuestra espiritualidad puede adolecer no sólo de sentimentalismo vano, sino de racionalismo que ha olvidado lo que decía Pascal: el corazón tiene razones que la razón ignora; Dios es más sensible al corazón que a la razón.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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