Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

Al hablar de religiones, es frecuente considerar el cristianismo como una más de las que existen. El debate sobre si el cristianismo es una religión tuvo cierto auge en el siglo pasado y Romano Guardini escribió un libro titulado Religión y Revelación donde intenta aclarar ambos conceptos y su mutua relación cuando se trata de considerar lo peculiar del cristianismo en el conjunto de las religiones. La religión, explica Guardini, se refiere «a ese fenómeno, universal entre los hombres, de la relación con lo divino, cuya investigación forma parte de la ciencia de la cultura». Es obvio que el cristianismo tiene elementos que lo configuran como religión. Sin embargo, su peculiaridad más genuina consiste en «la manifestación de Dios de que habla la Sagrada Escritura en el Antiguo y Nuevo Testamento, y la respuesta de que hace capaz a quien la oye» (Guardini). Dicho de otro modo, el cristianismo, en continuidad (y, en cierto sentido, ruptura con el judaísmo) es la auto-revelación de Dios a los hombres. Si en la religión priman los elementos de los que se sirve el hombre para llegar a Dios; en el cristianismo todo comienza con una llamada de Dios al hombre, a Abrahán, que le pone en camino para comunicarse con él. «En el principio —dice el prólogo de san Juan— existía la Palabra» (Jn 1,1). Dios se revela como Palabra eterna que entra en diálogo y comunicación con el hombre creado para Dios.


Cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente de él y qué piensan ellos mismos sobre su identidad, en realidad, pregunta sobre la cuestión central del cristianismo, sobre el origen de la salvación que ofrece al hombre. Los discípulos responden, en un primer momento, sobre la idea que la gente tiene de Jesús: un profeta como otros grandes del judaísmo, Elías, Jeremías o Juan Bautista. Grandes hombres, en definitiva, que ayudaron a sus contemporáneos a acercarse a Dios. Pero cuando Jesús les pregunta directamente qué piensan de él, Pedro confiesa el núcleo de la fe cristiana: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Merece la pena detenernos en lo que le responde Jesús: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Jesús considera a Pedro bienaventurado porque lo que acaba de decir es «revelación» de Dios. Su conocimiento de Jesús no procede de la carne ni de la sangre, es decir, de lo que el hombre por sí mismo puede llegar a conocer, sino de Dios mismo, que le ha «revelado» la identidad de Jesús. Aquí tenemos lo peculiar de la fe cristiana, dicho por Jesús. Así se explica que, cuando Jesús habla de sí mismo, se presente con una radicalidad sorprendente, explicable solamente desde su origen eterno e insondable. El cristianismo, como otras religiones, tiene culto, templo, ley. Pero nada de esto se sostiene sin el primado de la auto-revelación de Dios en Jesús. De ahí que el verdadero culto se realiza en Cristo, en la ofrenda de sí mismo; él es el templo definitivo que, destruido por la muerte, se levanta imperecedero por la resurrección. Jesús es la misma ley, pues su propio comportamiento configura la moral cristiana que consiste en seguir sus pasos. Y él es, en definitiva, la religión en toda su pureza según dice a la mujer samaritana: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,23-24). No tenemos tiempo ahora para explicar que sólo en Jesús podemos dar culto a Dios en espíritu y verdad, porque sólo en él Dios se nos ha revelado de forma plena y definitiva. Esto es el cristianismo como revelación.

+ César Franco
Obispo de Segovia

colegiata interior

La Diócesis de Segovia y Patrimonio Nacional firman un convenio que establece el protocolo para conservar, proteger y poner en valor la Colegiata de San Ildefonso y los bienes culturales que alberga

En aras de la adecuada conservación, custodia, protección, puesta en valor y restauración del conjunto arquitectónico de la Colegiata del Palacio Real de San Ildefonso y de los bienes culturales existentes en dicho inmueble, la Diócesis de Segovia y Patrimonio Nacional han firmado un protocolo técnico de colaboración. Algunos de estos bienes, desde el siglo XVIII, han sido utilizados para la vida cultual por parte del Cabildo de la Real e Insigne Colegiata de la Santísima Trinidad y de la parroquia de La Granja.

Gracias a este convenio, Patrimonio Nacional pone a disposición del Abad-Cabildo los medios técnicos especializados, materiales y humanos,  para la consecución de los objetivos de documentación, restauración, investigación, difusión y publicación del inmueble y de las colecciones de los bienes muebles, fondos bibliográficos y documentales existentes en la Colegiata

La Diócesis de Segovia, así como el Abad de la Colegiata y párroco de La Granja, agradecen a Patrimonio Nacional este servicio en favor del patrimonio cultural y religioso. En adelante seguirán colaborando, en base a este protocolo, en la actualización y conservación de dicho patrimonio y de cara a garantizar la adecuada convivencia entre el uso litúrgico y el uso cultural del edificio de la Colegiata y de los bienes contenidos en dicho inmueble.

El convenio ha sido rubricado por Ángel Galindo García, Vicario general, en representación de la Diócesis de Segovia y del Abad-Cabildo; y Nilo Fernández Ortiz en representación de Patrimonio Nacional, en su calidad de delegado de Patrimonio Nacional en Real Sitio de San Ildefonso.

Domingo, 16 Agosto 2020 11:17

SAN ROQUE, ABOGADO DE EPIDEMIAS

sanroque1

Desde 1599 el Concejo de Segovia acordó celebrar el VOTO (promesa de fidelidad) a S. Roque como agradecimiento a la intercesión del Santo por ser librados y curados del mal de la peste que había asolado a la ciudad. El Historiador segoviano, Diego de Colmenares, habla de 12.000 muertos. La epidemia parecía incontenible. Todo era horror y lástima; enfermos y difuntos por doquier; los templos y cementerios se llenaban de cadáveres.

Es una fiesta contemplada desde el Ayuntamiento, como fiesta solemne. El alcalde (la alcaldesa), en nombre y representación de toda la ciudad, renueva el voto en el ofertorio de la eucaristía, agradeciendo todas las bendiciones venidas de Dios por la intercesión del Santo.

Hay que resaltar que, la fiesta de S. Roque no es exclusiva de la parroquia de San Millán, sino de toda la ciudad, porque fue toda la ciudad quien se sintió protegida y ayudada por la intercesión de este santo; por ello, acuden masivamente de todos los barrios de la ciudad.

San Roque es un santo muy popular en España y Europa. Originario de Montpelier (Francia), del S. XIII y XIV. Sintió la llamada de Dios al seguimiento de Jesús en pobreza y entrega absoluta a los demás. Peregrinando a Roma, se encuentra con la peste por todos los lugares. De una forma decidida y solidaria, se entrega a los enfermos en cuerpo y alma. Les consuela, les habla de Dios, les da esperanza y muchos se sienten curados. Al final, él mismo es contagiado por la misma peste. La tradición cuenta de él que se retiró a un bosque, al lado de una fuente y, casi sin fuerzas, comienza a sentir hambre, motivo por el cual, cuenta la leyenda que un perro todas las mañanas le llevaba un panecillo. Finalmente, muere en el Señor.

¿Qué puede decirnos este santo en nuestros días, en esta situación tan dramática de epidemia por la que seguimos pasando y que tanto nos ha cambiado la vida? A mi modo de ver, podemos entresacar de su vida algunos aspectos relevantes. En primer lugar, estar abiertos para acoger la gracia del amor de Dios en nuestra vida; sólo el amor de Dios será el que nos impulse a seguir al Señor en fidelidad a su Palabra. En segundo lugar y, como consecuencia del seguimiento a Jesucristo, ha de proseguir una vida entregada a los demás, de manera particular, a los más pobres y necesitados. Precisamente en este momento, los datos de escasez y penuria económica en muchas familias, derivados de la crisis sanitaria, son cada vez más abultados. Sin duda, esta situación nos tiene que hacer reflexionar a nivel personal, eclesial y social, a fin de que nuestras vidas sean vividas con austeridad y sobriedad, y, sobre todo, como S. Roque, estando al lado de los pobres.

En este estado de pandemia, parecido al que vivió San Roque, nos hemos dado cuenta de lo vulnerables que somos, de nuestra fragilidad y las limitaciones de nuestra vida; del gran sufrimiento causado por la enfermedad y la muerte por la que han pasado muchos de los nuestros; la angustia y la impotencia para aliviar y sanar a muchos enfermos que se han quedado en el camino; el dolor y la tristeza al no poder despedir a nuestros fallecidos con el calor y la cercanía de la familia y los amigos, como tampoco ofrecer una despedida en la fe de la Iglesia que les dio acogida y sostén desde el día de su bautismo. Ciertamente, ha sido (o está siendo) un drama muy doloroso.

Pero, ¿habremos aprendido algo de toda esta situación? Creo que deberíamos reflexionar e interiorizar desde la oración silenciosa ante Dios, y tomar conciencia de la verdadera dimensión del hombre, de la creación, de Jesucristo, de Dios... Necesitamos un cristianismo renovado por la gracia y el amor del Espíritu Santo; pasar de una comprensión de la fe como un código de normas, leyes, una religión sólo de prácticas devocionales, sacramentos vividos externamente …, a una fe nacida de la experiencia del encuentro con la Persona viva y resucitada de Jesucristo. Una fe vivida desde la gracia del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Es necesario volver a las fuentes del Evangelio y redescubrir en él la vida y la persona de Jesucristo de una forma nueva; como unos ciegos que, viendo por primera vez, quedan iluminados por la luz del Evangelio, y arrastrados por la fuerza del amor, siguen al Maestro con libertad y valentía. Y nunca olvidemos aquello del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

Este año, tendremos en cuenta en la celebración, como no podía ser de otra manera, a todos los contagiados y fallecidos por este coronavirus mortal. La celebración se llevará a cabo según las normas y disposiciones de las autoridades sanitarias.

Todos estamos a invitados a participar de esta fiesta en honor de San Roque bendito. Pedimos a Dios, a través de su intercesión, la sanación de todos los contagiados por el Covid-19, y una ciudad creciente en los grandes valores humanos y religiosos.

D. Jesús Cano. Párroco de San Millán

Es sabido que Jesús circunscribió su ministerio público al pueblo de Israel. Era consciente de haber sido enviado, como mesías de Israel, para realizar la nueva alianza que los profetas habían anunciado. Aun teniendo en cuenta esto, sabemos por los evangelios que, en alguna ocasión, salió de las fronteras de Palestina y se adentró en tierra de paganos, bien en la región de Tiro y Sidón, bien en la Decápolis. Y también allí realizó milagros.

El Evangelio de este domingo narra el milagro realizado a una mujer cananea, de la región de Tiro y Sidón, cuya hija estaba enferma. Como la fama de Jesús se había extendido por los países vecinos, esta mujer se acercó a Jesús invocándole con un título propio del mesías: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). En tiempos de Jesús se consideraba que las enfermedades eran causadas por algún demonio; de ahí que la mujer se expresara así. Jesús no respondió a la mujer y los discípulos le pidieron que la atendiera pues caminaba gritando detrás de ellos. Es entonces cuando Jesús manifiesta la conciencia de su misión: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». El relato, de gran realismo, continúa así: «Ella se acercó y se postró ante él diciendo: Señor, ayúdame. Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija» (Mt 15,25-28).

En este diálogo sorprende la comparación que Jesús hace entre los hijos que comen el pan y los perrillos que reciben las migajas. Jesús se hace eco de la tensión que existía entre judíos y paganos que no podían comer juntos y, posiblemente, prueba a la mujer que solicita un milagro. Lo que puede parecer un desprecio se convierte, gracias a la fe de la mujer, en un aliciente para seguir suplicando con humildad. La respuesta de Jesús no se hace esperar: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Este elogio de la fe de una pagana es significativo, porque en diversas ocasiones Jesús pone en contraste la fe de personajes y ciudades judías con la fe de los paganos. Baste recordar las invectivas contra ciudades como Betsaida, Corozaín y Cafarnaúm porque no han acogido su enseñanza ni comprendido sus milagros, mientras gentes paganas se han abierto a su predicación y han reconocido la salvación que trae. Cuando Jesús cura al criado de un centurión romano que confía en que una sola palabra suya puede sanarlo, sin necesidad de que baje a su casa, Jesús afirma: «En verdad os digo que ni en Israel he encontrado en nadie tanta fe» (Mt 8,10).

La enseñanza de este Evangelio tiene siempre vigencia. Con frecuencia, quienes nos profesamos cristianos podemos pensar que los que no pertenecen a la Iglesia no tienen los «derechos» que el bautismo nos ha concedido. Hay en esto una parte de verdad, pero no es toda la verdad. Tenemos ejemplos de personas que, sin pertenecer a la Iglesia, reciben de repente la gracia de la fe en Cristo por caminos misteriosos que sólo Dios sabe. Y estas personas, llamados conversos, una vez incorporados a la Iglesia, nos dan ejemplo de amor y fidelidad a Cristo que echamos de menos en quienes catalogamos como cristianos de toda la vida. No olvidemos la advertencia de Jesús admirado por la fe del centurión: «Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera».

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

Es frecuente entre los cristianos tener una idea equivocada de la fe. No me refiero al aspecto intelectual de la fe que acepta las verdades reveladas, sino al aspecto existencial que nos lleva a confiar en Dios en las adversidades de la vida. De hecho, cuando nos toca pasar por pruebas duras, nuestra fe se tambalea y hasta dejamos de confiar plenamente en Dios. Basta leer la vida de los santos para darse cuenta de que a ellos les pasó lo mismo, con la diferencia de que confiaron en Dios hasta el final. Es conocida la frase de santa Teresa de Jesús, cuando, en una de sus luchas, le dijo con humor al Señor: «Si así tratas a tus amigos, ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

            La fe, como actitud vital, no es una posesión pacífica exenta de escollos. Creer, como amar, supone dificultades y asumir que Dios puede probar nuestra confianza. ¿No hacemos nosotros lo mismo cuando queremos tantear la confianza que depositamos en alguien?

            El Evangelio de este domingo narra una escena llena de simbolismo. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se queda en tierra despidiendo a la gente y apremia a sus discípulos para que suban a la barca y se adelanten a la otra orilla. Ya en el lago, con el viento contrario, la barca es zarandeada por las olas. Jesús se les acerca caminando sobre el agua y llenos de miedo creen  ver un fantasma, pero Jesús les tranquiliza: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). Pedro, con su característica decisión, le pide que, si es él, le haga ir a su encuentro sobre el agua. Jesús le dice que vaya, y Pedro comenzó a andar acercándose a Jesús. Pero, en un momento determinado, por la fuerza del viento, sintió miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «Señor, sálvame». Dice el evangelista que Jesús extendió su mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

            No es difícil aprender la lección. Volvamos a nuestra reflexión sobre la fe. Y lo hacemos con dos expresiones del profeta Isaías: «Si no creéis, no tendréis estabilidad» (Is 7,9); «quien cree, no vacilará» (Is 28,16). Creer supone poner la estabilidad en Dios que nunca defrauda aunque a veces no entendamos sus caminos. Las crisis de fe se producen normalmente cuando sucede algo que no esperamos, como el viento repentino que zarandea la barca o a Pedro que ha comenzado a andar sobre las aguas. Nos paraliza el miedo, vacilamos, desconfiamos. El reproche de Jesús, en esta y en otras ocasiones, es la falta de fe en él, en su providencia, en su presencia oculta y eficaz entre nosotros. Miramos la historia de la Iglesia y de la humanidad con nuestras estrechas entendederas y pensamos que Dios nos ha dejado de la mano. En realidad, creemos que somos dueños de nuestra historia y que podemos dirigirla sabiamente. Esto no es creer; a lo sumo, es creer según nuestra conveniencia.

            Dios nos supera y nos trasciende. Sus caminos y pensamientos no son los nuestros. Creer es ajustarse a los caminos de Dios, tratar de conocer sus pensamientos y vivir en la docilidad a sus planes, lo que significa renunciar a los nuestros. La confianza en Dios se alcanza cuando hemos perdido la confianza en nosotros mismos. A eso se refiere Jesús cuando dice: «sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,8). Esto no significa que el cristiano no deba confiar en sus posibilidades, o cruzarse de brazos esperando que Dios venga en su ayuda, como si todo dependiera de Dios. Significa que la fe es un trabajo arduo, exigente, perseverante. Es el trabajo de quien actúa como si todo dependiera de él, y confía como si todo dependiera de Dios. Entonces andaremos sobre las aguas, sin miedo, contra el viento. Quizás por eso, Jesús les dejó solos mientras él oraba.

+ César Franco

Obispo de Segovia

carlos cuéllar

 

El obispo realiza este nombramiento por el periodo de un año con el fin de conservar y fomentar la vida espiritual de los devotos de ‘la Morenita’

 

El Obispo de Segovia, César Franco, ha nombrado al Rvdo. Sr. Don Carlos García Nieto como rector del santuario de la Virgen del Henar (Cuéllar). Un nombramiento que se produce por el periodo de un año.

D. Carlos Miguel García Nieto es un sacerdote nacido en Cuéllar, aunque desde 1993 es sacerdote diocesano de Toledo, donde ha desempeñado su ministerio en diferentes ámbitos pastorales. Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid y posteriormente realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor ‘San Ildefonso’ de Toledo. Además, es doctor en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente, es catedrático de Historia de la Iglesia y coordinador del Bienio de Licenciatura en Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico San Ildefonso.

La tesis doctoral de García Nieto fue clave para el proceso de beatificación del cardenal Sancha, figura sobre la que versa su tesis doctoral ‘El cardenal Sancha y la unidad de los católicos españoles’ y la biografía ‘Pastor y Primado en el Amor. Vida del cardenal Sancha’. El santuario de la Virgen del Henar es un enclave diocesano de relevante devoción mariana. Las especiales circunstancias por las que atraviesa, después de la salida de los Padres Carmelitas de la Antigua Observancia, exigen regular debidamente el culto y la pastoral de dicho santuario -así como su gestión económica- de modo que se acreciente el fervor mariano y la evangelización de cuantos lo visiten.

Al estar situado en la demarcación territorial de la parroquia de Cuéllar, la jurisdicción del párroco alcanza a cuanto se refiere a la pastoral general de la Iglesia dentro y fuera del santuario. Por ello, el capellán o rector del mismo tiene que realizar su ministerio en comunión con el párroco del lugar y, obviamente, con el plan diocesano de pastoral de la diócesis de Segovia.

Actualmente, las moradoras del santuario son las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús quienes, a pesar de haberse instalado en el Henar hace escasas fechas, ya están prácticamente adaptadas a su nuevo hogar. De hecho, casi desde su llegada reciben a los visitantes y alegran las celebraciones eucarísticas con sus canciones.

De esta forma, gracias a las carmelitas samaritanas y al recién nombrado rector, la atención espiritual a los fieles queda garantizada.

Una vez que se ha finalizado el estado de alarma decretado por el Gobierno a causa de la pandemia de la Covid-19 y que originó la dispensa del precepto dominical, el Obispo de la Diócesis emite el decreto en virtud del que se produce el cese de la dispensa del precepto dominical.

Asimismo, D. César hace un llamamiento a los feligreses para que continúen orando por el fin de la pandemia y que parcipen de las Eucaristías en domingo y días festivos respetando las normas vigentes.

decreto cese de dispensa

Hay una palabra que define la misión de Cristo entre los hombres: compasión. Para ser exactos, los evangelistas utilizan un verbo griego que, traducido literalmente, significa «estremecerse las entrañas». Así lo dice el evangelio de este domingo cuando Jesús, al contemplar la multitud que le seguía para escucharle, «se le estremecieron las entrañas y curó a mucha gente» (Mt 14,14). Esta compasión de Jesús es la misma que define al padre del hijo pródigo, cuando ve que retorna a casa; y la del buen samaritano que encuentra al herido junto al camino por donde pasa. Podríamos decir que la compasión es lo que el hombre experimenta cuando sus entrañas se estremecen ante el sufrimiento ajeno. Movido a compasión, se hace solidario con su dolor y se compromete a aliviarlo.

En el evangelio de este domingo, después de curar a la gente, Jesús realiza otro gesto de compasión. Al advertir que el día se ha echado encima y que están en despoblado, Jesús pide a sus discípulos que den de comer a la gente. Pero ellos le replican que sólo tienen cinco panes y dos peces. Jesús, entonces, ordena que se los traigan, manda que la gente se recosté en la hierba, bendice los panes y los peces y comienza a repartirlos entre sus discípulos para que estos se los hagan llegar a la gente. Sus manos se convirtieron en una fuente inagotable de alimento. Comieron hasta saciarse unos cinco mil hombres sin contar mujeres y niños y hasta recogieron doce cestos de sobras.

Para entender este gesto de Jesús, conviene recordar que el profeta Isaías, al anunciar la llegada de los tiempos mesiánicos, como narra la primera lectura de hoy, invitaba a sedientos y hambrientos a comprar trigo y comer sin pagar vino y leche de balde. La llegada del Mesías se presentaba como tiempos de abundancia, en los que hasta los pobres se saciarían sin necesidad de tener que pagar nada. Todo sería gratis. La misericordia de Dios lo suplía todo. Hasta el punto de que, al final de los tiempos, la imagen que utiliza el profeta es la de un gran banquete en la cima de un monte santo donde todas las ansias de la humanidad —el hambre y la sed son puras metáforas— quedarían saciadas. Dios colmaría de felicidad a cada hombre.

Es evidente que el milagro de la multiplicación de los panes y peces, signo de la compasión de Jesús, debe leerse con el telón de fondo de estas profecías que anuncian la llegada del Mesías. Y no porque Jesucristo haya venido a solucionar los problemas económicos del mundo, sino porque sólo él, en razón de su ser y de su misión, es capaz de saciar al hombre con bienes que superan los materiales. Por ello, cuando Jesús se da cuenta de que la gente le busca porque les ha dado de comer y desean hacerle rey, huye a la soledad del monte para dedicarse a la oración.

La Iglesia, continuadora de la misión de Cristo, no ha sido instituida para solucionar los problemas sociales y económicas de la humanidad. Pero no pasa indiferente ante tales problemas. Se estremece, como Jesús, ante el dolor del mundo y, como fruto de su compasión, tiende la mano con sus muchas o pocas posibilidades para aliviar el hambre, la pobreza, la necesidad de los más pobres. En ocasiones da la impresión de que hace milagros con lo poco que tiene. Y hay que reconocer que algo de verdad hay en esto, pues la providencia del Señor nunca falta. Pero el milagro cotidiano que acontece en la Iglesia es el de trasformar nuestro raquítico egoísmo en la compasión misma de Cristo que se hace presente en los cristianos que le abren la puerta para que él pueda seguir actuando con su infinita caridad. Se entiende así que la compasión atraiga los hombres a Cristo y a la casa común de todos que es la Iglesia.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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Cerca de 200 personas, lo permitido según las limitaciones establecidas por la normativa vigente, se han unido en oración para cumplir con el deber de caridad de rezar por los difuntos que la pandemia de la Covid-19 ha dejado en nuestra diócesis. Un funeral que también ha servido para acompañar a todas esas familias que han sufrido en soledad la pérdida de sus seres queridos y transmitirles un mensaje de fraternidad y esperanza. Esperanza, como ha dicho el Obispo de Segovia, Mons. César Franco, en que todos aquellos que han partido de este mundo, resucitarán como lo hizo nuestro Señor.

La Iglesia de Segovia ha hecho suya la propuesta de la Conferencia Episcopal Española para celebrar el funeral por las víctimas de la pandemia los días 25 o 26 de julio. En este caso, D. César, respaldado por el Consejo Episcopal, eligió la fecha de hoy, 26 de julio, día en que se celebra la festividad de san Joaquín y santa Ana, abuelos de Jesús y patrones de los abuelos, esas personas tan duramente castigadas por el coronavirus.

Además de un nutrido grupo de familiares de las víctimas -a quienes se había invitado especialmente a participar de esta Eucaristía-, también han acudido diversas autoridades políticas como la alcaldesa, Clara Luquero; la subdelegada del Gobierno, Lirio Martín; el presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel de Vicente o el delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Segovia, José Mazarías. Junto a ellos, representantes de los diferentes partidos en la corporación municipal, provincial e incluyo en las Cortes Generales. Igualmente, han estado presentes representantes del ámbito policial, militar y sanitario, como los voluntarios de protección civil.

 

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El prelado ha querido también agradecer la labor de todos aquellos profesionales que han estado en primera línea en la batalla contra el coronavirus, siendo testimonio del amor de Dios e incluso perdiendo su propia vida por acompañar y estar al lado de quien sufría la enfermedad sin el calor de los suyos. En definitiva, un emotivo funeral con el que la Diócesis de Segovia y, en su nombre, D. César, ha querido despedir a las víctimas con el honor que se merecen y mostrar el afecto de todo el pueblo a quienes han tenido que despedirse de sus seres queridos durante este tiempo de pandemia.

 

Homilía completa en las exequias por los difuntos a causa de la pandemia. Domingo, 26 de Julio de 2020

 

«Yo soy la resurrección y la vida»

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La Iglesia que peregrina en Segovia, unida al resto de las diócesis españolas, hemos acogido la iniciativa de la Conferencia Episcopal Española de celebrar ayer y hoy las exequias por los fallecidos de cada diócesis durante este tiempo de pandemia. Queremos cumplir así con el deber de justicia y caridad de orar por los difuntos y acompañar con nuestra oración, fraternidad y esperanza a sus familiares, muchos de los cuales no han podido despedirse de sus seres queridos con los signos propios del afecto y del luto que conlleva la muerte. Lo hacemos ahora como expresión de nuestra comunión con todos los que han padecido la muerte y la separación de sus seres más queridos. Lo hacemos en el domingo, día del Señor, y en la fiesta de san Joaquín y santa Ana, pues muchos de los fallecidos son ancianos, abuelos y abuelas entrañables, llorados ahora por sus hijos y nietos.

           «Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén» (Is 40,1-2).

            Con estas palabras del profeta Isaías deseo expresar el significado y la finalidad de estas exequias. Todos los hombres, ante la muerte, buscan consuelo. Creyentes y no creyentes necesitamos ser consolados. Por eso dice el profeta: Consolad, consolad a mi pueblo, habladle al corazón.

            ¿Cómo podemos consolarnos ante una muerte inesperada, vivida en muchos casos en dramática soledad? ¿Quién puede darnos una palabra de consuelo? ¿No es mejor callar?

            La muerte, hermanos, es el máximo enigma de la condición humana. Entendemos lo que dice el libro de las Lamentaciones: «He perdido la paz, me he olvidado de la dicha; me dije: Ha sucumbido mi esplendor y mi esperanza en el Señor. Recordar mi aflicción y mi vida errante es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado» (Lam 3,17-20). No se puede describir mejor la desolación que acarrea la muerte. El escritor sagrado llega a decir algo que parece blasfemo: ha sucumbido mi esperanza en el Señor.

            Sin embargo, a renglón seguido, la queja da paso a los sentimientos de esperanza porque trae a la memoria que la bondad y la misericordia del Señor no se agotan, sino que se renuevan cada mañana. Y, aunque le resulte difícil esperar, sabe que Dios es bueno para quien le busca, y espera en silencio la salvación del Señor (cf. Lam 3,21-26).

            ¿De qué manera consuela Dios a su pueblo y le habla al corazón? Lo ha hecho, y sigue haciéndolo, en su Hijo Jesucristo. Entre los títulos del Mesías, figura el de Consuelo de Dios, porque la misión de Cristo es consolar a los hombres ante el drama de la muerte. Jesucristo ha venido a consolar, como hizo a lo largo de su vida, enjugando las lágrimas de quienes sufrían, acompañando a quienes padecían soledad, ungiendo como buen samaritano las heridas de nuestros pecados y, finalmente, asumiendo sobre sí todo el dolor del mundo dejándose clavar en la cruz. Dice san Pablo que hemos sido crucificados con Cristo. ¿Qué quiere decir? Sencillamente que él se ha puesto en el lugar de quien sufre para ser fuente de inagotable consuelo. En Cristo crucificado y muerto en la cruz tenemos la expresión del máximo dolor y de la máxima compasión. Porque Cristo no nos ha consolado sólo con palabras, sino con el gesto sobrecogedor de pasar por la muerte para vencerla para sí mismo y  para nosotros. ¿Quién dudará entonces del amor de Dios manifestado en Cristo? preguntaba san Pablo.

            La muerte, en efecto, nos hace dudar. Nos amenaza con su acción destructora que pone en peligro la esperanza. Cristo experimentó también la soledad ante la muerte y la expresó con unas palabras sobrecogedoras dirigidas a su Padre: «Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado». La gente se burlaba de él, le decían que bajara de la cruz si era el mesías. En esa soledad de Cristo, que, según Ortega y Gasset, «declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humana que es su radical soledad», se concentraba toda la soledad de quienes mueren en este mundo, la soledad de quienes han muerto sin la presencia de los suyos en esta terrible pandemia. Pero esta soledad de Cristo, que expresa su solidaridad con el hombre, no ha quedado sin fruto ni sin respuesta.

            En la conversación que sostiene Jesús con Marta, hermana de su amigo Lázaro, ésta se queja porque Jesús no ha llegado a tiempo para salvarlo. Jesús la consuela recordándole la fe de Israel sobre la resurrección de los muertos, pero Marta piensa en la resurrección final, la del fin de los tiempos. Ella quiere ver a su hermano ahora, quiere ver su rostro, escuchar su voz y poder abrazarlo. Es entonces cuando Jesús proclama solemnemente la verdad que ningún ser humano se ha atrevido a pronunciar: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,25-27).

            Ha dicho un gran teólogo que estas palabras sólo puede decirlas un loco o alguien que realmente sea lo que afirma ser, es decir, Dios mismo. Cuando momentos después, Jesús resucite a Lázaro, sus palabras se harán realidad, confirmando la verdad de su enseñanza.

            Hoy también Jesús nos pregunta si creemos esto. Muchos, seguramente, contestarán con las palabras de Marta: sí, Señor, creo. Otros dudarán, como ocurrió con los que las oyeron por primera vez; otros, quizás, las escucharán con reserva con la secreta esperanza de que escondan algún barrunto de verdad. Sin embargo, siguen resonando en el corazón del mundo como la única respuesta que puede ayudarnos a superar el drama de la muerte con la certera esperanza de que no caemos en la nada.

            Queridos familiares de los difuntos del coronavirus. Os invito a escuchar estas palabras de Jesús, que no engaña. El es la resurrección y la vida, y el que cree en él aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en él no morirá para siempre. En esta celebración, queremos unirnos a vuestro dolor y ponerlo sobre el altar para que Cristo de nuevo lo haga suyo. Queremos dar gracias a Dios por vuestros familiares y por el bien que habéis recibido de ellos. No temáis. No son meras cenizas que vuelven a la tierra. Son hijos de Dios que han retornado al Padre, como un día haremos nosotros. Dios —dice Jesús— no es un Dios de muertos sino de vivos porque para él todos están vivos. El hecho de que hayan desaparecido de la escena de este mundo visible no quiere decir que han caído en la nada. Todo lo que es de Dios vuelve a Dios. Mirad a Cristo en la cruz y se aplacará vuestro dolor. Miradlo resucitado y sanará vuestras heridas. Os confortará y consolará.

            El filósofo existencialista Gabriel Marcel escribió que «amar a alguien es decirle tú no morirás jamás». En la entraña del amor existe la necesidad de la permanencia, de la vida más allá de la muerte. Esto es lo que Dios nos ha enseñado en Cristo: que su amor es más fuerte que la muerte. Y que la muerte no es la última palabra sobre el hombre, que resultaría, si así fuera, una pasión inútil, un ser sin finalidad ni consistencia. También durante la pandemia hemos visto que el hombre es más fuerte que la muerte. Lo hemos visto en tantos hombres y mujeres que, en el ejercicio de las más diversas profesiones al servicio del bien común, nos han testimoniado el poder y la fuerza del amor que acompaña con ternura a quienes sufren y mueren. Gracias a ellos, podemos decir que no morimos solos: siempre hay una mano samaritana que, apretando la de quien sufre y muere, le está asegurando, quizás sin saberlo, que ahí está Dios unido a nuestra carne temblorosa y sufriente, que ahí está Dios, en la entraña de nuestro morir, que ahí está Cristo muriendo y resucitando al mismo tiempo por nosotros. En esta eucaristía, queremos dar gracias por tantos hombres y mujeres que han testimoniado el amor perdiendo incluso su propia vida.

            «Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor, habladle al corazón». Desearía con estas palabras haberos ofrecido la gracia del consuelo, de la compañía de esta comunidad diocesana de Segovia que quiere sentirse al lado de todos los que sufrís. Pero desearía aún más que fuera Dios mismo quien os hablara al corazón y os hiciera entender que aquellos que han pasado ya por la muerte están vivos. Dios no permite que nada de lo que es suyo se lo arrebate la muerte, pues por eso murió Cristo. Dios los tiene consigo y, aunque el paso del tiempo y de las generaciones, borre su memoria, ellos viven. Dios los guarda para sí y para nosotros, que un día volveremos a ver sus amables y queridos rostros.

            Que la Virgen de la Fuencisla, que permaneció junto a su Hijo al pie de la cruz, permanezca también junto a vuestra propia cruz, y mezclando sus lágrimas con las vuestras, os libere de toda duda y turbación y os conforte con su poderoso amor de Madre. Y que san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen y abuelos de Jesús, cuya memoria celebramos, sean vuestra familiar compañía. Amén.

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