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Jueves, 24 Diciembre 2020 08:33

«La familia, escuela de humanidad» Domingo I Tiempo de Navidad

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La fiesta de la Sagrada Familia nos introduce en el portal de Belén para adorar el misterio del Dios encarnado en el seno de una familia. Esta familia es sin duda misteriosa por varios motivos: Dios toma carne en el seno de una virgen que permanecerá por siempre en la integridad virginal; José es llamado por Dios para cuidar de la familia e introducir a Jesús en la casas de David de donde nacerá el Mesías; por último, el niño recién nacido es el Hijo eterno de Dios, que, sin perder su condición divina, asume plenamente la condición humana menos en el pecado. Es una familia pobre, humilde, obediente a Dios y, sobre todo, sagrada. Sufrirá persecución, emigración y destierro, y, a la vuelta de Egipto, volverá al pueblecito de María, Nazaret, donde Jesús será conocido como el profeta Nazareno.

Toda familia es sagrada, pues tiene su origen en Dios, autor y señor de la vida. Desde el inicio mismo de la creación, Dios llamó al hombre y a la mujer —en su alteridad y complementariedad insustituibles— a ser una sola carne y a cooperar con él en la procreación. El hombre y la mujer, unidos en alianza de amor, son, por tanto, cooperadores necesarios de Dios en la transmisión de la vida, que es el fruto de su propia entrega de amor. El ámbito del amor y de la entrega mutua es tan sagrado como la vida que en él se produce. Nada ni nadie puede interferir esa acción que tiene por protagonistas a Dios y a los cónyuges. Se explica así que las lecturas de este domingo de la Sagrada Familia ensalcen el plan de Dios sobre el padre, la madre y los hijos, que constituyen una comunidad de amor y de vida en la que todo está orientado al bien común de cada miembro.

Cuidar la familia es, por tanto, la tarea primordial de la sociedad y del Estado que deben poner todos los recursos al servicio de esta institución divina y humana. La familia requiere estabilidad, seguridad jurídica, hogar adecuado, trabajo justo y humanizado, beneficios sanitarios, protección y salvaguarda de los derechos de los padres y de los hijos, educación en todos los niveles. Una sociedad justa debe situar a la familia, como comunidad de personas con sus derechos y obligaciones, en el lugar prioritario de sus políticas.

El libro del Eclesiástico recoge las obligaciones que los hijos tienen para con sus padres, incluso en los momentos difíciles de la vejez con la amenaza de perder las facultades mentales. Lo dice claramente: «Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros […] Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza; aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aún estando tú en pleno vigor» (Eclo 3,3.12-13).

También san Pablo ofrece una tabla de virtudes domésticas orientadas a vivir en familia con misericordia entrañable, bondad y comprensión. Exhorta al sobrellevarse mutuamente y al perdón. En la familia todos se enseñan y corrigen mutuamente mediante el amor y en el ámbito de la acción de gracias al Señor Jesús en cuyo nombre la familia ha sido constituida (Col 3,12-21). Así fue la familia de Nazaret en todos los avatares por los que pasó. En ella, la voluntad de Dios siempre tuvo acogida; y brilló la verdadera humanidad que ha traído Jesucristo en la Encarnación. Se explica, por tanto, que al final del evangelio de hoy se diga de Jesús que «el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40). Es difícil imaginar cómo Dios puede crecer. Pero así es. Todo es más comprensible si pensamos que nuestro Dios es también hombre, miembro de la familia humana. Y eso sólo es posible si cada familia concreta se convierte en escuela de humanidad.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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