Jueves, 26 Diciembre 2019 08:45

Carácter sagrado de la familia.Domingo I de Navidad

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La familia es sagrada. Con esta afirmación utilizamos dos acepciones del adjetivo «sagrado», recogidas en el Diccionario de la RAE: 1) que tiene relación con la divinidad, y 2) que es digno de veneración y respeto. Para la tradición cristiana, ambas acepciones son inseparables. El hecho de que Dios esté en el origen de la institución familiar, como creador del hombre y de la mujer, la dota de toda veneración y respeto como aparece en los textos que leemos hoy en la fiesta de la Sagrada Familia.
En la creación de Adán y Eva, Dios ha dejado su huella divina, de manera que en la unión de ambos se refleja la misma comunión que existe entre las personas de la Trinidad. La familia, instituida en la creación, merece un respeto sagrado. En este plan de Dios, es perfectamente lógico que, al enviar a su Hijo a la tierra, lo hiciera nacer en el seno de una familia, que se convierte en el paradigma e icono visible del plan de Dios. La fiesta de la Sagrada Familia nos recuerda que en la familia está la fuente de la vida, el refugio frente a todo desamparo y soledad, el lugar donde crecemos como personas, la escuela que enseña el respeto y la sociabilidad con nuestros semejantes, empezando por nuestros padres y hermanos. La familia es el ámbito donde somos amados por lo que somos y donde aprendemos que la vida tiene sus edades —infancia, madurez, vejez— con sus propios valores y necesidades que no podemos eludir de manera egoísta. Tal es el respeto que exige la familia que, según el libro del Eclesiástico, la honra a los padres será tenida en cuenta para salvarnos de los pecados cometidos y Dios «deshará tus pecados como el calor la escarcha» (Eclo 3,15).
El Papa Francisco nos ha recordado que «la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja […] no procede del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total» (EG 66).
Recientemente, el papa ha recordado también la importancia que tienen los ancianos en la familia, dado que con frecuencia son marginados de manera dolorosa y dramática. El envejecimiento de la población hace que debamos atender con recursos materiales y espirituales a nuestros mayores, acogiéndolos con afecto y escuchándolos con interés dado que constituyen una «estación de diálogo» (Papa Francisco), en la que los adultos y jóvenes pueden aprender la experiencia acumulada de la vida. Los poderes públicos deben atender a la familia en todos sus aspectos y respetar sus derechos inalienables que nacen de su misma naturaleza. No se puede caer en la contradicción de defender por una parte la institución familiar y, por otra, atentar contra sus derechos que todo estado debe salvaguardar como célula básica de la sociedad: el derecho a la vida y a una muerte digna, el derecho a la libertad de educación y a la formación integral de la persona, el derecho al trabajo y a una vivienda digna y tantos otros que hacen de la familia una realidad sagrada, instituida por el Dios Creador.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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