Lunes, 24 Diciembre 2018 18:07

La familia de Jesús

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            La Encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento de María es el misterio que inicia su existencia humana y da sentido a todos los misterios de su vida, que, en apariencia, es la de un hombre normal, como dice Pablo a los filipenses. Al hablar de apariencia, no queremos decir que Jesucristo apareciera como hombre sin serlo en realidad. Tal interpretación es una de las primeras herejías cristianas denominada docetismo. La Iglesia confiesa que Jesús es verdadero hombre. Su existencia fue realmente humana y no mera apariencia. La gente, sin embargo, desconocía el misterio que se escondía en su persona, aunque percibiera en él una realidad que trascendía su ser de hombre. Por eso se preguntaban con frecuencia: ¿Quién es éste? ¿De dónde le viene su poder? ¿Con qué autoridad actúa? Los estudiosos modernos, para responder a estas preguntas, hablan de conciencia divina de Cristo, o del sentido de trascendencia y majestad que traslucían sus acciones, especialmente los milagros.

            La experiencia humana del Hijo de Dios comienza en la familia. Por eso, el domingo siguiente a la Natividad es el de la Sagrada Familia. Jesús no ha venido del cielo como un ser extraño y ajeno a la humanidad. Se ha educado, ha desarrollado su personalidad, ha crecida en edad, sabiduría y gracia en el seno de una familia pobre y sencilla de Nazaret. Le llamaban el Nazareno. Como ser humano aprendió de sus padres, y después de sus maestros, las bases del comportamiento familiar, social y religioso de su tiempo. La divinidad de su persona no actuaba saltándose, por decirlo así, la mediación de su humanidad. Su ciencia divina no fue un privilegio para excusarse del aprendizaje humano, aunque en algún momento su conciencia divina se abriera paso a través de su naturaleza humana dejando constancia de que era el Hijo de Dios.

            Un ejemplo claro es el episodio que relata el evangelio de hoy. Cuando Jesús cumplió doce años y subió con sus padres a Jerusalén, permaneció en el templo discutiendo con los doctores de la ley. Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron y le reprocharon su actuación. La respuesta de Jesús es nítida: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi padre?» (Lc 249). Sus padres no entendieron lo que decía. Lo entenderían más tarde cuando, en su predicación, presentara la primacía de Dios sobre toda relación humana, incluso familiar. En su respuesta de niño, sin embargo, aparece ya la conciencia clara de que «las cosas del Padre» determinaban su conducta. Despuntaba en él la conciencia que progresivamente le llevaría a hablar de Dios como Padre suyo, cuya voluntad debía cumplir por encima de cualquier otra norma. Esta fidelidad al Padre no estaba reñida con su sometimiento a sus padres de la tierra, a los que, como dice Lucas, «les estaba sujeto». La familia, para Jesús, no era impedimento para obedecer a Dios. Más aún, la obediencia a Dios la aprendió de María y José. Y creció en humanidad y en gracia por medio de ellos.

            Hoy la familia está necesitada de respaldo, ayuda, incentivos económicos y protección jurídica. Es el lugar genuino para crecer en humanidad y sociabilidad. Es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Pero será difícil que desarrolle esta trascendente misión si se olvida que la familia tiene su origen en el Dios Creador que ha puesto su ley en el corazón de cada hombre. Hablamos, naturalmente, de la ley del amor, que es la meta a la que el hombre está destinado. Un amor que trasciende las relaciones familiares y sociales, y las transfigura con la gracia divina que Jesucristo nos ha traído para que nunca olvidemos que también nosotros estamos llamados a ocuparnos de las cosas del Padre.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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