DomEne17

Quizás algún lector se haya preguntado por qué el primer milagro de Jesús se realiza en el marco de unas bodas. Y es posible que también se interrogue si era tan dramático que unos novios se quedarán sin vino. Se entiende mejor la multiplicación del pan para saciar a los hambrientos que la transformación del agua en vino para contentar a los comensales de una boda.

En su Historia de Cristo, Giovanni Papini revela el secreto de esta escena evangélica: «Para quien no se detiene —dice— en lo literal de la narración, el agua convertida en vino es otra figuración de la época nueva, que comienza con el Evangelio. Antes del anuncio, en la vigilia, en el desierto, el agua bastaba. El mundo estaba como abandonado y doliente, pero ha venido la Buena Nueva: el Reino está próximo, la felicidad cercana. De la tristeza se está a punto de entrar en la alegría; de la viudez de la antigua Ley se pasa a la nuevas nupcias con la Ley nueva. El esposo está con nosotros; no es hora de desfallecimiento, sino de alborozo».

Las palabras de este escritor, que pasó de una actitud descreída y crítica contra la Iglesia a la fe en Cristo, son muy certeras. Jesús ha traído la novedad, la recreación de todas las cosas. Y ha querido manifestar su novedad en el marco de una boda, que, para el pueblo de Israel, era también un símbolo del amor de Dios con su pueblo. Dios era el esposo de Israel que un día vendría a desposarse en fidelidad eterna con su pueblo. Así lo cantaban profetas, sabios y poetas. Los pecados de Israel lo habían convertido en una esposa infiel, adúltera, en una prostituta que se vendía idolátricamente a pueblos paganos. A pesar de eso, Dios seguía prometiendo amor y fidelidad, hasta que un día apareció en la escena de los hombres y en una boda el esposo definitivo, Jesús, el Mesías. San Juan evangelista da a Jesús el título de esposo (Jn 3,29), porque ha venido para unirse definitivamente con los hombres en una alianza inquebrantable. Los invitados de Caná no comprendieron el sentido último de lo que sucedía, pero a medida que la vida de Jesús avanzaba hacia la Pascua, sus discípulos fueron entendiendo lo que allí había sucedido hasta que, en la Cena, Jesús entregó definitivamente el verdadero vino cuando dijo: «Tomad y bebed todos de él porque esta es mi sangre». Era el esposo que daba a su esposa un vino nuevo.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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