marta

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Viernes, 24 Mayo 2019 12:27

La Pascua del Enfermo

El sexto domingo de Pascua celebramos la Pascua del enfermo. El lema de este año toma las palabras de Jesús: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). Es una invitación a ofrecer a los demás la salvación de Cristo, don gratuito del Resucitado. Un don que no tiene precio.
Entre los predilectos del Señor y de la Iglesia están los enfermos. Cuando envía a los apóstoles, les dice: «curad enfermos» (Mt 10,8). Y cuando nos juzgue al fin de la historia, incluirá entre los criterios de salvación o condena el de «estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Cristo se ha identificado con los enfermos de manera explícita y ha querido situarlos en las prioridades del Reino que anuncia y trae la salvación. De ahí que la Iglesia, desde sus orígenes, los ha distinguido con la oración constante por su salud y la ayuda en su necesidad material y espiritual. Baste recordar que hay un sacramento dedicado a implorar la salud del cuerpo y del alma de los enfermos. Un sacramento que responde de manera personal y directa a la fragilidad de la condición humana cuando experimenta su propio límite, la infirmitas propia del hombre.
El hombre es, según la Biblia, «sangre y carne». Con esta expresión, se quiere decir: pura fragilidad. Tarde o temprano, todo hombre experimenta el límite de su naturaleza, cuando falla alguno de sus mecanismos físicos o síquicos. Decía san Agustín que «quien larga vida desea, larga enfermedad desea», aludiendo a un hecho incontestable: cuanto más larga es la vida, más aumenta la posibilidad de experimentar la enfermedad que llevamos dentro: nuestra condición mortal, que se manifiesta cuando, con más o menos fuerza, nos visita la enfermedad.
La atención a los enfermos es un signo de comunión en el dolor y en la esperanza. La Iglesia, como una auténtica familia, se apiña junto al enfermo para sostenerlo como el miembro más necesitado. Y todos sabemos hasta qué punto es necesario el acompañamiento de los enfermos. Como también sabemos que los familiares y los que se dedican al cuidado de los enfermos deben, a su vez, ser sostenidos por la comunidad eclesial. Enfermedades largas, dolorosas, que conllevan procesos y tratamientos médicos complejos, de atención durante las veinticuatro horas del día, pueden minar la fortaleza de los cuidadores, y convertirse en auténticos calvarios que necesitan la presencia de los cristianos, como hizo María al pie de la cruz de su Hijo.
La enfermedad es también una ocasión extraordinaria para descubrir el sentido cristiano del dolor como lugar donde quien sufre descubre la oportunidad de unirse a Cristo doliente y ofrecerse con él al Padre. Los sacerdotes sabemos por experiencia que esos momentos duros de la vida pueden convertirse en ocasiones para crecer interiormente, aceptar la propia limitación y descubrir que el hombre no sólo es materia que se deteriora sino espíritu que tiene la capacidad de asumir y trascender los límites materiales y reconocer que Dios es el Buen Pastor que nos conduce en ocasiones por cañadas oscuras disipando los temores propios de nuestra fragilidad. ¡Cuántas personas han encontrado el sentido pleno de la vida al experimentar pruebas que, en un primer momento, se resistían a aceptar! La Pascua del enfermo es una ocasión para proclamar el gozoso mensaje de Pascua: El Resucitado, venciendo la muerte, ha iluminado de modo definitivo la fragilidad de nuestra condición y nos enseña que, en la peregrinación hacia la casa del Padre, todo lo que forma parte de nuestra vida —incluyendo al dolor y la enfermedad— ha sido asumido por él y redimido, de manera que en la salud y en la enfermedad tenemos la certeza de su salvación.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Jueves, 16 Mayo 2019 08:05

La señal del amor. D. V. de Pascua.

 

En el evangelio de este domingo Jesús anuncia que le queda poco tiempo de estar con los suyos. Su partida al Padre en la Ascensión es inminente. Sus palabras hablan de la gloria que recibirá del Padre, que es una clara referencia a la resurrección, aunque también la gloria —por paradójico que parezca— se refiere a la cruz. ¿En qué sentido? En la cruz, cuando Cristo sea levantado sobre el madero de la ignominia, revelará el amor que tiene a los hombres dando la vida por ellos. Cuando hablamos de la cruz gloriosa de Cristo confesamos que en ella el amor ha sido enaltecido al grado más alto: no hay amor más grande que el de dar la vida por los demás. Esa es la gloria de Cristo y también la del hombre. Lo entendemos bien cuando alguien ofrece su vida para salvar a otro. Un gesto así vale por sí mismo; no necesita comentarios. Por amar así, y porque el Hijo de Dios no podía quedar sometido al poder de la muerte, Dios lo ha glorificado resucitándolo de entre los muertos.
A la luz de esta verdad entendemos que, al despedirse, Jesús deje a sus discípulos el mandamiento del amor. Es un mandamiento nuevo, no porque antes de Cristo no se conociera la supremacía del amor, piedra angular de la moral judía. Es nuevo, porque Cristo encarna una forma de amar radicalmente nueva. O si queremos decirlo de otra manera: Cristo revela en su plenitud y grandeza qué significa amar. Por eso, no dice que nos amemos como lo hacía los justos del Antiguo Testamento, sino como él mismo nos ha amado. La señal por la que se conocerá que somos cristianos es amarnos como él mismo no ha amado. Esta es la novedad absoluta que interpreta la Ley y los Profetas. Sólo este amor —dice un teólogo actual— «será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo».
Si lo pensamos bien, la norma para el cristiano no es una ley escrita, es la persona misma de Cristo que se convierte, por su resurrección, en la referencia indispensable para todo cristiano. Cuanto hace, dice y enseña es el camino que conduce a la perfección moral y al testimonio convincente de la fe cristiana. Sobra todo discurso cuando se ama de verdad. El amor se justifica a sí mismo y tiene la virtualidad de tocar al hombre en su fibra más íntima. El mejor elogio que se hace de las primeras comunidades cristianas se resume en estas palabras: «¡Mirad cómo se aman!».
Al dejarnos este mandamiento nuevo, Jesús ha simplificado mucho las cosas, porque todo cristiano puede fijar su mirada en él y descubrir en cada circunstancia de su vida cómo debe amar. No hay dificultad, por grande que sea, que se resista a ser iluminada por el ejemplo de Cristo. De ahí que los santos han hecho de la imitación de Cristo el camino seguro de la vida cristiana. Quien imita a Cristo no se equivoca nunca, porque es el Maestro que nos invita a hacer lo que él ha hecho. Cristo siempre va por delante en nuestro camino de fe y siempre ilumina nuestras oscuridades. Basta contemplarle con ojos de fe, la fe que ha encendido en nosotros la resurrección, para acertar en el camino.
Se cuenta de san Buenaventura que le preguntaron en cierta ocasión en qué libros se inspiraba para componer sus sermones y tratados espirituales. Él condujo a la persona que le interrogaba al interior de su habitación y le mostró un crucifijo ante el cual hacía su oración y le dijo: he aquí mi biblioteca. El Crucificado y Resucitado es el libro abierto para entender la existencia cristiana. Gracias a que el Hijo de Dios ha tomado nuestra carne comprendemos, con la simplicidad de una mirada, qué significa vivir, morir y amar como Cristo. Es la novedad absoluta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

El patio del Palacio Episcopal, acogerá el primero de los conciertos que Segovia Sacra ofrece de una manera gratuita. El día 6 de junio a partir de las 20:00 horas, y hasta completar aforo, aquellos que lo deseen podrán asistir al concierto de música con campanas de mano que ofreceran más de 40 músicos procedentes de diferentes países  y que  han elegido España para  realizar esta gira internacional con un formato de Handbell Ringers Choirs.
La música que interpretan es instrumental, utilizando únicamente campanas de mano de distinta musicalidad cada una. Ocasionalmente los coros de campanas van acompañados por órgano, piano o teclados. Su repertorio es de música clásica, mayormente sacra, pero también incluyen algunas canciones tradicionales de amor y del folklore.

Durante los meses de verano se ofertarán diferentes actuaciones musicales, sumándose en breve la apertura del jardín romántico y la sala de exposiciones temporales, que junto con el museo Splendor Fidei situado en el Palacio Episcopal, las estancia palaciegas y la oferta gastronómica del restaurante "El batihoja" ofrecen al visitante una manera diferente de conocer y disfrutar del  patrimonio cultural de Segovia.

 

 

 

Al final de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Panamá, el Papa Francisco animó a decir «sí» con María «al sueño que Dios sembró» en el corazón de los jóvenes. Estas palabras han servido para el lema de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebra en este cuarto domingo de Pascua, tradicionalmente llamado domingo del Buen Pastor. El lema dice: «Di sí al sueño de Dios».
La vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada tiene mucho que ver con el calificativo de Buen Pastor que Jesús se da a sí mismo. La cultura nómada y pastoril que caracterizó durante siglos al pueblo de Israel convirtió la figura del pastor en un símbolo precioso de la ternura de Dios con su pueblo. Dios cuida de su rebaño, conoce a cada una de sus ovejas, las conduce a ricos pastos, venda las heridas que se hacen en el camino y las protege de toda asechanza del enemigo. La ternura de Dios con su pueblo es tan grande que, cuando anuncia la era final de la salvación, dice de sí mismo que se convertirá en el pastor de su pueblo y no permitirá que ningún otro lo pastoree.
Este deseo o «sueño de Dios» se cumple en la encarnación de su Hijo. El se autoproclama Buen Pastor y añade a todas las promesas anteriores a su venida algo insospechado: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna, no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,27-30). Ser cristiano es pertenecer a Cristo y al Padre. Entre el rebaño y el Pastor se da una relación de conocimiento y amor indestructible porque el Padre y el Hijo son uno solo. Viven en plena armonía y comunión. Participan del mismo ser. Por eso, Cristo puede darnos la vida eterna. No se trata ya de una metáfora, sino de la realidad que ha desvelado la Resurrección de entre los muertos.
Tener vocación es escuchar la voz de Jesús que llama a vivir su pasión por el hombre. Cristo llama a convocar una comunidad en torno a él. Quienes escuchan su voz, le siguen, no perecerán jamás y nadie podrá arrancarlos de las manos de Cristo, que son las manos de Dios. Dios es superior a todo. Aunque el hombre intente echar a Dios fuera de la sociedad, no lo conseguirá nunca, porque Dios es más fuerte, más tenaz, más humano que el mismo hombre. Y lo que nunca podrá hacer el poder mundano es arrancar al hombre de las manos de Dios. Quien entiende esta pasión que Dios siente por el hombre, experimenta la llamada a ser como Cristo: un buen pastor, un llamado a decir sí al sueño de Dios.
El hombre de hoy necesita experimentar que Dios le ama por sí mismo, tal y como es, con sus flaquezas, heridas y necesidades. Necesita ser tomado, como dice el salmo, entre las palmas de Dios, y descubrir que su vida está fuera de peligro —el peligro del sinsentido, de la muerte, y de la nada—. Necesita caminar hacia la meta de la plena felicidad, aunque tenga que transitar por cañadas oscuras. Tener vocación es sentirse llamado a entregar la vida, según el ejemplo de Cristo, para que otros vivan, hasta el punto de poder decir: Cristo y yo somos uno. Porque el llamado por Cristo a configurarse con él vive siempre entregado al cuidado de los demás, olvidado de sí, y haciendo realidad el sueño de Dios. Por eso es imposible echar a Dios fuera de este mundo, porque su Hijo no solamente quiso vivir como hombre en un momento de la historia, sino que sigue viviendo cada día, y «encarnándose» en quienes, al escuchar su voz, le siguen sin dudarlo y dando testimonio de que «nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

 

Viernes, 03 Mayo 2019 07:19

Revista Diocesana. Mayo 2019

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Viernes, 03 Mayo 2019 06:32

Una cuestión de amor.D. III de Pascua

El evangelio de Juan termina con el milagro de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades y el examen sobre el amor que Jesús hace a Pedro. Por tres veces le pregunta si le ama, evocando así su triple negación. Pedro, entristecido por la insistencia de Jesús sobre si le ama más que los demás discípulos, termina diciendo: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Al escuchar esta confesión, Jesús le anuncia su muerte: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18).
El destino de Pedro está unido al de Jesús. Pasa por ir adonde no quiere, es decir, a la muerte. La misión que Cristo confía a Pedro —pastorear su iglesia— es la misma de Cristo. Su destino, por tanto, no puede ser diferente, porque no es el discípulo mayor que su maestro. Es imposible apacentar la Iglesia sin el testimonio de la cruz. Pedro fue ceñido por sus verdugos y crucificado en la colina vaticana, dando así supremo testimonio de amor. Jesús examina de amor a Pedro para hacerle consciente de que el encargo que recibe no es el de la gloria humana (aunque algunos papas la hayan buscado), sino el de la entrega hasta la muerte, como hizo Jesús. Ser pastor universal de la Iglesia supone unirse a Cristo de tal manera que el llamado a tal ministerio debe saber que el día de su elección significa ir adonde no quiere. Su vida ha quedado para siempre en manos de Cristo que le ceñirá consigo mismo.
Quienes hemos visto pasar a varios papas (yo he conocido ya a siete), sabemos que esta profecía de Cristo —otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras— se cumple inexorablemente. También felizmente, si entendemos por felicidad, la santidad. De los que yo he conocido, tres son ya santos: Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Dos están en camino de beatificación: Pío XII, Juan Pablo I. Y otros dos están vivos sirviendo a la Iglesia de modo edificante. A los Papas se les recibe, normalmente, con mucha alegría y expectación. Pero, como ocurrió con Jesús, llega un momento en que los elogios y alabanzas se transforman en críticas y rechazos. ¿Quién no recuerda el sufrimiento de Pablo VI por sus decisiones magisteriales? ¿O el vía crucis físico y moral de Juan Pablo II? Quien lea el diario de Juan XXIII se dará cuenta de que el «papa bueno» tuvo que pasar por momentos de cruz al arriesgarse a convocar un concilio. Y los treinta y tres días que duró el papado de Juan Pablo I parecen sugerir que el Señor le identificó en breve tiempo con su destino en la tierra.
Mientras Benedicto XVI consume sus días en oración, silencio y entrega a la Iglesia y Francisco aparece como la piedra firme contra la que se estrella el oleaje que amenaza siempre a la barca de Pedro, Jesús sigue preguntando a Pedro si le ama más que los demás discípulos. El primado del amor no es el vano orgullo de quien se cree mejor que los demás —cosa contraria al amor— sino la humilde confesión de quien sabe que en la llamada de Cristo va implícita la configuración con él hasta su muerte. Sólo esto le capacita para poder servir a la Iglesia con la entrega de Cristo, que se dejó ceñir por sus enemigos e ir adonde no quería. Porque no lo olvidemos: también Cristo pidió al Padre no ir a la muerte, aunque aceptó beber el cáliz de la pasión si era voluntad divina. El examen del amor, requisito para apacentar la Iglesia, es en realidad la garantía de que quien es llamado está dispuesto a seguir las huellas de Cristo hasta consumar en sí mismo su propio destino. Por eso Jesús —después de anunciarle la muerte— pronuncia la palabra clave de todo discipulado: «¡Sígueme!».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 El próximo día 10 de mayo, la Iglesia celebra San Juan de Ávila, patrón del clero secular español.

Con motivo de ello el clero segoviano se reune para celebrar  las bodas de Diamante, oro y plata Sacerdotales, La iglesia del Seminario acogerá la Eucaristía de acción de gracias, a las 12:45 , presidida por el obispo de la díócesis, D. César  y concelebrada por los sacerdotes homenajeados.

Celebran sus bodas de Diamante, D. Álfio Ayuso y D. Mariano de Santos , sacerdotes diocesanos y   D. Miguel Domingo , natural de Carbonero el Mayor pero que ejerció su ministerio en Madrid, las bodas de oro corresponden este año a D. Féliz Arribas López, natural de Rebollo  que en la actualidad ejerce su ministerio en su pueblo natal, y D. Alberto García López, que durante más de ocho años, ha servido como misionero en Mozambique y Republica Dominicana,  en la actualidad atiende  las parroquias de  Olombrada y anejos.

D. Alfonso Águeda , y D. Slawomir Harasimowicz, celebran sus 25 años de ministerio sacerdotal.

Durante la mañana los sacerdotes visitaran el actual museo de orfebrería, Splendor Fidei,recientemente inaugurado, situado en el Palacio Episcopal y la sala de pintura bajo claustro de la S.I. Catedral de Segovia.

 

 

La fe no es un sentimiento irracional. Dotado de razón, el hombre no hace un acto de fe —humana o religiosa— apoyado en su mera subjetividad. La fe no se justifica en uno mismo. Siempre hay algo externo al hombre que posibilita el acto de fe: un acontecimiento, una experiencia, algo que se acoge y percibe fuera de nosotros mismos. Cuando decimos que creemos en alguien, es porque tenemos experiencia de que es digno de fe, creíble. El amor, la confianza, es la base de esta experiencia de fe humana. Se ha dicho que «sólo el amor es digno de fe».
Las apariciones del Resucitado fundamentan la fe de los apóstoles. Fueron actos percibidos por los sentidos. Los racionalistas quieren explicarlas como alucinaciones, autosugestiones. Pero sabemos bien que ellos no creían en la resurrección para convencerse a sí mismos de que Jesús había resucitado. Menos aún, Pablo de Tarso que perseguía a los seguidores de Cristo. Para superar este obstáculo, se recurre a una insolación en el desierto que le hizo creer que vio al Resucitado. Demasiada fantasía para ser creída.
Las apariciones, tal como aparecen en los evangelios, son actos de Cristo que se muestra, que «se hace ver». Es el Resucitado quien se muestra, se impone desde fuera y entra allí donde se encuentran reunidos los suyos, estando las puertas cerradas. Se deja ver, oír, y hasta tocar, como sucede a Tomás, que se negaba a creer si no tocaba las llagas de sus manos y del costado. Se trata, pues, de algo perceptible, que ocurre como puro don del Resucitado. Por eso, los apóstoles fundamentan su fe en el hecho de haber visto a Jesús, de haber comido y bebido con él después de resucitar de entre los muertos. Y la primera carta de Juan comienza con un prólogo que no deja lugar a dudas sobre esta experiencia comunitaria que sostiene la fe de la Iglesia: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida, pues la Vida se hizo visible […] os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1,1-3).
Esta experiencia no es una ilusión irracional. Dios respeta al hombre dotado de inteligencia y no le exige que se comporte de modo absurdo. Puede probarnos en la fe, ciertamente, pero nunca lo hará sin atender las exigencias de la razón. Hasta en la prueba más dura, Dios deja «signos» para que la razón no tenga que claudicar. Otra cosa es que el hombre pida a la razón más de lo que ella pueda dar. Las apariciones del Resucitado, además, son «necesarias» para que los apóstoles fueran testigos veraces que la fe que predicaban. Y un testigo es siempre alguien que ha constatado la realidad que testifica.
Veamos el ejemplo de las dudas de Tomás, cuyo evangelio leemos hoy. Las dudas de Tomás parten de una desconfianza inicial, injustificada, en la comunidad apostólica. Podemos decir que Tomás, al negarse a creer, ha roto la comunión con su grupo, que le atestigua haber visto al Señor. No confía en los apóstoles de los que forma parte. Se aísla en su subjetividad. Tiene que venir el Señor a sacarle de su actitud desconfiada, incrédula. Su postura era irracional, puesto que tenía motivos para la confianza. La presencia de Jesús resucitado se le impone de modo irrefutable. No solamente ve, sino que es invitado a tocar. El reproche de Cristo vale para todos los que exigen pruebas «físicas». Los demás apóstoles también habían creído porque había visto. La aparición a Tomás da un salto cualitativo: Jesús le permite tocar para cumplir así con la exigencia de una razón que, a pesar de los signos, sólo se fiaba de sí misma.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Miércoles, 17 Abril 2019 08:53

«He visto al Señor»

Cuando la Magdalena corre hacia el sepulcro de Jesús la mañana del domingo no esperaba hallarlo vacío. Su conclusión fue inmediata y así lo comunica a Pedro y Juan: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Ni por un momento pensó en la resurrección. Pedro y Juan salen corriendo, alarmados por la noticia, y al llegar al sepulcro se asoman y contemplan el lienzo por el suelo, y el sudario, enrollado en su lugar, aparte. Era claro que, de haber sido un robo, los ladrones no habrían perdido el tiempo dejando las telas mortuorias. Algo inesperado había sucedido, que, al menos en Juan, provoca la fe: «vio y creyó». El evangelista, que es el mismo Juan, añade: «Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,10).
Es cierto que Jesús había anunciado su resurrección, pero lo había hecho utilizando verbos poco precisos que podían interpretarse vagamente. Habló de «levantarse», «alzarse», «resurgir». Los discípulos no entendieron el significado de este lenguaje y se preguntaba qué significaba resucitar de entre los muertos.
El hecho de que el sudario, que se enrollaba alrededor de la cabeza, estuviera así, en su lugar, no por el suelo como el lienzo, le hace entender a Juan que Jesús ha superado las leyes de la física, y ha trascendido el espacio y el tiempo: ha resucitado, dejando la huella de su paso por el sepulcro, que ahora está vacío. No llega a la fe mediante la Escritura, sino mediante los signos que ve: «Vio y creyó».
Mientras tanto, María ha vuelto al sepulcro, situado en un jardín, y se ha puesto a buscar por los alrededores el cuerpo del Maestro. Sigue pensando que lo han robado y se afana en encontrarlo. Jesús se hace presente sin mostrar su nueva identidad y María lo confunde con el hortelano, a quien le pide que, si es él quien lo ha tomado, se lo entregue. Jesús revela entonces su identidad llamándola por su nombre: «¡María!». Y esta se vuelve dándole el título de su vida pública: «¡Rabboni», que significa Maestro.
El evangelio hace suponer que la alegría del descubrimiento la llevan a acercarse a Jesús para abrazarle los pies y besarlos, pero Jesús la detiene y le anuncia expresamente lo sucedido: «No me retengas que todavía no he subido al Padre. Pero anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17). Jesús desvela el misterio que ella no había comprendido aún, pues pensaba que Jesús había vuelto de nuevo a esta vida. De ahí su deseo de abrazarle. Pero la resurrección no es volver a esta vida que podemos en cierta medida apresar con las manos. Así como los lienzos no pueden retenerlo en el sepulcro, tampoco los suyos disponen ya de él, pues pertenece al mundo de Dios, su Padre. Su cuerpo ha sido transformado por la gloria divina. Sigue siendo el mismo cuerpo, pero reconocible sólo cuando el Resucitado se da a conocer libremente, indicando así su pleno señorío.
En este relato hay dos cosas que muestran la transcendencia del hecho. En primer lugar, el signo del sepulcro vacío con el lienzo y el sudario. En segundo lugar, el mensaje a la Magdalena, que se convierte así en «apóstol de apóstoles», como ha subrayado el Papa Francisco. Que sea una mujer la primera en recibir el mensaje y darlo a conocer a los apóstoles, indica que este relato no pudo ser inventado en una época en que la mujer no podía ser testigo. Jesús le concede el privilegio de anunciar a los suyos el misterio de la Resurrección. Y cuando María lo hace, ya no le llama «Maestro», sino «Señor», que es el título del Resucitado: «He visto al Señor y ha dicho esto».

 

 

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