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La apertura a las visitas es posible gracias a la colaboración con la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León

Desde este próximo martes, 14 de julio, un total de 55 templos de la Diócesis abren sus puertas a las visitas de manera gratuita. Una apertura que es posible gracias a la colaboración entre la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León y las once Diócesis de la Comunidad. En el caso de nuestra Diócesis de Segovia, las cincuenta y cinco iglesias se enmarcan en cinco rutas:

  • Monumentos Mudéjar
  • Monumentos Camino de Madrid
  • Monumentos Valle del Duero
  • Monumentos Románico Sur
  • Monumentos Ciudades Patrimonio – Segovia Ciudad

            El periodo de apertura de los templos se extiende desde el 14 de julio hasta el 13 de septiembre. La mayoría de las iglesias abrirán de martes a domingo -algunas lo harán solo en fin de semana (de viernes a domingo)- en horario de 11.00 a 14.00 horas por la mañana y de 17.00 a 19.45 horas por la tarde. Todos los templos cumplen escrupulosamente con las medidas de higiene establecidas frente a la Covid-19, debiendo cumplir los visitantes con las disposiciones necesarias para disfrutar de las iglesias con seguridad.

            Con este programa se pone de manifiesto el compromiso, tanto del Obispado, como de la Junta de Castilla y León, con la protección y la puesta en valor del patrimonio cultural que alberga nuestra provincia.

 

RELACIÓN COMPLETA DE LAS RUTAS, TEMPLOS Y HORARIOS DE APERTURA

 

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El acuerdo contempla una financiación, a partes iguales, de 240.000 euros por parte de las dos instituciones. 

El presidente de la Diputación, Miguel Ángel de Vicente y el Obispo de la Diócesis de Segovia, César Franco han firmado un convenio de colaboración para restaurar el patrimonio cultural de los pueblos de la provincia. Con este acuerdo, ambas instituciones destinarán 240.000 euros, financiados a partes iguales, a la restauración, conservación y reparación de cinco templos en la provincia.

      El obispo se ha mostrado muy satisfecho tras la firma del acuerdo ya que “se recupera esta colaboración que ya había existido años atrás para la conservación del patrimonio eclesiástico de la Diócesis”. César Franco ha destacado que se intervendrá en cinco templos “que necesitan una restauración y que, gracias a la aportación de la Diputación, el Obispado, las parroquias e incluso algunos ayuntamientos garantizamos que las iglesias se mantengan y que el servicio que la Iglesia presta a la sociedad, tanto creyentes como no creyentes, pueda seguir llevándose a cabo”. Por último, monseñor Franco ha concluido que “todo lo que sea la colaboración entre las instituciones es un bien para toda la sociedad”.

     Por su parte, el presidente de la institución provincial, Miguel Ángel de Vicente, considera que se trata de “poner en valor y recuperar el patrimonio que se encuentra en los municipios de la provincia y que tiene, además del valor espiritual para algunas personas, también un gran valor cultural”. Para el presidente provincial, “precisamente en este último aspecto es donde tiene que estar la Diputación, ayudando a esas parroquias para poner en valor ese patrimonio y recuperar este recurso cultural en nuestros pueblos”. Este acuerdo pretende, por tanto, conservar estos templos que no están catalogados oficialmente como monumentos, pero forman parte del patrimonio arquitectónico del medio rural.

      Fruto de este acuerdo, nace una comisión que será la encargada de decidir cuáles serán las iglesias en las que se va a intervenir siguiendo criterios de gravedad, urgencia y necesidad.

 

 

Miércoles, 08 Julio 2020 11:37

VOLVER A LA EUCARISTÍA PRESENCIAL

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El confinamiento decretado con la declaración del estado de alarma ha llevado consigo la paralización de muchas actividades pastorales y  la suspensión de la convocatoria pública de la celebración de la Eucaristía, como consecuencia de  la recomendación sanitaria y gubernamental de permanecer en casa. Al no poder participar la inmensa mayoría del pueblo de Dios en la Misa dominical, la Comisión Ejecutiva de la CEE, en su reunión del 13 de marzo, víspera de la entrada en vigor del estado de alarma, recomendó que “durante este tiempo cada Obispo pueda dispensar del precepto dominical a quienes no participen presencialmente en la Eucaristía por estos motivos”. 

El pueblo de Dios ha vivido un sorprendente ayuno eucarístico que ha avivado el deseo del encuentro con el Señor en la escucha de la Palabra, en la oración doméstica y en el servicio a los pobres. Incluso las celebraciones a través de los medios nos han ayudado a reconocernos como pueblo de la Eucaristía que experimenta que sin el Domingo no puede vivir. Parece muy conveniente  impulsar esta experiencia de profundización en el significado de la celebración eucarística, sacramento de nuestra fe  y fuente viva de amor fraterno y de esperanza.  

Por ello,  finalizado el estado de alarma y modificadas las circunstancias, conviene animar al pueblo de Dios a  la celebración presencial de la Eucaristía, especialmente el Domingo, con las prudentes medidas de prevención de contagios. Por ello, la Comisión Permanente de la CEE recomienda a los Obispos, teniendo en cuenta las circunstancias de sus Diócesis,  proponer el criterio habitual de la Iglesia respecto a la participación de los fieles en la Misa dominical recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica (2180-2183).

Este nuevo impulso, prudente por la pandemia que permanece entre nosotros, ha de recordar la llamada a todo fiel católico a participar, de manera presencial, en la celebración común de la Eucaristía dominical como testimonio de pertenencia y fidelidad a Cristo y a su Iglesia. 

Fuente: CEE

La parábola del sembrador que leemos este domingo en la liturgia es una llamada a acoger la Palabra de Dios para que fructifique en el corazón. Entre los obstáculos que encuentra la semilla, esparcida a voleo por el sembrador sobre la tierra, Jesús habla de la falta de raíces y de la inconstancia. Dos peligros muy actuales de nuestro tiempo. Ambos impiden que la palabra arraigue y dé mucho fruto.

Nuestra sociedad, aquejada de escepticismo y del relativismo que todo lo reduce a lo que cada persona determina en su subjetividad, se ha convertido, según la expresión de Bauman, en una sociedad «moderna líquida». Al definir este concepto, dice que «es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas». Los cambios frenéticos de nuestra sociedad impiden ciertamente consolidar hábitos, o, con palabras de Jesús, echar raíces. Sorprende la enorme dificultad que tienen las nuevas generaciones para —como simple ejemplo— alcanzar el hábito del estudio, o la disciplina para someterse a un horario que, con toda libertad, uno se impone a sí mismo. El Papa Francisco ha definido muy bien la fisonomía de la nuestra sociedad: «En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia» (EG 62).

¿Se pueden así consolidar hábitos? ¿Es posible desde esta perspectiva educar en virtudes? Si, como dicen los clásicos tratados morales, la virtud es un hábito operativo bueno, ¿se dan las condiciones necesarias para luchar contra la inconstancia que produce lo rápido, superficial y provisorio?

La vida espiritual sólo es posible en la tierra abonada donde la palabra de Dios eche raíces al ser escuchada con atención y acogida con esmero. Si no queremos que lo real ceda a la apariencia y que la vida se nos escape como el agua entre las manos necesitamos tiempo para la escucha, silencio y recogimiento para que la verdad —la verdad última de las cosas y de uno mismo— se aposente en nuestro interior y nos acostumbremos a su amigable presencia. Es imposible ser amigo de la verdad sin contemplarla cara a cara como hacen los enamorados. La crisis espiritual de nuestro tiempo, más dramática que cualquier otra, consiste en hacer como Poncio Pilato ante Jesús: cuando éste le habló de la verdad, salió huyendo con el irónico «¿qué es la verdad?».

Jesús se define a sí mismo como «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Se ha escrito mucho sobre esta tríada, que en realidad es una sola realidad contemplada desde tres ópticas: la moral, la metafísica y la existencial. Como «camino» hacia Dios, Jesús nos precede para que pisemos sus huellas. Para esto se necesita atención, mucha atención a sus pisadas. Como «verdad», Jesús nos asienta en lo que constituye el horizonte del ser, que todo lo sustenta, y que nunca perece con lo efímero; es la verdad que busca todo hombre con ansias de conocer lo que Ortega y Gasset llamaba el «núcleo trascientífico de las cosas, su religiosidad». Verdad y religión van de la mano. Como «vida», Jesús nos hace participar de la vida eterna que porta en su carne humana. Si Dios en el Antiguo Testamento se nombra a sí mismo como «el que es», Jesús revela que aquel que es no es una abstracción, una entelequia, es la Vida misma que se comunica a los hombres de forma real, aunque misteriosa. ¿Hay algo en el hombre que no sea misterio? No sé si me he ido muy lejos de la parábola de Jesús. Pero hay veces que, al escuchar sus parábolas, pensamos que son sólo bonitas historias y no dejamos que su palabra eche raíces en nuestra tierra.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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Nuevamente en contacto con ustedes para contaros lo que todavía está sucediendo en Bolivia en este extraño momento histórico en que nos encontramos. Soy José María Hernando, misionero Pasionista desde 1988 por estas tierras bolivianas.

Seguimos en cuarentena porque a estas alturas y después de más de 3 meses de su inicio, los casos de contagiados siguen aumentando en todo el territorio, si bien, esto es más acentuado en los Departamentos de Santa Cruz y Beni. No ha servido este tiempo para remitir la pandemia, sino todo lo contrario. Por esto y ante la incertidumbre del futuro, se acaba de organizar, hoy sábado 20, “la cruzada por la vida”, donde médicos, personal de salud y voluntarios visitarán durante 15 días, casa por casa, para detectar casos de contagios y aislarlos. Ha sido un acuerdo interinstitucional donde también ha intervenido la Iglesia con sus voluntarios parroquiales.

Qué hemos hecho durante este tiempo. Yo personalmente me he involucrado mucho desde el principio. Me propusieron desde un canal de Tv y radio, iniciar un proyecto: “La bolsa solidaria”. El día 25 de marzo lo iniciamos y el 30 estábamos ya repartiendo “bolsas” por los barrios más pobres de las periferias de Santa Cruz. Así estuvimos todo el mes de abril hasta mediados de mayo; cuando ya la Alcaldía, Gobernación y Gobierno central se estaban haciendo cargo. A partir del 10 de mayo, el proyecto se re direccionó hacia “las ollas solidarias” de la Parroquia. Las capillas se han organizado con los feligreses y otros del barrio para hacer estas ollas comunes y así rentabilizar los propios alimentos. Seguimos con las ollas, que ya han disminuido de 8 a 3, por los riesgos de contagio. Lo último que estamos haciendo es concentrar los alimentos en las capillas y los encargados hacen bolsas para las familias más necesitadas. Los recursos económicos los captamos de los mismos feligreses de la Parroquia que en la medida que se van enterando del número de cuenta bancaria, van aportando. Hasta ahora ha prevalecido la generosidad y no nos han faltado alimentos. Me piden un mensaje de esperanza.

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Realmente es difícil; aunque nunca tenemos que perderla, porque perderla significa el sin sentido o la muerte. Te digo difícil porque cuando ves el panorama, puedes deprimirte y mucho más, mirando el futuro incierto que nos espera: enfermedad, dolor, falta de trabajo, problemas familiares, etc. De todas formas, el ser humano tiene la capacidad de salir de su propia miseria, depresiones, problemas y resurgir de nuevo. Volver a empezar. La esperanza que podemos infundir en estos momentos se traduce en lucha constante contra muchas adversidades. La fe es la fuerza para lucha y recuperar la esperanza. Termino animando a todos a ser longánimes, palabra que casi está en desuso, pero que pertenece a la más sana espiritualidad cristiana.

La longanimidad está en estrecha relación entre la perseverancia y la constancia frente a los obstáculos y las adversidades. Tiene mucho que ver con la benignidad, clemencia y generosidad; que vamos a requerir mucho en la llamada “nueva normalidad”.

Jose María Hernando. C.P.

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En la Misa funeral por las víctimas del coronavirus, convocada por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) este lunes, 6 de julio, en la catedral de la Almudena, el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, ha subrayado que en un tiempo en el que «parece que todo se ha oscurecido» como es este de la pandemia «no estamos solos, Dios nos acompaña y no nos deja».

Haciendo referencia al pasaje de la muerte de Lázaro proclamado en el Evangelio, el también vicepresidente de la CEE ha reconocido que «lo primero y más humano es llorar como ellas [Marta y María] y sentirnos solidarios con las lágrimas de miles de personas que ha perdido a sus seres queridos y que aún viven las consecuencias de un duelo tan complejo». Pero igual que Jesucristo consoló a las hermanas de Lázaro, también «nos visita a nosotros […] y nos dice hoy: “Tu hermano resucitará”».

En estos meses «nos hemos sentido frágiles y desorientados» pero Cristo, como hizo con los discípulos, nos invita a no tener miedo. «Estamos llamados a remar juntos, necesitamos confortarnos mutuamente», ha añadido el arzobispo de Madrid, en un momento en que «la humanidad necesita recordar dos sustantivos: hijos y hermanos». «Somos todos hijos de Dios y, por eso, hermanos entre nosotros», ha puntualizado, y ha puesto en valor la labor de tantos profesionales que en estos meses «no han vivido para sí mismos sino para los demás».

El purpurado ha concluido su homilía destacando las tres llamadas que el Señor hace «a los que vivimos en comunión con Él»: defender el derecho a la esperanza, dar ánimos y no guardarse «el tesoro que es Jesucristo para nosotros».

Llamada a volver la mirada a Jesucristo

El cardenal Juan José Omella, presidente de la CEE, también ha querido mostrar la cercanía de la Iglesia que peregrina en España con las víctimas al hacer suyo «el dolor, el sufrimiento de los familiares de los difuntos». Un dolor profundo que ha provocado no solo su muerte sino «también las condiciones de su partida, lejos del contacto de sus familiares y amigos, sin poder cruzar palabra».

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El mejor regalo que se les puede hacer, en palabras del también arzobispo de Barcelona, es «nuestra oración y acción de gracias por todos y cada uno de ellos». Recordando unas palabras de Calderón de la Barca, ha deseado que «todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo».

Presencia de los reyes y de familiares de víctimas

La Misa funeral, que ha sido concelebrada por más de 35 obispos y numerosos sacerdotes, ha contado con la presdencia de sus majestades los reyes, la princesa de Asturias y la infanta Sofía, así como la vicepresidenta del Gobierno de España, Carmen Calvo, en representación del presidente del Gobierno; la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet; la presidenta del Senado, M.ª Pilar Llop; el presidente del Tribunal Constitucional, Juan José González Rivas; el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes; el jefe de Estado Mayor de la Defensa, Miguel Ángel Villaroya; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y el presidente del PP y líder de la oposición, Pablo Casado, entre otros.

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Además, entre los asistentes, bajo la imagen de Santa María la Real de la Almudena, se ha situado un grupo de más de 70 familiares de fallecidos a causa de la pandemia, localizados a través de las vicarías de la diócesis de Madrid. Justo enfrente han estado los representantes de las Iglesias y de las confesiones, así como una representación de los agentes sociales y eclesiales que durante esta pandemia están trabajando en favor de los demás: personal sanitario, voluntarios de Pastoral de la Salud, de Cáritas y de la Orden de Malta, mIembros de las Fuerzas Armadas, de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y miembros de los Bomberos.

Antes de concluir la Misa, el obispo de Ávila, José María Gil Tamayo, que estuvo ingresado por coronavirus, ha leído la oración ante la pandemia del Papa Francisco: «Oh, María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. Confiamos en ti, Salud de los enfermos, que junto a la cruz te asociaste al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe. Tú, salvación de todos los pueblos, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba».

Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

Homilía completa del cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española
 
Queridos hermanos:
Vivimos un tiempo en el que parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas y calles, nuestros pueblos y ciudades se han llenado de tristeza. Por culpa del coronavirus hemos perdido a miles de personas con nombres y apellidos, entre ellas a muchísimos mayores con experiencia y sabiduría, y no hemos podido estar junto a nuestros seres queridos. En los distintos encuentros que he tenido con quienes padecían en sus carnes esta pandemia y con sus familias, en sus gestos y miradas, he visto que se encontraban asustados y perdidos. Pero también en estos meses he vuelto a sentir que no estamos solos, que Dios nos acompaña y que no nos deja. Es la experiencia de Job, que hemos escuchado en la primera lectura y que deseo sea la de todos. Ante la cercanía de la muerte, Job exclama: «¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y con plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que mi redentor vive [...], veré a Dios. Yo mismo lo veré y no otro; mis propios ojos lo verán». Dios vive y está presente.
 
Queridos hermanos, esta pandemia nos ha sorprendido a todos y ha roto nuestros esquemas. Nos ha pasado como a Marta y a María con la muerte de su hermano, Lázaro. Lo primero y más humano es llorar como ellas y sentirnos solidarios con las lágrimas de miles de personas que ha perdido a sus seres queridos y que aún viven las consecuencias de un duelo tan complejo... Como narra el Evangelio, Jesús se encamina a visitar a esta familia con la que tantas veces había estado en su casa y nos visita a nosotros. Marta salió a buscarlo al camino y, cuando encontró al Señor, expresó lo que llevaba en su corazón: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 
 
De alguna manera se repite lo que en otra escena del Evangelio les pasó a los primeros discípulos, cuando fueron sorprendidos por aquella tormenta y parecía que se iba a hundir la barca en la que estaban con Jesús. ¡Cómo nos sorprende y duele cuando un padre, una madre, un hermano o una hermana, o un amigo mueren! Una tormenta inesperada y furiosa llegó a nosotros con esta pandemia. Nos hemos sentido frágiles y desorientados en este tiempo. Pero Jesús se dirige a nosotros, como lo hizo con Marta o con los discípulos en la barca, para decirnos: «Tu hermano resucitará» y «¿por qué  tenéis miedo?, ¿aún no tenéis fe?».
 
Qué cambio experimentó en su existencia Marta cuando el Señor le dijo con fuerza y claridad: «Tu hermano resucitará», como nos dice hoy a nosotros. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». ¿Creemos esto? En la respuesta que demos está el poder abrir caminos de esperanza y de vida. Al decir, como Marta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo», descubrimos que todos somos necesarios e importantes, que estamos llamados a remar juntos, que necesitamos confortarnos mutuamente. Es hermoso ver en medio de la tempestad a Jesús en la barca descansando en popa, con confianza absoluta en el Padre. Los discípulos lo despiertan en plena tormenta y Él se dirige a ellos, y en ellos a nosotros: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe? ¿Es que creéis que no tenéis importancia para mí?». Hermanos, a Él le importamos más que nadie. Estas páginas desenmascaran nuestra vulnerabilidad, dejan al descubierto nuestras
falsas y superfluas seguridades, con las que construimos nuestros proyectos, agendas, rutinas y prioridades. El encuentro de Jesús con Marta o la tempestad calmada ponen al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos: la certeza de que Dios está con nosotros y de que eso ha de cambiar nuestra forma de obrar.
 
Nos hemos reunido en esta celebración de la Eucaristía para orar por nuestros hermanos que han fallecido con motivo de la pandemia del COVID-19, que aún estamos sufriendo y que asola a todos los pueblos de la tierra. Esta noche decimos con el salmista: «Desde lo hondo a ti grito, Señor», con el deseo de que Tú ilumines todo lo que estamos viviendo. «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra», con la seguridad de que «del Señor viene la misericordia, la redención copiosa». Sabemos que nos llamas en estos momentos a una elección: hemos de separar lo que es necesario de lo que no lo es; es tiempo de establecer el rumbo de la vida hacia ti y hacia los demás.
 
En este tiempo la humanidad necesita recordar dos sustantivos: hijos y hermanos. Somos todos hijos de Dios y, por eso, hermanos entre nosotros. Olvidar estos sustantivos y vivir de adjetivos, como tantas veces hacemos, es un suicidio. Frente al sectarismo, a la crispación y al enfrentamiento, en esta pandemia hemos visto cómo muchas personas, creyentes y no creyentes, sacaban lo mejor de sí mismas y daban una sencilla lección de solidaridad hasta dar la vida por cuidar la ajena, conscientes precisamente de que somos hermanos. El personal sanitario y farmacéutico, los transportistas, los empleados de supermercado, las personas de limpieza, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, los docentes, los periodistas, los voluntarios de Cáritas y otras muchas organizaciones sociales, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los padres y madres, los abuelos y abuelas... no han vivido para sí mismos en estos meses, sino para los demás. Y ahora, cuando afrontamos una crisis económica y social sin precedentes, hay que seguir cimentando nuestra sociedad así para que nadie se quede atrás.
 
Impulsados por Jesucristo, en este momento los cristianos decimos: Señor, creemos que tú eres la resurrección y la vida, que estás vivo y que una vez más te acercas a nuestras vidas en el misterio de la Eucaristía, te acercas como lo hiciste con Marta y con todos los discípulos que, desde hace XXI siglos, han conformado la Iglesia que tú fundaste.
 
1) A los que vivimos la comunión con Él, nos pide que defendamos el derecho a la esperanza. Es una esperanza nueva, que viene de Dios, de sentirnos en sus manos siempre. Viene de la certeza de que el Señor conduce todo hacia el bien porque incluso hace salir de la tumba la vida. Aprendamos a dar esperanza practicando las bienaventuranzas. El Señor reunido en el monte con gentes que habían llegado de diversos lugares nos habla de males que perduran en nuestro tiempo y que hay que combatir: pobreza, sufrimientos que hacen llorar a tantos, situaciones de hambre, de sed de justicia, de falta de misericordia... Estamos llamados a vivir con limpieza de corazón, a trabajar por la paz y la justicia, a establecer la libertad verdadera. Jesús nos ofrece los modos de salir.
 
2) El Señor nos pide también que demos ánimo. Es una palabra que en el Evangelio está siempre en labios de Jesús: «Ánimo, levántate que Jesús te llama» o «venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré». Para ello basta con que ayudemos a abrir el corazón.
 
3) Por último nos pide que no guardemos este tesoro que es Jesucristo para nosotros. El Señor nos precede siempre, camina delante de nosotros, visita nuestra vida y nuestra muerte y nos dice: «Id y anunciad el Evangelio a todos los hombres», «id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea», que era el lugar más lejano de Jerusalén y donde más desconocedores de Dios había. El Señor, que se ha dirigido a nosotros con sus Palabra, ahora se hace presente en el misterio de la Eucaristía aquí en este altar. Recibámoslo, dejemos que entre en nuestra vida. Con su cercanía, al darnos su vida, nos hará estar cercanos a todos los hombres para dar vida. Amén.
 
Palabras de cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española
 
Majestades, Autoridades Hermanos obispos y sacerdotes Hermanos todos en el Señor
 
A consecuencia de la grave crisis sanitaria de la Covid-19 muchas personas han padecido esta enfermedad y desgraciadamente demasiadas han fallecido. La Iglesia que peregrina en España hace suyo el dolor, el sufrimiento de los familiares de los difuntos y quiere, a través de la Comisión Permanente, ya que la Asamblea Plenaria no se reunirá hasta el mes de noviembre, pedir al Dios y Padre de la misericordia, por todos los fallecidos, no sólo por el coronavirus sino también por los que han fallecido por otras causas y que, durante el tiempo de confinamiento, no han podido recibir la despedida merecida.
 
Es profundo el dolor que ha provocado en nosotros no solo su muerte sino también las condiciones de su partida, lejos del contacto de sus familiares y amigos, sin poder cruzar palabra, sin poder despedirnos de ellos. Rezamos por todos ellos y por sus familiares. Sin embargo, Dios nunca abandona a sus hijos . La solidaridad de tantas personas implicadas en ayudar a las víctimas de la pandemia es el signo sencillo y palpable de la cercanía de Dios. Damos gracias porque hay en nuestra sociedad una gran reserva de humanidad y de caridad, de acción solidaria Ahora, estamos ofreciéndoles el mejor regalo que podrían recibir: nuestra oración y acción de gracias por todos y cada uno de ellos. Es precisamente en la celebración de la Eucaristía por su eterno descanso cuando oramos por ellos a Dios para que los acoja en su Reino, pedimos también perdón por sus fragilidades y pecados, y damos gracias a Dios por sus vidas y por su Misericordia y Bondad para con ellos.
 
¿Qué será de nuestros familiares y amigos que han sufrido una muerte injusta y en soledad? ¿Se ha acabado todo para ellos? Hemos experimentado cómo el anuncio de esperanza en la vida eterna lanzado por Jesucristo coincide con el deseo más profundo de nuestro corazón. La muerte es el paso desconocido que hemos de cruzar para pasar a la vida plena en Dios y el tránsito para el reencuentro con nuestros hermanos que nos han precedido. 
 
Ojalá, hermanos y hermanas, que esta experiencia vivida sea también una oportunidad para avanzar en el camino espiritual. Que todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo. Que
podamos hacer nuestras estas bellas palabras del poeta:
 
¿Qué quiero mi Jesús?... Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte,
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.
 
Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo
todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.
 
Quiero, amable Jesús,
abismarme en ese dulce hueco de tu herida,
y en sus divinas llamas abrasarme.
 
Quiero por fin, en Ti transfigurarme, morir a mí, para vivir Tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme.
 
[Calderón de la Barca (1600-1681]
 
Que esta Eucaristía nos ayude a meditar lo sucedido a la luz del Evangelio y bajo la acción del Espíritu de Dios, de modo que se pueda obrar en nosotros una transformación interior que se concrete en una mayor implicación por la construcción de un mundo más humano, más justo, más fraterno y más abierto a Dios.
 
Oración ante la pandemia leída por Excmo. Rvdmo. Sr. D. José María Gil Tamayo, Obispo de Ávila
 
Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Confiamos en ti, Salud de los enfermos, que junto a la cruz te asociaste al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, salvación de todos los pueblos, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y hacer lo que nos diga Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y se ha cargado con nuestros dolores para llevarnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! ¡Amén!
 
Papa Francisco
Lunes, 06 Julio 2020 08:50

REVISTA DIOCESANA JULIO-AGOSTO 2020

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La Memoria 2019 de Cáritas Castilla y León resume el compromiso cotidiano hacia una sociedad más humana de técnicos, voluntarios, participantes, colaboradores, socios y donantes que conforman las 11 Cáritas Diocesanas de la región (Astorga, Ávila, Burgos, Ciudad Rodrigo, León, Osma-Soria, Palencia, Salamanca, Segovia, Valladolid y Zamora).

En el último año, la intervención de todos estos agentes hizo posible que Cáritas llegara a más de 130.000 personas con sus proyectos sociales, en los que invirtió cerca de 34 millones de euros.

El quehacer de las Cáritas Diocesanas se fundamenta en la acogida, el encuentro y el acompañamiento orientado a la promoción, autonomía, corresponsabilidad y participación de las personas. Este acompañamiento se desarrolla mediante 381 equipos parroquiales, 82 interparroquiales, arciprestales y diocesanas y 92 centros sociales.

La acción de Cáritas se consolida a nivel regional gracias a sus voluntarios y técnicos. Casi 5.000 voluntario ponen al servicio de la sociedad sus capacidades profesionales y humanas para contribuir una sociedad más caritativa donde todas las personas tengan cabida, un mundo donde nadie se sienta excluido y rechazado, donde se respete su dignidad y sus derechos. Junto a ellos caminan los socios y donantes que contribuyen a esta labor compartiendo sus bienes.

Transparencia

Cáritas Castilla y León invirtió 33.885.676 euros lo que supone un decrecimiento con respecto al año anterior de 3.086.499 euros, éstos evidencian el rigor que identifica el trabajo de Cáritas plasmado por medio de sus agentes contratados, un total de 903.
Los ámbitos a los se destina más inversión son por este orden, Mayores (10.872.605), Acogida y Asistencia (4.773.833), Empleo y Economía social (4.209.807), Personas sin hogar (3.537.163), Personas con Adicciones (2.987.674) e Infancia (1.371.440).

Situación actual

El Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en Castilla y León 2019 ya ponía de manifiesto datos preocupantes en la comunidad como por ejemplo el número de personas en exclusión social, 368.000, es decir, el 15,3% de la población se encontraba dentro de la sociedad estancada y algunos retos en lo relativo a vivienda digna, empleo, sanidad y envejecimiento poblacional.

Ahora, sumergidos en la crisis sanitaria, social y económica tras el impacto del Covid 19 la situación empeora notablemente, y los datos recogidos hasta la fecha, a raíz de las intervenciones de las Cáritas Diocesanas durante el estado de alarma, auguran un aumento de la pobreza severa.

“Es hora de que pensemos y reflexionemos y que nos demos cuenta de que tenemos que tomar partido y comprometernos en medio de esta sociedad, que hay que buscar un modelo distinto de sociedad, que tenemos que replantearnos la forma de vivir. El mundo tiene que cambiar, pero nosotros también. Y que crezca la compasión, cuidar a la gente y acercarnos a las personas que han caído, personas heridas con miles de problemas de todo tipo, personas que necesitan un acompañamiento”. Antonio J. Martín de Lera, presidente de Cáritas Castilla y León.

 

LEA Y DESCARGUE AQUÍ LA MEMORIA 2019 DE CÁRITAS CASTILLA Y LEÓN

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Viernes, 03 Julio 2020 07:31

UNA DÉCADA SIN ORDENACIONES

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El 3 de julio de 2010 se celebró la última ordenación sacerdotal en Segovia. Hoy se cumplen 10 años de este evento, que nos hace mirar al pasado. La ciudad de Segovia, tiempo atrás, se consideraba ciudad de militares y de curas, pues la plaza del Azoguejo, lugar del emblemático acueducto se localiza en medio de la academia de Artillería y el seminario de Segovia, por lo que no era difícil encontrar alguno de los dos si paseabas por el centro de la ciudad. Ahora, en vez de curas o militares lo que se ve son turistas, con las oportunas distancias de seguridad, que van a ver al diablillo y su obra (el acueducto). El seminario menor de Segovia hace 50 años contaba con casi 500 seminaristas, pero el número fue decayendo, diez años después ya eran solo 25 los seminaristas en Segovia (en el mayor y en el menor) hasta que se cerró en el 2000. Pero la Iglesia de Segovia no podía permitir que la vida religiosa perdiera los ministros que hacen posible la celebración de los misterios y que avivan la fe del pueblo de Dios. Se tomaron diferentes medidas, y los obispos que pasaron vieron en esta situación un problema capital, pues no solo los feligreses se hacían cada vez más mayores, sino que no había relevo en los curas que tiene como misión esencial anunciar el mensaje siempre novedoso y vivo del Evangelio.

      Para ayudar a que los jóvenes pudieran descubrir si su vocación era la de ser sacerdote, se inició el seminario menor en familia, donde los jóvenes que quisieran se reunían quincenalmente para tener un encuentro donde rezaban, se formaban y convivían con el objetivo de discernir si Dios les estaba llamando a servir a los demás desde el sacerdocio. Estos encuentros se realizaron durante 8 años, y yo doy gracias a ellos porque me ayudaron a acercarme más a Dios y a poder dar el paso a entrar en el seminario mayor.

      Posteriormente, con la llegada del obispo D. César, se abrió el seminario menor en septiembre del 2016. En la actualidad cuenta con cuatro seminaristas. Los seminaristas viven en el seminario durante la semana laboral y asisten a los institutos en los que realizaban los estudios académicos antes de entrar. Allí además de convivir realizan diferentes actividades como excursiones, oraciones, deporte y apoyo académico.

      ¿Pero cómo llega una persona a ser sacerdote? Es un proceso largo. No tiene por qué comenzar en el seminario menor, pero ayuda a discernir desde muy joven cual es la vocación. Después del seminario menor, cuando la persona ya es mayor de edad, va al seminario mayor. En el caso de Segovia, el seminario mayor se encuentra en Salamanca y es acogido por el Teologado de Ávila. Donde diferentes seminaristas de siete Diócesis distintas conviven y forman una comunidad que ayuda en este proceso, en este camino, hasta el sacerdocio.

      Durante este proceso se realizan los estudios de Teología que duran cinco años y en donde se estudian no solo Teología sino también asignaturas interdisciplinarias como Filosofía, Psicología e idiomas (latín, griego y hebreo). Pero la formación no acaba en el curso universitario, sino que en el seminario se realiza una formación integral de la persona creciendo en la dimensión humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria, sin perder su personalidad, fortaleciendo sus dones y conociendo sus defectos y dificultades, en definitiva, creciendo en humanidad y acercándose de forma personal a Dios y a los hermanos. Durante este periodo, se van realizando pasos que afianzan esa decisión de seguir a Jesús sirviendo a la Iglesia desde el ministerio sacerdotal, estos pasos son el rito de admisión, el acolitado y lectorado, y el último paso antes de la ordenación sacerdotal, el diaconado.

      Este proceso no solo ayuda a formarse para ser un buen sacerdote, sino para discernir profundamente si la decisión es acertada, pues el seminario es como un noviazgo en el que se reflexiona sobre la entrega total de la vida, no a una persona como en el matrimonio sino a Dios y desde Él a todos los hombres y mujeres. En la actualidad, Segovia cuenta con tres seminaristas mayores, uno de ellos con los estudios teológicos finalizados. Pero hay que tener en cuenta que, durante estos diez años, han fallecido 47 sacerdotes (6 de ellos curas incardinados a la Diócesis pero que realizaban su tarea pastoral fuera de ella) y solo gracias a más de 30 sacerdotes que provienen de diferentes Diócesis y países, se puede servir a toda la provincia de Segovia intentando compaginar los actos comunitarios y el trato personal, llevando a Cristo a través de los sacramentos.

      Muchas pueden ser las causas de este década sin una nueva ordenación sacerdotal: el secularismo, el miedo de los jóvenes a comprometerse, un testimonio tibio de las comunidades eclesiales que no ayudan a la dimensión vocacional de todo cristiano, el centrarse en una fe individualista perdiendo el factor comunitario de la misma, etc. Pero de lo que no hay duda es que la Iglesia de Segovia: todos sus sacerdotes con el obispo a la cabeza y todos sus fieles, seguirán ayudando a los jóvenes y no tan jóvenes de vislumbrar si Dios les llama a la vocación del sacerdocio y les acompañarán para mantener el sí, la respuesta personal a la Buena Noticia que Dios les hace. Pues Dios sigue llamando a los jóvenes para que sirvan a todos los segovianos y segovianas para hacer presente a Dios y a la Iglesia universal entre ellos.

Alberto Janusz Kasprzykowski
Seminarista mayor

Hay palabras de Jesús especialmente significativas. Se dirigen a cada persona y son una invitación a la relación con él. En el evangelio de hoy, Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos y los ha revelado a la gente sencilla. Para entender bien estas palabras hay que tener en cuenta que el evangelista, previamente, hace notar que la predicación de Jesús ha sido rechazada por quienes le acusan de tener relación con pecadores y publicanos e incluso de estar endemoniado. Son los «sabios» de este mundo que se consideran con derecho de juzgar a los demás, incluso a Jesús, descalificando su enseñanza. Por el contrario, los que seguían a Jesús eran considerados como una pobre gente, sin formación ni doctrina, que, no obstante, acogían con alegría las palabras de Jesús. Por eso Jesús da gracias al Padre, porque a estos les ha revelado las cosas del Reino.

Jesús da un paso más: a esa gente que se veía relegada por los «sabios» de la época la invita a acercarse a él: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). El filósofo y teólogo danés, Sören Kierkegaard, considerado como el Sócrates nórdico, escribió sobre esta invitación de Jesús unas preciosas páginas publicadas en español con el título «ejercitación del cristianismo», que arrancan de las primeras palabras de Jesús: «Venid a mí». Jesús se sitúa en el centro de su mensaje, como en otras ocasiones, y se define a sí mismo como manso y humilde de corazón. Esta invitación —«venid a mí»— se dirige a los que están cansados y agobiados porque él quiere aliviarlos. Estos cansados y agobiados son, naturalmente, todos los hombres a quienes les pesa la vida con sus luchas y contradicciones, con sus angustias y sufrimientos. Quienes se acerquen a Jesús hallarán descanso para sus almas.

Llama la atención, sin embargo, que Jesús diga a continuación: «Tomad mi yugo sobre vosotros». Invitar a alguien cansado y agobiado a ponerse un yugo sobre sí mismo parece una contradicción. Una persona en tales condiciones desea quitarse la carga de encima, no ponerse más peso. Quiere decir que la metáfora que usa Jesús debe ser entendida de otra manera: no como un peso, sino como una liberación. El yugo del que habla Jesús produce descanso, libera del agobio y del cansancio. Sólo puede tratarse del yugo del amor que hace más fácil todas las cosas. Como dice san Agustín: «Donde hay amor no existe fatiga; y si hay fatiga, es amada». No hace falta saber mucho para reconocer esta verdad tan cotidiana: que el amor aligera. Posiblemente, Jesús utiliza la palabra «yugo» para hablar de su ley, de su nueva sabiduría, que es la compasión con los que se sentían agobiados con las cargas que imponían fariseos y letrados. Jesús habla de «mi yugo», que él mismo pone sobre nosotros cuando nos acercamos a él, le confiamos nuestras necesidades y descansamos en su infinita compasión. El hecho de que él mismo se defina como «manso y humilde de corazón» indica que su yugo tiene que participar de esas mismas virtudes. Cuando experimentamos el cristianismo como una carga insoportable es que no hemos entendido nada, nos hemos desviado del camino. El cristianismo es descanso en Cristo y libertad para amar. No es sometimiento servil ni moralismo paralizante. Con razón, el padre Lagrange llamaba a este texto la «perla» del evangelio de Mateo. Quien encuentre esta perla venderá todo lo que tiene, que pesa como un fardo inútil, comprará la perla y encontrará descanso.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

 

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