Jueves, 26 Marzo 2020 10:17

«¿Crees esto?» Domingo V Tiempo de Cuaresma

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

El milagro de la resurrección de Lázaro constituye un puente entre la primera y la segunda parte del evangelio de Juan. La primera parte, llamada «libro de los signos», es un conjunto de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta su identidad. Las bodas de Caná, la multiplicación de los panes, el ciego de nacimiento permiten a Jesús hablar de sí mismo con el admirable lenguaje de los signos: él es el vino nuevo de la salvación, el pan bajado del cielo, la luz del mundo que nos permite ver el horizonte trascendente de las cosas. Con el milagro de la resurrección de Lázaro, se llega al clímax de las afirmaciones de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. Ninguna afirmación puede superar a esta que nos habla de Cristo como Absoluto, como el Día último en que resucitarán los muertos.
La segunda parte del evangelio de Juan se llama «libro de la gloria» porque presenta la muerte y resurrección de Jesús a la luz la «gloria» con la que Dios mismo se manifiesta en su propio Hijo. Cuando, al mandato de Cristo de quitar la losa del sepulcro, Marta responde que su hermano lleva ya cuatro días enterrado y huele mal, Jesús replica: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios». La enfermedad y muerte de Lázaro servirá, como dice Jesús a sus discípulos, «para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
¿En qué sentido? Es claro en todo el relato que Jesús desea acrecentar la fe de los suyos y sembrar la fe en quienes aún no creen en él. Entre los judíos, había quienes creían en la resurrección de los muertos, al final de los tiempos, y quienes la negaban, como los saduceos. El milagro de la resurrección de Lázaro manifiesta el ser mismo de Jesús: el es la resurrección y la vida. Pero paradójicamente, este milagro, que suscita la fe en muchos judíos, se convierte en el hecho que provoca la reunión del Sanedrín que decide darle muerte. Así lo dice proféticamente el sumo sacerdote Caifás: «Conviene que uno muera por el pueblo». Y desde aquel día decidieron darle muerte.
Queda aún sin esclarecer una cuestión ya aludida: ¿en qué sentido el milagro de la resurrección revela la gloria de Dios en Jesús? En primer lugar, por el hecho mismo: el poder de resucitar a un muerto sólo pertenece a Dios, que manifiesta así su gloria, su soberanía sobre la vida y la muerte. Pero hay todavía otro motivo latente en el relato. La resurrección de Lázaro anuncia y prefigura la definitiva resurrección —la de Cristo— que hace de su muerte una muerte gloriosa, pues gracias a ella, Jesús atraerá todas las miradas hacia él, es decir, será reconocido como el vencedor de la muerte. Por eso puede decir a Marta: «el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
La fe en Cristo nos introduce ya aquí, en este mundo, en el ámbito definitivo de la Vida. Creer en él y vivir para siempre son las dos caras de una misma realidad. Este evangelio, por tanto, nos dispone a vivir el misterio pascual de Cristo con la esperanza de la vida inmortal, aunque pasemos por el trance de la muerte física. Como a Marta, Jesús nos pregunta: ¿Crees esto? La fe en la resurrección no es una ilusión sin cumplimiento, ni un anhelo sin plenitud: es la señal que define al cristiano, la verdad contundente del Credo que sostiene las demás verdades como la clave de bóveda. Sin la resurrección no hay cristianismo, no hay Cristo. El cristiano afronta la muerte con la serenidad de quien vive ya en la Vida, de quien ha sentido, según dice el poeta J.A. Peñalosa, que «Dios besó al pecador en la mejilla», cuando su Hijo tomó nuestra carne y puede, por tanto, afirmar: «y muerte no es morir si estoy contigo».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Visto 134 veces
© 2018. Diócesis de Segovia