Jueves, 28 Marzo 2019 09:58

Hijos, no jornaleros. D. IV de Cuaresma.

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El movimiento hacia la conversión siempre empieza en Dios. Dios es quien, sirviéndose de causas diversas, llama al hombre a salir de su pecado, desandar el camino errado, y volver a la casa paterna. Salir del pecado es imposible para el hombre, sólo Dios puede hacerlo. «Dejaos reconciliar por Dios», dice san Pablo. En este sentido, los convertidos no son sólo los que pasan de la incredulidad a la fe. Son también los que cada vez que caen se levantan hasta entonar el mea culpa del hijo pródigo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo». Por eso, lo propio de Dios es esperar a que su llamada sea escuchada.
En la parábola del hijo pródigo, aunque no se diga expresamente, el padre está esperando la vuelta. Lo sugiere la frase: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió». El padre oteaba el horizonte, y pudo descubrir en la lejanía —el pecado siempre es lejanía— la figura entrañable del hijo, quizá irreconocible en sus débiles andares, al borde del desfallecimiento. «Su padre lo vio y se conmovió —dice el evangelio—; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo». Dice U. von Balthasar que «nunca describió Jesús al padre celeste de una manera más viva, clara e impresionante que aquí». Los pintores han representado al padre como un anciano. El amor, sin embargo, le impulsa a correr, a arrojarse al cuello y cubrir de besos al hijo. Cuando éste se excusa, el padre no responde con palabras. Su acogida es calurosa y desmedida: Ordena que le pongan el mejor vestido, anillo en la mano y sandalias en los pies y prepara un banquete para festejar que ha revivido.
Esta es la conversión: una fiesta por recuperar la vida. El pecado es la muerte: «Estaba muerto». La conversión es vida: «Ha revivido». Dios se ha servido del pecado, del alejamiento, del deshonor que suponía guardar cerdos, del hambre y la desolación de sentirse humillado, para llamar a su hijo desde lejos, sin que se diera cuenta, y recuperarlo para la vida. En esta parábola está resumido el evangelio. Es el evangelio hecho narración precisa y acción sagrada. Jesús nos ha dado el secreto de su misión, porque, aunque él no lo diga, al contarlo está describiendo qué ha venido a hacer entre nosotros: revelarnos al Padre.
De hecho, esta parábola se dirige a quienes no entendían que Jesús tratara con pecadores, comiera con ellos y los considerase amigos. Jesús se narra a sí mismo en su relación con quienes criticaban su actitud misericordiosa con los pecadores. Estos están representados en el hijo mayor que no entiende el derroche del Padre y se atreve a juzgarlo echándole en cara que nunca le ha dado un cabrito para comérselo con sus amigos. También aquí el padre se muestra padre: sale a la búsqueda del hijo mayor que, indignado, se negaba a entrar en la casa y celebrar la fiesta con su hermano. Y cuando el padre escucha los argumentos del hijo mayor, le revela el secreto de su paternidad: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado».
Los dos hijos estaban lejos del padre: uno, dilapidando la herencia; el otro, desconociendo que todo era suyo. Uno se había ido de casa; el otro, estaba dentro. Los dos eran pecadores a su manera. Los dos necesitaban que el padre los atrajera hacia sí. Con esta parábola, Jesús interpela a los que están dentro de la casa sin conocer al padre, imagen de Dios. Y pone el ejemplo de quien se marcha lejos, muy lejos, al país de la muerte, donde descubre que es preferible ser jornalero a morir de hambre. No sabía que el padre no quiere jornaleros, sino hijos.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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