Viernes, 22 Marzo 2019 12:01

La urgencia del tiempo. D. III . Cuaresma.

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El evangelio está sembrado de llamadas a la conversión. La primera palabra que Jesús pronuncia al iniciar su ministerio es: «convertíos». La conversión es la actitud del hombre religioso que, desandando el camino errado, se vuelve a Dios que espera el retorno del hijo pródigo para abrazarle con ternura.
La actitud del hombre pagano está bien definida en el «carpe diem» de quienes se beben el tiempo como si fuera un elixir de disfrute que les enajena para olvidar la seriedad de vivir. Disfruta del momento, dice el pagano; convertíos o pereceréis, dice Jesús en el evangelio de hoy. El contexto histórico de esta advertencia, fueron dos hechos que conmovieron la opinión pública en tiempo de Jesús: el desplome de la torre de Siloé, que provocó dieciocho muertos, y la matanza que ordenó Pilato de algunos amotinados en el templo de Jerusalén, cuya sangre se mezcló con la de los sacrificios rituales. Cuando cuentan a Jesús tales sucesos, él no los achaca a un castigo por sus pecados, como era frecuente interpretar tales desgracias, sino que las utiliza para interpelar a sus oyentes: vosotros —viene a decir— no sois mejores que los que han muerto. Y, si no os convertís, también pereceréis.
Hablar hoy de estas cosas parece anticuado. El ateísmo consigue adeptos que se convencen de que la muerte es el final de todo. Es una cuestión antigua. Pero el problema de la salvación última, por mucho que lo releguemos al olvido, constituye el drama definitivo del hombre. Salvarse o no, es la cuestión crucial de la existencia. O mejor: dejarse salvar. Porque el hombre no puede salvarse a sí mismo en el sentido que Jesús da a la palabra salvación. La salvación es el juicio último de Dios sobre la vida del hombre. Trasciende este tiempo fugaz. Hay una forma cristiana de entender el «carpe diem» pagano: Jesús invita a vivir cada día su afán, asumiendo con seriedad la existencia cotidiana. Podíamos decir que nos invita a vivir cada día como si fuera el último, exprimiendo todas las posibilidades de hacer el bien. Convertirse es la actitud de quien se desvive por amar a Dios y a los demás como dos actos de la misma pasión unitaria: es el doble mandamiento de la ley. Quien sabe disfrutar así, hace del tiempo una ocasión única e irrepetible para escuchar aquellas palabras que pronuncia el Rey cuando viene a juzgar el último día: Venid, benditos de mi Padre al reino prometido; o aquellas parecidas: Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.
La salvación que ofrece Cristo se teje en el tiempo, pero lo trasciende. El tiempo es una dimensión de la existencia que se consume en el paso a la eternidad. De esto trata Cristo cuando, al final del evangelio de hoy, nos cuenta la historia de la higuera que, plantada en la viña, no daba fruto. El dueño decide arrancarla, cansado de cuidarla con esmero. El viñador —que es el mismo Cristo— intercede ante el amo para que la deje un año más. La cuidará, la echará estiércol, a ver si da fruto. «Déjala todavía este año», dice suplicante; «si no, la cortas».
No se puede describir mejor la urgencia de la salvación y el paso inexorable del tiempo que nos urge a dar frutos de conversión, justicia y caridad. El tiempo no es una dimensión del hombre meramente cronológica. Es tiempo de salvación. Dios —el dueño de la higuera— tiene paciencia un año y otro a la espera del fruto. El viñador se desvive por cuidar de la higuera. Pero la advertencia sigue en pie: «Si no, la cortas». Escamotear esta advertencia es ceder al inexorable paso del tiempo como si se tratara de ir quitando hojas de un calendario como quien se desprende de su vida esperando que el mañana nos sonría mejor. «Carpe diem».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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