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Miércoles, 08 Agosto 2018 08:23

Revista Diocesana. Junio 2018

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Martes, 07 Agosto 2018 10:39

Iglesia en Segovia. Mayo 2018

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Miércoles, 01 Agosto 2018 06:32

TASAS Y ARANCELES PARROQUIALES

Viernes, 20 Julio 2018 07:58

La compasión del pastor. D.T.O.XVI

Cuando se habla de la compasión de Cristo, se tiende espontáneamente a considerarla como la actitud que le acerca a los enfermos, pobres o necesitados  desde el punto de vista material. Jesús se compadecía ciertamente de los ciegos, sordos, leprosos y paralíticos. Y atendía también las necesidades de los pobres pues había instituido entre los apóstoles una bolsa común para hacer limosnas. Sabemos que Judas, el que lo entregó, se encargaba de este menester. Quien acudía a Cristo sabía que nunca volvería de vacío.

El evangelio de este domingo nos habla de un aspecto de la compasión de Cristo que merece mucha más atención de la que a menudo se le presta. Cuando los apóstoles regresan de la misión a la que Jesús les ha enviado, éste debió observar que regresaban fatigados y les invitó a retirarse a un sitio tranquilo para descansar, pues eran tantos los que les buscaban que no tenían tiempo ni para comer. El descanso debió durar muy poco, pues, cuando la gente descubrió a dónde se dirigían, fueron corriendo por tierra y llegaron antes que Jesús y los apóstoles alcanzaran por barca la otra orilla. Dice el evangelista que, al desembarcar, «Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).

La compasión de Jesús se dirige, según este pasaje, al hecho de no tener pastor que les acompañe y enseñe «muchas cosas». Evoca esta escena los textos del Antiguo Testamento en los que Dios, contemplando la ausencia de pastores que guíen a su pueblo, determina convertirse él mismo en su pastor. A Jesús se le conmueven las entrañas ante la necesidad espiritual del pueblo y comenzó a enseñarles muchas cosas. Antes de darles el pan físico, que multiplicará para saciar su hambre, les ofrece el pan de la enseñanza, que necesitan para vivir como discípulos suyos. Por eso le buscan, como buscaba Israel la sabiduría, sin la cual serían presa de la ignorancia.

El evangelista no precisa en qué consistió la enseñanza de Cristo. Se contenta con decir «muchas cosas». Sabemos que la enseñanza de Jesús estaba centrada en el Reino de Dios. Las «cosas» de Jesús son las cosas de su Padre, lo que ha visto y oído de él. Quien lea detenidamente el conocido como «sermón del monte» de Mateo, se dará cuenta de la variedad de enseñanzas que Cristo ofrece a los suyos, como los profetas habían hecho con Israel. Jesús aparece, pues, como el Mesías que enseña la sabiduría y alimenta a su rebaño como buen pastor. El deseo de quienes buscan a Jesús y van tras él corriendo hasta hallarle es correspondido con su disposición a enseñar.

También hoy, mirada la gente con compasión, descubrimos que tiene necesidad de pastores que dediquen tiempo a enseñar las cosas de Dios. La ignorancia religiosa es una forma de pobreza que no puede dejar indiferentes a quienes somos pastores del pueblo de Dios. Entre las obras de misericordia espirituales figura la de enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita. Todo esto pertenece al ministerio de la palabra, que constituye el primer oficio del pastor: anunciar el evangelio a todas las gentes. La Iglesia entera debe aprender de Cristo su compasión y participar de su actitud «pastoral» cada vez que descubre la necesidad que el hombre tiene de conocer los misterios del Reino. El mandato de Cristo, antes de subir a los cielos fue precisamente éste: «Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado». Nada de esto podremos hacer sin poseer la compasión de Cristo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Viernes, 20 Julio 2018 07:41

Un bastón para el camino. D.T.O.XV

 

Apóstol significa enviado. Jesús envía a los Doce con autoridad sobre los espíritus inmundos. Los envía de dos en dos. Y les encarga que lleven un bastón, y nada más. Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias pero no única túnica de repuesto. ¿A qué tanta pobreza y escasez de medios? Para que brille la fuerza del Evangelio de la que son investidos y el poder que han recibido directamente de Cristo para proclamar el Reino de Dios. Así no se confundirán los dones de Cristo con los medios humanos. En realidad, esta pobreza es sobreabundancia de dones.
Jesús no promete el éxito de la misión, aunque dice el Evangelio que echaban muchos demonios y curaban enfermos al ungirles con aceite. Cristo no asegura el éxito a los Doce ni a los que envía. Les asegura más bien persecuciones, luchas y rechazos. Sin embargo, desde el inicio a nuestros días, el Evangelio ha arraigado en los pueblos y culturas que se han abierto a la predicación de los enviados por Cristo.
Esta primera misión de los apóstoles es presentada por Marcos como el paradigma de toda misión. Nos equivocamos, por tanto, cuando cambiamos el método de Cristo y ponemos el acento en los medios y el interés en el éxito. Es la trampa del apóstol: pensar que la fuerza de su misión reside en sí mismo y en los medios que posee. Nunca como hoy, la Iglesia ha poseído tantos medios para evangelizar, es cierto. Pero podemos preguntarnos si el éxito pastoral es proporcional a los medios que posee. ¿Son más vivas nuestras comunidades? ¿Abundan las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Son más misioneras las familias cristianas, más fecundas? ¿La predicación, la catequesis, la enseñanza religiosa se dirigen al centro del Evangelio? ¿Es Cristo y su salvación el núcleo de la predicación? El Papa Francisco nos repite incansablemente que todo lo debemos centrar en el anuncio del Evangelio, en el kerigma. «Conviene —dice—ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo» (EG 34).
Cuando san Pablo reflexione sobre su ministerio dirá que cuando es débil entonces la fuerza de Dios se manifiesta en él. Se refiere naturalmente a las debilidades que rodean la predicación del evangelio. Podemos decir que Cristo ha querido enviarnos a exponer nuestra debilidad para que resalte más la fuerza del Evangelio. Aunque el apóstol aparece como un ser débil, en realidad está fortalecido por la autoridad Cristo y los dones que recibimos de él. ¿Hay algo más fuerte que la victoria sobre el mal? ¿Hay alguna institución o empresa en el mundo que tenga asegurado el triunfo sobre el pecado? Los grandes técnicos del marketing y del éxito comercial ¿pueden compararse a los humildes enviados de Cristo capacitados por él para derrotar el poder del Maligno?
Todo es cuestión de confianza en Cristo y en su Evangelio. El bastón que llevamos en la mano puede compararse al que llevaba Moisés cuando se enfrentaba con el faraón de Egipto. En él residía la fuerza de la palabra de Dios, que hacía lo que decía. Es verdad que, como afirma un filósofo, «Dios no tiene el nombre de éxito», pero esto no significa que su obra fracase, como no fracasó Cristo en la cruz, a pesar de sus apariencias. El apóstol sabe que si en una casa no le reciben, lo recibirán en otra; que la semilla del Evangelio puede caer entre piedras, zarzas y terreno estéril, pero allí donde sea acogida con fe, el fruto está asegurado, porque en la cruz de Cristo, a pesar de su aparente fracaso, el mal ha sido vencido.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Viernes, 20 Julio 2018 07:35

El Destino del Profeta. D. T.O. XIV

Una característica que distingue al verdadero del falso profeta es que el primero experimenta siempre el rechazo de su pueblo. Hay dos razones que explican este rechazo: ser conocido por los suyos y anunciarles la verdad, que siempre es antipática por exigente. Los grandes profetas del Antiguo Testamento sufrieron este destino y algunos lo consumaron con el martirio. La vocación profética, que procede de la llamada directa de Dios, como en el caso de Isaías, Jeremías y Ezequiel, les situaba ante su pueblo como voceros de calamidades. Dios les mandaba anunciar al pueblo elegido pruebas y castigos a causa de sus pecados. El profeta no podía callar. Si lo hacía, Dios se volvía contra él por su cobarde infidelidad. Pero si proclamaba la palabra del Señor, el pueblo lo rechazaba y perseguía. Los falsos profetas eran bien acogidos. Halagaban los oídos del pueblo, se complacían en adular para conseguir así el aplauso, la benevolencia de sus oyentes; y, naturalmente, ocultaban los mensajes de Dios que ponían en peligro la acogida de su auditorio. Se les ha descrito como perros mudos que no ladran ante el peligro que se cernía sobre el pueblo de Dios.
Jesús, el gran profeta anunciado para los últimos tiempos, conocía muy bien la historia de su pueblo y de los grandes profetas. Ante la ciudad de Jerusalén, en vísperas de su pasión, pronunció estas palabras premonitorias de su destino: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían» (Lc 13,33). Su destino se fraguó desde el principio, cuando, en Nazaret, donde se había criado, los vecinos no daban crédito a su sabiduría y a sus milagros porque le conocían desde pequeño y sabían los orígenes humildes de su familia. Jesús no apareció con la aureola de lo extraordinario. Sus conocidos se escandalizaban precisamente de su humildad y sencillez. Por eso dice el evangelio de este domingo que Jesús no pudo hacer allí ningún milagro porque les faltaba fe. Además, su enseñanza era limpia y clara como la verdad, huía de toda adulación y artificio, advertía del peligro del pecado y proponía con mansedumbre y sinceridad el camino de la virtud. Hasta quienes le rechazaban sabían que la sabiduría habitaba en él.
La Iglesia ha recibido de Jesús su vocación profética. Los cristianos, por la unción del bautismo, somos sacerdotes, profetas y reyes. Todos hemos sido enviados a proclamar la verdad que salva. Nuestro servicio a la verdad está por encima del deseo innato de ser acogidos y aplaudidos por la sociedad. Nos acecha el peligro de callar para no ser rechazados, o presentar edulcorado el evangelio de Cristo. En torno a quienes están constituidos en autoridad, crece la adulación y el elogio servil, como decía santa Teresa de Lisieux: «¡Qué veneno de alabanzas se sirve diariamente a quienes ostentan los primeros puestos! ¡Qué incienso tan funesto!». Es una manera sutil de taparles la boca para que no digan «inconveniencias» que les reste prestigio. También en la relación entre iguales puede darse la renuncia a la vocación profética, cuando callamos ante los defectos ajenos o injusticias sociales, o simplemente cuando percibimos que proclamar la verdad nos acarreará rechazo e incomprensión. Qué bien lo decía san Agustín en sus Confesiones: «Al igual que los amigos corrompen con sus adulaciones, los enemigos nos corrigen apelando al insulto». El hombre sabio huye de toda adulación; el necio la busca ansiosamente. Por eso, el destino de los falsos profetas, a la postre, era ser tenidos por necios. Y san Pablo, que siguió el ejemplo de Cristo se alegraba cuando era débil —maltratado, rechazado y perseguido— porque entonces era fuerte y sabio.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia


Los Obispos de las Diócesis de la Iglesia en Castilla (que agrupa las Sedes episcopales castellano-leonesas, a excepción de las de Astorga y León) mantienen un encuentro de trabajo en la Casa diocesana de Ejercicios de Ávila los días 18 y 19 de julio. Al encuentro asisten, además, Vicarios Generales de las Diócesis así como algunos Vicarios episcopales de pastoral.
El Obispo de Ávila, Mons. Jesús García Burillo, anfitrión del encuentro, recibía en la mañana de hoy a todos los participantes: los Arzobispos de Valladolid y Burgos (Cardenal Ricardo Blázquez Pérez, Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Español, y Mons. Fidel Herráez), así como los prelados de Salamanca (Mons. Carlos López), Palencia (Mons. Manuel Herrero), Osma-Soria (Mons. Abilio Martínez) y Segovia (Mons. César Franco), y el administrador apostólico de la diócesis de Ciudad Rodrigo (Mons. Francisco Gil Hellín). Junto a ellos, un grupo de vicarios episcopales de las diócesis mencionadas.
Durante la mañana y la tarde de este miércoles, los Obispos y Vicarios han trabajado sobre temas tales como el último encuentro de Villagarcía y las perspectivas de trabajo para los futuros encuentros. También han celebrado Vísperas y la Eucaristía en el Convento de La Encarnación. Esta noche, además, está prevista una visita nocturna desde el mirador de los Cuatro Postes, a las afueras de la ciudad.
El segundo día del encuentro, jueves 19 de julio, se trasladarán a la localidad de Madrigal de las Altas Torres, cuna de Isabel la Católica, donde visitarán el convento de las MM. Agustinas (antiguo palacio), así como el templo parroquial de San Nicolás. La jornada y el encuentro finalizarán tras la comida.
La colaboración entre las Diócesis castellanas es tradicional y, además de estos encuentros periódicos de Obispos y Vicarios, son ya clásicos los encuentros de arciprestes en Villagarcía de Campos. Además hay encuentros de diversos organismos de pastoral sectorial, que se reúnen con frecuencia para abordar problemas comunes, intercambiar experiencias y fomentar acciones conjuntas.

 

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