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SEMANA SANTA GENERAL2

Mañana es Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, que este año estamos llamados a vivirla y celebrarla en nuestros hogares, cumpliendo esta cuarentena. Nuestros templos están más vacíos que nunca, más en silencio que nunca, pero cada uno de nuestros hogares es una pequeña iglesia donde vivir la fe.

Para poder vivir la Pascua de este año de una manera activa y como ayuda de parroquias y comunidades, durante estos días, iremos compartiendo en la página web de la Diócesis unos materiales elaborados por las Delegaciones de Liturgia de las Diócesis de Astorga, Ávila, Burgos, Ciudad Rodrigo, León, Osma-Soria, Oviedo, Palencia, Salamanca, Santander, Segovia, Valladolid y Zamora… especialmente concebido para estos momentos y para vivirlo en familia.

Este material es un subsidio complementario de las celebraciones en directo, o cuando éstas no se pueden tener.

Desde las Delegaciones de Liturgia, antes de empezar aconsejan seguir estos sencillos pasos:

  • Buscar el momento adecuado (el Domingo de Ramos y Domingo de Pascua puede ser a mediodía, Jueves Santo y Sábado Santo por la tarde-noche previo a la cena y el Viernes Santo por la tarde.
  • Preparar un portátil, ordenador o smart tv para visionar el video del comienzo.
  • Ambientar el lugar (una vela encendida, una biblia abierta, un crucifijo o una imagen del Señor Jesús, un símbolo que haga referencia a la celebración del día tal como indicamos al comienzo de cada celebración).
  • Reunir a la familia, a quienes estáis en el mismo domicilio en la cuarentena en el salón u otro espacio de encuentro, que sea cómodo para orar (para el Domingo de Ramos, Viernes Santo y Domingo de Pascua).
  • El lugar adecuado para el Jueves Santo y el Sábado Santo será la mesa del lugar donde se come en ocasiones especiales.

El esquema de cada día es el siguiente:

  • Introducción (palabras de un adulto y visionado de un video)
  • Oración del padre o madre de familia
  • Lectura del Evangelio (con varios de la familia)
  • Oración de los fieles
  • Padrenuestro
  • Comunión espiritual
  • Oración final
  • Oración a María por el final de esta pandemia.

DESCARGAR MATERIALES: SEMANA SANTA EN FAMILIA

 

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Domingo de Ramos

 

Jueves Santo

Viernes Santo

Vigilia Pascual. Sábado Santo

Domingo de Pascua

 

La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos. Jesús partió desde Betfagé, al otro lado del monte de los olivos, montado en una borriquilla hasta Jerusalén. Este itinerario se actualiza cada año en la llamada procesión de ramos, que, bendecidos, se guardan en las casas como recuerdo. Aún conservo yo palmas de los años pasados en Segovia.
Este año, debido a la pandemia, la procesión no se realizará litúrgicamente. Su simbolismo, sin embargo, no queda afectado por el virus. Podemos vivirlo interiormente. El Papa emérito Benedicto XVI distinguía en la peregrinación, sin separarlas radicalmente, la dimensión externa de la interna. Sin la interna, la externa queda devaluada. Lo mismo puede decirse de las procesiones: sin el camino interior hacia la conversión, lo externo puede resultar ineficaz. Rasgad el corazón, no las vestiduras, decían los profetas.
¿De qué manera puede realizarse esta procesión interior en el domingo de de Ramos? La liturgia de este día tiene dos aspectos inseparables: la procesión de Ramos, en la que Jesús es aclamado con vítores, presenta el triunfo de Cristo como rey pacífico que viene a establecer la paz sin servirse de medios violentos: Es la paz que se establece en el corazón de los hombres mediante la justicia, la humildad y la conversión del corazón. El pueblo lo aclama con cantos y reconoce su señorío. Pero, inmediatamente después, la liturgia proclama el evangelio de la pasión para indicar que la paz que trae Jesucristo es fruto de su pasión y muerte. Se cumple lo que dice Jesús a los discípulos de Emaús: es preciso que el mesías padezca para entrar en su gloria.
Pasión y gloria son inseparables en la vida de Jesús y del cristiano. Procesionar interiormente lleva consigo aceptar la pasión para disfrutar de la gloria. En este tiempo de pandemia podemos hacer este ejercicio espiritual. Todos, de una u otra manera, estamos sufriendo: bien por haber perdido un ser querido o conocido, bien porque vivimos en nuestra familia el sufrimiento de un contagiado, bien porque nos asalta el temor de ser futuras víctimas. Sufrimos también con quienes sufren en una solidaridad fraterna expresada de diversas maneras, con iniciativas nacidas del amor que restauran la imagen tantas veces negativa que tenemos del hombre. En este sentido, padecer con otros y por otros enaltece al hombre. Es parte de su dignidad. El Jesús crucificado por amor ha expresado como nadie que la compasión —padecer con— desvela las entrañas del Dios misericordioso y la dignidad del hombre que es compadecido. Por eso aplaudimos a quienes compadecen, como signo de nuestro respeto y admiración.
La gloria verdadera sólo viene de la entrega de uno mismo. La gloria de la que habla Cristo y el evangelio no es la que recibimos de los hombres. De esta gloria dice Jesús: «¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44). Esta gloria que viene del único Dios es la que inunda a Jesucristo en su propia entrega: es la gloria del amor, que le lleva a la cruz para vencer la muerte y resucitar glorioso del sepulcro. Es la gloria de su servicio a la humanidad entregando la vida. Es la gloria del Siervo, que, aunque aparezca ultrajado y desfigurado, brilla con el esplendor de una belleza que no se queda en las apariencias sino que desvela el sentido último de la condición humana: entregar la vida por amor. Esa es la verdadera gloria, la que nadie nos puede arrebatar ni oscurecer, ni siquiera la muerte, porque es propio de Dios vencer hasta la misma muerte. Vivir esta pasión y gloria en el interior es realizar una verdadera procesión de ramos.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Miércoles, 01 Abril 2020 16:32

REVISTA DIOCESANA ABRIL 2020

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Perdón sin sacerdote

Vivimos momentos de incertidumre. Nos encontramos aislados en casa sin poder realizar muchas de las actividades cotidianas. Y una de ellas es la confesión. Muchos fieles están habituados a recibir el sacramento del Perdón de forma habitual. Otros buscan confesar sus pecados para celebrar, con su alma limpia, la Pascua de la Resurrección del Señor. Pero, ¿cómo podemos hacerlo sin salir de casa?

Debido a las medidas de confinamiento establecidas tras el decreto de estado de alarma a causa de la pandemia del coronavirus, la mayoría de templos están cerrados o tan solo abren para celebrar la eucaristía, también a puerta cerrada. A pesar de ello, existen vías para poder confesarse.

En primer lugar, podemos hablar con nuestros párrocos a través del teléfono o las vías de comunicación más modernas. Algo que puede resultar sencillo si tenemos el contacto del sacerdote.

Pero, ¿y si no es posible? ¿cómo lo hacemos? El Papa Francisco nos daba las claves hace unos días. "Habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: Señor, he hecho esto, esto, esto,...Perdóname". Así lo subrayó el Santo Padre y lo recoge un Decreto de la Penitenciaría Apostólica, haciendo alusión al Catecismo de la Iglesia Católica: "Los fieles individuales que se encuentran en la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, deben recordar que la contrición perfecta [...] y acompañada del votum confessionis, es decir, por el firme propósito de recurrir cuanto antes a la confesión sacramental, obtiene el perdón de los pecados, incluso mortales".

Esto quiere decir que, si nos dirigimos al Padre con un corazón arrepentido y rezamos el acto de contrición -oración por la que pedimos perdón por nuestros pecadoso y y hacemos propósito de enmienda-, lograremos el perdón de nuestros pecados.

Además, cabe recordar que el Santo Padre, ante estas circunstancias excepcionales en las que nos encontramos, ha concedido la indulgencia plenaria a los enfermos del COVID19, así como a sus familiares y los trabajadores sanitarios.

*ORACIÓN PARA EL ACTO DE CONTRICIÓN
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todos mis pecados y los aborrezco, porque al pecar, no sólo merezco las penas establecidas por ti justamente, sino principalmente porque te ofendí, a ti sumo Bien y digno de amor por encima de todas las cosas. Por eso propongo firmemente, con ayuda de tu gracia, no pecar más en adelante y huir de toda ocasión de pecado. Amén

Martes, 31 Marzo 2020 19:08

VIRGEN DE LA FUENCISLA, VALEDME

FUENCISLA

 

Nos encontramos en una situaión especialmente difícil ocasionada por la pandemia del coronavirus. No solo a nivel sanitario, sino también a nivel emocional. Cada día nos llegan informaciones desoladoras con cifras de contagiados y fallecidos que nos hacen palidecer. Cada día esperamos que no nos toque a nosotros, ni a los nuestros, porque el círculo se va estrechando.

Pero si algo podemos hacer los cristianos es confiarnos al Señor, ese que nunca suelta nuestra mano por muy complicado que sea el momento. Como dijo el Papa Francisco el pasado viernes día 27 en el momento de oración (convocado por él mismo) en la plaza de San Pedro de el Vaticano: "no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos".

En Segovia, tenemos como patrona a la Virgen de la Fuencisla. Cuando necesitamos consejo u oramos ante alguna dificultad, pedimos su intercesión. De hecho, en la antigüedad, ante desgracias o situaciones difíciles se la invocaba con una frase: «MADRE DE DIOS, VIRGEN DE LA FUENCISLA, VALEDME».

Atendiendo a la situación por la que atraviesa, no solo la capital, sino toda la provincia de Segovia, ahora más que nunca debemos recordar esas palabras e invocarlas en nuestras plegarias. Una llamada que también sirve de recuerdo a la herencia de nuestros abuelos y que el pueblo de Dios ha de recuperar.

La Residencia El Sotillo de Cáritas ha recibido de la Gerencia Territorial de Segovia en este día sábado, material para hacer frente a las dificultades que se han ocasionado en la misma como consecuencia de la epidemia que azota a todo el país.

Con todo este material, y el recibido el pasado miércoles 18 de marzo de 2020, podremos afrontar tan delicada situación a pesar de las 28 bajas de profesionales que se dan en el centro durante los últimos días.

Como director del centro Residencial El Sotillo quiero agradecer a la Gerencia Territorial de Segovia el envío de material que cubrirá durante un tiempo las necesidades de nuestros mayores y profesionales.

El director del centro y Cáritas Diocesana reconocemos el buen servicio que esta gerencia está prestando ante las grandes dificultades que pasan las residencias de ancianos de la provincia.

Nuestra misión es proteger a los mayores, las personas más vulnerables en esta crisis sanitaria con el único fin de cortar la entrada o circulación de este maldito virus. Conseguir dicho objetivo no sería posible sin la colaboración de todos.

 

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Caritas Diocesana de Segovia 

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 En la mañana de hoy, Cáritas diocesana de Segovia se ha puesto en comunicación con la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta de Castilla y León y con la Subdelegación de Gobierno en Segovia. El motivo, informar de las dificultades con las que se encuentra la Residencia de Mayores de El Sotillo para poder llevar a cabo su misión de atender y proteger a los mayores, las personas más vulnerables en esta crisis sanitaria, y cortar la entrada o circulación del virus en la residencia.

Este objetivo se ve difícilmente lograble en estos momentos, puesto que no se dispone de Equipos de Protección Individual (EPI), tampoco de oxígeno, ni, sobre todo, del personal cualificado necesario para poder sustituir las numerosas bajas laborales que se han suscitado en los últimos días.
Ante esta situación de extrema gravedad por la falta de personal y de material de protección -sumada a la no provisión de éste por parte de la administración pública- y pensando en el bienestar de los mayores, la dirección del centro solicita a las autoridades pertinentes las siguientes medidas:
• La realización de las pruebas de detección de COVID-19 entre los residentes del centro.
• El traslado inmediato de positivos y personas aisladas del centro a estancias medias o lugares habilitados a tal fin.
• Y si llegara el caso, la asunción, por parte de la Gerencia de Servicios Sociales, de la gestión de este Centro, proveyendo todo el personal sanitario y medios técnicos fundamentales, o la intervención de la UME y personal sanitario del ejército en el contexto de la asunción de la responsabilidad por parte de la Administración Pública.
Actualmente la situación, aunque en estos momentos ningún anciano está infectado, es límite debido a las bajas de personal. El centro ha informado a los familiares de los residentes y mantiene la esperanza de que las administraciones puedan cursar las ayudas que desde Cáritas diocesana se han solicitado y que hasta el momento han sido desoídas.

El milagro de la resurrección de Lázaro constituye un puente entre la primera y la segunda parte del evangelio de Juan. La primera parte, llamada «libro de los signos», es un conjunto de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta su identidad. Las bodas de Caná, la multiplicación de los panes, el ciego de nacimiento permiten a Jesús hablar de sí mismo con el admirable lenguaje de los signos: él es el vino nuevo de la salvación, el pan bajado del cielo, la luz del mundo que nos permite ver el horizonte trascendente de las cosas. Con el milagro de la resurrección de Lázaro, se llega al clímax de las afirmaciones de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. Ninguna afirmación puede superar a esta que nos habla de Cristo como Absoluto, como el Día último en que resucitarán los muertos.
La segunda parte del evangelio de Juan se llama «libro de la gloria» porque presenta la muerte y resurrección de Jesús a la luz la «gloria» con la que Dios mismo se manifiesta en su propio Hijo. Cuando, al mandato de Cristo de quitar la losa del sepulcro, Marta responde que su hermano lleva ya cuatro días enterrado y huele mal, Jesús replica: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios». La enfermedad y muerte de Lázaro servirá, como dice Jesús a sus discípulos, «para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
¿En qué sentido? Es claro en todo el relato que Jesús desea acrecentar la fe de los suyos y sembrar la fe en quienes aún no creen en él. Entre los judíos, había quienes creían en la resurrección de los muertos, al final de los tiempos, y quienes la negaban, como los saduceos. El milagro de la resurrección de Lázaro manifiesta el ser mismo de Jesús: el es la resurrección y la vida. Pero paradójicamente, este milagro, que suscita la fe en muchos judíos, se convierte en el hecho que provoca la reunión del Sanedrín que decide darle muerte. Así lo dice proféticamente el sumo sacerdote Caifás: «Conviene que uno muera por el pueblo». Y desde aquel día decidieron darle muerte.
Queda aún sin esclarecer una cuestión ya aludida: ¿en qué sentido el milagro de la resurrección revela la gloria de Dios en Jesús? En primer lugar, por el hecho mismo: el poder de resucitar a un muerto sólo pertenece a Dios, que manifiesta así su gloria, su soberanía sobre la vida y la muerte. Pero hay todavía otro motivo latente en el relato. La resurrección de Lázaro anuncia y prefigura la definitiva resurrección —la de Cristo— que hace de su muerte una muerte gloriosa, pues gracias a ella, Jesús atraerá todas las miradas hacia él, es decir, será reconocido como el vencedor de la muerte. Por eso puede decir a Marta: «el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
La fe en Cristo nos introduce ya aquí, en este mundo, en el ámbito definitivo de la Vida. Creer en él y vivir para siempre son las dos caras de una misma realidad. Este evangelio, por tanto, nos dispone a vivir el misterio pascual de Cristo con la esperanza de la vida inmortal, aunque pasemos por el trance de la muerte física. Como a Marta, Jesús nos pregunta: ¿Crees esto? La fe en la resurrección no es una ilusión sin cumplimiento, ni un anhelo sin plenitud: es la señal que define al cristiano, la verdad contundente del Credo que sostiene las demás verdades como la clave de bóveda. Sin la resurrección no hay cristianismo, no hay Cristo. El cristiano afronta la muerte con la serenidad de quien vive ya en la Vida, de quien ha sentido, según dice el poeta J.A. Peñalosa, que «Dios besó al pecador en la mejilla», cuando su Hijo tomó nuestra carne y puede, por tanto, afirmar: «y muerte no es morir si estoy contigo».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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“Sembradores de esperanza”

El 25 de marzo de 2020, solemnidad de la Encarnación del Señor, se celebra la Jornada por la Vida. Este año se ha elegido el lema “Sembradores de esperanza”, título del documento que presentó el pasado mes diciembre la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida sobre cómo acoger, proteger y acompañar la etapa final de esta vida.

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, ante la situación de pandemia por el coronavirus, añaden una nota complementaria al mensaje habitual que ya habían hecho público. “La celebración de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo tendrá este año una motivación especial”, afirman. Y recuerdan que “hay una razón para no perder la alegría profunda y la esperanza: ”. “En las actuales circunstancias, -continúan- los cristianos debemos seguir siendo en nuestro entorno –con nuestra palabra y ejemplo- sembradores de esperanza, paz y alegría”.

Los obispos se dirigen a las familias, “es momento de cuidarnos unos a otros y de practicar la misericordia (empezando por esa maravillosa obra de misericordia que nos llama a “sufrir con paciencia los defectos del prójimo”) dentro de la familia y con los más cercanos”. Y a los sacerdotes, que en esta Jornada por la vida son sembradores de Esperanza “disponibles a atender las necesidades espirituales de los que se lo pidan y lo necesiten”. “El sacerdote, al igual que Jesucristo, no puede retirarse, ni esconderse ante la cruz, sino que manifiesta a la sociedad que la Iglesia también sale con ellos favoreciendo la vida”, puntualizan.

“Un <sí a la vida> lo dicen aquellos miembros de la Iglesia, especialmente los religiosos y religiosas y tantas personas que siguen manteniendo la acción caritativa”, recuerdan también los obispos. “Ellos hacen posible -precisan- que no se queden desasistidos durante el confinamiento “los de siempre”, como unos descartados, sino que hay una Iglesia que tiene cuidado de que nadie se quede fuera, abandonado y descontado de la lista de los hermanos”.

Además, en esta Jornada de la vida “tenemos que tener muy presente, de manera muy especial, a todo el personal sanitario, que está sembrando la esperanza con su entrega y buen hacer”.

Por último, pedimos al Señor por todos aquellos sacerdotes, diáconos, voluntarios, personal sanitario, miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado y trabajadores y servidores públicos que han sido contagiados y han dado su vida por ayudar a los demás. Todos vosotros sois los grandes sembradores de la Esperanza Cristiana que nos habla de un cielo nuevo y una tierra nueva donde no exista el llanto, el luto ni el dolor y nos alienta a renovar nuestra confianza en Dios y recordar una y otra vez que el sentido de nuestra vida es la esperanza en su salvación.

 

Lea y descargue aquí la nota remitida por los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida.

Lea y descargue aquí la nota complementaria

 

«Alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc 21,27)

(Carta pastoral con ocasión de la Semana Santa)

 

Queridos diocesanos:

La dramática situación que vivimos, por causa de la pandemia del COVID-19, me apremia a dirigirme a vosotros para expresar los sentimientos de la comunidad diocesana, que me llegan directamente, de los sacerdotes y los míos propios.
Pasamos por un tiempo de prueba y purificación que el Señor ha permitido en su providencia. La historia del pueblo de Dios, desde Abraham hasta hoy, está forjada con el entramado de pruebas que han provocado, junto al sufrimiento y la muerte, frutos de purificación, paciencia, solidaridad y caridad fraterna. En estos días, la fragilidad y el dolor nos ha unido entre nosotros y con el Cristo sufriente que no deja de acompañar a su pueblo y de padecer con él. Quiero expresar en primer lugar, mi comunión y la de toda la diócesis con aquellos que más han sufrido: los que han muerto o están en grave peligro de fallecer, los familiares y amigos que les acompañan con cariño y profunda compasión. La compañía en el sufrimiento es propia del cristiano, porque responde a la compañía que Cristo ha tenido con nosotros al padecer y morir en la cruz. Os acompañamos con nuestra plegaria y afecto sincero

1. También deseo expresar la gratitud y el reconocimiento de la Iglesia a los que forman esa inmensa familia de sanitarios —investigadores, médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y personal de todo tipo de servicios que forman los hospitales— que, de modo tan ejemplar, se han implicado hasta con el riesgo de su propia salud, en la atención a los enfermos de esta pandemia. Sois verdaderos samaritanos que, ante el sufrimiento ajeno, mostráis la capacidad que el hombre tiene de amar y dar la vida por sus hermanos. Para cuantos creemos en Dios, sois expresión viva de sus entrañas compasivas. Os acompañamos con nuestra gratitud, oración y afecto. Soy consciente de que necesitáis en muchos momentos ayuda y consuelo espiritual. Quisiéramos estar físicamente a vuestro lado. No es posible. Pero estamos con vosotros y junto a vosotros, no sólo con el aplauso diario, sino desde la comunión que Cristo ha establecido entre todos los hombres.
Mi pensamiento alcanza también a las fuerzas de seguridad del Estado, policías, militares, guardias civiles, que, como servidores públicos, trabajan para que los ciudadanos seamos responsables en el cumplimiento de las disposiciones dictadas por las autoridades competentes. Hoy mismo me comentaban que en el santuario de la Fuencisla, donde el Santísimo Sacramento es expuesto a la adoración, entran policías y guardias a rezar y volver a sus diversos trabajos. Que la Virgen, nuestra Patrona, os acompañe y sostenga sin desfallecer en vuestro servicio público imprescindible. ¡Gracias por vuestra entrega generosa!
No quiero olvidar a tantas personas, agentes de pastoral y seglares, creyentes o no, que ayudan a personas imposibilitadas en sus necesidades ordinarias y a cuantos consuelan a los que sufren por los medios telemáticos modernos.
Aunque he dejado para el final a los sacerdotes, no son los últimos en su generoso servicio a los demás. Algunos de ellos en Segovia están contagiados. En Italia se ha dado la cifra de 51 muertos. Quiere decir que, como ministros del Señor, no abandonan a su rebaño en momentos difíciles, sino que lo acompañan con diversas iniciativas y con la eucaristía que cada día se ofrece por los fieles, aunque la celebren solos. La eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y en ella nos encontramos unidos con una intensidad que ni siquiera sospechamos. Hermanos sacerdotes, dad gracias a Dios por vuestro ministerio.

2. Muchos se han preguntado durante estos días sobre el sentido de esta pandemia y cómo podemos crecer en nuestra humanidad desde una situación que hace patente el límite mismo de la condición humana: la enfermedad y la muerte. Hay lecciones que se aprenden enseguida, apenas alcanzamos el uso de razón: somos frágiles, mortales. Carecemos de la capacidad de vencer, con nuestras propias fuerzas, el límite que nos aproxima a la muerte. Quizás entendemos mejor ahora el rito que inaugura la Cuaresma: la imposición de la ceniza con sus certeras palabras: acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás. La cultura actual, con su crecida y vana autosuficiencia, nos ha hecho olvidar lo que los grandes filósofos siempre han considerado: el hombre es la caña más frágil del universo. Memento mori. No somos dioses y es locura creer que lo somos. Es de sabios asumir la fragilidad de la que habla la Escritura: «Toda carne es como hierba y todo su esplendor como flor de hierba: se agosta la hierba y la flor se cae» (1 Pe 1,24). Ganaríamos en sabiduría si aprendiéramos esta lección y orientáramos nuestra vida desde actitudes y principios morales que no tengan sólo en cuenta la llamada «sociedad del bienestar», sino la «sociedad del espíritu», ése que cuando se escarba un poco en el hombre, acosado por su límite, florece casi espontáneamente. Como ha dicho un extraordinario poeta mejicano, que fundó un hogar para huérfanos, «soy más que todo esto/ que cabe en la clausura de la piel».
Acompañemos, pues, al hombre en su dolor, ese hombre doliente del que trata V. Frankl en sus escritos humanísticos, pero que nuestra compañía le abra al horizonte que trasciende su fragilidad: el del mundo del espíritu abierto a perspectivas de plena humanidad y de vida eterna. Seamos humildes ante la constatación de la impotencia. Podremos vencer al virus, en efecto, pero jamás venceremos el miedo que nos inculca nuestra condición mortal si no hacemos germinar la semilla de inmortalidad que Dios ha puesto en nuestra carne humilde.

3. Con esta carta quiero, como si fuera un pregón, recordaros que en breve celebraremos la semana santa en la que Cristo aparece como Siervo sufriente de Dios cargando con nuestras enfermedades y dolencias —físicas y espirituales— y venciendo la muerte con su resurrección. Será una semana santa muy atípica, sin casi fieles, privada de su solemnidad, reducida a lo más esencial: el amor ofrecido de Cristo en la eucaristía, en la cruz y en la vida resucitada. Pero en medio de esta sobriedad quedará intacto su misterio como una flor que brota en el desierto, como un manantial en tierra seca capaz de convertir el desierto en un vergel. Todo es esperanza. Por eso, os invito a vivir estos días como el Señor propone. Seguramente nos servirá para entender mejor su anonadamiento, su morir fuera de la ciudad santa de Jerusalén, como un desposeído de su regia ciudadanía, como si fuera un malhechor, un apestado. Aprendamos qué significa vivir hacia dentro de nosotros mismos y hacia dentro de nuestros hogares. Os invito a «celebrar» la semana santa en la «pequeña iglesia» que es vuestra casa. Los padres sois sacerdotes de vuestros hijos. Los mayores sois la rica tradición de nuestro pueblo. Ejerced vuestra veteranía y convocad a la familia en torno a la mesa. Permitidme estas sugerencias:


               + El jueves santo, a la hora de comer, poned en la mesa un pan y una copa de vino, recordando la Cena del Señor. Leed algún pasaje evangélico (el lavatorio de los pies de Juan 13; o la institución de la eucaristía que nos trasmite san Pablo en 1 Corintios 11, 23-34. Y rezad unidos el Padrenuestro dando gracias a Dios por la eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno. Es muy sencillo, ¿verdad?

               + El viernes santo, si tenéis un crucifico, ponedlo en un sitio importante de la casa. Y, cuando paséis junto a él, miradlo con fe —sobre todo a las tres de la tarde, hora de su muerte— besadlo con devoción y dadle gracias porque ha muerto por vosotros. Sed agradecidos con quien se puso en nuestro lugar padeciendo la muerte. Leed algún pasaje de su pasión o el sencillo relato de su muerte y guardad un momento de silencio, como esos que acostumbramos a hacer cuando ocurre una tragedia ¿No os conmueve este regalo inmerecido?

               + El sábado santo, por la noche, encended una vela, como hacemos cuando nos quedamos sin luz eléctrica. Que os ilumine tembloroso ese cirio que ahuyenta la oscuridad. Somos cristianos, hijos de la Luz, Cristo es nuestra luz porque ha resucitado y ha vencido la muerte. Si os atrevéis, cantad el aleluya, porque es la Pascua del Señor, su paso por nuestras vidas.

               Podéis pedir también a vuestros párrocos las sugerencias que nos llegan de la Conferencia Episcopal en este tiempo en que la liturgia ha quedado tan restringida. El Papa Francisco, además, nos ha regalado el don de la indulgencia plenaria que podemos alcanzar —enfermos, familiares, personal sanitario y cuantos no puedan asistir físicamente a la liturgia— participando a través de los medios de comunicación en alguna celebración, leyendo la Palabra de Dios o recitando —con un corazón convertido que rechaza el pecado— las oraciones clásicas (Credo, Padrenuestro, Salve o Avemaría). Con este gesto, el Papa quiere expresar que Dios nos abraza con su misericordia y nos otorga el perdón. Cuando acabe el confinamiento podremos confesar y comulgar haciendo efectiva sacramentalmente la gracia de su misericordia.

4. Hace días comunicaba oficialmente que la misa crismal ha sido aplazada. La Santa Sede ha dado facultad a los obispos para celebrarla en un día que sea posible reunir a la comunidad diocesana. Como sabéis, en esa misa se consagra el santo crisma, se bendicen los óleos de catecúmenos y enfermos y los sacerdotes renuevan sus compromisos sacerdotales. La importancia y significado de esta misa es tan grande que me ha parecido conveniente, en bien de toda la diócesis, trasladarla a la fecha que se comunicará una vez terminado el estado de alarma y el confinamiento. Será así una ocasión providencial para dar gracias a Dios por haber terminado este tiempo de prueba y celebrar con gozo la comunión diocesana. En esta misa, que rompe la austeridad cuaresmal y se celebra —si se puede— el jueves santo por la mañana, la comunidad cristiana desborda de gozo al festejar la gracia de los sacramentos, conferidos mediante el crisma y el óleo santo, y al unirse con los sacerdotes que renuevan sus compromisos de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. No he querido celebrar tanta alegría en la soledad de la catedral sin la presencia de los presbíteros y del pueblo santo de Dios. Quiero que esta celebración nos convoque a todos, como pueblo santo que somos, para proclamar que, pasada la tribulación, Dios ha estado grande con nosotros y nos permite recuperar la alegría empañada por esta prueba cantando la victoria de Cristo sobre la muerte. El es el Viviente, el Primogénito de entre los muertos, el que enciende la esperanza en los hombres como hizo un día con los discípulos de Emaús.

Hermanos todos, sentíos acompañados por vuestro obispo. En cada eucaristía os tengo presentes y rezo especialmente por los enfermos y sus familias. Rezo con profundo dolor por quienes enterráis a vuestros seres queridos sin poder hacer el duelo que deseáis, y también por los ancianos de las residencias que teméis al contagio. ¡No temáis, desechad todo pensamiento que os agobie! Que el Señor os proteja de toda tribulación y María, nuestra madre piadosa, cuide de vuestras casas como cuidó la suya de Nazaret.

Con mi afecto y bendición.

 

+ César A. Franco Martínez
Obispo de Segovia

 

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