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Jueves, 01 Junio 2017 07:17

Iglesia en Segovia. Junio 2017.

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«El inmortal seguro»

¿Es la Ascensión de Jesús a los cielos una despedida? Así sería si Jesús se hubiera ido a los cielos físicos, azules, que contemplan nuestros ojos. Habría cambiado la tierra por el cielo separándose físicamente de nosotros. Pero Jesús no ha ascendido a los cielos físicos, que —no lo olvidemos— forman parte del universo creado. No vive en alguna parte de la creación visible, cuyos límites no llegamos a abarcar con la mirada. Jesús ha retornado al Padre de donde salió. Ha entrado en el mundo propio de Dios; o, si nos gusta más la expresión bíblica, ha vuelto al seno del Padre.

El bellísimo poema de Fray Luis de León, que comienza con el verso «y dejas, Pastor santo», está cargado de sentimientos de adiós y nostalgia, de despedida. El autor se hace intérprete de la grey que contempla alejarse a Cristo, que rompe el puro aire, dejándola «en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto». Aflora en sus versos el sentimiento humano de quien ve partir al «dulce Señor y amigo, dulce padre y hermano, dulce esposo» y experimenta ya la insoportable soledad de la presencia de Cristo.

El texto del evangelio de este domingo, sin embargo, termina con unas palabras que contradicen estos sentimientos, o, al menos, no los sustentan con la verdad teológica de la fe. Las últimas palabras de Cristo dichas en su última aparición —es decir, en el momento de manifestar su continuada presencia entre los suyos— son éstas: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Así termina el primer evangelio, con una rotunda afirmación de la presencia continua del Señor entre los suyos. No es la confesión de una despedida, sino la promesa de un enamorado que afirma con la solemnidad de un juramento que jamás abandonará a su grey. Cristo sigue estando en medio de los suyos. No lo vemos, pero sabemos que está. Su presencia, sentida muchas veces como herida de ausencia, es el don de su retorno al Padre.

La Ascensión de Cristo, como su resurrección, nos introduce en el horizonte de la fe, que supera la contemplación de la visión. La pregunta «¿a dónde ha ido Cristo?» sólo es correcta si entendemos el lugar adonde en un sentido trascendente, no físico. Salí del Padre, dice Jesús y vuelvo al Padre. El Padre no es un lugar físico, sino el Ser en sí mismo, la Vida eterna. «Los cielos» a los que sube Jesús es una forma de nombrar lo innombrable, la morada de Dios que es Él mismo.

Precisamente por esto, Jesús, en su Ascensión, lo llena todo porque ha regresado al origen que todo lo sustenta. Esta es la razón por la que puede ser omnipresente, estar junto a cada hombre, en el rincón más escondido de la tierra, y hacérsele presente con un amor único e imperecedero. Es el Cristo glorioso que habita junto a los hombres de manera misteriosa y real. 

Fray Luis de León no desconocía esta perspectiva trascendente de la Ascensión. Teólogo como era, no sólo plasma en su poesía los sentimientos de quienes experimentan la ausencia visible del Jesús terreno. Ya en sus primeros versos nos da una clave para entender la Ascensión desde la fe, capaz de consolar al cristiano. El poeta le dice a Cristo: «y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro». No se puede conjugar con más arte la frontera que ha traspasado Jesús —el puro aire, ése que respiramos para vivir— , y, al mismo tiempo, la meta de la Ascensión, que Fray Luis define como «inmortal seguro», un modo lírico de definir a Dios. El cristiano sabe que, aunque gemimos en este valle oscuro de soledad y llanto, Cristo nos ha abierto el camino de ese «inmortal seguro» que un día será también nuestra meta conquistada por Cristo en su Ascensión.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

 

 

Martes, 23 Mayo 2017 14:31

XXIV AULA DE VERANO PARA CATEQUISTAS

Los que estén interesados en asistir deben comunicarlo a Florinda (645 82 03 37)  aunque sea en la modalidad de externos (es decir, sin quedarse a comer o dormir). El preció en casos de externos se establecerá según en lo que se participe (comidas, visita a las edades, etc.).

Diptico Aula de Verano Segovia 2017 1

Diptico Aula de Verano Segovia 2017 2

Viernes, 19 Mayo 2017 06:53

El hombre y el Espíritu

 

La Pascua es el tiempo idóneo para administrar el sacramento de la confirmación. Como obispo, no ceso de confirmar a adolescentes y jóvenes que se han preparado con catequesis adecuadas a su edad. Confieso, sin embargo, que cada vez me resulta más difícil hablarles sobre el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. Si ya es difícil explicar qué es lo espiritual del hombre, tan saturado por lo material, ¿qué entenderán —me pregunto— cuando hablamos del Espíritu Santo? El hecho de que en la revelación cristiana, el Espíritu se designe siempre mediante símbolos —agua, viento, fuego, soplo— indica la dificultad de representarnos al Espíritu, que lo invade todo, lo penetra todo, pero es inasible en su infinitud. Nos imaginamos al Padre, por la vivencia de haber tenido un padre terreno. Tampoco el Hijo —Jesucristo—  resulta difícil de imaginar, pues se ha hecho hombre. Pero, ¿y el Espíritu? ¿Cómo imaginarlo? Hablando con Nicodemo, Jesús le dice: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». ¿Cómo explicar esto al hombre de hoy? ¿Qué significa nacer del Espíritu?

La crisis de interioridad, típica de nuestro tiempo, y diagnosticada con tanta precisión por el filósofo Sciacca, ha dejado al hombre inerme ante sí mismo. No se conoce, no sabe quedarse solo y pensar, le abruma el silencio. Los jóvenes no saben vivir sin cascos ni auriculares, convertidos en apéndices necesarios de su naturaleza. Viven en una permanente extroversión de sí mismos  y absorbidos por los móviles, tablets y playstations. ¿Cómo hacerles sensibles a su mundo interior, a su espíritu? ¿Cómo educarles en la espiritualidad? ¿Qué les sugiere esta palabra?

En la teología de san Pablo se distingue entre el «espíritu» del hombre y el «Espíritu» de Dios, la tercera persona de la Trinidad. Según su pensamiento, el hombre, en cuanto ser espiritual, está preparado para recibir el Espíritu de Dios, pero necesita hacerse consciente de su propio espíritu, descubrir su propio «hombre interior» donde habita la verdad. Y sabemos que esto no lo favorece nuestra cultura y sociedad. Hagamos la prueba y preguntemos a los chicos qué saben de sí mismos, de su realidad interior. La respuesta es el silencio. Al menos, esa es mi experiencia.

Vuelvo al comienzo de mi reflexión. Entonces, ¿hay que renunciar a hablar del Espíritu Santo? En absoluto; pero necesitamos una pedagogía especial. Cuando Jesús habla de él, lo presenta como «paráclito», el que viene en nuestra ayuda; «consolador», que alivia nuestra orfandad vital; lo llama «espíritu de la Verdad». ¿Qué haríamos sin él? Pero advierte también que el «mundo» —en cuanto estructura de pecado— no lo ve ni lo conoce. No seamos ingenuos: para conocer al Espíritu Santo y recibirlo, hay que estar prevenidos y saber que hay una poderosa oposición al Espíritu por parte de las estructuras pecaminosas de este mundo, la misma oposición que hay frente a Cristo. La Iglesia, los obispos, y los cristianos debemos hablar del Espíritu, pero la mejor pedagogía es vivir de él y en él, de modo que nuestra vida sea de hecho espiritual, significativa de su verdad y belleza, porque para eso ha venido: para hacernos «espirituales» (no ñoños, ni simplemente piadosos). Ha venido a transformarnos según la imagen de Cristo y convertirnos en la prueba de que el hombre está hecho no sólo del polvo de la tierra, sino del soplo divino, del aliento del Resucitado, que hace al hombre reconocerse a sí mismo como hijo de Dios y hermano de Cristo, y vivir bajo el poderoso dinamismo del Espíritu que sopla donde quiere renovando el mundo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

II ENCUENTRO DE EQUIPOS DE PASTORAL JUVENIL.

“Y se puso a caminar con ellos”

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Los pasados 28,29 y 30 de abril del 2017, 6 personas del Equipo de Pastoral Juvenil de la diócesis de Segovia participamos en el II Encuentro de Equipos de Pastoral, que reunió en Granada a representantes de los equipos de casi la totalidad de las diócesis, movimientos y congregaciones de España.

El tema que abordamos fue el del acompañamiento al joven. Partiendo de la existencia de 5 caminos diferentes desde los que acompañar y ser acompañado (fragilidad, discipulado, espiritualidad, discernimiento vocacional y pastoral), tuvimos tiempo de formación, experiencias y buenas prácticas, testimonios personas y grupos de reflexión. Además tuvimos tiempo para rezar laudes, celebrar la Eucaristía, adorar al Santísimo en la vigilia, disfrutar de la música de Unai Quirós y el padre Damián y compartir experiencias e ideas con agentes de pastoral juvenil de toda España.

Ahora es momento de ponerse en marcha, trasmitir lo aprendido al resto de jóvenes de la diócesis y empezar a crear iniciativas que hagan posible un buen acompañamiento, teniendo siempre presente que, en este proceso, el acompañante y el acompañado no están solos, sino iluminados y guiados por el Espíritu Santo.

En definitiva, una vez más pudimos comprobar la gran cantidad de personas que está trabajando por y para los jóvenes de la iglesia católica. Cada uno desde su realidad concreta y diferente al resto, pero todos con el mismo objetivo, anunciar el Evangelio y ayudarles a encontrar a Jesús. Porque los jóvenes debemos ser la Iglesia del presente, para ser también la del futuro.

 

 

 

 

 

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            En el discurso de despedida que Jesús dirige a sus apóstoles en la última cena, narrado en el cuarto evangelio, Tomás y Felipe le interrumpen para pedirle aclaraciones de lo que dice. Como en otras ocasiones, las palabras de Jesús les resultan enigmáticas, dada la idea que se habían hecho de la misión de Cristo.

            Jesús les anuncia su muerte mediante la imagen de su vuelta al Padre, y afirma que va a prepararles una morada para que estén siempre con él, concluyendo con esta afirmación: «adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le replica: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». A pesar de que Jesús había dicho que se iba al Padre, Tomás, el apóstol pragmático que necesita ver y tocar, no entiende el significado de estas palabras y pregunta por el lugar al que va Jesús y por el camino.  Jesús aclara sus dudas con su famoso dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre, sino por mí».

            A continuación, Jesús habla del Padre, y Felipe, curioso por conocer ya al Padre, le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Con cierto reproche, Jesús le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre?».

            No sé si, después de veinte siglos, estas aclaraciones de Jesús son comprendidas por los que le seguimos. Las dos cuestiones que Tomás y Felipe plantean a Jesús siguen teniendo enorme actualidad. ¿Cuál es el camino para llegar a Dios? ¿Cómo podemos verlo? Llegar a Dios y verlo cara a cara es la aspiración más profunda del corazón humano, incluso de aquel que no se formula estas preguntas de modo explícito. ¿Quién no se tambalea ante la muerte propia o la de un ser amado? ¿Quién no se pregunta, cuando está solo, sobre el más allá? Y quienes tenemos el don de la fe, ¿no desearíamos saber cómo es Dios y vislumbrar, aunque fuera un instante, el perfil de su rostro, la luz de su eternidad? Todos tenemos algo de Felipe y Tomás en nosotros, es fácil simpatizar con sus preguntas, que no son tan torpes como parecen.

            Si el hombre no buscara el camino hacia Dios, no existirían las religiones. Hasta el hombre primitivo hizo sus tanteos en busca del camino hacia Dios. También el hombre moderno, a pesar de sus rechazos a las religiones existentes, experimenta el tirón de Dios y lo expresa en diversas formas de buscarlo. El sociólogo de la religión, P. Berger, escribía en 1999: «El mundo actual… es furiosamente religioso como era antes, y en algunos lugares, incluso más que anteriormente. Esto significa que la totalidad de la literatura de los historiadores y sociólogos sobre la “teoría de la secularización” es esencialmente errónea».

            Jesús se presenta como el camino hacia el Padre. Y la razón que da es muy poderosa: Él y el Padre son uno. Quien le ve a él, ve al Padre. Estas palabras nos ayudan a entender que el cristianismo no es una religión más, un sistema de signos y símbolos, que nos conducen a Dios. El cristianismo es, sobre todo, una revelación. Dios se nos ha manifestado en Cristo. No es el hombre quien ha salido al encuentro de Dios y ha descubierto el modo de llegar a él. Es Dios quien ha salido al encuentro del hombre y le ha enviado a su Hijo para que, viviendo en él, no equivoque el camino de su búsqueda insaciable de Dios. Se comprende, entonces, el reproche de Jesús a Felipe: tanto tiempo entre vosotros y aún no me conocéis. Quien ha visto a Cristo ha visto al Padre. Y los apóstoles vieron a Cristo, antes y después de resucitar de entre los muertos. Este es el testimonio gozoso de la Pascua, el que dan aquellos que, con sus preguntas, hicieron que Cristo respondiera a las nuestras.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Viernes, 05 Mayo 2017 09:14

Cento Orientación Familiar

“Se denomina Centros de Orientación Familiar (COF) a un servicio especializado de atención

integral a los problemas familiares en todas sus dimensiones..."

Pto. 276 Directorio Pastoral Familiar de la Iglesia.

La convivencia familiar pasa a lo largo de la vida por diferentes etapas, y no siempre sus miembros son capaces de desarrollar las actitudes necesarias para afrontar con éxito los nuevos retos y cambios que se presentan. Es entonces cuando comúnmente aparecen las crisis.

Los COF, ponen a disposición de las familias, un equipo multidisciplinar que les ayudarán a conocer las causas de su problemática y les dotarán de los recursos y herramientas necesarias para que aprendan a solucionarlos por si mismos ahora y en el futuro.

Los servicios que ofrecen los COF van dirigidos tanto a la familia en su conjunto como a cada una de las personas que la integran.

Los COF cuentan con equipos interdisciplinarios de profesionales en Orientación y Mediación Familiar, Psicólogos, Médicos, Abogados, Sacerdotes, Monitores de Planificación Familiar, Trabajadores Sociales y Administrativos.

Centro Orientacion familiar 1

 

Centro Orientacion familiar 2

Jueves, 04 Mayo 2017 16:20

Cantos para Fiestas de los Santos

Cantos para Fiestas de los Santos

Jueves, 04 Mayo 2017 14:55

Iglesia en Segovia. Mayo 2017.

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El hombre puede ser definido por su ansia de vivir.  Es la razón que le mueve para abrirse camino en la vida, superar las dificultades y luchar contra todo lo que le amenaza, incluida la muerte. Vivir y vivir para siempre es lo más propio del hombre que se siente frustrado al experimentar que no está en él lograrlo. Sus ansias de vivir chocan con la experiencia de la muerte.

El trasfondo antropológico de la parábola del buen pastor, es decir, el presupuesto del que parte Jesús al presentarse a sí mismo como el que viene «para que tengan vida y la tengan abundante» es justamente esta pasión irrefrenable del corazón humano por vivir. Y la imagen de Cristo, cargando sobre sus hombros a la oveja perdida, es la respuesta más justa y bella a esta necesidad vital del hombre. Los oyentes de Cristo sabían que Dios mismo se había presentado como pastor de Israel que buscaría a las ovejas débiles y descarriadas y las llevaría a pastos abundantes. En las casas y en las sinagogas habían aprendido desde niños el salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas». Y conocían también las palabras consoladoras de Ezequiel: «Yo mismo —dice Dios—  apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear… buscaré las perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré» (Ez 34, 13-16). Jesús, al aplicarse a sí mismo esta imagen, no deja dudas sobre quién es él.

No se contenta, sin embargo, con decir que él es el buen pastor. Añade algo nunca oído: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta imagen de la puerta ha suscitado mucha discusión entre los estudiosos del evangelio. Parece contradictoria con algo que dice Jesús en el mismo pasaje. ¿Cómo puede ser Jesús el pastor que entra por la puerta del redil y no salta por los muros como hace el ladrón, y al mismo tiempo la puerta por donde entran las ovejas? Es evidente que la imagen resulta chocante, pero no absurda. Jesús se dirige en primer lugar a los malos pastores, o guías de Israel, que se aprovechaban de su pueblo. Estos no entraban por la puerta del aprisco, sino saltando sus muros. Él, sin embargo, entra por la puerta, el guarda le reconoce, y sus ovejas escuchan su voz. Por eso, añade: «quienes han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no les escucharon». Al decir que él ha entrado por la puerta, está legitimando su misión de pastor, es el dueño del rebaño, el Dios de Israel que entra en su propia posesión.

Al afirmar, además, que es la «puerta», se dirige a los suyos, a quienes le reconocen como pastor, y les invita a «entrar y salir por él», es decir, a vivir en la confianza plena de ser amados y conocidos por el pastor que nunca defrauda y que conduce a pastos abundantes, imagen lírica de la vida sin fin, de la eternidad. La puerta de Cristo es su propia carne, abierta en la cruz de par en par, por la lanzada del centurión que dejó expedito el camino que, en el Antiguo Testamento, estaba cerrado por el pecado del hombre. Como dice la carta a los Hebreos, los cristianos tenemos «el camino nuevo y vivo», inaugurado por Cristo a través de su propia carne, para llegar a Dios. La puerta está abierta para todo aquel que busca saciar sus ansias de vivir: Cristo es el acceso directo a Dios, que nos invita a entrar y salir por él y encontrar el alimento que colma la sed de inmortalidad propia del hombre que se resiste a morir.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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