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Sábado, 23 Febrero 2019 19:13

Amar a los enemigos. D VII Tiempo Ordinario

Amar a los enemigos

 

            En el sermón de la montaña Jesús nos ha dejado las claves de la vida cristiana. O mejor aún, la motivación última para vivir como él, porque un cristiano no se conforma con cumplir una serie de reglas, más o menos exigentes, sino que aspira a reproducir en su vida, como dice san Pablo, la imagen de Cristo. En las exhortaciones sobre el amor, Jesús invita a ir más allá de la reciprocidad del amor típica de los que se quieren. Es fácil amar a quien nos ama, hacer el bien a nuestros bienhechores y prestar a quienes nos dejan su dinero. Esto, afirma Jesús, también lo hacen los pecadores. No tiene ningún mérito ni hacemos nada de más.

            ¿Cuál es la novedad que propone Jesús? «Amad —dice— a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,35-36). La razón última de este comportamiento, según Jesús, está en Dios mismo y en el hecho de que somos sus hijos. Al decir «seréis hijos del Altísimo» está afirmando que mostraremos nuestro ser, dejaremos ver nuestra propia identidad y se hará transparente nuestra condición de hijos. Se trata, por tanto, de amar como Dios ama, que es el Amor infinito y, por tanto, fuente de todo amor. Afirmar que Dios es bueno con los malvados y desagradecidos no significa que le dé igual que seamos buenos o malos, justos o injustos. Quiere decir que Dios siempre es amor, independientemente de la condición moral del sujeto. Ama incondicionalmente. Y esto es lo que deben reflejar sus hijos en su comportamiento cotidiano.

            Es difícil y exigente amar a los enemigos y a quienes nos odian. Desde el punto de vista humano parece imposible. La venganza es una pasión humana que busca satisfacer el mal recibido con una respuesta semejante. Analizada fríamente, es inútil y estéril. Jamás devuelve el bien arrebatado y nos asemeja a quienes se rebajan al mal y se identifican con él. «Es pobreza de espíritu —decía un filósofo— obstinarse en devolver el daño que se ha recibido». Jesús da un paso más: no se trata sólo de no devolver mal por mal, sino de amar a los enemigos. Este fue su comportamiento cuando, en la cruz, pidió al Padre perdón para quienes le crucificaron y excusó su comportamiento apelando a que no sabían lo que hacían. Así hicieron los mártires cuando eran llevados al supremo testimonio de dar la vida por amor. Este perdón inefable tiene el poder de convertir a los mismos verdugos o a los testigos de su muerte. El buen ladrón, viendo morir a Jesús perdonando, reconoció que poseía un reino más allá de la muerte; el centurión que se hallaba presente confesó la fe en su divinidad. Se cumple así lo que decía san Juan de la Cruz a una carmelita descalza, María de la Encarnación, que fue priora durante veinte años en la comunidad de Segovia: «adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor».

            Poner amor donde no lo hay es tener la certeza de que el amor es más fuerte que el mal y siempre triunfa. Quiere decir que el amor tiene la última palabra y que quien ama así se asemeja a Dios también en su poder sobre la muerte. La venganza, el odio y el desamor son signos de muerte que aniquilan a quien se deja dominar por su dinamismo. La condición del amor es que perdura, traspasa incluso el umbral de la muerte. «Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor —dice el Cantar de los Cantares— ni anegarlo los ríos» (8,7). Del mismo modo que la muerte no pudo vencer a Cristo, todo el que vive en él y como él, posee la certeza de que nada ni nadie, tampoco la muerte, podrán separarlo del amor de Dios revelado en Cristo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

           

           

Lunes, 24 Diciembre 2018 18:07

La familia de Jesús

 

            La Encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento de María es el misterio que inicia su existencia humana y da sentido a todos los misterios de su vida, que, en apariencia, es la de un hombre normal, como dice Pablo a los filipenses. Al hablar de apariencia, no queremos decir que Jesucristo apareciera como hombre sin serlo en realidad. Tal interpretación es una de las primeras herejías cristianas denominada docetismo. La Iglesia confiesa que Jesús es verdadero hombre. Su existencia fue realmente humana y no mera apariencia. La gente, sin embargo, desconocía el misterio que se escondía en su persona, aunque percibiera en él una realidad que trascendía su ser de hombre. Por eso se preguntaban con frecuencia: ¿Quién es éste? ¿De dónde le viene su poder? ¿Con qué autoridad actúa? Los estudiosos modernos, para responder a estas preguntas, hablan de conciencia divina de Cristo, o del sentido de trascendencia y majestad que traslucían sus acciones, especialmente los milagros.

            La experiencia humana del Hijo de Dios comienza en la familia. Por eso, el domingo siguiente a la Natividad es el de la Sagrada Familia. Jesús no ha venido del cielo como un ser extraño y ajeno a la humanidad. Se ha educado, ha desarrollado su personalidad, ha crecida en edad, sabiduría y gracia en el seno de una familia pobre y sencilla de Nazaret. Le llamaban el Nazareno. Como ser humano aprendió de sus padres, y después de sus maestros, las bases del comportamiento familiar, social y religioso de su tiempo. La divinidad de su persona no actuaba saltándose, por decirlo así, la mediación de su humanidad. Su ciencia divina no fue un privilegio para excusarse del aprendizaje humano, aunque en algún momento su conciencia divina se abriera paso a través de su naturaleza humana dejando constancia de que era el Hijo de Dios.

            Un ejemplo claro es el episodio que relata el evangelio de hoy. Cuando Jesús cumplió doce años y subió con sus padres a Jerusalén, permaneció en el templo discutiendo con los doctores de la ley. Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron y le reprocharon su actuación. La respuesta de Jesús es nítida: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi padre?» (Lc 249). Sus padres no entendieron lo que decía. Lo entenderían más tarde cuando, en su predicación, presentara la primacía de Dios sobre toda relación humana, incluso familiar. En su respuesta de niño, sin embargo, aparece ya la conciencia clara de que «las cosas del Padre» determinaban su conducta. Despuntaba en él la conciencia que progresivamente le llevaría a hablar de Dios como Padre suyo, cuya voluntad debía cumplir por encima de cualquier otra norma. Esta fidelidad al Padre no estaba reñida con su sometimiento a sus padres de la tierra, a los que, como dice Lucas, «les estaba sujeto». La familia, para Jesús, no era impedimento para obedecer a Dios. Más aún, la obediencia a Dios la aprendió de María y José. Y creció en humanidad y en gracia por medio de ellos.

            Hoy la familia está necesitada de respaldo, ayuda, incentivos económicos y protección jurídica. Es el lugar genuino para crecer en humanidad y sociabilidad. Es la célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Pero será difícil que desarrolle esta trascendente misión si se olvida que la familia tiene su origen en el Dios Creador que ha puesto su ley en el corazón de cada hombre. Hablamos, naturalmente, de la ley del amor, que es la meta a la que el hombre está destinado. Un amor que trasciende las relaciones familiares y sociales, y las transfigura con la gracia divina que Jesucristo nos ha traído para que nunca olvidemos que también nosotros estamos llamados a ocuparnos de las cosas del Padre.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Lunes, 24 Diciembre 2018 09:28

Una visita inmerecida IV D. Adviento 2018

 El evangelio de este último domingo de Adviento es posiblemente uno de los más entrañables que contienen los cuatro evangelios. Está cargado de simbolismo, ternura y enseñanza. Describe la esencia del evangelio: la salvación en acto. Dos mujeres que se saludan y abrazan. Las dos están encinta de forma milagrosa. Dios las ha mirado con benevolencia y compasión. A Isabel, porque, siendo anciana como su marido, le quita la deshonra bíblica de la esterilidad. Será madre en la vejez. A María, porque, mediante la acción del Espíritu, ha concebido al Hijo de Dios y Mesías de Israel. El mayor orgullo que podía soñar una mujer israelita. Isabel será la madre del Precursor; María, la madre del Esperado de las naciones.

            La escena trascurre en las montañas de Ein Karem, cuando María llega a casa de su pariente para ayudarle en su tiempo de preñez. María sabe, por el anuncio del ángel, que Isabel espera un hijo. Isabel no sabe nada de lo sucedido en María. Pero cuando María la saluda, el hijo de Isabel salta en su seno, y ésta, llena del Espíritu Santo, dice la alabanza mariana que repetirán todas las generaciones. «¡Bendita tú en las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!». Se le revela el misterio que ha sucedido en María y bendice con júbilo a ella y a su hijo. Y añade algo que da la clave de la trascendencia de esta alegría: «¿Quién soy yo para que me viste la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre» (Lc 1,42-44).

            El título que Isabel da a María —madre de mi Señor— indica que ha recibido la revelación de que el hijo de María es el Mesías. Por eso salta de júbilo el Precursor, símbolo de un pueblo profético que esperaba el momento en que el Mesías se hiciera presente. Parece como si al saludo de las madres corresponde el de los hijos, que, en su ocultamiento, hacen notar su presencia. ¡Qué bien lo dijo Lope de Vega!:

            «Juan resplandece este día

            en el vientre de Isabel;

            que Cristo es sol, y da en él

por el cristal de María.

Suma gloria y alegría

siente en el pecho Isabel;

que Cristo es sol y da en él

por el cristal de María».

            La ternura de la escena revela, como decía, la esencia del evangelio: Dios ha visitado a su pueblo. Viene a salvarlo. Lo visita inesperadamente y de modo inmerecido. Isabel no se siente digna de que la madre del Mesías la visite. Su gozo es indecible al conocer que el Señor habita ya en el seno de María. Como último eslabón del Antiguo Testamento, saluda y abraza a quien trae la noticia del Nuevo: la Madre del Señor. Y se deshace en elogios de su fe: «Bienaventurada la que ha creído porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

            Deberíamos recuperar el asombro de Isabel, nosotros los que esperamos el inmediato nacimiento de Cristo. A fuerza de repetir que Dios se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros, nos hemos acostumbrado a una noticia, siempre nueva y sorprendente. Llaman a nuestra puerta, nos anuncian la venida de Dios y pensamos que nos la merecemos, pues ni siquiera nos asombra. ¿Quién soy yo, quiénes somos nosotros para que nos visite Dios? Esta es la pregunta que debemos hacernos para recuperar la alegría de la salvación que nos llega. Porque todos nosotros, sin esta visita, seguiríamos siendo unos pobres condenados a muerte. Abramos las puertas al Mesías, saltemos de gozo ante una visita que, aunque se produzca con la rutina de año tras año, siempre será inmerecida.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Miércoles, 27 Diciembre 2017 22:15

El funámbulo y la fe

El funámbulo y la fe

 

            No es fácil comprender el misterio que acontece en Jesús de Nazaret. Prueba de ello son las herejías que se sucedieron en los primeros siglos de la Iglesia hasta que se formuló el credo que profesamos en la liturgia. Comprender que Dios se ha hecho hombre sin disminuir a Dios y al hombre es tarea ardua que sitúa a la razón al límite de su posibilidad. Los herejes no han buscado serlo. Han querido entender y explicar el misterio, hacerlo razonable. Han deseado mantener la fe, pero, al razonarla y explicarla, han perdido el equilibrio. Han negado a Dios o han negado al hombre. Y la fe confiesa que Jesús es al mismo tiempo Dios y hombre, sin que ambas naturalezas - la divina y la humana – se confundan entre sí o se separen. Ese es el equilibrio necesario para poder atravesar el abismo del misterio sin caer hacia un lado u otro, como hace el funámbulo cuando camina sobre la cuerda floja o el alambre sujetando con las manos la barra que le da seguridad y equilibrio. Valga el ejemplo: la norma de la fe es la barra que ayuda al equilibrio.

            Herejes ha habido siempre y los habrá. Más aún: en muchos creyentes está latente un hereje. Me explico. Cuando hablan de Jesús, muchos subrayan tanto su humanidad, que lo divino y sobrenatural desaparece. Lo presentan como si sólo fuera hombre. Les cuesta entender que en un ser humano pueda habitar la plenitud de lo divino, como dice san Pablo. Les fascina Jesús, pero lo reducen a simple hombre. Así lo afirmaba Arrio, y el arrianismo ha reverdecido en momentos diversos de la historia. También hoy.

            Otros hablan de Jesús como Dios y resaltan tanto su condición divina que lo humano queda eclipsado, reducido a mera apariencia. La encarnación sería un «fraude» de Dios que nos ha hecho creer que su Hijo se hizo hombre, pero no fue así. Los herejes, llamados docetas, afirmaban en los primeros siglos que el cuerpo de Jesús no era real, sino aparente e ilusivo. Hay creyentes que consideran como un demérito de la divinidad haber asumido lo humano, como realmente hizo el Hijo de Dios, a excepción del pecado. Se explica así que la afirmación de que «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52), les resulta incomprensible. Pase lo de la edad y lo de la estatura, pero ¿crecer en gracia? ¿Puede Dios crecer en gracia? Olvidan, de hecho, que Jesús era también hombre.

            Cuando se estudia la cristología - el tratado sobre Cristo – apasionan las discusiones entre los teólogos por la finura de los razonamientos para mantener lo que los evangelios afirman con toda claridad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Esta afirmación es un dogma de fe, ciertamente; es preciso creer. Pero la razón, abierta siempre al misterio, puede explicar el dogma sin perder ninguno de los dos polos: el divino y el humano. Porque si Jesús fuera sólo un hombre, no podría ofrecer la salvación del pecado y de la muerte; y si fuera sólo Dios, no habría nacido de María Virgen en carne humana. Lo humano no habría sido asumido, como afirman los grandes maestros de la fe, para ser salvado. Estamos hablando de un misterio que no puede ser agotado por la razón, cuando ésta se niega a reconocer que Dios es siempre inefable, trascendente y su poder supera todo razonamiento. A veces hay que acudir a los poetas para entender algo de lo que dicen los teólogos. Sirvan estos versos de Chesterton: «De regalo ha caído en la tierra un Dios demasiado grande para el cielo/ Ha saltado sobre todas las cosas, y ha roto los límites de la eternidad:/ igual que un ladrón o un enamorado ha entrado en el tiempo y en la tierra mortal, pues el vino del mundo se desborda/ derramando su esplendor en la arena».

+ César Franco

Obispo de Segovia

           

Lunes, 25 Diciembre 2017 19:59

comentario de navidad

Confieso que no me gustan las felicitaciones de Navidad que silencian el misterio cristiano con un «felices fiestas». Comprendo que sea así, pues no todos profesan la fe cristiana ni celebran sus misterios. Me llama la atención, sin embargo, que en una sociedad hambrienta de compasión, solidaridad, ternura y cercanía, no se explote más la esencia de la Navidad: Dios hecho carne para vivir siempre junto a los hombres. Podrá creerse o no esta verdad, pero constituye un patrimonio del espíritu difícil de enajenar. Se ha hecho viral, diríamos con lenguaje moderno. Y hasta aquellos que no creen, desearían que fuera verdad.

            Dios no ha puesto límites a su comunicación. No le ha bastado crear el mundo, ha querido vivir en él como un hombre más – siervo, pastor, amigo, esposo, taumaturgo – y ha venido, en su Hijo, para consolar a su pueblo, como dice hoy Isaías. No ha querido seguir hablándonos por profetas, sabios y poetas de Israel, sino que nos ha enviado su propia Palabra, hecha carne. El Dios inefable, tres veces santo, cuyo nombre hebreo – Yahwé – no puede ser pronunciado en Israel, ha tomado un nombre nuevo, Enmanuel, «Dios con nosotros». Se llama Jesús, «Dios salva».

            Es cierto que la razón no llega a abarcar semejante misterio - ¿o locura? -, lo cual lo convierte en más creíble, más acorde a la naturaleza de Dios, que sobrepasa los argumentos de la razón para provocar la indagación del misterio y, sobre todo, la adoración, que es la postura más razonable del hombre ante lo inefable. Cuando el hombre se aproxima a esta verdad, con un corazón limpio, percibe que Dios es el más prójimo del hombre, su compañero más cercano. Y entiende las últimas palabras del evangelio de hoy: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Aquí está la razón de la grandeza y universalidad de esta fiesta que une el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, la gloria divina y la paz humana. En sus Rimas, el gran artista Miguel Ángel Buonarroti dice así: «Mas, ¿qué puedo yo, Señor, si a mí no vienes con la inefable y acostumbrada cortesía».

            Si Dios hubiera venido en el estrépito de la tormenta, con rayos y fuego, como en el Sinaí; si hubiera desencadenado la furia de la naturaleza o aplacado la ira del mar, como en Tiberíades; si hubiera, con bota de hierro y brazo poderoso, aniquilado el mal como hizo con el faraón; si hubiera exterminado con ira santa a cuantos corrompen el mundo con sus crímenes innombrables, habríamos creído en él. En realidad, cuando se dice que Dios no existe, es porque anhelamos un Dios que actúe en el mundo con la justicia de los hombres y prepotencia de los poderosos. Pero no. El Dios cristiano viene a envolverse en pañales, presagio de los lienzos de su mortaja; viene en la fragilidad de un niño que gime y necesita ser amamantado; viene a dejarse agasajar por pastores, magos y, sobre todo, pecadores; viene a convivir, compadecer, conmorir con las víctimas inocentes de la crueldad del hombre; viene a ser cordero y comida de arrepentidos que buscan consuelo en el único que puede perdonar y recrear el mundo; viene con la inefable y acostumbrada cortesía de quien no impone su ley, se deja besar por un traidor y negar por su primer vicario en la tierra. Viene solicitando agua a la samaritana, cobijo en casa de amigos y pecadores, para ofrecerles su cortesía, la amable presencia  de quien se llamará, siendo adulto, manso y humilde de corazón.

            Este es el contenido de nuestra fiesta, la verdad que celebramos, el gozo desbordante de quienes saben que Dios nace para vivir y morir con nosotros y darnos la Vida. Dios mío, ¿cómo es posible que cueste tanto decir feliz Navidad?

+ César Franco

Obispo de Segovia

Lunes, 25 Diciembre 2017 19:50

Comentario de navidad

Confieso que no me gustan las felicitaciones de Navidad que silencian el misterio cristiano con un «felices fiestas». Comprendo que sea así, pues no todos profesan la fe cristiana ni celebran sus misterios. Me llama la atención, sin embargo, que en una sociedad hambrienta de compasión, solidaridad, ternura y cercanía, no se explote más la esencia de la Navidad: Dios hecho carne para vivir siempre junto a los hombres. Podrá creerse o no esta verdad, pero constituye un patrimonio del espíritu difícil de enajenar. Se ha hecho viral, diríamos con lenguaje moderno. Y hasta aquellos que no creen, desearían que fuera verdad.

            Dios no ha puesto límites a su comunicación. No le ha bastado crear el mundo, ha querido vivir en él como un hombre más – siervo, pastor, amigo, esposo, taumaturgo – y ha venido, en su Hijo, para consolar a su pueblo, como dice hoy Isaías. No ha querido seguir hablándonos por profetas, sabios y poetas de Israel, sino que nos ha enviado su propia Palabra, hecha carne. El Dios inefable, tres veces santo, cuyo nombre hebreo – Yahwé – no puede ser pronunciado en Israel, ha tomado un nombre nuevo, Enmanuel, «Dios con nosotros». Se llama Jesús, «Dios salva».

            Es cierto que la razón no llega a abarcar semejante misterio - ¿o locura? -, lo cual lo convierte en más creíble, más acorde a la naturaleza de Dios, que sobrepasa los argumentos de la razón para provocar la indagación del misterio y, sobre todo, la adoración, que es la postura más razonable del hombre ante lo inefable. Cuando el hombre se aproxima a esta verdad, con un corazón limpio, percibe que Dios es el más prójimo del hombre, su compañero más cercano. Y entiende las últimas palabras del evangelio de hoy: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Aquí está la razón de la grandeza y universalidad de esta fiesta que une el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, la gloria divina y la paz humana. En sus Rimas, el gran artista Miguel Ángel Buonarroti dice así: «Mas, ¿qué puedo yo, Señor, si a mí no vienes con la inefable y acostumbrada cortesía».

            Si Dios hubiera venido en el estrépito de la tormenta, con rayos y fuego, como en el Sinaí; si hubiera desencadenado la furia de la naturaleza o aplacado la ira del mar, como en Tiberíades; si hubiera, con bota de hierro y brazo poderoso, aniquilado el mal como hizo con el faraón; si hubiera exterminado con ira santa a cuantos corrompen el mundo con sus crímenes innombrables, habríamos creído en él. En realidad, cuando se dice que Dios no existe, es porque anhelamos un Dios que actúe en el mundo con la justicia de los hombres y prepotencia de los poderosos. Pero no. El Dios cristiano viene a envolverse en pañales, presagio de los lienzos de su mortaja; viene en la fragilidad de un niño que gime y necesita ser amamantado; viene a dejarse agasajar por pastores, magos y, sobre todo, pecadores; viene a convivir, compadecer, conmorir con las víctimas inocentes de la crueldad del hombre; viene a ser cordero y comida de arrepentidos que buscan consuelo en el único que puede perdonar y recrear el mundo; viene con la inefable y acostumbrada cortesía de quien no impone su ley, se deja besar por un traidor y negar por su primer vicario en la tierra. Viene solicitando agua a la samaritana, cobijo en casa de amigos y pecadores, para ofrecerles su cortesía, la amable presencia  de quien se llamará, siendo adulto, manso y humilde de corazón.

            Este es el contenido de nuestra fiesta, la verdad que celebramos, el gozo desbordante de quienes saben que Dios nace para vivir y morir con nosotros y darnos la Vida. Dios mío, ¿cómo es posible que cueste tanto decir feliz Navidad?

+ César Franco

Obispo de Segovia

Viernes, 22 Diciembre 2017 08:07

IV Domingo de Adviento

Feliz Navidad

 

            Confieso que no me gustan las felicitaciones de Navidad que silencian el misterio cristiano con un «felices fiestas». Comprendo que sea así, pues no todos profesan la fe cristiana ni celebran sus misterios. Me llama la atención, sin embargo, que en una sociedad hambrienta de compasión, solidaridad, ternura y cercanía, no se explote más la esencia de la Navidad: Dios hecho carne para vivir siempre junto a los hombres. Podrá creerse o no esta verdad, pero constituye un patrimonio del espíritu difícil de enajenar. Se ha hecho viral, diríamos con lenguaje moderno. Y hasta aquellos que no creen, desearían que fuera verdad.

            Dios no ha puesto límites a su comunicación. No le ha bastado crear el mundo, ha querido vivir en él como un hombre más – siervo, pastor, amigo, esposo, taumaturgo – y ha venido, en su Hijo, para consolar a su pueblo, como dice hoy Isaías. No ha querido seguir hablándonos por profetas, sabios y poetas de Israel, sino que nos ha enviado su propia Palabra, hecha carne. El Dios inefable, tres veces santo, cuyo nombre hebreo – Yahwé – no puede ser pronunciado en Israel, ha tomado un nombre nuevo, Enmanuel, «Dios con nosotros». Se llama Jesús, «Dios salva».

            Es cierto que la razón no llega a abarcar semejante misterio - ¿o locura? -, lo cual lo convierte en más creíble, más acorde a la naturaleza de Dios, que sobrepasa los argumentos de la razón para provocar la indagación del misterio y, sobre todo, la adoración, que es la postura más razonable del hombre ante lo inefable. Cuando el hombre se aproxima a esta verdad, con un corazón limpio, percibe que Dios es el más prójimo del hombre, su compañero más cercano. Y entiende las últimas palabras del evangelio de hoy: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Aquí está la razón de la grandeza y universalidad de esta fiesta que une el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, la gloria divina y la paz humana. En sus Rimas, el gran artista Miguel Ángel Buonarroti dice así: «Mas, ¿qué puedo yo, Señor, si a mí no vienes con la inefable y acostumbrada cortesía».

            Si Dios hubiera venido en el estrépito de la tormenta, con rayos y fuego, como en el Sinaí; si hubiera desencadenado la furia de la naturaleza o aplacado la ira del mar, como en Tiberíades; si hubiera, con bota de hierro y brazo poderoso, aniquilado el mal como hizo con el faraón; si hubiera exterminado con ira santa a cuantos corrompen el mundo con sus crímenes innombrables, habríamos creído en él. En realidad, cuando se dice que Dios no existe, es porque anhelamos un Dios que actúe en el mundo con la justicia de los hombres y prepotencia de los poderosos. Pero no. El Dios cristiano viene a envolverse en pañales, presagio de los lienzos de su mortaja; viene en la fragilidad de un niño que gime y necesita ser amamantado; viene a dejarse agasajar por pastores, magos y, sobre todo, pecadores; viene a convivir, compadecer, conmorir con las víctimas inocentes de la crueldad del hombre; viene a ser cordero y comida de arrepentidos que buscan consuelo en el único que puede perdonar y recrear el mundo; viene con la inefable y acostumbrada cortesía de quien no impone su ley, se deja besar por un traidor y negar por su primer vicario en la tierra. Viene solicitando agua a la samaritana, cobijo en casa de amigos y pecadores, para ofrecerles su cortesía, la amable presencia  de quien se llamará, siendo adulto, manso y humilde de corazón.

            Este es el contenido de nuestra fiesta, la verdad que celebramos, el gozo desbordante de quienes saben que Dios nace para vivir y morir con nosotros y darnos la Vida. Dios mío, ¿cómo es posible que cueste tanto decir feliz Navidad?

+ César Franco

Obispo de Segovia

Miércoles, 04 Mayo 2016 10:28

Directorio Arciprestazgos

 

 

 

 

Arciprestazgos Diócesis de Segovia

 


 Un arciprestazgo es una agrupación de ciertas parroquias cercanas dentro de una diócesis, para facilitar la acción pastoral a través de una actividad común. Además esta figura o grupo peculiar, como lo califica el Código de Derecho Canónico, sirve de enlace perfecto entre el Obispado con cada una de las parroquias y sus respectivos sacerdotes. El arcipreste es, en el fondo, un vicario del obispo en cada uno de los arciprestazgos. Nuestra diócesis de estructura en los siguientes arciprestazgos:

 

Abades-Villacastín
Arcipreste: D. Valentín Bravo, párroco de El Espinar  - 921 181 127

Ayllón-Riaza

Arcipreste: D. Florentino Vaquerizo, párroco de la UPA Riaza -635 221 886

Cantalejo-Fuentidueña
Arcipreste: D. Juan Aragoneses, coparroco de UPA Cantalejo - 609 824 426

Coca-Santa María
Arcipeste: D. Alfonso Águeda, párroco de la UPA Santa María - 606 813 776

Cuéllar

Arcipreste: D. Teodoro Cuesta, párroco de Sanconuño - 921 160 042

 

 

Fuentepelayo

Arcipreste. D. Jesús Torres, párroco de Aguilafuente - 921 572 062


La Granja-San Medel

Arcipreste: D. Pablo Montalvo, párroco de Palazueos - 696 119 970

Segovia

Arcipreste: D. Lucas Aragón, párroco de Santa Eulalia - 608 382 360

Sepúlveda-Pedraza

Arcipreste: D. Enriqeu de la Puerta, párroco de Navafria - 696 823 366


Miércoles, 04 Mayo 2016 10:14

Escuela de Teología. Información general.

Escuela de teología

 

 

 

 


 

La Escuela Diocesana de Teología “San Ildefonso” tiene como finalidad ofrecer una formación en las distintas ramas de la Teología a todas las personas que estén interesadas en profundizar en su fe y dar razones de su esperanza. Se puede asistir como alumno oficial y de este modo acceder a los títulos que ofrece la Escuela o como oyente.

La Escuela Diocesana de Teología se puso en marcha en Segovia hace casi treinta años. Su finalidad es proporcionar una formación teológica y pastoral, a aquellos fieles cristianos laicos, religiosos, religiosas llamados a desempeñar diversos oficios y responsabilidades en la misión pastoral de la Iglesia, como la transmisión y educación de la fe, la catequesis, la enseñanza de la religión católica, la animación litúrgica, la renovación de las comunidades cristianas, el servicio de la caridad y las actividades apostólicas en general. También, aquellas personas que por inquietud personal deseen profundizar en la doctrina y fe católica.

La Escuela Diocesana de Teología ofrece este año en su sección Aula Bíblica, coordinada por el profesor Ángel García Rivilla, un curso semanal sobre El libro de Job y la literatura sapiencial. En la sección del Instituto de Superior Ciencias Religiosas ofrece la posibilidad de estudiar, bien como alumno oficial u oyente, numerosas materias teológicas y obtener en el caso de los alumnos oficiales las titulaciones correspondientes. Estos estudios se cursan en la modalidad de distancia y online, basada en el trabajo personal del alumno y el acompañamiento tutorial quincenal por parte de los profesores. El Instituto está bajo el patrocinio de la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid y tiene la sede en el propio Obispado de Segovia. Así mismo, este curso la escuela ofrece el primer curso básico para la formación cristiana de laicos. Cuatro asignaturas a las que se puede asistir como oyentes y que se imparten quincenalmente durante todo un curso. Finalmente, la Escuela posibilita, en modalidad a distancia, la obtención del título de la DECA (Declaración Eclesiástica de Competencia Académica) necesario para impartir la enseñanza de la religión católica en los colegios y centros de educación secundaria.

El ambiente familiar existente entre alumnos y profesores hacen del estudio de la teología una bella experiencia eclesial que proporciona los elementos necesarios para elaborar una síntesis fe-cultura, promueve  la búsqueda de respuestas a los interrogantes humanos y capacita al alumno para —como exhortaba el apóstol Pedro— “dar razón de nuestra esperanza” (1Pe 3,15)

Director de la Sección Instituto de Ciencias Religiosas “San Agustín”: D. Juan-Cruz Arnanz Cuesta
Coordinador Cursos Arte Sacro: D.
Coordinador Cursos Formación Cristiana (Cursos bíblicos):  D. Ángel García Rivilla
SEDE: C/ Seminario, 4.
40001 SEGOVIA
Tel. 
921 46 00 26 // 921 46 03 96

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Miércoles, 04 Mayo 2016 09:43

Información Cáritas diocesana

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y social de la Iglesia católica en España, instituida por la

Conferencia Episcopal. Cáritas desarrolla dentro de España

una importante labor de apoyo y promoción social a diversos

grupos sociales en situación de precariedad y/o exclusión social.

 

Delegado: Julio Alonso

Directora: Rosario Diez

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Desde un trabajo cercano, acompañamos en las situaciones de injusticia, pobreza y exclusión.
 
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QUÉ PENSAMOS

La caridad adquiere el

rostro del esfuerzo

continuado por la

justicia y por el cambio

de las estructuras

injustas. 

ORGANIZACIÓN EN NUESTRA DIÓCESIS

 

PROGRAMAS DE DESARROLLO SOCIAL
 
 
Acogida y Atención Primaria

manos Cáritas se sigue manteniendo en la brecha actuando e incidiendo, con un mayor compromiso si cabe, junto a las personas que viven situaciones de riesgo o exclusión social y que necesitan del apoyo de todos para mejorar sus condiciones de vida. 
Equipo Coordinador
C/ San Agustín, 4
40001 - Segovia
Telf y Fax: 921 461 188 / 921 462 820
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ORGANIZACIÓN EN ESPAÑA Y EN EL MUNDO
La red nacional de Cáritas está constituida por unas 5.000 Cáritas parroquiales, 68 Cáritas diocesanas y sus correspondientes Cáritas regionales o autonómicas. Son 162 Cáritas Nacionales los miembros de Cáritas Internacional, que ayudan directamente a 24 millones de personas año en 200 países y territorios. Una de las siete regiones de Caritas Internacionalis es Cáritas Europa, donde Cáritas Española está integrada como uno de sus 48 Cáritas que la forman. 
 
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