JueMay11

            En el discurso de despedida que Jesús dirige a sus apóstoles en la última cena, narrado en el cuarto evangelio, Tomás y Felipe le interrumpen para pedirle aclaraciones de lo que dice. Como en otras ocasiones, las palabras de Jesús les resultan enigmáticas, dada la idea que se habían hecho de la misión de Cristo.

            Jesús les anuncia su muerte mediante la imagen de su vuelta al Padre, y afirma que va a prepararles una morada para que estén siempre con él, concluyendo con esta afirmación: «adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le replica: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». A pesar de que Jesús había dicho que se iba al Padre, Tomás, el apóstol pragmático que necesita ver y tocar, no entiende el significado de estas palabras y pregunta por el lugar al que va Jesús y por el camino.  Jesús aclara sus dudas con su famoso dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre, sino por mí».

            A continuación, Jesús habla del Padre, y Felipe, curioso por conocer ya al Padre, le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Con cierto reproche, Jesús le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre?».

            No sé si, después de veinte siglos, estas aclaraciones de Jesús son comprendidas por los que le seguimos. Las dos cuestiones que Tomás y Felipe plantean a Jesús siguen teniendo enorme actualidad. ¿Cuál es el camino para llegar a Dios? ¿Cómo podemos verlo? Llegar a Dios y verlo cara a cara es la aspiración más profunda del corazón humano, incluso de aquel que no se formula estas preguntas de modo explícito. ¿Quién no se tambalea ante la muerte propia o la de un ser amado? ¿Quién no se pregunta, cuando está solo, sobre el más allá? Y quienes tenemos el don de la fe, ¿no desearíamos saber cómo es Dios y vislumbrar, aunque fuera un instante, el perfil de su rostro, la luz de su eternidad? Todos tenemos algo de Felipe y Tomás en nosotros, es fácil simpatizar con sus preguntas, que no son tan torpes como parecen.

            Si el hombre no buscara el camino hacia Dios, no existirían las religiones. Hasta el hombre primitivo hizo sus tanteos en busca del camino hacia Dios. También el hombre moderno, a pesar de sus rechazos a las religiones existentes, experimenta el tirón de Dios y lo expresa en diversas formas de buscarlo. El sociólogo de la religión, P. Berger, escribía en 1999: «El mundo actual… es furiosamente religioso como era antes, y en algunos lugares, incluso más que anteriormente. Esto significa que la totalidad de la literatura de los historiadores y sociólogos sobre la “teoría de la secularización” es esencialmente errónea».

            Jesús se presenta como el camino hacia el Padre. Y la razón que da es muy poderosa: Él y el Padre son uno. Quien le ve a él, ve al Padre. Estas palabras nos ayudan a entender que el cristianismo no es una religión más, un sistema de signos y símbolos, que nos conducen a Dios. El cristianismo es, sobre todo, una revelación. Dios se nos ha manifestado en Cristo. No es el hombre quien ha salido al encuentro de Dios y ha descubierto el modo de llegar a él. Es Dios quien ha salido al encuentro del hombre y le ha enviado a su Hijo para que, viviendo en él, no equivoque el camino de su búsqueda insaciable de Dios. Se comprende, entonces, el reproche de Jesús a Felipe: tanto tiempo entre vosotros y aún no me conocéis. Quien ha visto a Cristo ha visto al Padre. Y los apóstoles vieron a Cristo, antes y después de resucitar de entre los muertos. Este es el testimonio gozoso de la Pascua, el que dan aquellos que, con sus preguntas, hicieron que Cristo respondiera a las nuestras.

+ César Franco

Obispo de Segovia

SábFeb25

 

Para comprender el evangelio de este domingo, se debe partir de la premisa que pone Cristo: «Nadie puede servir a dos señores, porque despreciará a uno y amará al otro: o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero». Servir al dinero significa dedicar la vida a almacenar riquezas. Y hay un proverbio que dice: «el dinero es un buen servidor pero un mal patrón». El dinero sirve para hacer obras buenas, loables empresas al servicio de la sociedad, limosnas y caridad con los necesitados. Pero es un mal patrón que esclaviza a quien se dedica a acumular tesoros viviendo para sí y dando la espalda a los más pobres. Querer servir a Dios y al dinero es vivir con el corazón partido. Dios no admite competencias. Exige amor absoluto.

Si este principio no está claro, la invitación de Jesús a confiar en la Providencia pueden parecer músicas celestiales o efluvios poéticos para almas cándidas. Jesús dice que Dios cuida de sus hijos como de los lirios del campo y de las aves del cielo. Y anima a no angustiarse por el comer y el vestir, porque nada falta a quienes son hijos de Dios. ¿Cómo sonarán estas palabras en quienes sufren hambre y desnudez? ¿Cómo serán recibidas por quienes viven sin lo necesario y están al borde de la muerte? ¿Acaso podemos decirles que Dios cuida de ellos y les alimenta y viste como a los pájaros del cielo y a los lirios del campo? Las palabras de Jesús no contemplan esta realidad, sino que ponen el acento en quienes luchan por atesorar y servir al dinero, añadiendo a su vida afán tras afán. En la enseñanza de Jesús tenemos suficientes palabras y bellas parábolas que hablan de la necesidad de cuidar de los pobres, hambrientos y desnudos como si fueran él mismo. Sería un escarnio decir a un pobre y desnudo que Dios cuidará de él y pasar a su lado sin mostrar compasión. Toda palabra de Jesús tiene su contexto en el que debe ser interpretado.

Jesús invita a confiar en la Providencia a sus discípulos que desean servir a Dios pero al mismo tiempo se ven acosados por la codicia del dinero. Por eso llama al dinero «mammona», palabra aramea que significa riqueza y posesión. El hombre, por la codicia, está tentado de convertir el dinero en su dios y someterse como esclavo a sus exigencias. Jesús exhorta a no poner el corazón en las riquezas, que tarde o temprano terminan esclavizando, con el consiguiente olvido y desprecio de los pobres, como ocurre en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Sólo quienes se ponen a sí mismos y a sus bienes al servicio de Dios pueden entender lo que significa la confianza en la Providencia y descubrir que Dios cuida, como hizo con el pobre de Asís y con tantos santos, de quienes se desprenden de todo para vivir como vivió Cristo. La pobreza voluntaria se convierte así en la suprema libertad del corazón, que  no anda dividido en el servicio de dos señores incompatibles. «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura». Servir al dinero sólo trae esclavitudes. Es un afán inútil que Jesús compara con la pretensión de quien cree que, cavilando mucho, podrá añadir una hora al tiempo de su vida o un palmo a su estatura. Quien vive con la confianza puesta en Dios y en el tesoro de la vida eterna se vestirá con la belleza de los lirios del campo y no le faltará el sustento diario como a los pájaros del cielo. Jesús no era un ingenuo. Sabía que cada día tiene su afán por comer y vestir. Pero también sabía que la búsqueda de seguridades materiales en este mundo lleva al hombre a atesorar riquezas, de las que no depende en último término la salvación del alma.

+ César Franco

Obispo de Segovia

SábFeb04

 

Dice U. Luz que cuando Jesús califica a los cristianos de luz y sal del mundo y nos compara con una ciudad edificada sobre el monte, se refiere «al pueblo cristiano de a pie». La Iglesia es un pueblo con vocación de testimonio público. No hemos nacido para recluirnos en los templos, ni mucho menos en las sacristías. Jesús exhortó a los discípulos a pregonar públicamente, en plazas y azoteas, su enseñanza. Jesús da su doctrina en público. Cuando le preguntan ante el Sanedrín, sobre su predicación, Jesús contesta: «He hablado abiertamente al mundo, y no he dicho nada a escondidas. Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado». Esta clara respuesta le valió la bofetada de un esbirro.

Después de Pentecostés, los apóstoles salieron a la plaza pública y proclamaron con libertad el Evangelio, que se fue extendiendo por la valentía de quienes estaban convencidos de su verdad. Aprovechaban cualquier ocasión para hablar y dar testimonio, como les había ordenado Jesús. Esta gozosa y valiente libertad, denominada en griego parresía, partía del convencimiento de que el Evangelio es la Verdad que salva, que todo hombre tiene derecho a conocer. Cuando san Pablo se convierte al cristianismo, su táctica consiste en dirigirse a las grandes ciudades donde circulaban las ideas filosóficas y religiosas de su tiempo para contrastar con ellas el Evangelio y lo hacía públicamente en las sinagogas, en los foros, y en el Areópago de Atenas. Justino, gran filósofo convertido al cristianismo, no abandona su oficio, sino que en lugar de enseñar mera filosofía, empieza a enseñar filosofía cristiana. Su escuela se abarrotó de alumnos, lo que provocó la envidia del cínico Crescencio, quien le denunció ante los tribunales y murió mártir.

A la luz de estos y otros testimonios, comprendemos el significado de los cristianos como luz y sal del mundo. Y, sobre todo, la insistencia de Jesús a no esconder la luz ni dejar que la sal se torne insípida. En momentos difíciles de la vida de la Iglesia y de la sociedad, el peligro del cristiano es ocultarse, disolverse en la masa, perder su identidad y pasar como anodinos en un mundo que nos necesita como la luz y la sal. Acomodarse al mundo, o, como dice el Papa Francisco, permitir que la mundanidad espiritual nos invada, es lo mismo que renunciar a la fe. Sorprende que esto suceda en sociedades que alardean de democráticas, en las que la libertad de expresión y el derecho a defender las propias convicciones ha llegado a ser un «dogma» inquebrantable. ¿Es que hay miedo al debate de las ideas? ¿Es que para defender lo propio debemos amordazar lo ajeno? ¿O es que molesta que Cristo haya definido claramente la vocación cristiana como luz y sal del mundo? Desde una óptima no cristiana, puede parecer pretenciosa esta afirmación, e interpretarse como si los no cristianos no aportasen ni sal ni luz a este mundo. Nada más alejado de la intención de Cristo llegar a estas conclusiones. Pero las palabras del Señor son claras para quienes le siguen: en realidad son una llamada a vivir siempre en Cristo, Luz del mundo, y a dar sabor a las realidades temporales mediante el testimonio irrenunciable de la Verdad. Quienes han entendido esto, han preferido el martirio a la insipidez de la sal que se tira y se pisa. No hay que olvidar que las imágenes de la luz y la sal, vienen, en Mateo, después de las bienaventuranzas, la última de las cuales dice: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa». Cristo pone a los suyos ante una consecuencia natural del seguimiento: «Un discípulo no es más que su maestro ni un esclavo más que su amo».

+ César Franco

Obispo de Segovia

SábDic03

 

Cuando Juan Bautista aparece como Precursor de Cristo, ofrece un bautismo en el Jordán invitando a la conversión del corazón. Su predicación es dura, exigente, en línea con los antiguos profetas que exhortaban un cambio radical de vida para huir de la ira inminente de Dios. Las imágenes que utiliza Juan son muy expresivas: el hacha está puesta en la raíz del árbol, el que no dé fruto será talado y echado al fuego. También se sirve de la imagen del bieldo que separa la paja del trigo, para echar la paja al fuego y llevar el trigo al granero. Son imágenes propias de las amenazas proféticas que buscan llevar al hombre a la verdadera conversión.

            El uso de tales imágenes responde a la facilidad con que el hombre pretende huir de la conversión. Así lo dice el Bautista a los fariseos que acudían a bautizarse como si fuera un rito exterior sin correspondencia con la actitud interna del corazón. Juan Bautista no duda en desenmascarar la hipocresía de esta conducta. Les llama «raza de víboras», y les interpela con fuerza: «¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión» (Mt 3,7-8). De nada sirve el bautismo -viene a decir- si el corazón no se pliega a las exigencias de la verdad de Dios y da frutos dignos de conversión, porque Dios es capaz de sacar de las piedras hijos de Abrahán. Ni siquiera este título, que se daban los fariseos y saduceos, les valía ante Dios si su conducta no cambiaba de rumbo.

            No es fácil convertirse. Más aún: es imposible sin la gracia de Dios. El hombre es muy hábil para acomodarse a su innato egoísmo. Nos acostumbramos al pecado, cualquiera que sea su forma. Es preciso que la gracia de Dios nos golpee con fuerza y arranque el corazón de piedra para sustituirlo con un corazón de carne. Precisamente esta es la misión del Adviento: conducirnos a la conversión profunda de nuestras actitudes. Retornar a nuestro Dios, dicho llanamente. Volverse a Él.  En esto consiste el secreto de la conversión.

            Juan Bautista anuncia que detrás de él viene uno más grande que él, capaz de realizar esta conversión perfecta del corazón porque viene con un bautismo distinto: el del fuego del Espíritu Santo. Jesús viene a purificar al hombre, a transformarlo con su gracia, a recomponer su naturaleza caída. Juan es el Precursor; Jesús es el Mesías. Juan prepara; Jesús realiza y cumple la promesa. Juan nos advierte del castigo con la palabra y nos lava con agua; Jesús nos purifica con el fuego de su misericordia. Pero los dos bautismos, el de Juan y el de Jesús no son ritos mágicos que actúan al margen de la libertad del hombre. Hay que dar el paso a la conversión con nuestra libertad humana. Dios no nos salva en contra de nuestra voluntad. Nos perdona, sí; pero nos quiere activos en el arrepentimiento. Purifica nuestro corazón, pero hemos de humillarnos y suplicar el perdón. Dios respeta la libertad del hombre. San Agustín decía: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Y este es el gran dilema y trabajo del hombre: salir de sí mismo, retornar al Padre, desandar el camino de la infidelidad y de la huida de la Verdad. Todos sabemos, por experiencia, que este trabajo no es fácil. Se trata de circuncidar el corazón, no la carne. Por eso necesitamos profetas como Juan que nos pongan ante la verdad de nuestra vida. Necesitamos dar el fruto que exige la conversión y no contentarnos con ritos externos, vacíos de sentido, aunque los hagamos en la Iglesia. La venida de Dios es inminente. Nadie puede ocultarse a su mirada de amor. Hay que mirarle a la cara, sin temores infantiles que nos lleven a la huida, al ocultamiento. Cara a cara, como hizo Jesús con los pecadores.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

SábNov19

La máxima tentación sufrida por Cristo tuvo lugar en el Calvario, durante la terrible agonía de la crucifixión. Jesús recitó las estremecedoras palabras del salmo 22, que dice: «Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al hacerlas suyas, Jesús expresaba la soledad con que se enfrentaba a la muerte. Sobre estas misteriosas palabras comenta Ortega y Gasset: «Es la expresión que más profundamente declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humano que es su radical soledad. Al lado de esto la lanzada del centurión Longinos no tiene tanta significación». Desde el comienzo de la pasión, en Getsemaní, Jesús había empezado a quedarse solo: solo de los apóstoles, solo de sus amigos y seguidores. Al pie de la cruz quedaron los fieles: su madre, las piadosas mujeres y el apóstol Juan. Ahora experimentaba la soledad de Dios. Hay que decir que el Padre no lo abandonó nunca, pero en la experiencia humana de Cristo, éste sintió la soledad de Dios.

 ¿En qué consistió la tentación de Jesús? En el evangelio que se proclama este domingo, solemnidad de Cristo Rey, los soldados y uno de los malhechores, le dicen a Jesús en dos momentos: si eres el rey de los judíos, el Mesías, «sálvate a ti mismo». Jesús es tentado de mostrar su realeza o su mesianidad política —que es lo mismo—, abandonando el camino de la cruz, es decir, la voluntad del Padre. No es la primera vez que Jesús experimenta esta tentación: durante su oración y ayuno en el desierto, también el diablo le incita a hacerse dueño de todos los reinos de la tierra, y a manifestar su poder con un milagro extraordinario arrojándose desde el pináculo del templo para que los ángeles vengan a tomarlo en sus manos. Cuando terminan estas tentaciones, Lucas, cuyo evangelio leemos en esta fiesta de Cristo Rey, dice que «el diablo se marchó hasta otra ocasión». Esa ocasión es la cruz.

Para comprender bien la tentación de Cristo conviene recordar unas palabras suyas dirigidas a los discípulos: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará». A la luz de este dicho entendemos que las palabras «sálvate a ti mismo» le sonaran en sus oídos como un reclamo a abandonar el camino que había propuesto a sus discípulos. «Salvarse a sí mismo» es la tentación del hombre que, dando la espalda a Dios, busca su realización personal mediante la glorificación de sí mismo. Cuando el ateísmo moderno alcanza su clímax con la expresión «Dios ha muerto», es porque coloca al hombre en el lugar de Dios. Es la tentación de  los ángeles caídos que quisieron ser dios. La que sugiere después la serpiente a Adán y Eva: seréis como dioses. La de los hombres que pretendieron construir la torre de Babel para arrebatar a Dios su señorío. Esa es la tentación que acecha a Cristo: «sálvate a ti mismo».

Jesús establece su reino, su señorío, perdiendo la vida por amor. Alcanza la gloria mediante la victoria de la cruz, que pone en entredicho todo intento del hombre por salvarse a sí mismo, que es por lo demás una empresa imposible. Entregando su vida, perdiéndola en aras del amor, Jesús la salva, porque, a pesar de experimentar la soledad de Dios, confía en él y sabe que lo levantará de la muerte y lo encumbrará a lo más alto de la gloria. «No bajó de la cruz, dice san Juan Pablo II, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas. Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como el primogénito de entre los muertos». He ahí su realeza, la que desea compartir con los hombres que pierden la vida para salvarla.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

VieNov04

La reciente Instrucción de la Santa Sede sobre la cremación de los cadáveres y el respeto que merecen sus cenizas nos ha llegado en vísperas del mes de Noviembre, dedicado a la oración por los fieles difuntos. La visita a los cementerios para recordar a quienes ya partieron, poner flores en sus tumbas y rezar por ellos es un gesto de fe en la resurrección de la carne al fin de los tiempos, cuando Cristo retorne como juez. Visitamos los cementerios porque allí reposan - o duermen, como indica la palabra cementerio (dormitorio) - los restos de nuestros seres queridos, y donde un día reposarán también los nuestros.

 La Instrucción, cuyo título es Ad resurgendum cum Christo (para resucitar con Cristo), sale al paso de ciertas prácticas, cada más frecuentes, como la de conservar las cenizas en el propio hogar, echarlas por aire, mar o tierra, e incluso convertirlas en piezas de adorno corporal. Quien lea detenidamente la breve instrucción descubrirá que la Iglesia quiere recuperar el carácter sagrado del cuerpo, que, aun después de la muerte, sigue siendo parte de la persona. En la antropología cristiana el cuerpo es parte integrante de la persona, llamado a resucitar. Basta asistir a las exequias cristianas para descubrir el respeto sagrado con que se tratan los restos mortales de un cristiano, que ha sido ungido en el bautismo con el santo crisma convirtiéndose en miembro de Cristo y de la Iglesia. Por eso, la Iglesia, desde sus inicios, ha tratado el cuerpo de los difuntos con sumo respeto y veneración, especialmente en el caso de los mártires y santos. Esta costumbre se remonta al trato que tuvo el cuerpo muerto de Cristo, que fue ungido para la sepultura y depositado en el sepulcro. El cuerpo de Cristo no fue un accidente pasajero en su existencia humana, sino parte del Hijo de Dios encarnado que resucitó, con su propio cuerpo, en la mañana del domingo.

El cuerpo del hombre, decíamos, es parte esencial de la persona. Se explica, así, que sea tratado con el máximo respeto y depositado, aunque sean cenizas, en un lugar santo donde acudir para su recuerdo y oración. Así lo ha entendido desde siempre la fe cristiana, que permite por supuesto la cremación, aunque recomiende la inhumación del cadáver, por ser más conforme a la sepultura de Cristo y al hecho de entregar el cuerpo a la tierra de donde fue tomado.

La sepultura, tanto del cadáver como de sus cenizas, recuerda a los familiares y a la Iglesia que la vida del hombre no termina en la tumba. Aunque, después de morir, el alma -que es inmortal- alcanza su destino último, el cuerpo humano, que ha vivido en estrecha comunión con el alma, espera el momento de resucitar según la imagen del cuerpo de Cristo resucitado. La Iglesia afirma que resucitaremos con Él y como Él, y lo que enterramos en debilidad y corrupción resurgirá en fortaleza e incorrupción. El evangelio del primer domingo de Noviembre afirma que Dios, «no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos». Esta es la razón última, bíblica y teológica, para tratar los restos de quienes han muerto como propiedad del Dios Creador, quien, según la Escritura, no es autor de la muerte. Gracias al cuerpo que, unido al alma inmortal, recibimos al inicio de nuestra vida, hemos hecho todo lo que constituye nuestra existencia temporal. Los restos mortales, aun convertidos en cenizas, siguen siendo parte de lo que somos y seremos en la resurrección. Bien lo entendió Francisco de Quevedo en su soneto amor constante más allá de la muerte, que termina con estos dos versos magistrales:

«serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado».

+ César Franco

Obispo de Segovia

SábSep24

Al concluir las fiestas en honor de la patrona de Segovia, la Virgen de la Fuencisla, quisiera destacar algunas actitudes de María que son siempre actuales en la tarea evangelizadora de la Iglesia. La devoción mariana no es un invento de piedades superadas por el tiempo, sino que pertenece a la entraña misma del evangelio. Y aunque éste nos dice poco de María, ha trazado los rasgos de su personalidad creyente, que la convierten en tipo perfecto de la Iglesia. María es llamada «estrella de la evangelización» porque ilumina a cuantos nos sentimos enviados por Cristo a llevar el evangelio a todos los hombres. He aquí dichos rasgos:

  1. Acoge y obedece a la Palabra de Dios. Preocupados por la acción, que muchas veces deriva en activismo estéril, olvidamos que un evangelizador es el que vive atento a lo que Dios quiere de él para ponerlo en práctica. Nadie mejor que Cristo ha alabado a su madres: «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen», dijo pensando en ella. La evangelización es tarea fundamental del Espíritu y de quienes, dóciles a él, secundan sus planes. María acogió la Palabra de Dios, la hizo propia en su corazón y en su carne, y la conservó en la contemplación fiel de Cristo. La Virgen es fiel reflejo de Cristo que vino a hacer la voluntad de su Padre.
  2. Pronta para el servicio. María está urgida por la misma caridad de Cristo para ponerse a disposición de quienes la necesitan, como sabemos por la escena de la Visitación a Isabel. Sale «deprisa» a la montaña, una vez conocida la necesidad de su pariente y la sirve con humildad. Servir es propio del cristiano. Es la vocación explícita de Cristo que no ha venido a que le sirvan sino a servir. Y es el mandato que nos dejó en la última cena mediante el gesto de lavar los pies a los apóstoles. La prontitud de María expresa la urgencia de Cristo por servir a los hombres con la entrega de su vida.
  3. Detecta la necesidad de salvación. En las bodas de Caná, María constata la necesidad de salvación que tienen los novios. No se trata de la carencia del vino físico. El vino es el símbolo de los bienes de la salvación, y Cristo es el único capaz de ofrecerla. Por eso, ofrece un vino nuevo, mejor, definitivo, cuyo significado último sólo se descubre en la cruz, donde María aparece como la Madre de los creyentes. Evangelizar es detectar la necesidad de salvación que tienen los hombres y acercarlos a Cristo, como hizo María: «Haced lo que él os diga». María se sabe intermediaria, no protagonista. Sabe que sólo Cristo merece la obediencia de los hombres. Por ello no se calla, ni esquiva su papel de mediación. ¡Cuántas veces, por prejuicios o temores, desaprovechamos la ocasión de acercar a los hombres a Cristo!
  4. No rechaza la cruz. María supera con fortaleza el escándalo de la cruz permaneciendo junto a Cristo en el Calvario. Avergonzarse de la cruz es avergonzarse del evangelio, de su fecundidad oculta, de su aparente fracaso. Queremos triunfar, tener éxito, y nos olvidamos de la única sabiduría que salva al mundo: la de la cruz. No hay verdadera acción pastoral que no esté marcada por la paradoja de la cruz. «Predicamos a Cristo, dice san Pablo, y Cristo crucificado».
  5. María es la Iglesia orante. En Pentecostés, con los apóstoles, María permanece en oración a la espera del Espíritu. Los frutos de la evangelización nacen siempre de la oración intensa, comunitaria, que invoca al Espíritu. Sólo Él hace fecunda nuestra acción. Por ello, invito a toda la diócesis a orar con María para que nuestra acción misionera en este curso responda a la voluntad de Dios y Segovia sea bendecida con sus dones.

+ César Franco Martínez,

Obispo de Segovia.

SábSep10

 

            Una sociedad que ha desterrado de su horizonte el sentido del pecado, difícilmente comprenderá el mensaje de las tres parábolas de la misericordia de san Lucas que leemos en el evangelio de hoy. El hombre de hoy es más sensible a los problemas materiales que a los del alma. Nos conmueven las pobrezas, miserias y carencias físicas, pero ¿y las del alma? ¿Nos mueve a compasión el pecado de los demás? ¿Nos preocupa el nuestro? ¿O nos hemos acostumbrado al pecado como algo inevitable, normal, y carente de importancia? Nos parecemos a aquellos personajes del evangelio que llevaron un paralítico a Jesús para que lo curara; cuando lo tuvo delante, Jesús le dijo: tus pecados quedan perdonados. Y aquellas gentes, escandalizadas, pensaron que Jesús blasfemaba, que sólo pedían la salud corporal. También hoy nos parece que lo urgente es lo material, lo que nos permite vivir bien, la salud, el bienestar. ¿Y el alma? ¿Tiene alguna importancia el pecado? ¿Pasa algo porque el hombre viva de espaldas a Dios?

            En las parábolas de la misericordia —la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo pródigo—, Jesús habla de la alegría de la salvación, de la necesidad de que un pecador sea perdonado. Jesús subraya la importancia que tiene un hombre ante Dios, que hace todo lo posible por buscarlo y manifestarle su perdón. Mirada humanamente, la actitud del pastor que, por buscar una oveja perdida, deja las noventa y nueve en el campo, a expensas de lo que pueda sucederles, es poco inteligente. Puede venir el lobo o los ladrones, y quedarse sin el rebaño. Dios piensa en el hombre, en cada hombre. Cada individuo es único para él, y tiene valor infinito. Por eso, lo busca, lo atrae hacia sí, lo regenera y lo salva. Y el cielo se colma de alegría por un pecador que se convierte.

            La actitud de la mujer que pierde una moneda y limpia toda la casa para buscarla resulta exagerada  si olvidamos que sólo tiene diez. Posiblemente Jesús se refiere a las monedas de la dote de bodas, que las mujeres lucían como adorno sobre la frente. Eran el último recurso para la vida, si venían días de necesidad. Una de diez era una décima parte de sus recursos. Se entiende pues el afán por encontrarla. Y, cuando la encuentra, llama a sus amigas para comunicarles su alegría: «Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido».

            Que un hombre se pierda espiritualmente es una tragedia inmensa, que sólo captan los que, como Cristo, han luchado contra el pecado como el peor mal que puede sucedernos. Por eso, cuando nos acostumbramos al pecado, al personal o al ajeno, es que hemos perdido el sentido mismo de la existencia. Hacemos las paces con el mal. Así de claro. Renunciamos al bien como aspiración y meta del hombre. Y al renunciar al bien, en sentido pleno y absoluto, abrimos las puertas a tantos otros males que afligen al hombre y lo reducen a esclavitud. Sólo así se comprende que Cristo haya querido entregar su vida por los pecados de los hombres, o, dicho de otra manera, para salvar al hombre de sí mismo y de su tendencia a la muerte total. Las páginas más bellas del evangelio, además de las que leemos hoy, son aquellas en las que Cristo salva a alguien de su pecado y le reconcilia con Dios. Son páginas que revelan la alegría de la salvación, cuando, alguien que estaba perdido, es hallado. Por eso, a un cristiano, el pecado no puede dejarlo indiferente, como no nos deja indiferente que alguien a quien amamos pueda caer en un abismo, perder la vida. Al final de la parábola del hijo pródigo, el padre se lo dice claramente al hijo mayor, que no entendía la alegría de la fiesta: «Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

SábSep03

            El evangelio de este domingo es oportuno para comenzar un curso. Todos hacemos planes. Programamos. Nos sentamos a recapacitar sobre los recursos que tenemos para realizar proyectos. También Jesús nos invita a hacerlo, pero desde una perspectiva radicalmente nueva: para seguirle, dice, hay que dejar todo. Desconcierta su radicalidad. Pero sus palabras son claras: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Y a continuación cuenta dos parábolas que invitan a la prudencia antes de tomar la decisión de seguirle: un rey que quiere batallar contra otro, dice, no se arriesga si antes no se asegura de tener un ejército superior al del enemigo. Un constructor que quiere hacer una torre, no empieza la tarea sin cerciorarse de que tiene medios para terminarla. De lo contrario, ambos serán el hazmerreír de todos. La conclusión de estas parábolas la saca el mismo Cristo al final del evangelio: «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».

            La pregunta surge espontánea: Entonces, ¿quién puede ser discípulo? Hasta los que siguen a Jesús se quedan con algo en la trastienda. Que sepamos, sólo san Francisco se quedó desnudo en mitad de la plaza cuando determinó seguir a Cristo, después de haber dado todo a los pobres. Se dice que el obispo tuvo que vestirlo con su propia capa para evitar que le vieran desnudo… Hay pocos san franciscos. Volvemos a la pregunta: ¿Quién puede ser discípulo? En primer lugar, quien se tome en serio estas palabras de Cristo, quien crea que son verdad. Nadie, en efecto, que no posponga todo a Cristo, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo suyo. La razón no está en lo que vale todo lo que dejamos: nada más grande que los propios padres, la mujer y los hijos, la vida misma. Pero ahí no está la clave. La clave es Cristo, que vale mucho más. Él es todo. Nos faltan palabras para decir su valor: es el tesoro del hombre, la verdad eterna, la luz infinita, la resurrección de la carne, el perdón de todos los pecados. Es el Redentor del hombre, el Juez universal, la Belleza que salva al mundo y el Bien absoluto. Cuando uno se encuentra con él de verdad, lo que asombra es que se fije en nosotros, nos mire y ame con nuestras miserias, confíe en nuestras pobres y vacías manos, se atreva a buscar nuestra compañía, tantas veces engañosa e interesada. Ante esta confianza desmedida, a uno sólo se le ocurre decir como Pedro: «apártate de mí que soy un pecador». Es entonces cuando uno arriesga todo por seguirle, porque, sin él, se queda pobre y desnudo, tirado en el muladar de un mundo miserable, del que sólo él se ha compadecido de verdad.

            Sí, amigos, pensémoslo bien antes de seguirlo, porque Cristo es todo, y en él, como dice un antiquísimo himno de la Iglesia, todo tiene su consistencia. No dejéis que pase la Vida por delante, y optéis por la muerte; no dejéis que os mire el Amor, y desviéis la mirada como el joven rico. Os iréis tristes. Mirad a Cristo cara a cara, calculad si podéis librar la batalla y acabar la torre. Pero no hagáis los cálculos sin contar con él, con su fuerza y sabiduría. Sólo os pide que no antepongáis nada a él, como decía san Benito. Os pide que améis a vuestros padres, hijos, maridos y esposas, y a vosotros mismos, como dones que él os ha dado, porque él nos precede en todo, también en la riqueza de lo que somos y tenemos. Amemos sin condiciones, porque también Cristo ha dicho que quien ama así y le siga posponiendo todo, recibirá aquí cien veces más y poseerá la vida eterna. ¿Verdad que es una forma preciosa de plantear un curso?

+ César Franco

Obispo de Segovia.

JueAgo25

         

Jesús es un atento observador del comportamiento humano. El evangelio de hoy dice que, al ser invitado a un banquete, observó que muchos buscaban ocupar los primeros puestos. Y, tomando pie de este hecho, contó una parábola en la que el anfitrión de un banquete tuvo que desplazar a quienes habían ocupado los sitios más relevantes hacia los menos honrosos, al llegar invitados de más honor. De ahí la conclusión de su enseñanza: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Si te ensalzas a ti mismo, quiere decir Jesús, corres el riesgo de que te pongan en tu sitio, pasando vergüenza pública. Si, por el contrario, te humillas escogiendo el último lugar, te ensalzará quien conozca tus méritos.

            Buscar la gloria, el brillo social y la alabanza de la gente es condición humana. Dejarse llevar de esta actitud, sin embargo, denota poca inteligencia y mucha vanidad. Siempre hay alguien que nos supera en ciencia, prestigio, capacidad intelectual. Jesús aconseja no buscar la gloria de los hombres. No hay que olvidar que también él, como Mesías, fue tentado de vanagloria. En las tentaciones del desierto, el diablo lo llevó al pináculo del templo y le dijo que se tirara desde lo alto para que los ángeles vinieran a recogerlo sin que su pie tropezara en ninguna piedra. El espectáculo estaba servicio. Aplausos de la gente, admiración pública, gloria mundana. También sus conocidos de Nazaret le pidieron que hiciera los milagros que había hecho en otros lugares. Se negó a ello. Cuando Pilato le envió a Herodes para intentar liberarlo de la muerte, éste pidió a Jesús que hiciera algún milagro, pero Jesús respondió con el silencio. Despechado por la negativa, Herodes le vistió con una túnica blanca, teniéndolo por loco, y lo devolvió a Pilato. Jesús, por tanto, ha conocido la tentación de la vanagloria y nos advierte del peligro.

            También en relación con los banquetes, Jesús brinda otra norma, más desconcertante. Aconseja convidar, no a quienes, en señal de agradecimiento, pueden a su vez invitarnos —familiares, amigos, vecinos ricos— , sino a pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no podrán responder a la invitación. ¿Acaso está mal invitar —nos preguntamos— a los que amamos sin buscar por ello que nos devuelvan la invitación y nos paguen así nuestro gesto?

            El  consejo de Jesús adquiere su sentido en las palabras últimas, que son una especie de bienaventuranza, pues comienzan con las palabras «dichoso tú». Invitar a los pobres nos hace dichosos, porque ellos no pueden pagarnos el gesto. «Te pagarán, dice el Señor, cuando resuciten los justos». Y es fácil reconocer que entre la invitación y la paga no hay proporción. Jesús aconseja no pensar en la paga que recibimos de los hombres, que siempre será con moneda de este mundo y pasajera, sino en el premio que recibiremos cuando resuciten los justos, alusión clara a nuestra propia resurrección, a saber, a la certeza de que un día podremos sentarnos, en el banquete eterno, con nuestro propio cuerpo, al lado de Cristo, en la gloria de Dios. Jesús no critica en absoluto la costumbre social del banquete entre familiares, amigos y conocidos. Él mismo se dejó invitar en varias ocasiones y compartía el gozo de la amistad en casa de Lázaro, Marta y María. Critica, más bien, la intención que dirige nuestros actos; en este caso, el que nos devuelvan la invitación, el reconocimiento de lo que hemos hecho. Y nos exhorta a la máxima generosidad: a hacer cosas sin pensar en recompensas humanas, sino en la única recompensa que irá mucho más allá de lo que el hombre pueda imaginar, porque es la que sólo Dios puede concedernos: la resurrección final.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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