Imprimir esta página
Jueves, 17 Diciembre 2020 08:50

«Jesús: Hijo de Dios e Hijo de David» Domingo IV Tiempo de Adviento

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

Jesús posee dos títulos que revelan su identidad: Hijo de Dios e Hijo de David. Hijo de Dios se remonta a la eternidad. El Hijo existe desde siempre. Hijo de David se refiere a la dinastía de la que, según los profetas, nacería el Mesías, que reinaría para siempre como pastor de su pueblo. Las dos perspectivas, la eterna y la histórica, se cruzan en la persona de Jesús, tal como el ángel dice a María en el Evangelio que se proclama en este último domingo de Adviento. Por una parte, le comunica que «el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios»; y, por otra, le habla de su dignidad regia: «El Señor le dará el trono de David, su padre […] y su reino no tendrá fin». Estas últimas expresiones pueden confundir al lector porque Jesús no se ha sentado en el trono de David. El hecho de que al rey David se le prometiera un descendiente que reinaría para siempre suscitó la expectativa de que el Mesías fuera un nuevo David. Así se explica que José, padre adoptivo de Jesús, pertenezca a la casa de David y reciba la misión de introducir a Jesús en la descendencia del rey Mesías, quien, como sabemos, era pastor de ovejas. Por eso, en el relato del nacimiento de Jesús, dice Lucas que «José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Galilea, llamada Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén» (Lc 2,4).

Cuando Jesús es proclamado Hijo de David se confiesa, por tanto, su condición de Mesías que viene a cuidar de su pueblo. En la entrada triunfante en Jerusalén, sus habitantes lo reciben aclamándolo: «Hosanna, al Hijo de David» (Mt 21,9). Con esta alabanza, confesaban la condición de Jesús como Mesías.

Los dos títulos de Jesús —Hijo de Dios e Hijo de David— expresan magistralmente el misterio de su persona: su condición divina y su participación en la historia de los hombres mediante la encarnación. María, al recibir el anuncio del ángel, consiente en ser madre del Hijo del Altísimo e Hijo de David. De ahí que, al final del Adviento, se proclame este gozoso anuncio que se cumplirá en la Nochebuena. El niño que nace en Belén es el Mesías anunciado por los profetas que viene a ejercer su realeza pastoreando a su pueblo. No en vano los primeros que reciben la noticia de su nacimiento son pastores del mismo pueblo donde David cuidaba también del rebaño de su padre. Este hecho no es un dato bucólico que el evangelista utiliza para dar al relato un aire idílico. Los pastores eran considerados por la espiritualidad farisea un gremio al margen de la ley porque con frecuencia metían sus rebaños en pastos que no eran suyos. Eran, por tanto, considerados «pecadores» públicos que no tendrían acceso al reino de Dios. El anuncio a los pastores y el gozo con que acuden a adorar al Mesías recién nacido, al Salvador, tiene un especial interés teológico: revela desde el inicio de la vida de Jesús que no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores; y expresa que son ellos los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento de Hijo de Dios e Hijo de David. Lucas, llamado el evangelista de la misericordia, sitúa, por tanto, a los pecadores en el primer plano del portal de Belén para decirnos que ha llegado el reino de la misericordia y que hasta los excluidos, según los clichés farisaicos de quienes se creen justos, son los primeros en adorar a Dios y llevarle sus pobres ofrendas, que en realidad son el símbolo de los pecados. Esto es, en definitiva, lo que ha buscado el Hijo de Dios al encarnarse entre nosotros: tener compasión de los hombres y ofrecerles el regalo de su misericordia. Por eso, los enfermos le suplicaban gritando: «Hijo de David, ten compasión de mí».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

Visto 156 veces Modificado por última vez en Jueves, 17 Diciembre 2020 08:53