cesar

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Sábado, 13 Febrero 2016 17:08

Plantale cara al hambre: siembra

Plántale cara al hambre: siembra

Carta pastoral para la Jornada de Manos Unidas

La Jornada de Manos Unidas para este año 2016 se desarrolla bajo el lema «Plántale cara al hombre: siembra». Los datos son escalofriantes: en el año 2014 el hambre crónica afectaba a 805 millones de personas en el mundo. El fenómeno del hambre en el mundo abarca conceptos como malnutrición, subalimentación, desnutrición, hambruna. Lo dramático de la situación actual es que hay comida para todos, pero no todos pueden comer. San Juan Pablo II llamaba a esto «la paradoja de la abundancia». Una paradoja que, aunque no queramos, convierte a los que tenemos bienes en responsables de los que no tienen, como ha enseñado desde antiguo la tradición cristiana. De una u otra manera, todos somos responsables del mal que sufren nuestros hermanos. Y todos debemos acoger como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: «Tuve hambre y no me disteis de comer».

El Papa Francisco nos ha pedido en este Año Jubilar de la Misericordia que reflexionemos sobre las obras de misericordia, corporales y espirituales. La primera de las corporales es «dar de comer al hambriento». Cristo ha querido identificarse con todos los que sufren, y, en primer lugar con los que padecen hambre. Dice el Papa Francisco que «la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado».

¿Cómo podemos hacerlo? Son muchos los medios a nuestro alcance, especialmente desde la conversión que nos exige la Cuaresma. El ayuno y la limosna tienen como finalidad practicar la justicia y la caridad con los más pobres. Podemos – y debemos – privarnos de gastos innecesarios, caprichos y gustos personales, vivir con mayor sobriedad y pobreza material, ofreciendo la limosna que brota de la caridad. Si observamos nuestro modo de vivir, rápidamente descubrimos cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles las que nos creamos de manera superflua y egoísta. El afán de poseer no tiene límite en el corazón del hombre, como puede observarse en las diferencias que separan a los pueblos que viven en la opulencia de aquellos que se ahondan cada vez más en pobrezas crónicas, que claman al cielo. El mensaje del Papa Francisco en su encíclica «Laudato si´» es claro y rotundo. Nos exhorta a un cambio en el estilo de nuestra vida. «Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites» (204).

Lo más grave de esta situación es que llegamos a acostumbrarnos a ella, perdemos sensibilidad para detectar el mal y socorrer a quien lo padece. Nos hacemos como el rico epulón de la parábola de Jesús que menospreciaba al pobre Lázaro que yacía a su puerta. Cristo nos invita a la «compasión», que no es una lástima superficial, sino a padecer con los que sufren compartiendo sus propios sufrimientos como ha hecho Cristo con nosotros. La caridad cristiana tiene su motivación última y su modelo perfecto en el mismo Cristo, que aceptó sobre sí, como el Buen samaritano, la carga de nuestras dolencias y pecados. Sólo el amor redentor de Cristo, que se ha hecho solidario con toda la humanidad, puede hacernos comprender la enorme dicha que tenemos los cristianos de hacernos semejantes a él y la grave responsabilidad de atender a quienes nos desvelan hoy el rostro sufriente del Señor. Plantarle cara al hambre sólo puede hacerse mirando cara a cara a Cristo y permitirle que sea él mismo quien siembre en nosotros su caridad.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Sábado, 06 Febrero 2016 19:30

La barca de Pedro

La barca de Pedro

            La Iglesia ha sido llamada la barca de Pedro. Y con toda razón. En el evangelio de hoy, la barca de Pedro es el lugar al que se sube Jesús para, desde ella, hablar a la gente que se amotinaba para escucharle. Sentado en la barca, Jesús enseñaba a quienes le seguían.

La barca no es sólo el lugar de la enseñanza, sino de la pesca. Cuando Jesús terminó de enseñar, pidió a Pedro que remara mar adentro y echara las redes. Durante aquella noche, Pedro y sus compañeros no habían pescado nada y se lo dijo a Jesús, pero, en su nombre, echó las redes al mar. Y sucedió el milagro que pasará a ser el símbolo de la Iglesia desde aquella hora. Hicieron una redada tan grande que reventaba la red, de manera que tuvieron que llamar a los compañeros de otra barca para recoger la pesca, y aún así, dice san Lucas, las dos barcas casi se hundían.

Al ver los sucedido, Pedro se arrojó a los pies de Jesús, profundamente asombrado y conmovido, y le dijo: «Apártate de mí, que soy un pecador». Reconoció de inmediato que se encontraba ante alguien cuyo poder se acababa de manifestar. Jesús le respondió: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres».

La barca de Pedro se ha convertido en la imagen de una barca que surcará los mares de la historia y, desde la cual, Pedro y los apóstoles echan las redes para sacar a los hombres del mar, símbolo bíblico de la muerte, e introducirlos en la barca de Cristo que es la Iglesia.

Nos encontramos ante una bella parábola, que arranca de una historia real, la pesca milagrosa, para revelarnos otra historia que continúa escribiéndose aún entre nosotros. La historia de la vocación de Pedro y de sus compañeros, y la historia de los hombres que escuchan la palabra de Cristo y se dejan atrapar por la red de la gracia que nos arranca del mal.  Tan real como aquella primera pesca milagrosa es la tarea que Cristo encomienda a Pedro como «pescador de hombres». Hermosa definición para hablar del ministerio apostólico, por el cual los primeros apóstoles dejaron las redes y siguieron a Jesús.

Hoy el ministerio sacerdotal es poco apreciado, quizás porque quienes lo hemos recibido no sabemos trasparentar a Cristo, primer pescador de hombres. ¿Qué otra cosa hizo Jesús sino llamar a su seguimiento, hablar con la gente, abrirles el horizonte de Dios y de la gracia, mostrarles su grandeza? Al comprender quién era Jesús y cuál era su  misión, Pedro se arrojó a sus pies y se confesó pecador. Lo mismo hizo Pablo cuando se convirtió, y tantos hombres que han dejado todo para ser como Cristo y hacer lo que él hacía. Los encuentros de Cristo con la gente que narran los evangelios son un tratado del arte de «pescar» a los hombres. Pero se requiere la confianza plena y total en Cristo. «En tu nombre echaré las redes», dice Pedro. Muchas veces tenemos miedo de echar las redes, nos falta confianza en el poder de Cristo y también en la capacidad que tienen los hombres para dejarse atrapar por él. ¿Qué hubiera sido de Pedro, la samaritana, Zaqueo, Mateo, la Magdalena, si Cristo no se hubiera cruzado en su camino y hubiera echado las redes con su tacto y sabiduría? ¿Qué hubiera sido de Agustín de Hipona, de Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús? Se los habría tragado el mar de este mundo y el anonimato de la historia. Todo depende de echar las redes, aunque haya noches enteras sin pescar nada. Llegará el momento de Cristo en que la red se llenará de peces y la barca de Pedro, frágil y segura al  mismo tiempo, se llenará de la pesca milagrosa de tantos hombres y mujeres salvados por Cristo. Sólo se necesita que haya hombres que se fíen de Cristo y en su nombre echen las redes.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Sábado, 06 Febrero 2016 19:29

Pescador de hombres

«Pescador de hombres»

            El evangelio de este domingo presenta la vocación de Pedro, a quien Jesús dice que será «pescador de hombres». Pedro se dedicaba a la pesca en el mar de Galilea con su hermano Andrés y otros dos hermanos, Santiago y Juan. Jesús les cambia su destino, mediante el milagro de la pesca milagrosa, que provoca admiración y temor al mismo tiempo. Después de haber pasado la noche sin pescar nada, Jesús les ordena echar las redes y éstas se llenan milagrosamente de peces. Ante el asombro, Pedro cae rendido a los pies de Jesús y le dice: «Apártate de mi que soy un pecador». Esta es la experiencia de toda auténtica vocación. Jesús ahuyenta su temor y le dice que hará de él un pescador de hombres.

«Pescar» hombres es tarea ardua. En el interior del hombre existe un yo potente, autónomo, en ocasiones endiosado, que le cuesta reconocer que es un pecador necesitado de Cristo. Sin esta experiencia, es difícil que el hombre se deje «pescar» por Cristo. Que se lo digan a san Ignacio de Loyola, cuánto le costó la conversión de un joven altanero, seguro de sí, aplaudido por el mundo, que sería después un misionero sin igual, san Francisco Javier. Dicen que la obra más  grande de san Ignacio de Loyola no fue la creación de la Compañía de Jesús, sino la conversión de Francisco Javier. También a Pedro le costó dejarse atrapar por Cristo de verdad, hasta que tuvo que sufrir el examen del amor, después de haber negado a Cristo tres veces. Tres veces tuvo que confesar que amaba a Cristo a pesar de la triple negación.

El hombre se resiste a ser atrapado por Cristo, a entrar en la red de su seguimiento. Por eso el «pescador de hombres» no debe desanimarse jamás. Debe echar las redes, invitar, convencer, dialogar con los hombres para hacerles comprender que Cristo llama a su misma tarea. La beata Teresa de Calcuta comprendió que las palabras de Cristo en la cruz —«tengo sed»— la llamaban a tener sed de la salvación de los hombres, de los más pobres, y nadie puede dudar que ha sabido pescar a los hombres en las redes de la ternura, la misericordia, la compasión, el amor hasta dar la vida. Quien entiende esto, y se reconoce él mismo salvado por Cristo, no dudará en dedicar su vida a echar las redes en el nombre de Cristo. Es la tarea más hermosa que jamás pudo imaginarse.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Sábado, 30 Enero 2016 18:33

Nadie es profeta en su pueblo

Cuando Jesús dice que «ningún profeta es aceptado en su pueblo» sintetiza en gran medida la historia de Israel, que rechazó a grandes profetas, como Isaías, Jeremías, Juan Bautista. Acercándose a su destino último, Jesús exclamó ante la vista de la ciudad santa: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados» (Lc 13,34). Jesús vivió en su propia carne este destino de los verdaderos profetas, como narra el evangelio de este domingo. Y todo fue por no plegarse a las expectativas del pueblo que le exigía milagros, como había hecho en Cafarnaún.

Llama la atención que los vecinos de Jesús en Nazaret pasan de la admiración ante su predicación a una actitud de ir porque Jesús se niega a realizar milagros por su falta de fe. Ese cambio de actitud se debe a que no se cumplen las expectativas que han depositado en Cristo. Jesús no se deja manipular. Como los grandes profetas, prefiere ser rechazado por su pueblo a renunciar a su misión de proclamar la verdad. Se une así al destino de quienes, por fidelidad a Dios, optan por la incomprensión, el desprecio y, en último extremo, la muerte. Es el signo del verdadero profeta.

Los falsos profetas se acomodan a los deseos del pueblo. Halagan los oídos, gustan de la adulación, no resisten las críticas ni el rechazo, se achantan ante el sufrimiento y la persecución, aborrecen la verdad. Pierden la libertad de hablar en nombre de Dios. Son profetas que buscan la alabanza, el aplauso, la complacencia de sus auditorios. En realidad, actuando así, conducen a la ruina y al desastre como aparece en la historia del pueblo elegido y de la Iglesia. Son «perros mudos» que, cuando tienen que ladrar, advirtiendo que viene el lobo, se callan por no ser acusados de profetas de calamidades. Quien lea detenidamente el evangelio entenderá la vida y el destino de Cristo desde unas palabras que le identifican: «la verdad os hará libres». En el evangelio de este domingo Jesús no renuncia a la verdad y advierte a sus vecinos de Nazaret de que Dios puede hacer milagros en los pueblos paganos, porque encuentra en ellos más acogida y fe que en su propio pueblo. Esto les indignó de tal manera que echaron a Jesús de su pueblo con intención de despeñarlo. Pero aún no había llegado su hora.

 

César Franco

+ Obispo de Segovia

           

            

 

Sábado, 30 Enero 2016 18:17

Signo de contradicción

Jesús es un signo de contradicción para el mundo. Así se lo dijo el anciano Simeón a su madre María, cuando lo llevó al templo de Jerusalén para ser circuncidado. Y así se ha comprobado a lo largo de la historia bimilenaria del cristianismo. Amado por unos, odiado por otros; acogido por humildes y sencillos, rechazado por soberbios y poderosos; adorado por los suyos, perseguido por los poderes de este mundo. Desde la cuna a la cruz, y desde la resurrección hasta su última venida gloriosa, Jesús se ha convertido en un signo de contradicción, que obliga a los hombres a tomar decisión a favor o en contra de él. Cuando unos magos de Oriente le buscaban guiados por la fe, Herodes intentaba matarlo. Mientras los publicanos y prostitutas le seguían, los letrados de Israel rechazaban su enseñanza. Y la acogida que mostraba a quienes se sentían excluidos del Reino de Dios provocaba la indignación de quienes se consideraban poseedores del mismo Reino.


En Cristo, Dios ha querido romper los esquemas religiosos de quienes pensaban que Dios debía acomodarse a sus ideas sobre la religión, la piedad y el culto verdadero; o más aún, de quienes consideraban que Dios era exclusiva propiedad del pueblo elegido. Por eso, cuando Jesús va a su ciudad de Nazaret, sus vecinos, al oírle hablar con tanta sabiduría, se quedaban admirados, y le pedían que hiciera los milagros que había hecho en Cafarnaún. Si era uno de los suyos, si conocían a su padre José y a su familia, se creyeron con derecho de que hiciera en su pueblo lo que había hecho en otras aldeas vecinas.

Semejante pretensión es rechazada por Jesús, que se sirve de los ejemplos de dos grandes profetas, Elías y Eliseo, para hacer comprender a sus conciudadanos que Dios no es manipulable, ni pertenece exclusivamente a un pueblo concreto, aunque sea el pueblo de la elección. Elías hizo un milagro a una pobre viuda de Sarepta en el territorio pagano de Sidón, fuera de las fronteras de Israel. Y Eliseo curó a un leproso venido de Siria para lavarse en las aguas del Jordán. Con estos ejemplos Cristo manifiesta la universalidad de la salvación que trae como enviado de Dios, y rechaza todo intento de manipulación por quienes se creen con derecho a utilizar a Dios en beneficio propio.
Dice el evangelio de hoy que, al oír estos ejemplos de Jesús, quienes se habían admirado de su sabiduría, cambiaron de actitud. Se pusieron furiosos y, echándole del pueblo, lo llevaron hasta un precipicio con intención de despeñarle. ¡Que vienen se aplican aquí las palabras de Cristo: «nadie es profeta en su tierra»! O lo que dice el prólogo de san Juan: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Jesús se ha convertido en un signo de contradicción, ciertamente, pero sólo para aquellos que desean dominarlo, manipularlo y convertirlo en su bandera propia. Este fue uno de los sufrimientos más íntimos de Cristo, al verse rechazado por su pueblo, lo que le hizo llorar ante Jerusalén, días antes de su pasión, al ver que seguía el camino de los grandes profetas: el rechazo y la pasión.


Los que estamos en la Iglesia no estamos exentos de caer en la misma tentación de «los suyos». También nosotros podemos pensar que Cristo es propiedad nuestra y que tenemos asegurada la salvación. Cada vez que nos encerramos en nosotros mismos y olvidamos, como decía san Juan Pablo II, que Cristo es un derecho de todos los pueblos y de todos los hombres, podemos caer en el peligro de quedarnos con Cristo y no ofrecerlo a los demás, cerrándonos así a la misión universal que se nos ha confiado. También para nosotros valen entonces las palabras de Jesús: «Vendrán de oriente y de occidente y os precederán en el Reino de los cielos».

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Viernes, 22 Enero 2016 18:14

Historia y fe

 

           

De los cuatro evangelistas, Lucas es conocido como «el historiador», porque demuestra especial interés en enmarcar la vida de Jesús en su momento histórico. Quien lea, por ejemplo, la presentación que hace de Juan Bautista, observará que comienza con una especie de crónica histórica donde se enumeran los personajes que gobernaban en aquel momento. También el nacimiento de Jesús hace referencia al emperador Augusto y a Cirino, gobernador de Siria, en cuyo mandato se llevó a cabo el empadronamiento ordenado por el César de Roma. Este gusto por la historia no es pura erudición, sino que revela una intención que el mismo evangelista declara en el prólogo de su evangelio, a saber, trasmitir un relato de los hechos tal como fueron referidos por los testigos oculares y servidores de la Palabra. Esta fidelidad a los hechos tiene como finalidad que quienes lean su evangelio conozcan la solidez de las enseñanzas que han recibido, si es que profesan la fe cristiana, como lo hacía Teófilo, a quien destina su escrito. Por eso, Lucas afirma expresamente que ha investigado todo con diligencia desde el principio.

            Es sabido que Lucas no fue apóstol de Cristo. Tampoco sabemos con certeza que lo hubiera conocido personalmente. Aparece citado por san Pablo en sus cartas, lo que hace suponer una relación estrecha con él. Esto explica que, al escribir su evangelio, buscara documentarse bien acudiendo a las fuentes mismas de la historia que narra. Y para describir estas fuentes, utiliza dos expresiones muy significativas: «testigos oculares» y «servidores de la Palabra». La primera expresión habla de acontecimientos históricos, que pudieron ser constatados por contemporáneos. La segunda es una fórmula teológica para definir a quienes tenían como oficio en la Iglesia predicar el evangelio, «servir a la Palabra». Estas dos designaciones describen muy bien qué es el evangelio de Lucas y, por afinidad, los tres restantes. En ellos, la historia se convierte en objeto de la predicación. Los evangelistas narran la historia de Jesús, transmitiendo datos históricos, pues, de lo contrario, no se podría llamar historia; y, al mismo tiempo, narran la historia como servidores de una palabra que no es meramente humana, sino palabra que viene de Cristo, el Hijo de Dios. Los evangelios son la historia de Cristo narrada por quienes han visto los acontecimientos y, al mismo tiempo, iluminada desde la fe que tales acontecimientos han suscitado. Por eso hablamos de historia sagrada.

            Un ejemplo de esta forma de contar la historia tenemos en el evangelio de hoy, que narra la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Jesús hizo, como era costumbre, la lectura de un pasaje del profeta donde se describe la misión del Mesías: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Cuando terminó de leer, Jesús dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». El evangelista narra lo que pasó en la sinagoga: un hecho histórico. Y recoge unas palabras de Jesús que lo interpretan: lo que había anunciado el profeta Isaías se cumple en Jesús. Este último dato también es histórico. Jesús dijo esas palabras, pero acogerlas o no, depende de la fe. Durante su vida Jesús mostrará que ciertamente él es el Mesías anunciado por el profeta, pero no todos lo acogerán como tal. La fe tiene su fundamento en la historia, pero el significado último de esa historia sólo es percibido por quienes la leen con la fe de los evangelistas, que, en último término, viene del mismo Cristo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Viernes, 22 Enero 2016 18:12

El “hoy” de la misericordia

 

            Después de su bautismo en el Jordán y del prolongado ayuno en el desierto, Jesús comienza su ministerio público en la sinagoga de Nazaret. Era un sábado y, entrando en la sinagoga como era costumbre, le fue entregado el rollo del profeta Isaías para que hiciera la lectura. El pasaje que leyó se refiere a la misión del Mesías con estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

            Al terminar su lectura, como único comentario que recoge el evangelista, son estas palabras de Jesús: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Jesús se proclama directamente el Mesías de Dios al identificarse con la misión anunciada por Isaías. Resulta evidente que Jesús interpreta el texto del profeta en un sentido profundamente espiritual. Aunque Jesús hizo alguna curación de ciegos, no sanó a todos, y tampoco sabemos que hiciera salir de las cárceles a los prisioneros. Solo Barrabás tuvo la dicha de verse libre por causa de Jesús. Cuando Jesús realiza algún milagro con paralíticos, leprosos, sordos y ciegos, y cuando resucita a algún muerto, ciertamente está realizando un gesto profético, que anuncia  y hace presente la salvación más allá del estado físico de la persona. Habría sido un Mesías fracasado si su misión hubiera consistido en sanar todas las miserias físicas de los hombres. Por eso el texto que lee en la sinagoga termina con las palabras: «anunciar el año de gracia del Señor», que se refiere al perdón que Dios concedía en los años jubilares. Y el perdón ha llegado a todos los hombres sin excepción. Ese es el verdadero milagro de Cristo.

            Hemos comenzado un año jubilar de la misericordia. También hoy podemos decir que vivimos en el «hoy» de Cristo, porque hoy, para todos nosotros, la misericordia de Dios se hace presente en Cristo que viene a sanarnos de nuestras pobrezas, cautividades, cegueras y esclavitudes. Basta que fijemos la mirada en Cristo, como hicieron los de Nazaret, y nos dejemos amar por él. Entonces, también nosotros seremos para los hombres testigos y portadores de la misericordia de Cristo, porque también nosotros somos ungidos, es decir, cristianos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Domingo, 17 Enero 2016 21:18

El vino del Esposo

Quizás algún lector se haya preguntado por qué el primer milagro de Jesús se realiza en el marco de unas bodas. Y es posible que también se interrogue si era tan dramático que unos novios se quedarán sin vino. Se entiende mejor la multiplicación del pan para saciar a los hambrientos que la transformación del agua en vino para contentar a los comensales de una boda.

En su Historia de Cristo, Giovanni Papini revela el secreto de esta escena evangélica: «Para quien no se detiene —dice— en lo literal de la narración, el agua convertida en vino es otra figuración de la época nueva, que comienza con el Evangelio. Antes del anuncio, en la vigilia, en el desierto, el agua bastaba. El mundo estaba como abandonado y doliente, pero ha venido la Buena Nueva: el Reino está próximo, la felicidad cercana. De la tristeza se está a punto de entrar en la alegría; de la viudez de la antigua Ley se pasa a la nuevas nupcias con la Ley nueva. El esposo está con nosotros; no es hora de desfallecimiento, sino de alborozo».

Las palabras de este escritor, que pasó de una actitud descreída y crítica contra la Iglesia a la fe en Cristo, son muy certeras. Jesús ha traído la novedad, la recreación de todas las cosas. Y ha querido manifestar su novedad en el marco de una boda, que, para el pueblo de Israel, era también un símbolo del amor de Dios con su pueblo. Dios era el esposo de Israel que un día vendría a desposarse en fidelidad eterna con su pueblo. Así lo cantaban profetas, sabios y poetas. Los pecados de Israel lo habían convertido en una esposa infiel, adúltera, en una prostituta que se vendía idolátricamente a pueblos paganos. A pesar de eso, Dios seguía prometiendo amor y fidelidad, hasta que un día apareció en la escena de los hombres y en una boda el esposo definitivo, Jesús, el Mesías. San Juan evangelista da a Jesús el título de esposo (Jn 3,29), porque ha venido para unirse definitivamente con los hombres en una alianza inquebrantable. Los invitados de Caná no comprendieron el sentido último de lo que sucedía, pero a medida que la vida de Jesús avanzaba hacia la Pascua, sus discípulos fueron entendiendo lo que allí había sucedido hasta que, en la Cena, Jesús entregó definitivamente el verdadero vino cuando dijo: «Tomad y bebed todos de él porque esta es mi sangre». Era el esposo que daba a su esposa un vino nuevo.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Domingo, 17 Enero 2016 21:15

El signo del vino

El signo del vino

En el evangelio de Juan los milagros de Jesús son llamados «signos». El evangelista descubre en todos ellos un significado que trasciende el hecho milagroso. Si Jesús abre los ojos del ciego de nacimiento es para enseñar que él es la luz del mundo; si multiplica los panes y los peces, es para mostrarse a sí mismo como el Pan del cielo; y si resucita a Lázaro es para afirmar que es la Resurrección y la vida.

El primer signo milagroso de Jesús se realiza en el contexto de una boda en Caná de Galilea a la que estaban invitados Jesús, sus discípulos y la madre de Jesús. Mirado como milagro, lo que Jesús hace es convertir el agua en vino sacando así de apuros a unos novios. Pero, si nos atenemos a que, según el evangelista, fue el primero de sus signos, quiere decir que este milagro queda vinculado a todos los que narre después en su evangelio. Es el primero de una cadena de signos cuya finalidad es mostrar quién es Jesús, ese Jesús de quien se dice en el prólogo que ha venido a traer la «gracia y la verdad».

Se ha dicho con razón que el protagonista de la boda de Caná es «el vino» y no les falta razón a los críticos literarios. Todo gira en torno al vino que falta y al vino nuevo cuyo origen desconoce el maestresala. Este vino que llega por la acción de Cristo es «vino bueno», que desbanca al primero. Sobre este vino gira también la conversación de la Madre de Jesús con su Hijo: al hacerle ver que el vino de la boda se ha terminado, María está señalando una carencia grave en una boda. Pero ¿es sólo una carencia física o hay algo más?

El vino, en la Biblia, es el símbolo de la alegría y de los bienes que traería el Mesías. Hay textos de los rabinos que hablan de la abundancia de vino cuando llegase el Mesías. El vino se convierte así en símbolo de la salvación. La afirmación de María: «no tienen vino», puede interpretarse como «no tienen la salvación». De ahí que Jesús interprete las palabras de María como una interpelación a hacer presente su «hora», es decir, el momento en que él aparezca como Mesías.

Desde esta perspectiva comprendemos mejor la belleza del relato y su profundidad teológica. Transformando el agua en vino, Jesús manifiesta que ha venido a ofrecer lo anunciado por los profetas: El Mesías traería abundancia de vino, es decir, de dones salvíficos. Se comprende también el asombro del maestresala cuando prueba el vino nuevo, cuya calidad insuperable es el don del Mesías. Y, sobre todo, cobra sentido la afirmación final del relato: «En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de los discípulos en él». El signo de Jesús abre la inteligencia de los discípulos para descubrir que en su Maestro hay un misterio incalculable, el de la gloria de la Navidad, la gloria que se manifiesta en lo que hace y que no es otra que la que corresponde a la del Hijo único del Padre.

Decíamos que el protagonista del relato era el vino. Pero, por la misma razón, podemos decir que es también Cristo, dado que sólo él puede dar el vino que trae para todos los hombres. No sólo los novios de Caná se beneficiaron de él, sino que al llegar el momento de la cruz, de su costado brotó un vino nuevo, único, misterioso, que san Juan de Ávila llamaba «el buen vino de la cruz». Cristo ha venido a saciarnos de alegría, paz, justicia y misericordia. En la última cena, se nos dio como pan y como vino, dos alimentos sencillos y ordinarios en la mesa de los hombres. Su amor los convirtió en el sacramento de la vida que quita los pecados del mundo y nos engendra para la inmortalidad. Pero estamos tan acostumbrados a ello que nos falta la admiración del maestresala para preguntarnos por el origen de este vino y por la razón de que haya aún mucha gente que no lo ha saboreado.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Lunes, 11 Enero 2016 08:24

Bautismo y regeneración

Bautismo y regeneración

 

El Nuevo Testamento da al bautismo cristiano el nombre de «regeneración», y hay que decir que el origen de este nombre se remonta a Cristo. Al viejo Nicodemo, en sus conversaciones nocturnas con Jesús, le dijo que si quería entrar en el Reino de los cielos debía «nacer de nuevo». Este es el significado de «regeneración», nuevo nacimiento. Extrañado Nicodemo de que, siendo viejo, tuviera que nacer de nuevo, Jesús le aclara que no se trataba de volver a entrar en el seno de su madre, sino de un nacimiento de lo alto, de Dios, que se realiza con el agua y el Espíritu. He aquí el significado profundo del bautismo, que está muy lejos de las ideas que muchos padres tienen cuando piden bautizar a sus hijos.

En una gran mayoría, los padres acuden a la Iglesia pensando en un rito, una ceremonia más o menos emotiva y solemne. Pero no captan la trascendencia del sacramento, que ciertamente es un rito, pero mucho más. Se explica así que la fe recibida en el bautismo no se cuide después con el esmero que se cuida la vida física con sus exigencias de alimentación, vestido, formación, etc. Bautizar a alguien exige, tanto por parte de la Iglesia como de los padres, cuidar y proteger la vida nueva recibida en el bautismo, porque en realidad se trata de una vida, cuyo protagonista es el Espíritu. Por eso, Jesús dice a Nicodemo que «lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es Espíritu». Quiere decirle que en el hombre hay dos vidas entrelazadas e inseparables: la humana y la divina. Y ambas tienen que crecer en perfecta armonía y mutua cooperación, si no queremos quedar reducidos a simple materia. Valga un ejemplo: traer una vida a este mundo y dejarla morir, es un grave pecado. Bautizar a un ser humano y no alimentar la fe hasta que llegue a la madurez de la vida espiritual, es también grave. Por esta razón, la Iglesia debe cuidar de que el sacramento del bautismo se conceda a quienes lo piden responsablemente y se comprometan a educar a sus hijos en la fe, de la que los padres son los primeros responsables, como enseña el Concilio Vaticano II. Pedir la fe supone aceptar el compromiso de la catequesis y la formación cristiana, porque sólo así, la vida que se recibe en el bautismo llegará a su plenitud.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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