cesar

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Sábado, 12 Marzo 2016 11:54

El que esté sin pecado…

En varias ocasiones los escribas y fariseos pretendieron tender una trampa a Jesús para acusarle ante el Sanedrín o ante el procurador romano. Una de ellas es la de la mujer adúltera, conducida ante Jesús para preguntarle si, como decía la ley de Moisés, debía ser lapidada. Era una pregunta con trampa. Si decía que no, sería acusado de contradecir a Moisés. Si decía que sí, podían llevarle ante el procurador de Roma por atribuirse una decisión que sólo correspondía al tribunal romano, la condena a muerte. El evangelio afirma que Jesús, ante la pregunta, se inclinó y escribía en la arena. Nadie sabe lo que escribió. Dice Papini que posiblemente «para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo».

Como los acusadores insistían ante el silencio de Jesús, éste, erguido, pronunció una sentencia que se ha convertido en patrimonio de la moral universal: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».  Como una pedrada heriría esta sentencia el corazón de los hipócritas acusadores. Y, empezando por los viejos, se fueron escabullendo hasta dejar a Jesús y a la mujer solos. El seguía escribiendo en el suelo, mientras ella esperaba alguna palabra. Y esa palabra llegó en forma de pregunta, absolución y mandato. «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más».

Las palabras de Jesús actuaron en el corazón de los que pedían la muerte como una espada aguda que llega a los entresijos del alma y discierne las intenciones. Al escucharlas, los jueces de la mujer se convirtieron en reos de la justicia de Cristo, y se escabulleron, considerando sin duda sus propios crímenes, sus posibles adulterios, sus juicios inmisericordes, su falsa justicia, como aquellos viejos que quisieron abusar de la casta Susana, y cuyos pecados inconfesables fueron puestos al descubierto por el profeta Daniel.

Una vez solos, Jesús, erguido de nuevo pues seguía escribiendo en la arena, le manifiesta su perdón, la absuelve de su pecado, con la advertencia de que no peque más. La misericordia de Cristo no disimula el pecado ni le resta importancia. Cristo es al mismo tiempo misericordia y verdad. Y ambas caminan juntas. Jesús, que ha venido a dar plenitud a la ley, no escamotea la gravedad del pecado, aunque esté siempre dispuesto a perdonar. Y la defensa que hace de la mujer frente a quienes deseaban lapidarla muestra que nadie puede condenar a otro, y que sólo Dios tiene la última palabra en el juicio de cada hombre, porque sólo él es el Santo y Justo.

Con sus palabras, Jesús desbarató la trampa que querían tenderle. Ni contradijo a Moisés, ni usurpó los derechos del procurador. Sencillamente, como en otras ocasiones, puso el dedo en la llaga de quienes se consideran justos y condenan a los demás. Vino a decir lo que san Juan afirma con toda claridad: «Si alguien dice que no tiene pecado, miente y la verdad no está en él». Todo hombre es pecador y, por tanto, necesita misericordia. El juicio y la condena no pertenecen a los hombres, muy dados a tirar la primera piedra a quien es sorprendido en pecado. ¡Cuántas veces se hace leña del árbol caído! Y en cuántas ocasiones lanzamos piedras a quienes cometen nuestros mismos pecados, que, si salieron a la luz, mostrarían la hipocresía de nuestros comportamientos y la falsedad de nuestra justicia cuando nos escandalizamos de los pecados ajenos. Deberíamos invertir los roles y decir con un gran predicador: «Dame, oh Dios, espíritu de hijo para contigo, espíritu de madre para con los demás, y espíritu de juez para conmigo». Entonces la piedra amenazadora se nos caería de las manos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Sábado, 05 Marzo 2016 14:44

El padre era el que más lloraba

La parábola del hijo pródigo, que leemos este domingo, ha sido llamada también parábola del padre misericordioso, porque es un hermoso panegírico de la misericordia del padre, que es Dios. Por extraño que pueda parecer, Jesús no dirigió esta parábola a los pecadores, aunque están en su horizonte, sino a los escribas y fariseos que criticaban su conducta al sentarse a la mesa de publicanos y pecadores. Basta leer el inicio de la parábola para darse cuenta de la diana a la que Jesús dirige la flecha de su enseñanza. Dice san Lucas: «Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús se defiende a sí mismo con la parábola y justifica su trato con los pecadores como el signo de que el Padre los busca para reconciliarlos. En oriente, sentarse a la mesa de los pecadores y comer con ellos era una forma de manifestarles que Jesús les ofrecía una comunión de vida y amistad. Cristo ha venido a sentarse con ellos y ofrecerles su perdón. Por eso, aunque el hijo pródigo ocupe un lugar central en la parábola, es, sobre todo, el hijo mayor —personificación de los escribas y fariseos— el que aparece como contrapunto del amor del Padre. Se ha dicho que aunque nunca dejó la casa del padre, vivía en ella «como un mercenario» a quien no le importaban las cosas del padre, como no le importa que su hermano retorne salvo y sano a casa. Su actitud es la del hombre que se cree justo, intachable, y se atreve a juzgar el comportamiento del padre. Es como el fariseo Simón, en la escena de la pecadora arrepentida, cuya frialdad ante Jesús y su condena de la mujer revelan el engreimiento y autocomplacencia en su propia justicia, carente de toda misericordia.

Frente al hijo mayor, el menor, que dilapida los bienes del padre, es el tipo que von Hildebrand ha denominado «pecador trágico», que, siendo hijo, termina haciéndose un pobre esclavo de las algarrobas de los cerdos. En Israel, cuidar cerdos era una profesión maldita, porque el cerdo era un animal impuro. Este oficio apartaba del culto sinagogal y hacía del pastor un pecador público. Que este pobre pecador tome conciencia de su estado, se levante y retorne al padre es, por parte de Jesús, una invitación a todos los que eran juzgados de modo inmisericorde por parte de los escribas y fariseos, a confiar en la acogida de Dios que se alegra cuando un pecador vuelve a casa. La descripción del padre, que, cuando de lejos ve venir a su hijo, echa a correr y se le arroja al cuello para cubrirle de besos, es magnífica. Dice el texto que al padre «se le conmovieron las entrañas», expresión que indica la conmoción del amor irrefrenable, que se desborda en alegría y misericordia. Bien ha escrito Péguy: «el padre era el que más lloraba».

En la bula de este año de la misericordia, el Papa Francisco dice que «cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar a este hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Sábado, 05 Marzo 2016 14:43

El hijo que no se marchó

El cuarto domingo de cuaresma se denomina domingo laetare, palabra latina que significa «alégrate». La Iglesia, ante la cercanía de la Pascua, nos invita a la alegría, que es la nota distintiva del cristiano. En este domingo se lee la parábola del hijo pródigo, en la que su hermano mayor, al enterarse de que ha vuelto a casa y ha sido recibido por el padre con grandes festejos, se indigna y no quiere participar de la alegría del padre. Éste sale a buscarlo y, para convencerle de que debe tomar parte en el banquete que ha preparado, le dice: «Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,31).

Para entender bien estas palabras hay que tener en cuenta que esta parábola, quintaesencia del evangelio, va dirigida contra los que se escandalizaban porque Jesús trataba con pecadores y publicanos. No entendían que un maestro de la ley se permitiera un trato amigable con quienes, según la ortodoxia judía, estaban al margen de la Ley. De hecho, a Jesús le calificaron sus oponentes de «comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19). El hijo mayor de la parábola representa a los escribas y fariseos que critican el comportamiento de Jesús y se atreven a juzgarlo. Es incapaz de alegrarse cuando su hermano retorna a casa y recupera la dignidad perdida. Es el prototipo del hombre que se considera justo porque nunca ha desobedecido una orden del padre. Aunque vive en la casa del padre, en realidad parece un inquilino. Reprocha incluso al padre que a él nunca le ha dado un cabrito para tener un banquete con sus amigos. La respuesta del padre a su reproche es una fina crítica a quienes no entienden el comportamiento de Jesús: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo».

La lección es clara: podemos vivir en la casa paterna y no ser hijos sino mercenarios que esperan la recompensa de sus trabajos. Vivir como hijos de Dios es entender que todo lo del padre nos pertenece, y, sobre todo, compartir sus entrañas de misericordia para alegrarnos cuando un hermano nuestro retorna a casa. Entonces participaremos en la alegría de la fiesta para celebrar el retorno del hijo pródigo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

            

Viernes, 04 Marzo 2016 15:28

El valor de un sacerdote

El valor de un sacerdote

 

Me sorprende muy negativamente en mis encuentros con los jóvenes, adolescentes y niños que, cuando les insinúo si alguna vez han pensado ser sacerdotes, rechacen la idea, casi instintivamente, como si se les propusiera algo poco o nada estimable. Reaccionan como si dijeran: «¿sacerdote, yo?, ¡qué disparate!». Al preguntarme por esta reacción tan instintiva, y buscando sus posibles razones, pienso en la escasa valoración social de los sacerdotes, en la imagen que pueden tener de nosotros, quizás poco atractiva y estimulante, o sencillamente en el desconocimiento de qué es un sacerdote, «un cura de almas», expresión ya poco usada, que ha quedado reducida a «cura» sin más, dicha con más o menos aprecio. Para un obispo, naturalmente, esto da mucho que pensar. Y al acercarse el día del Seminario, no quiero pasarlo por alto.

Y comenzaré por algo que puede resultar muy fuerte, pero no quiero dejarlo en el tintero. Quien no valora al sacerdote, no valora a Cristo. Es verdad que somos pecadores, que no somos dignos del ministerio recibido, que no podemos ni compararnos mínimamente con él. Sería una pretensión inaceptable. Pero, queramos o no, él nos han hecho ministros suyos, y, con todos nuestros defectos y pecados, tenemos la gracia de hacerlo presente. «Es Cristo quien vive en mí», decía san Pablo. No somos funcionarios de la Iglesia, ni gestores de lo sagrado, ni moderadores de acciones eclesiales, ni simples ejecutores de planes pastorales. ¿Qué somos, pues? Citaré a san Juan Pablo II para apelar a una autoridad indiscutible: «El sacerdote encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote» (PDV 12).

Quien se fija sólo en los pecados de los sacerdotes olvida las palabras del Señor:  «El que esté libre de pecado, tire la primera piedra». Es verdad, somos pecadores. Todos los somos. Ante Dios, nadie puede presumir de justo. Al sacerdote se le exige más, ciertamente, porque ha recibido un ministerio de gracia y santidad, que le sitúa ante Dios y ante los hombres con una vocación ineludible a la santidad. Pero dicho esto, el sacerdote lleva en sus manos los tesoros de la salvación de Cristo, que, a pesar de su pobreza, sólo él puede conceder. Por eso la estima del sacerdote nace de lo que Cristo ha querido poner en sus manos: la salvación de los hombres en el orden de la gracia. Y un pueblo cristiano que no valora a sus sacerdotes es un pueblo que, en cierto sentido, no es agradecido con lo que Cristo ha hecho instituyendo el sacerdocio de la Nueva Alianza.

En el libro de sus Memorias dice el cardenal J. Daniélou, que «lo mas divino entre las cosas divinas es cooperar con Dios en la vida de las almas». Y esa es la tarea que Cristo ha encomendado a los sacerdotes, porque fue la tarea que Cristo recibió de su Padre. Hoy se valora poco la salvación, la gracia, los sacramentos, la acción de Dios en las almas. Como consecuencia, difícilmente se valorará el ministerio de alguien que se dedica a la «cura de las almas», es decir, a su cuidado, dirección y acompañamiento. Sólo quienes aprecian el hecho de que Cristo ha querido quedarse entre nosotros en la persona misma de quienes tienen autoridad para actuar en su nombre, valoran el misterio que llevamos en nuestros «vasos de barro» y firmarían las palabras de un conversa francesa, Madeleine Delbrel, que salió del ateísmo gracias a la ayuda de algunos sacerdotes, y decía: «La ausencia de un verdadero sacerdote en una vida es una miseria sin nombre; es la única miseria». Quiera Dios que descubran esta verdad los niños, adolescentes y jóvenes, en cuya vida se cruce Cristo, los llame mirándolos a la cara y, dejándolo todo, le sigan alegres de poder ser para los demás «otro Cristo».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

                        

Sábado, 27 Febrero 2016 14:40

El viñador y los frutos

En la parábola de la higuera estéril, que leemos en este domingo, Cristo ha querido ocultarse bajo el disfraz del viñador. La imagen de Dios, dueño de la viña, es clásica en la literatura bíblica. El pueblo de Dios es comparado con una viña que Dios cuida con amor, la cava, la abona, la cerca para evitar las alimañas y se desvive por ella esperando sus frutos.

Jesús habla de una higuera plantada dentro de una viña que, al cabo de tres años de cuidados, no da frutos. Su esterilidad irrita al dueño y manda al viñador que la arranque. Pero éste intercede y pide un año más para regarla, cavarla y abonarla para que sea fecunda.

Es claro que el dueño de la viña es Dios, y el viñador es Cristo que intercede y pide paciencia al Padre con la esperanza de que, al cabo del año, la higuera produzca frutos. La imagen de Cristo viñador es muy entrañable. Nos revela que cada uno de nosotros está plantado en la viña del Señor y recibe de Cristo todo lo necesario para dar fruto. Los trabajos de Cristo han sido inconcebibles, pues son trabajos de pasión y de muerte. ¿Qué más pudo hacer por nosotros que no hiciera? cantará la Iglesia en el Viernes Santo. Y con una queja de amor herido, preguntará: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te ofendido? Respóndeme».

Santa Clara de Asís, se denominaba a sí misma «sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco». Reconocía con esta imagen que el Pobre de Asís la había cuidado como se hace con una planta querida en la que volcamos toda la ternura del corazón para verla crecer y florecer. Si eso hizo san Francisco con santa Clara, podemos entender la magnitud de lo que Cristo ha hecho por todos y cada uno de nosotros. San Pablo dirá «Cristo me amó y se entregó por mí». No hay amor más grande que el de dar la vida por los que se ama.

Se explica así que Dios espere de nosotros frutos, porque sabe lo que Cristo ha hecho por nosotros al ofrecernos su vida. Y se entiende también que, si no encuentra frutos, se indigne y pretenda arrancar la higuera estéril. Es la indignación del amor que busca respuesta y que sufre ante la entrega del Viñador que parece no haber sido reconocida como debiera. Aún así, siempre nos da tiempo para dar fruto porque el Viñador no se cansa de interceder.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Sábado, 27 Febrero 2016 14:05

Misericordia y conversión

Es muy propio del hombre dilatar la conversión, como si fuera señor de su futuro. «Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana», dice un famoso soneto. Se refiere a la respuesta que el hombre da a Cristo cuando éste llama a su puerta para que se convierta. En sus Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola presenta tres tipos de hombres que desean ordenar su vida. El primer tipo es el que dilata la decisión hasta la hora de su muerte, que nadie conoce.

En tiempos de Jesús, las desgracias que sucedían al hombre, y entre ellas la muerte, se interpretaban como castigos de Dios por los pecados cometidos. En el evangelio de hoy, se recogen dos hechos que impresionaron a los habitantes de Jerusalén: la matanza ordenada por Pilato de algunos galileos rebeldes que fueron masacrados junto al altar de los sacrificios, y el derrumbamiento de la torre de Siloé que causó la muerte de dieciocho personas. Los oyentes de Jesús le pidieron su opinión sobre estos sucesos, y Jesús aprovechó la ocasión para invitar a la conversión con estas palabras: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que se cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» (Lc 13,2-5).

Jesús contradice la opinión general que unía el castigo divino al pecado del hombre; y se sirve, al mismo tiempo, de los acontecimientos para llamar a la conversión del hombre si quiere alcanzar la misericordia de Dios. El primado de la misericordia no substituye a la necesidad de conversión. Ambas realidades van de la mano. Y, sobre todo, Jesús urge a la conversión recordando al hombre que el tiempo no lo tenemos en nuestras manos. Para explicarlo, Jesús cuenta la parábola de la higuera que al cabo de tres años no da fruto. Cansado de la espera, el dueño ordena al viñador que la arranque. El viñador intercede con el pretexto de cavarla y abonarla durante un año más, a lo que el dueño se aviene. Si al cabo del año, la higuera sigue estéril, la cortará.

En esta parábola, Jesús subraya la misericordia de Dios, que espera con paciencia los frutos. Pero insiste también en la urgencia de la conversión advirtiendo que el plazo es el de un año. Esta advertencia no es una amenaza inmisericorde, sino una llamada de amor al hombre para que le ofrezca los frutos de la conversión. El Señor nos da tiempo para que oigamos su voz, respondamos a su llamada y no nos suceda como a tantos miembros del pueblo de Israel en el desierto, que, a causa de su impenitencia, no entraron en la tierra prometida. Si el hombre no se convierte a Dios, dice Jesús, puede perecer. Y esto lo sabe muy bien el hombre cuando escucha la llamada de Dios a cambiar de vida, pero, como el personaje del soneto citado, deja para mañana lo que debía hacer hoy. Es el «hoy» de la salvación al que se refiere el salmo 95: «Si hoy escucháis la voz de Dios, no endurezcáis el corazón». Tomarse en serio el hoy de Dios es la tarea más exigente de la vida. Se trata de acoger la misericordia de Dios sin demora ni dilación bajo el pretexto de que Dios siempre estará a la puerta esperando. Eso es verdad, pero esta verdad es compatible con la inminencia del tiempo que pasa, del «año» que Dios da al viñador para que no corte la higuera. Dios se muestra como el enamorado que invita a tomar la urgente decisión de amar, porque el tiempo no está en nuestras manos y pasa inexorablemente.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

           

Sábado, 27 Febrero 2016 14:00

Escuchadle

Seguramente muchos lectores del pasaje de la transfiguración de Jesús, que hoy se lee en la liturgia, se habrán preguntado sobre el sentido de que Moisés y Elías aparezcan hablando con él. Moisés y Elías son dos personajes clave en la historia de Israel: Moisés es el que recibió de Dios la Ley en el monte Sinaí. Elías, el gran profeta defensor del monoteísmo judío. Moisés representa la Ley; Elías, la profecía. 

Ambos personajes tuvieron dos experiencias místicas en el monte Sinaí. Sabemos que Moisés subió al monte y pidió a Dios que le mostrara su rostro. Dios le responde que no puede hacerlo porque su visión transcendente le acarrearía la muerte. Pero le permitió, sin embargo, que, escondido en la grieta de una roca, pudiera contemplar su espalda, una vez que hubiera pasado delante de él. Y así fue. Dios pasó pronunciando su nombre y Moisés pudo verlo de espaldas.
Elías subió también al monte Sinaí huyendo de los profetas de Baal que buscaban su muerte por atacar el politeísmo. Allí tuvo una experiencia de Dios muy diferente de la de Moisés. Vino un viento impetuoso, pero en él no estaba Dios; vino un terremoto y un fuego, y allí no estaba Dios; finalmente vino un brisa suave y allí se encontraba Dios como si se tratara de una revelación íntima y misteriosa. 
En el monte Tabor, mientras Jesús oraba, su rostro se transfiguró y sus vestidos brillaron de blancos. Lo que Moisés no pudo ver se manifestó a los tres apóstoles presentes. Lo que Elías percibió como un susurro se reveló con todo esplendor en la persona de Cristo. Y ambos hablaban con Jesús sobre el sentido de su muerte, que había anunciado a sus apóstoles. Este diálogo con Cristo, que magníficos pintores, como Rafael, han representado como un éxtasis en el que Moisés y Elías parecen recibir del mismo Cristo la revelación plena y el sentido de la Ley y de la profecía, expresa claramente que, en Cristo, Dios se ha manifestado con toda su gloria como la cumbre de la revelación. Por eso, dice el evangelista que una nube cubrió a los apóstoles y se asustaron al entrar en ella. Esta nube alude a la que descendía sobre la tienda del encuentro en el desierto indicando que Dios se avenía a hablar con Moisés. Ahora bien, Cristo es la verdadera tienda donde el hombre puede encontrarse con Dios de modo definitivo. De ahí que la voz del Padre, saliendo de la nube, diga: «Escuchadle». Dice san Juan en su prólogo que Cristo es la Palabra definitiva de Dios, que ha puesto su tienda entre nosotros. No es nada extraño que, ante semejante experiencia, Pedro deseara construir allí tres tiendas definitivas para Jesús, Moisés y Elías.
Cuando Jesús se haga el encontradizo con los desalentados discípulos de Emaús, será Lucas quien diga que «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). Moisés y Elías hablaron de Cristo. Así aparece en el monte Tabor. Y hablaron especialmente de su muerte, que fue tan difícil de asumir por los apóstoles al no entender que el Mesías tuviera que padecer y morir. Por eso, Jesús los llevó con él a la cima del monte y les hizo experimentar su gloria, la de Dios, la que sólo bajo símbolos pudieron contemplar Moisés y Elías. Les permitió contemplar su rostro humano glorificado, radiante como el sol que nace del Oriente. Y lo hizo para que cuando, en el huerto de los olivos, aquellos tres mismos discípulos contemplaran el rostro de Cristo en agonía, sudando sangre, lleno de pavor y miedo ante la muerte, no perdieran la fe y recordaran que lo habían visto lleno de luz, la luz de la resurrección que se anticipa en el monte Tabor.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Sábado, 27 Febrero 2016 13:58

Condición humilde y condición gloriosa

El segundo domingo de Cuaresma la Iglesia lee el evangelio de la transfiguración de Cristo. Y lee también un texto de san Pablo que habla de nuestra propia transfiguración. Dice así: Jesucristo «transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa». Quiere enseñarnos que la transfiguración del Señor es un misterio que no sólo se refiere a Cristo, sino también a nosotros, porque el hombre está llamado a transformarse día a día hasta llegar a la resurrección final de la carne. Este proceso empezó el día de nuestro bautismo.

El hombre, en cuanto mortal, posee condición humilde. Los filósofos, especialmente en el Renacimiento, han reflexionado sobre la grandeza y miseria del hombre. Grandeza por su dignidad y destino; miseria por su condición mortal. San Pablo contempla al hombre desde Cristo y, especialmente, desde la luz que viene de su resurrección. La transfiguración de Cristo es un anticipo de la gloria que se manifestará en su resurrección. Por eso contempla al hombre participando ya de esa gloria en nuestra humilde condición.

Dice san Lucas que la trasfiguración de Cristo tuvo lugar «mientras oraba». El aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaron de blanco. La oración transfigura también al hombre. Cuando el hombre ora de verdad y se sitúa en la presencia de Dios, su ser cambia, incluso en el aspecto físico. Su rostro queda iluminado por Dios, como se decía de Moisés cuando entraba en la presencia de Dios. Del santo Cura de Ars, cuyo aspecto físico no gozaba de belleza particular, se ha dicho que su vida de oración era tan intensa que su rostro se hacía luminoso, capaz de atraer a la gente al encuentro con Dios. Cuando la beata Teresa de Calcuta salía de sus largas horas de oración, parecía transformada.

Todo encuentro con Dios es transformante. Y la razón es muy sencilla. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, cuando el hombre retorna a su origen, y se deja iluminar por la luz increada de Dios, se aproxima cada vez más a su modelo original, se transfigura, y su vida «se va transformando en su imagen con resplandor creciente por la acción del Espíritu del Señor» (2Cor 3,18). Para ello, hay que subir al monte de la oración y contemplar cara a cara a Cristo en su gloria.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Sábado, 13 Febrero 2016 17:14

El hombre y la tentación

Tenemos de la tentación una idea negativa. Nos sentimos amenazados, inseguros, inclinados a claudicar por la experiencia de ocasiones pasadas. A veces, provoca tal nerviosismo, ante la posibilidad de caer, que eso mismo provoca la caída. Valga esta comparación: cuando vamos en bici y nos fijamos obsesivamente en el obstáculo, fácilmente nos daremos con él; es preciso verlo, pero dirigir la mirada hacia la totalidad del horizonte. Entonces, el obstáculo pierde densidad y se esquiva fácilmente.

San Agustín decía que en la peregrinación de la vida debemos contar con las tentaciones, «ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo sino es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones». Esto lo decía quien tuvo que combatir esforzadamente para salir de su vida de pecado una vez convertido a Cristo. Preciosas son las páginas en las que describe esta lucha en sus «Confesiones».

El hombre, que se conoce un poco a sí mismo en el sentido de haber experimentado su fragilidad, sabe perfectamente que la tentación, la prueba, es una experiencia de tipo espiritual, que le lleva a poner en juego sus capacidad de ser libre y escoger, por tanto, entre el bien y el mal. Es un luchador. Se esfuerza por no ser esclavo de sí mismo, ni de otros, ni de nada. Sabe que el progreso en la virtud depende de su decisión por alcanzarla mediante la lucha. No vive obsesionado, ni atemorizado por la tentación. Sencillamente, cuenta con ella. Como cuenta el atleta con las dificultades para alcanzar la meta, el triunfo, la victoria. Nadie se conoce a sí mismo si no es tentado. Esta es la razón por la que Cristo quiso ser tentado en cuanto hombre: quería conocer esta experiencia profundamente humana y poner en juego su libertad. Para ello, se dejó llevar por el Espíritu al desierto, que es en la Biblia lugar de tentación y de prueba. Y salió forjado para la lucha que había de sostener a lo largo de su vida.

El hombre de hoy tiene dos peligros ante la tentación: achicarse dominado por el miedo, que es lo mismo que darse por vencido. O pensar que no existe, lo cual indica el desconocimiento de sí mismo y eximirse del noble uso de la libertad. Este hombre ha hecho paces ya con la caída.

+César Franco

 

Obispo de Segovia

Sábado, 13 Febrero 2016 17:12

La verdad os hará libres

El duelo entre Jesús y el diablo en el desierto es un pasaje fascinante. Jesús mismo debió contar a sus apóstoles esta experiencia espiritual, pues estaba solo cuando se retiró a orar y hacer penitencia. Digo experiencia espiritual porque Lucas dice expresamente que «el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo». Se deduce de sus palabras que las tentaciones no fueron un momento puntual, sino algo recurrente, tal como sucede al hombre. Sabemos además que las tentaciones de Cristo no se reducen a su estancia en el desierto. El evangelio de hoy termina con estas palabras premonitorias: «el demonio se marchó hasta otra ocasión».

El dramatismo de las tentaciones se debe no sólo a la escenografía que conlleva —las piedras, los reinos del mundo, el alero del templo con su monumental altura mirando hacia el Cedrón y la Gehenna—, sino al contenido de las tentaciones, en las que Satanás se viste, como hace con frecuencia, de ángel de luz para ocultar su verdadero ser: la mentira. Cristo le llama «padre de la mentira». El diablo es mentiroso por naturaleza. Y el pecado es engendrado en la mentira. Todo pecado es mentira, como el padre que lo engendra. Seduce al hombre con la apariencia del bien ilusorio, pero, una vez que ha sucumbido, le deja triste y desnudo.

En el duelo con Cristo, Satanás dice algo que revela su estrategia. Al mostrar a Jesús todos los reinos de la tierra, afirma: «Te daré el poder y la gloria de todo esto, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero» (Lc 4,6). Inmensa mentira. Satanás no es dueño de nada. Vive sólo del odio a Dios y de la envidia hacia el hombre, imagen de Dios. La tierra, sus habitantes, los reinos y la gloria pertenecen a Dios y al hombre que ha recibido la creación para que la cuide y conduzca a su meta. A lo sumo, el diablo puede adueñarse de la voluntad humana para usar de lo creado de modo egoísta. Prometer lo que no tiene es propio del Mentiroso por excelencia. Prometió a Adán y Eva el conocimiento del bien y del mal y ser como dioses, y los dejó desnudos de toda gloria y avergonzados de su propio cuerpo, creado en belleza y santidad por Dios. Detrás de cada pecado hay una promesa irrealizable.

Jesús derrota a Satanás con el único argumento que puede vencerlo: la apelación a Dios. En las tres tentaciones, Jesús no se deja seducir por el aparente bien que le ofrece su enemigo. Frente al hambre física, Jesús afirma que el hombre no vive sólo de pan, sino de la palabra de Dios; frente a la soberbia de la gloria y el poder mundano, Jesús sólo se arrodilla ante su Padre y le adora; frente a la vanidad de los signos extraordinarios que buscan el aplauso de los hombres, Jesús remata su argumento con un solemne «no tentarás al Señor tu Dios», que devuelve a Satanás a su oscuro reino.

La Cuaresma es una invitación a entrar en el desierto de la prueba para entrenarse en la lucha contra el mal. Decía san León Magno que la Cuaresma es un «combate de santidad». La vida del hombre es un permanente combate contra el mal en todas sus formas y Cristo nos ha enseñado a combatir experimentando él mismo la tentación. Dice san Agustín que «hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo, pero entonces, tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla». El hombre no está solo en la lucha, ni desarmado frente al enemigo. Posee el poder y las armas de Cristo para vencer la mentira que se esconde detrás de cada proposición del tentador. Por eso, sólo la verdad de Dios le ahuyenta, porque no soporta mirar cara a cara a la verdad, esa verdad, que, como dijo Jesús, tiene la capacidad de hacernos soberanamente libres.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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