cesar

cesar

El Jesús de los evangelios no es siempre el manso predicador de las bienaventuranzas, que las proclama sin exigir su cumplimiento. Las pronuncia para quien quiera escucharlas y acogerlas, como el Maestro que enseña la verdad sabiendo que tiene fuerza por sí misma para abrirse camino entre los hombres. Cuando se trata de seguirlo, Jesús no acepta condiciones, ni tratos de favor, ni componendas. En el evangelio de hoy, tres personas se dirigen a Cristo pidiendo seguirle, y sus respuestas no dejan lugar a dudas sobre la radicalidad del seguimiento. Advierte que los pájaros tienen nido y las zorras madriguera, pero él no tiene lugar donde reclinar la cabeza. A quien le pide tiempo para despedir a su familia, Jesús le dice que quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el Reino de Dios. Y, lo más escandaloso, es que incluso exige renunciar al deber sagrado de dar sepultura al padre: deja que los muertos entierren a sus muertos, le dice a un tercero.

Este dicho de Jesús es, leído literalmente, inconciliable con el cuarto mandamiento de la ley de Dios, por lo que ha suscitado multitud de comentarios, que no podemos sintetizar aquí. Baste decir, no obstante, que esta afirmación de Jesús no obliga suponer que el padre del interesado en seguirle estaba de cuerpo presente, en espera de sepultura. Pero la repuesta de Jesús no pierde por ello su dureza. ¿Cómo entender el sentido de estas palabras?

Quien se detiene en lo que Jesús exige, suele olvidar lo que da. Cristo no quita nada, lo da todo, dijo Benedicto XVI. La autoridad de Jesús exigiendo seguirlo sin condiciones revela su conciencia de señorío sobre la vida y la muerte, como confiesa nuestra fe. Es el Dios que puede pedir todo. Todo lo que tenemos es suyo. Le pertenecemos en razón de la creación y de la redención. Y él nos pertenece también a nosotros de forma única y definitiva porque ha querido ser todo nuestro. Tú eres, dice un salmo, el lote de mi heredad. Puede pedirnos los bienes, la familia, la vida incluso. Porque no nos la quita de forma absoluta, sino que nos la pide para devolverla centuplicada. Quien deja a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos por él, dice Cristo, recibirá cien veces más y la vida eterna.

En sus comentarios espirituales, Kierkegaard dice que debemos prestar atención a quién es el que invita a vivir dependiendo sólo de él. El que dice “venid a mí”, o “sígueme” no es un ser cualquiera, un hombre mortal como los demás. Es el que se proclama a sí mismo Resurreccion y Vida de los hombres. En la cultura actual se ha perdido el sentido de la trascendencia. Vivimos instalados en la provisionalidad, en el “carpe diem” del goce inmediato. En cierto modo, nos hemos incapacitado para superar, incluso conceptualmente, la muerte, y por eso nos aferramos al terruño, a la herencia paterna, al afecto familiar, esponsal o filial. No entendemos que Dios pueda pedirnos todo porque todo procede de él y, en último término, todo retornará a él. Y se da la paradoja de que Cristo pase delante de nosotros y le pidamos tiempo para despedidas, para entierros, o nos asuste vivir sin seguridades materiales, como vivió él. Por eso, hasta los jóvenes que, por naturaleza, son radicales, aventureros, antes de decir sí a Cristo, prefieren sus seguridades: terminar una carrera, probar la vida, calcular sus días (como si fueran suyos y dispusieran su destino). ¡Qué insensatos somos! Tenemos la Vida a la puerta, llamando para hacernos felices y darnos la plenitud ansiada, y no nos atrevemos a abrirla. Optamos por la muerte. Por eso interpelan y sorprenden tanto las palabras de Jesús: ¡deja que los muertos entierren a sus muertos!

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

 

Estamos convocados a las urnas el día 26 de Junio. En muchos se ha instalado el desencanto ante el fracaso de la formación del gobierno, la desconfianza en los políticos y cierto escepticismo sobre el futuro. Son actitudes que pueden minar la responsabilidad que tenemos en la construcción de una sociedad mejor, que requiere la participación de todos, no sólo con nuestro voto, sino con el trabajo diario en pro de los valores que defendemos desde nuestra visión sobre el hombre y la sociedad, que todos queremos más justa y solidaria.

            Construir una sociedad humana de verdad es un deber y un derecho de todo ciudadano, también de los cristianos que debemos considerar la política como un campo propio de nuestra vocación y misión en el mundo. El papa Francisco acaba de decir en una reunión con jueces y fiscales que «la Iglesia está llamada a comprometerse. O sea, no cabe el adagio de la Ilustración, según el cual la Iglesia no debe meterse en política. La Iglesia debe meterse en la gran política». Y recordó al beato Pablo VI, quien definió la política como «una de las formas más altas de la caridad», porque exige preocuparse del bien común, al que deben tender todas las fuerzas de la sociedad. La «caridad política» es la actitud propia de gobernantes y gobernados que, superando sus propios intereses particulares y de partido, deben luchar por el respeto de la dignidad de toda persona y de sus derechos inalienables y el verdadero progreso de la sociedad que sólo puede desarrollarse atendiendo a la justicia, a la verdad y a la caridad con los más pobres y necesitados. En este sentido, la caridad política es una forma eminente y heroica de la caridad. ¿Será por ello que cueste tanto llevar un político a los altares?

            El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de la fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio. La doctrina social de la Iglesia no es un apéndice de la enseñanza de la fe, pertenece al anuncio central del evangelio que busca la salvación integral del hombre. El cristiano debe, pues, formar su conciencia en todo lo que se refiere al destino del hombre en esta tierra, a su dignidad inviolable y a los derechos enraizados en su naturaleza humana. Es cierto que ningún partido puede proponer un programa que satisfaga plenamente las exigencias del plan de Dios sobre el hombre y el mundo. Hay que discernir, sin embargo, entre las opciones políticas aquellas que mejor permitan construir un mundo acorde con dichas exigencias de justicia, fraternidad y paz entre todos los ciudadanos. Para un cristiano, votar en conciencia significa, en primer lugar, formarla atendiendo al lugar central que ocupa el hombre en la revelación cristiana. «Nadie puede exigirnos, dice el Papa Francisco, que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos» (Evangelii Gaudium, 183).  Las elecciones no son una mera cuestión de pragmatismo político. Es un momento en que la conciencia rectamente formada apela a la responsabilidad civil y social. Es un ejercicio de discernimiento porque está en juego la persona, la sociedad, y el lugar de la Iglesia en la construcción de un mundo que no puede dejarnos indiferente. Se explica, pues, «que la conversión cristiana exige revisar especialmente lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común» (Evangelii Gaudium, 149).

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Sábado, 11 Junio 2016 06:27

La santa pecadora

            Decía Ch. Péguy que, en materia de cristianismo, nadie es más experto que el santo y el pecador. Parece una contradicción, pero es así. El santo, el verdadero, no es el que se considera a sí mismo como tal, sino el que se sabe redimido por Cristo. Así se definía el Papa Francisco: «Soy un pecador elegido por el Señor». El pecador, por su parte, es experto en cristianismo porque experimenta el amor de Dios cuando acoge su perdón.

            El evangelio de hoy narra la escena conmovedora de la mujer pecadora, llamada tradicionalmente la Magdalena, quien, venciendo respetos humanos y las normas religiosas de su tiempo, se atreve a acercarse a Jesús para postrarse a sus pies, cubriéndolos de lágrimas, besos y ungüento en señal de amor y arrepentimiento. Una pecadora pública no podía acercarse a un maestro de la Ley ni entrar en casa de un fariseo. Éste se llamaba Simón. Y aparece como contrapunto de la mujer. Él se cree justo y juzga a Jesús diciéndose a sí mismo: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, una pecadora».

            Adivinando sus pensamientos, Jesús le cuenta una historia que subraya el contraste entre la pecadora y el fariseo Simón. El fariseo, que se cree justo, se ha comportado ante Jesús sin los signos del amor: lo ha recibido en casa sin agua para lavarse los pies; sin el beso de la paz; sin el ungüento para la cabeza. La pecadora, por el contrario, ha derrochado amor postrada a los pies de Cristo. Las lágrimas, los besos y el ungüento son el signo del amor. Por eso, dice Jesús, «sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».

Esta es la clave del Cristianismo: el amor de quien se siente perdonado y redimido. Discuten los intérpretes del evangelio si la pecadora ya había sido perdonada por Cristo antes de entrar en el banquete o si el perdón tuvo lugar en aquel momento. En el primer caso, habría entrado para expresar su agradecimiento por el perdón; en el segundo, los signos de su amor habrían alcanzado de Cristo la absolución. En cualquier caso, los pies de Cristo fue «el lugar donde la santa pecadora se despojó de sus pecados para revestirse de santidad», dice san Bernardo. Me interesa resaltar la expresión la «santa pecadora», que recuerda la afirmación de Péguy. No hay ningún santo que no haya sido pecador. Ni existe pecador que no pueda llegar a santo. La conversión a Cristo ha hecho, de grandes pecadores, magníficos santos.

Quien lo tiene difícil, aunque no imposible, en el camino de la santidad es el que se cree justo, el fariseo que actúa como Simón. Juzgando a la mujer se condena a sí mismo. La frialdad con que acoge a Cristo muestra claramente su tibieza, que le impide incluso darle el beso protocolario de la paz. Es el hombre seguro de su propia justicia y de sus méritos, que juzga también a Cristo por dejarse tocar por la mujer. Hombres así se incapacitan para dejarse amar por Dios. Necesitan postrarse a los pies de Cristo y llorar sus propios pecados. En el comentario de san Bernardo al Cantar de los Cantares, tiene un pasaje precioso sobre las palabras del Cantar: «Bésame con los besos de tu boca». Y  habla del beso que se recibe en los pies, en la mano y en boca. Para llegar a este último, que corresponde al estado de los perfectos, hay que comenzar por el beso que se da a Cristo en los pies, que es el beso de los que comienzan la conversión y experimentan el arrepentimiento. Sólo con este beso se inicia el camino hacia la perfección del amor, el que llevó a la Magdalena hasta el Calvario para abrazarse a la cruz de Cristo como icono del discípulo perfecto.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Sábado, 04 Junio 2016 08:33

Muerte y vida

 

            El encuentro de Jesús con la viuda de Naím, cuando ésta se dirigía a enterrar a su único hijo, es una escena que dramatiza de modo sencillo la afirmación de Cristo: Yo soy la Resurrección y la Vida. Escribo con mayúsculas estas últimas palabras porque Jesús no habla de una resurrección y vida para este mundo pasajero, sino para la eternidad. Es decir, Jesús está hablando de sí mismo con categorías divinas. No es un taumaturgo compasivo sin más. Es Dios mismo en acción. El Dios capaz de dar la vida a un muerto y devolvérselo a su madre, como dice el evangelio, no se compadece sólo de aquella pobre viuda, que quedaba sin el apoyo necesario para sobrevivir, sino del hombre en general, porque, en esa resurrección, como en la de Lázaro y en la de la hija de Jairo, que conocemos por los evangelios, Jesús se manifiesta como Dios autor y causa de la vida.  El que con la autoridad de unas palabras —«muchacho, a ti te lo digo, levántate»— hace lo que dice, sólo puede ser Dios.

            La escena del evangelio estremece por la sencillez de un relato que revela la conciencia personal que Cristo tiene de su condición divina. En el evangelio no encontramos ningún pasaje donde Cristo diga directamente: Yo soy Dios. Una afirmación de este tipo habría escandalizado a sus contemporáneos y hubiera servido de poco para el acceso a la fe. Jesús sabía muy bien que debía medir su lenguaje a la hora de exponer el misterio que le habitaba. De ahí que recurra a las imágenes, a las comparaciones, a los enunciados en el uso absoluto de las palabras. Dice san Agustín que la vida y la muerte se encuentran en el cortejo fúnebre de Naím. El muchacho muerto, con su madre destrozada de dolor, se encuentra con la Vida. A Jesús se le estremecieron las entrañas y dijo a su madre: «No llores». Y con un gesto cargado de autoridad tocó el féretro. Los portadores entendieron que mandaba detener el cortejo. Y así hicieron. Y con sólo su palabra —«muchacho, levántate»— resucitó al muerto. La Vida se hacía presente para vencer la muerte. No hay mejor forma de autoproclamarse Dios sin necesidad de decirlo expresamente.

            En la tradición judía, Dios es considerado como aquel que hace lo que dice. Basta recordar el Génesis para entenderlo. «Hágase la luz, y la luz fue hecha». También el Hijo de Dios, Jesucristo, hace lo que dice, y sus gestos corresponden a la verdad de sus palabras. Por eso, en sus polémicas con las autoridades religiosas de Israel se defiende apelando a sus obras: si no queréis aceptar mis palabras, mirad mis obras, ellas dan testimonio de mi. La resurrección del hijo de la viuda de Naím es una obra de Cristo, capaz de llevar a la fe a quienes la contemplan. Más aún, es una prueba de la presencia de Dios entre los hombres. De ahí que los testigos del hecho, según dice el evangelista, sobrecogidos del temor sagrado de lo divino, glorificaban a Dios y decían: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo». No hay mejor comentario a lo sucedido. Dios ha visitado al hombre en Cristo, para quitarle el velo de luto y de muerte que le cubría desde el pecado de origen. Dios ha venido a vencer la muerte y, en el cortejo fúnebre de Naím, la muerte comienza a comprender que le queda poco tiempo para el golpe mortal que le asestará Cristo en su propia resurrección.

            Dice santo Tomas, que hay dos resurrecciones, la imperfecta y la perfecta. La imperfecta es el retorno a esta vida mortal. La perfecta es la de Cristo, que supera la mortalidad y la incorrupción. Por eso Jesús ha resucitado muertos: para enseñarnos que él es la Resurrección y la Vida y que creyendo en él participaremos en su misma resurrección.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Viernes, 27 Mayo 2016 13:04

Amor de los Amores

 

Carta pastoral con motivo de la solemnidad del Corpus

            Cuando la Iglesia habla de caridad se piensa inmediatamente en la institución de Cáritas. Es lógico: la acción caritativa de la Iglesia tiene un prestigio social que supera las fronteras de la misma Iglesia, puesto que, a la hora de practicar la caridad, la Iglesia no distingue entre credos, razas ni otras diferencias sociales. La caridad es universal o no es caridad.

            Sin embargo, la caridad tiene su fuente en Dios. Dios es Amor, dice la Escritura. Y en otro lugar, Dios nos amó el primero. El Papa Francisco ha acuñado un  término, que llama a esta acción de Dios «primerear», es decir, «tomar la iniciativa», «adelantarse». Es lo que ha hecho Dios con el hombre: tomar la iniciativa en el amor. Dios ha sido el primero en amar. En la primera carta de Juan, esta verdad no puede ser más explícita: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). La iniciativa de Dios, adelantándose en el amor, es el fundamento de todo amor. Por una razón teológica fundamental: Dios es Amor y, por tanto, fuente de todo amor; y por otra razón de tipo histórico: Dios nos ha entregado a su Hijo en la plenitud de los tiempos para revelarnos la imagen perfecta del amor, imagen inseparable de lo que la Iglesia celebra este domingo: el Corpus Christi. La Caridad hecha donación hasta el extremo de hacerse alimento, el buen pan de Dios que se da a todo aquel que quiere saciar su hambre de amor.

            Esta unión entre la Eucaristía y el amor a los pobres está ya en el origen de la Iglesia. En la Última Cena aparece la Iglesia como una comunidad que recibe el Amor de Cristo, en el pan y el vino consagrados. Aquella primera comunión de los apóstoles constituía la comunidad que brotaba del amor de Cristo. La comunión íntima que estableció Cristo con los suyos se convertía, por su propia naturaleza, en una comunión estrecha con los hombres más necesitados, de forma que entre las notas distintivas de la Iglesia naciente, la palabra «comunión» significaba al mismo tiempo la comunión con Cristo y la comunión con los pobres. La Iglesia estableció su cáritas vinculada a la fracción del pan. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se dice claramente: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2,44-45).

            Conviene tener esto en cuenta para entender el significado de la Caridad en la vida de la Iglesia y no separar el amor de Dios y el amor a los pobres, privando así al uno del otro. Los dos van siempre juntos, como dijo en cierta ocasión la beata Teresa de Calcuta. Le peguntaron qué hacía primero, al encontrarse con un pobre: hablarle de Dios o darle de comer. Contestó con toda sencillez: hago las dos cosas al tiempo. En la Última Cena, cuando salió Judas del Cenáculo para traicionar a Jesús, todos los demás pensaron que, como tenía la bolsa común, se dirigía a dar limosna a los pobres. Es hermoso pensar que, mientras Cristo instituía el Sacramento del Amor, se pensaba en los más necesitados. Así debe ser siempre: la Eucaristía es la fuente del amor, y, celebrarla como merece, supone que compartimos con otros el amor que recibimos de Cristo. Por eso, cuando Cristo en la Eucaristía procesione este domingo por las calles de nuestra ciudad, cantaremos con gozo al Amor de los Amores. Es el Amor primigenio, la fuente de todo amor, el Amor llevado a la consumación, que nos enseña a compartir la vida con los demás, y adelantarnos nosotros también, antes de que nos lo pidan, en la práctica del amor.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Sábado, 21 Mayo 2016 13:21

Contemplad el rostro de la misericordia

El domingo de la Santísima Trinidad, que este año se celebra el 22 de Mayo, es la Jornada de oración por las comunidades de vida contemplativa. El lema de este año hace referencia al Jubileo de la Misericordia: «Contemplad el rostro de la misericordia». La vida contemplativa en la Iglesia se explica como una llamada a contemplar el rostro de Cristo, en el que brilla la misericordia del Padre.

La vocación a la vida contemplativa no se entiende en una sociedad y cultura como la actual caracterizadas por una crisis profunda de la interioridad y por un activismo que impide al hombre valorar el silencio, la soledad y la verdadera acción del Espíritu que habita en nosotros. El hombre, para ser él mismo, necesita interioridad para encontrarse consigo mismo y con Dios. Y la interioridad requiere silencio y soledad. Es llamativo que la mayor parte de la vida de Cristo, lo que llamamos vida oculta, transcurrió en el ámbito reducido de su casa y taller de Nazaret y en la dedicación a la oración y lectura de las Escrituras Sagradas. ¡Qué pérdida de tiempo!, pensarán algunos. ¡Con lo que podría haber hecho si tenemos en cuenta la actividad que desplegó durante su vida pública!

La vida contemplativa se contrapone indebidamente a la vida activa, como si la primera fuera un cruzarse de brazos, dejando que pase el tiempo en la pura pasividad. Nada más contrario a la verdadera contemplación. Ésta es una intensa acción del Espíritu de Dios en el hombre y la mujer que buscan el conocimiento de Dios y de la verdad última de la existencia. La verdadera acción parte siempre de una contemplación intensa de la verdad. Y, para ello, el hombre debe buscar dentro de sí mismo a su Creador. El hombre que no soporta el silencio y la soledad, se incapacita para la relación con Dios y con los demás. Toda creatividad auténtica, toda acción fecunda se gesta en la contemplación. Las obras de arte son fruto de intenso pensamiento, de apertura a la inspiración que viene de la verdad y belleza supremas, que son atributos de Dios.

La Iglesia no vive sólo de la acción de los evangelizadores y misioneros que se lanzan al apostolado con tanta generosidad. Hay que decir que muchos de estos santos misioneros, que desgastaron su vida al servicio del evangelio, fueron también místicos, contemplativos, hombres de profunda oración. Nada habrían hecho sin esta dosis de vida contemplativa. Pero hay que afirmar con la misma fuerza que la Iglesia vive de esos cenáculos de oración, escondidos a los ojos del mundo, donde monjes y monjas, religiosos y religiosas gastan su vida orando por la Iglesia, como una retaguardia que soporta con su intercesión el fragor de la primera línea. El corazón de la Iglesia tiene mucho que ver la actitud de María, la Madre del Señor. No fue apóstol. Cristo no le dio cargos de responsabilidad en la Iglesia fundada por él. Pero la hizo Madre de la Iglesia al pie de la cruz. Ella es la Virgen orante, silenciosa, que acoge la Palabra en su corazón y la medita constantemente. Ella es modelo perfecto para la vida contemplativa, como lo es para todos los demás estados de vida, porque está centrada plena y totalmente en Dios. Vivir así supone una profunda actividad en el Espíritu que habita en nosotros y nos permite entregarnos a Dios con todo nuestro ser.

En esta Jornada «pro orantibus» debemos dar gracias a Dios por nuestros monasterios de vida contemplativa que permiten a la Iglesia de Segovia crecer en santidad y entrega apostólica. Y pidamos para que reciban abundantes vocaciones que nos recuerden el absoluto de Dios y la necesidad que todos tenemos de contemplar el rostro de Cristo, que refleja la misericordia del Padre.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Viernes, 13 Mayo 2016 07:26

La Iglesia es católica

El domingo de Pentecostés nos recuerda que la Iglesia es católica, es decir, universal. No podía ser de otra manera. Si Cristo es el mediador definitivo entre Dios y los hombres, su Iglesia tiene que estar abierta a todos los pueblos. Por eso, en el relato del libro de los Hechos sobre Pentecostés, san Lucas incluye entre los habitantes de Jerusalén a gentes de los pueblos entonces conocidos para indicar que el Espíritu Santo viene para unir a todos los pueblos en la comunidad fundada por Cristo. Desde entonces hasta hoy se han ido incorporando a la Iglesia pueblos y pueblos que han acogido el evangelio. Se puede decir, sin vano orgullo, que la catolicidad es un signo de la autenticidad de la Iglesia de Cristo. Y viceversa, negar la catolicidad es atentar contra la Iglesia de Cristo.

El autor de esta apertura de la Iglesia a todas las naciones es el Espíritu Santo, que ha sido llamado admirable constructor de la Iglesia. El es el artífice de su unidad en la sinfónica diversidad de pueblos y culturas. Dice san Pablo que todos «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo». Basta viajar un poco por el mundo para descubrir hasta qué punto es verdad esta afirmación. El Espíritu ha hecho posible que el evangelio se inculturice en los cinco continentes y en sus magníficas y diversas culturas. Es hermoso ver a Cristo pintado con los rasgos étnicos de cada pueblo, escuchar el Evangelio en la lengua de cada uno, como sucedió en Pentecostés. «Cada uno, dice Lucas, les oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua» (Hch 2,11).

Esta expresión tiene un profundo significado. Sin decirlo expresamente, Lucas hace alusión a la confusión de lenguas, que, según el libro del Génesis, tuvo lugar como consecuencia del pecado de los hombres que quisieron alcanzar la morada de Dios construyendo una torre altísima que llegara a los cielos. Dios, según dicho relato, castigó a los hombres confundiendo su lengua para que no se entendieran, y así la torre de Babel, que significa confusión, representa la ruptura de la unidad del género humano que dejó de hablar una lengua común. Es evidente que estamos ante un relato profundamente simbólico.

Pentecostés representa el retorno a la unidad perdida, a la conciencia de que la humanidad es una. Porque el Espíritu de Dios no desapareció de la tierra con la confusión de Babel. Siguió trabajando por la unidad entre los pueblos, y sigue haciéndolo en el corazón de cada hombre. En la entraña de la humanidad dividida, el Espíritu alentaba, inspiraba, promovía la unidad. Era su tarea cotidiana, oculta entre las luchas fratricidas y entre las trágicas rupturas que se sucedían entre los hombres. Hasta que llegó Pentecostés y, como una nueva creación, el fuego divino dio origen a un pueblo unido, sencillo y humilde, pero pueblo, que empezó a congregar a los demás pueblos invitándoles a formar parte de su extraordinaria belleza y novedad. Se rompieron entonces los muros que dividían a los hombres, incluso a Israel del resto de los demás pueblos paganos, y se alumbró la Iglesia. Esta unidad reconquistada por el Espíritu comenzó a hablar una sola lengua: el Evangelio. Todos lo entendían porque era la Palabra misma de Dios, encarnada en su Verbo y difundida por el Espíritu, que lanzó a los apóstoles a la misión universal. El trabajo de siglos, que el Espíritu había realizado trabajosamente desde Babel, se revelaba a todas las naciones y se cumplía la promesa de Jesús: «El que tenga sed que venga a mí y beba». Hablaba del agua del Espíritu que brotaría de su costado como una fuente inagotable de unidad, para que bebiendo de ella, todos formaran el Cuerpo de Cristo.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

            

Viernes, 06 Mayo 2016 17:23

Ascender al cielo

El dogma de la ascensión de Jesús a los cielos ha sido uno de los más denostados por los críticos de la Ilustración. Si ya los milagros de Jesús se interpretaron como narraciones inventadas para divinizarlo, su ascensión a los cielos rompía los esquemas del racionalismo ilustrado y fue explicada como pura creación literaria. Sirviéndose del lenguaje mítico, los evangelistas habrían presentado a Jesús subiendo a los cielos mientras los bendecía, como dice el evangelio de este domingo. En la tradición judía existían además ejemplos de hombres santos, como Elías y Henoc, que fueron arrebatados al cielo de forma milagrosa. La ascensión de Jesus habría tomado pie de estas tradiciones dando lugar al relato evangélico.

No es éste el lugar para exponer los argumentos científicos que rebaten estas teorías ya superadas. Digamos, sin embargo, que los evangelistas no eran tan simples ni ingenuos como para afirmar que Jesús subió, a través de los cielos físicos, como quien viaja por los espacios siderales, para entrar en una morada de este mundo creado. En el lenguaje evangélico, subir a los cielos no significa otra cosa que retornar a Dios. La imagen del cielo como metáfora del lugar donde habita Dios es bien conocida en la literatura bíblica. Jesús, según dice la carta a los Hebreos, ha entrado en el santuario celeste donde habita Dios. Y para dejar claro que tal santuario no pertenece a esta creación, dice que no ha sido hecho por mano humana. Se trata del mundo increado de Dios. Por eso, cuando Jesús habla de su partida, dice sencillamente que vuelve al Padre. Y esto fue lo que experimentaron los apóstoles: que Jesús, después de resucitar de entre los muertos, pertenecía ya al mundo de Dios. Los apóstoles percibieron lo mismo que los discípulos de Emaús: que Cristo desapareció de su vista.

La ascensión a los cielos tiene además un significado eclesial. En el relato de los Hechos de los Apóstoles se afirma que cuando los apóstoles se quedan mirando al cielo, unos ángeles les dicen: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros, volverá como le habéis visto marcharse». Los apóstoles comprendieron que, con su partida, Jesús les pasaba el relevo de su actividad. No les había llamado para quedarse mirando al cielo sino para ser testigos de su vida y de su verdad por toda la tierra. Entendieron entonces sus palabras de permanecer unidos en oración esperando la venida del Espíritu que haría de ellos testigos autorizados del Señor. Jesus había terminado su tiempo entre los hombres y, en su partida, iniciaba el tiempo de la Iglesia o tiempo del Espíritu, porque sería éste quien condujera a la Iglesia y fortaleciera él testimonio de los apóstoles. Jesús no se desentendía de la comunidad que había formado, sino que le entregaba las riendas de una historia que se consumará cuando venga de nuevo.

La Ascensión de Jesús a los cielos nada tiene que ver con relatos míticos ni leyendas  de hombres célebres que son arrebatados al cielo sin pasar por la muerte. Cristo padeció la muerte y la venció. Resucitó y volvió al Padre. Al retornar al Padre, Cristo se lleva nuestra carne. En cierto sentido nosotros subimos con él. Tampoco nosotros somos los mismos. Somos miembros suyos, habitados por su Espíritu, llamados a ser testigos del Resucitado. Muchos piensan que son espirituales por mirar al cielo sin comprometerse con este mundo. Otros miran tanto la tierra que se olvidan de su destino último: el cielo. Unos y otros dejan de lado que Cristo no se ha ido del todo. Permanece en nosotros, su cuerpo, que, como decía Bossuet,  peregrina en la historia.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

 

Sábado, 30 Abril 2016 10:04

La morada y el huésped

 

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo revelan la originalidad del cristianismo. A punto de partir hacia el Padre, Jesús prepara a sus discípulos para la despedida y les dice esta misteriosa frase: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». ¿A qué se refiere Jesús? Ciertamente se va. Retorna al Padre. ¿Por qué dice entonces que vuelve a su lado?

Los discípulos no quedarán solos ni abandonados. No habrá motivo para la cobardía ni el temor: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde», dice Jesús. Su lugar será ocupado por el «Consolador», que es el Espíritu del Padre y del Hijo. Durante el tiempo de su presencia entre los hombre, Jesús ha realizado el oficio de consolar. En su condición de Mesías, ha sido el «Consuelo de Israel» (Lc 2,25), anunciado por los profetas. Viviendo y caminando con el hombres, Jesús ha enjugado lágrimas, ha curado heridas, y ha dado esperanza a los decaídos. Es normal, pues, que el anuncio de su partida provoque inseguridad, temor y desamparo. Pero no será así: él mismo afirma que vendrá «otro Consolador» y ocupará su puesto. Le llama Defensor y Espíritu de la verdad, cuyo oficio consiste en enseñar toda la verdad a los cristianos y recordarles lo que él ha dicho. El Espíritu viene a ocupar el puesto de Jesús y a hacer viva su memoria. ¿Existe mayor consuelo?

Las palabras de Jesús no se limitan a esto. Da un paso más. Su venida a nosotros será personal y directa. Vendrá con el Padre y ambos pondrán en nosotros su morada. «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). No hay mayor intimidad entre Dios y el hombre que ésta. El cristianismo se aleja de toda concepción panteísta de la relación con Dios, que disuelve el yo personal del hombre y el de Dios. Aunque Dios todo lo llena con su presencia y nada existe sin su aliento que sostiene la creación, su relación con el hombre es personal. San Pablo, predicando a los atenienses, dice que en Dios «vivimos, nos movemos y existimos».  El apóstol se remite a una concepción filosófica de Dios, principio de la vida, del movimiento y del ser. Las palabras de Jesús superan esta concepción, pues presentan al Padre y al Hijo viniendo al hombre y habitando en él. Esta enseñanza, que será llamada en la teología «inhabitación», convierte al hombre en la morada de Dios; y Dios, a su vez, se ha hecho huésped, inquilino del hombre que lo acoge bajo su techo. No existe mayor grado de intimidad y de relación interpersonal que este venir de Dios a nosotros y vivir en los entresijos del ser humano. Como dice el gran poeta Dámaso Alonso: «Hombre es amor, y Dios habita dentro/ de ese pecho y, profundo, en él se acalla».

Dios ha querido dar, con su venir a nosotros, una respuesta a la soledad del hombre, en ocasiones terrible e insoportable. El hombre no es un ser solo e inhabitable. Es un ser abierto a la relación y comunicación con Dios. Su cuerpo es un templo más hermoso que la catedral más bella. Porque es un templo a imagen del huésped que lo habita: el Dios personal y trino, hecho hombre en Jesucristo, el Dios que dentro de cada uno de nosotros contempla su creación y se aproxima a cada hombre desde nuestra carne, que él ha hecho suya, para poder consolar, amar, sanar y animar al que pierde la esperanza. Es el Dios que no sólo ha querido poner su tienda —es decir, su cuerpo— junto al nuestro, sino que ha optado por vivir dentro del hombre mismo, llenando el vacío de la soledad que tantas veces le lleva a preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre el dolor que le atenaza. Dios vive en ese hombre, que, a veces sin saberlo, dialoga con él.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Viernes, 22 Abril 2016 07:05

Como yo os he amado

 

En su primera encíclica, Redemptor hominis, san Juan Pablo II define la naturaleza del hombre en estos términos: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente». Y añade que es Cristo quien ha revelado al hombre su propio ser. ¿Quiere decir esto que el hombre antes de la aparición de Cristo no estaba llamado al amor? ¿Qué en su naturaleza no bullía la necesidad de amar y de ser amado? No, de ninguna manera. Todo hombre ha sido creado por Dios a imagen y semejanza suya, y lleva en sí mismo la tendencia al amor, la necesidad de amar y ser amado. En el evangelio Jesús se remite al primer mandamiento de la Ley: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37-38).

En el evangelio de este domingo, sin embargo, Jesús habla de un mandamiento «nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». ¿Dónde reside la novedad de este amor? Jesús añade al mandamiento del amor la señal propia del cristiano: «como yo os he amado». En el Antiguo Testamento, dice A. Vanhoye, «no se podía tener un modelo tan perfecto de amor. El Antiguo Testamento de hecho no presentaba  ningún modelo de amor, pero formulaba solamente el precepto de amar. Jesús, sin embargo, ha dado un modelo, se ha dado a sí mismo como modelo de amor».

El hecho de que Dios sea visible en Cristo ha favorecido al hombre el ejercicio del amor. Al tomar nuestra carne, el Hijo de Dios se ha convertido en el Hombre nuevo que todos aspiramos a ser. De ahí la necesidad de fijar los ojos en él como hacían sus vecinos en la sinagoga de Nazaret. Así han hecho los santos en el apasionante intento de amar como él. Porque el hombre, dejado a sus propias fuerzas, es incapaz de amar como Cristo. Necesita su gracia, la fuerza de su Espíritu. Nuestra tendencia al amor está condicionada por los hábitos e inclinaciones de nuestra naturaleza caída por el pecado. Mirar a Cristo es el camino para purificar nuestra idea y vivencia del amor. Por ello, los santos han tomado a Cristo como modelo y realización del amor, y han hecho de él su referencia ineludible.

Los primeros cristianos gozaban del prestigio del pueblo por el amor que se tenían: «Mirad cómo se aman», decían admirados. Esta es la clave de la evangelización: un amor fuerte, generoso, alegre. Un amor que irradia paz, belleza, justicia. Es el amor que constituye a la Iglesia como la nueva humanidad, que brota del costado abierto de Cristo. San Pablo, en el himno de la caridad, recoge las características de este amor. Leídas fríamente, parece imposible amar así. Un amor que excusa, perdona, soporta todo. Un amor que lleva al hombre a expropiarse de sí mismo en favor de los demás. Leamos el bello comentario que el Papa Francisco hace de este himno del amor en su reciente exhortación Amoris Laetitia, dedicada a la familia, cuna del amor.

Amar así es posible. Nos lo garantiza Cristo, que ha ido por delante en esta  experiencia fundamental del ser humano. Para ello, necesitamos previamente dejarnos amar por él, reconocer que nos ha amado hasta el fin, hasta la renuncia total de sí mismo. Por eso, dice san Juan en su primera carta: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su propio Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados».

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

            

© 2018. Diócesis de Segovia