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Jueves, 25 Agosto 2016 17:14

Domingo XXII: Dos consejos de Jesús

         

Jesús es un atento observador del comportamiento humano. El evangelio de hoy dice que, al ser invitado a un banquete, observó que muchos buscaban ocupar los primeros puestos. Y, tomando pie de este hecho, contó una parábola en la que el anfitrión de un banquete tuvo que desplazar a quienes habían ocupado los sitios más relevantes hacia los menos honrosos, al llegar invitados de más honor. De ahí la conclusión de su enseñanza: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Si te ensalzas a ti mismo, quiere decir Jesús, corres el riesgo de que te pongan en tu sitio, pasando vergüenza pública. Si, por el contrario, te humillas escogiendo el último lugar, te ensalzará quien conozca tus méritos.

            Buscar la gloria, el brillo social y la alabanza de la gente es condición humana. Dejarse llevar de esta actitud, sin embargo, denota poca inteligencia y mucha vanidad. Siempre hay alguien que nos supera en ciencia, prestigio, capacidad intelectual. Jesús aconseja no buscar la gloria de los hombres. No hay que olvidar que también él, como Mesías, fue tentado de vanagloria. En las tentaciones del desierto, el diablo lo llevó al pináculo del templo y le dijo que se tirara desde lo alto para que los ángeles vinieran a recogerlo sin que su pie tropezara en ninguna piedra. El espectáculo estaba servicio. Aplausos de la gente, admiración pública, gloria mundana. También sus conocidos de Nazaret le pidieron que hiciera los milagros que había hecho en otros lugares. Se negó a ello. Cuando Pilato le envió a Herodes para intentar liberarlo de la muerte, éste pidió a Jesús que hiciera algún milagro, pero Jesús respondió con el silencio. Despechado por la negativa, Herodes le vistió con una túnica blanca, teniéndolo por loco, y lo devolvió a Pilato. Jesús, por tanto, ha conocido la tentación de la vanagloria y nos advierte del peligro.

            También en relación con los banquetes, Jesús brinda otra norma, más desconcertante. Aconseja convidar, no a quienes, en señal de agradecimiento, pueden a su vez invitarnos —familiares, amigos, vecinos ricos— , sino a pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no podrán responder a la invitación. ¿Acaso está mal invitar —nos preguntamos— a los que amamos sin buscar por ello que nos devuelvan la invitación y nos paguen así nuestro gesto?

            El  consejo de Jesús adquiere su sentido en las palabras últimas, que son una especie de bienaventuranza, pues comienzan con las palabras «dichoso tú». Invitar a los pobres nos hace dichosos, porque ellos no pueden pagarnos el gesto. «Te pagarán, dice el Señor, cuando resuciten los justos». Y es fácil reconocer que entre la invitación y la paga no hay proporción. Jesús aconseja no pensar en la paga que recibimos de los hombres, que siempre será con moneda de este mundo y pasajera, sino en el premio que recibiremos cuando resuciten los justos, alusión clara a nuestra propia resurrección, a saber, a la certeza de que un día podremos sentarnos, en el banquete eterno, con nuestro propio cuerpo, al lado de Cristo, en la gloria de Dios. Jesús no critica en absoluto la costumbre social del banquete entre familiares, amigos y conocidos. Él mismo se dejó invitar en varias ocasiones y compartía el gozo de la amistad en casa de Lázaro, Marta y María. Critica, más bien, la intención que dirige nuestros actos; en este caso, el que nos devuelvan la invitación, el reconocimiento de lo que hemos hecho. Y nos exhorta a la máxima generosidad: a hacer cosas sin pensar en recompensas humanas, sino en la única recompensa que irá mucho más allá de lo que el hombre pueda imaginar, porque es la que sólo Dios puede concedernos: la resurrección final.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Hay preguntas a las que Jesús no quiere dar respuesta porque reflejan curiosidad morbosa. Por ejemplo, la del número de los que se salvarán, que aparece en el evangelio de hoy. Jesús no responde, y reacciona con una llamada a tomarse en serio la salvación eterna. «Esforzaos, dice, por entrar por la puerta estrecha». Jesús, en línea con la enseñanza sapiencial, retoma la idea del camino, o la puerta, que conduce a la vida. Exige esfuerzo, renuncia, fidelidad. Hay que esforzarse para entrar. Y añade algo que nos afecta de modo directo a quienes tenemos una relación personal con Cristo. Pensamos muchas veces que, para salvarse, basta una relación externa con él: haber comido y bebido con él, haberle tratado familiarmente. Cuando la puerta del Reino se cierre y muchos pidan que se les abra en razón de este trato y familiaridad, el amo de la casa les dirá: «No sé quiénes sois, alejaos de mí malvados».

Por mucho que queramos suavizar estas palabras de Cristo, pues molestan a la sensibilidad actual, son palabras duras que requieren atención. Jesús no es dado a rebajar las exigencias del Reino de Dios. Todo lo contario: las presenta con toda claridad y sencillez. Si el hombre no se toma en serio la salvación, puede encontrarse con la puerta cerrada por mucho que insista en que le abran. ¿Qué quiere decir esta seria advertencia de Cristo? Jesús se refiere a los miembros del pueblo de Israel, que, por descender de los grandes patriarcas —Abrahán, Isaac, Jacob— podían pensar que tenían asegurada la entrada en el Reino de los cielos. Elegidos por Dios para ser su pueblo, tenían el riesgo de dormirse en los laureles, y creer que bastaba su título de ser los «primeros» en la elección para asegurarse el premio eterno. Jesús les dice que vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y el Sur, es decir, de pueblos paganos, y se sentarán en la mesa del Reino mientras ellos serán echados fuera, porque hay «últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». Cuando Lucas escribe su evangelio ha comenzado ya la misión entre los gentiles. Él ha sido compañero de Pablo en la misión y es testigo de que los gentiles reciben el evangelio con alegría y se adhieren a Cristo. Son los últimos, pero su respuesta de fe les coloca por delante de los primeros.

También en nuestro tiempo esta advertencia de Jesús tiene aplicación. Podemos pensar que por el hecho de pertenecer a la Iglesia y participar de vez en cuando en la liturgia, ya tenemos el cielo ganado. No cabe duda de que el cristiano debe cumplir con sus obligaciones en cuanto miembro de una comunidad creyente. Pero no basta una espiritualidad de mínimos, ni —como dice Jesús— darse golpes de pecho y llamarle Señor. Hay que esforzarse por entrar por la puerta estrecha: practicar la justicia y la misericordia; vivir en coherencia con el evangelio; luchar contra el mal en todas sus formas; compartir nuestros bienes con los necesitados; lanzarnos con pasión a la evangelización; acoger en nuestra vida el espíritu de las bienaventuranzas, que es la ley de Cristo para los suyos. Quien vive así no debe temer que le cierren la puerta del Reino. Por eso, lo importante no es conocer el número de los que se salvan, ni el puesto que van a ocupar en la mesa del Señor. Lo importante, dice Cristo, es hacer todo lo posible por entrar, por no quedar fuera, para que el amo de la casa no tenga que pronunciar unas palabras estremecedoras:  «no os conozco». No podemos decir que Cristo no habla claro. No es un adulador de oídos pusilánimes o seguros de sí mismos. Es la Verdad que nos ayuda a trabajar cada día por entrar  en el Reino de los cielos.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Miércoles, 10 Agosto 2016 07:56

Domingo XX: Paz y división

Hay palabras de Jesús que sólo se entienden a la luz de la opción que el hombre tome por él. Son palabras que ponen de relieve la decisión a favor o en contra de Jesús. Su persona aparece como un «signo de contradicción», porque, aun habiendo dado signos de creer en él, muchos lo rechazaron y lo rechazarán hasta el fin de la historia. Una de esas enigmáticas palabras es la que aparece en el texto del evangelio de este domingo. Dice Jesús: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división». La contradicción que suponen estas palabras reside en el hecho de que, al nacer Jesús, los ángeles cantan gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor. San Pablo dice que Cristo es «nuestra paz». Y el propio Jesús se opone a todo tipo de violencia y discordia entre los hombres. ¿Por qué dice que trae división?

Antes de hacer esta afirmación, Jesús habla de su propio destino con palabras simbólicas, cargadas de significación. Dice: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12,49-50). La imagen del bautismo alude claramente a la muerte que tiene que padecer. Su destino se cumplirá de modo trágico en la cruz. Paradógicamente, su muerte que trae la paz, se lleva a cabo por la división que su persona ha causado entre los hombres: los que le acogieron y los que le rechazaron. Cristo, por tanto, ha provocado la división entre los hombres a causa de la decisión que éstos han tomado ante él. Y esa decisión permanece. Jesús utiliza el ejemplo de la familia para mostrar que entre sus miembros puede darse el caso de la división a causa de su persona: unos creen, otros no. Sabemos, además, que esta división es fuente, en ocasiones, de serios conflictos.

Cristo, ciertamente, es el Príncipe de la paz, como lo llama Isaías. Ha venido para establecer la paz entre Dios y los hombres. Pero esa paz se recibe o no libremente, mediante la fe en él. A lo largo de su vida, y especialmente en su pasión, Jesús enseña a los suyos a ofrecer siempre la paz, a resolver los conflictos entre los hombres mediante el perdón y la misericordia, a no vengarse de nadie y a amar a los enemigos. Sus primeras palabras en la cruz fueron para excusar a quienes lo crucificaron porque no sabían lo que hacían. Y, una vez resucitado de entre los muertos, otorga la paz a los apóstoles para que a su vez la entreguen al mundo con el sacramento del perdón. El secreto es que la paz que Jesús otorga no es como la que da el mundo. Se trata de una paz no exenta de contradicción, la misma que sufrió él. Por eso, dice a los suyos que también ellos experimentarán la división que él ha traído. En este sentido, el destino de los cristianos está íntimamente unido al de Cristo. Desde el comienzo del cristianismo ha habido mártires, que han experimentado en su propia carne la división de la que habla Jesús. Han sido bautizados, como Cristo, en su propia sangre. Jesús advierte en más de una ocasión a los discípulos que el siervo seguirá la misma suerte que su Señor, porque el discípulo no es mayor que su Maestro.

Cuando Jesús es arrestado en Getsemaní, uno de los que estaban con él sacó la espada para defenderlo y cortó la oreja a un siervo del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: que todos los que empuñan estapa, a espada morirán» (Mt 26,52). Nada hace Jesús para defenderse, ni presenta resistencia a su detención. Su misión es traer la paz a este mundo dividido y enfrentado por muchos odios y rencores. La paradoja está en que, quien trae la paz, siembra división a favor o en contra de él.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Jueves, 04 Agosto 2016 19:59

Domingo XIX: No sabemos la hora.

Pocos avisos se repiten tanto en labios de Cristo como el de estar preparados para el día de su retorno. Su partida dejó a la comunidad cristiana con la incertidumbre de su vuelta, que él había anunciado. En un primer momento se esperaba que retornara pronto, pero enseguida comprendieron los cristianos que la espera se dilataba y que lo importante era vigilar y estar siempre dispuestos a recibirlo. La vigilancia es la actitud de quienes esperan a su Señor, al dueño de la casa, que vendrá como el ladrón, sin avisar, de improviso.

Esta incertidumbre sobre el día y la hora del retorno de Cristo es una advertencia para que nadie se crea dueño de la casa. En el evangelio de hoy, Jesús advierte a Pedro, el primero de los Doce, de caer en actitudes despóticas con los demás servidores, pensando que el Señor tarda en venir. Cuando nos creemos dueños de la Iglesia podemos cometer excesos de todo tipo. Por el contrario, quien mantiene viva la espera del Señor, tiene ceñida la cintura y encendidas las lámparas para servirlo apenas llegue. Es la actitud del cristiano prudente que ama a su Señor. Jesús no nos ha revelado el día y la hora de su venida para sorprendernos desprevenidos como si desconfiara de nosotros. Lo ha hecho para que vivamos con el alma vigilante, en tensión, sin poner el corazón en lo efímero. Por eso, entre los consejos que da, mientras esperamos, está el de vender bienes para hacer limosnas de forma que atesoremos en el cielo y no en la tierra, donde los ladrones roban y las polillas roen. El Señor quiere que nuestro corazón esté enraizado en él y dispuesto a recibirlo.

El premio de esta vigilancia es sorprendente. Dice Jesús que si, al llegar, encuentra a los criados vigilando, él mismo los sentará a la mesa, se ceñirá y los irá sirviendo. Tal comportamiento era propio de esclavos, no de señores. Aparece aquí la paradoja evangélica del Señor convertido en siervo. Desde la Encarnación hasta la cruz ha cumplido lo que dijo: he venido a servir y a dar la vida en rescate por muchos. El magisterio de Cristo alcanza su clímax en la última cena. Ante la disputa de los apóstoles sobre quién de ellos era el mayor, Jesús deja claro que él está en medio de ellos como el que sirve, a pesar de ser el Maestro y Señor. La imagen sorprendente de ceñirse una toalla a la cintura para lavar los pies a los discípulos no deja duda de que se entiende a sí mismo como Siervo. En vistas a este servicio abandonó la gloria que tenía junto a Dios y descendió a nuestra condición mortal; se anonadó hasta la muerte y muerte de cruz; y, después de resucitar, no nos abandonó definitivamente sino que permanece entre nosotros en el sacramento más humilde y misterioso que podemos imaginar: el de la Eucaristía. Es difícil imaginar un servicio mayor: Dios al alcance de la mano, convertido en un bocado de pan consagrado que vela y revela al tiempo el amor supremo, la entrega sin reservas, el servicio a su pequeño rebaño, que espera a su Señor. Quienes mejor entienden que hay que esperar su regreso, y vigilan con la prudencia de las vírgenes sabias y la sencillez de los siervos que no aspiran a nada, son los que adoran esa presencia escondida y fecunda en los sagrarios de nuestras ciudades y pueblos. Ahí está el Señor alimentando la espera; está Dios sometido al tiempo y espacio de nuestra vida; está el dueño de la casa vigilando también, esperando el momento de desvelarse de modo definitivo. Por eso se ha dicho que será durante la celebración de la eucaristía cuando el Señor vuelva glorioso y cese la apariencia del pan y del vino para dar paso a la mesa celeste donde el Señor nos sentará para servirnos.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Sábado, 30 Julio 2016 20:44

Domingo XVIII: La necia codicia

A medida que el hombre se cierra a Dios, se bloquea en él el pensamiento de la muerte. Es el síndrome de la avestruz que esconde la cabeza en un agujero para no ver el peligro. Este tipo de hombre, incapaz de mirar la muerte de frente, en la antigüedad era considerado necio, porque perdía el horizonte de su existencia finita. Sabio era, por el contario, el que pensaba en la muerte, consideraba su término temporal y se preparaba a morir, consciente de que sólo así dignificaba sus días. Filosofar era sinónimo de aprender a morir.

Es lógico que, cuando el hombre deja de pensar en Dios y en el más allá, se aferre al más acá, y ponga su nido en las cosas de la tierra, se torne codicioso, con la ingenuidad poco contrastada de que así será feliz. ¿Pueden las cosas de este mundo, o el mundo entero, saciar la sed de infinitud que habita al hombre? ¿Pueden las riquezas hacerle verdaderamente feliz?

En el evangelio de hoy, un oyente pide a Jesús que interceda ante su hermano para que reparta la herencia con él. Jesús, dirigiéndose al público, dice que se guarden de toda clase de codicia porque, aunque uno ande sobrado, la vida no depende de sus bienes. Lo sabemos por experiencia. Jesús no dice nada nuevo. Hasta los más ricos y poderosos de la tierra mueren como los más pobres, irremediablemente. Jesús cuenta entonces la historia de un rico que, al tener una gran cosecha, se dio cuenta que no tenía dónde almacenarla. Pensó entonces derribar los graneros que poseía y construir otros más grandes, capaces de guardar todos sus bienes hasta el fin de sus días. Y se decía así mismo: «alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente». En estas andaba, dice Jesús, cuando Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?». Y, como colofón  de la historia, concluye Jesús: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,19-21).

¿Quién no conoce historias semejantes? La codicia no tiene límite, se autoalimenta con el afán de agrandar el granero. Jesús lanza primero una pregunta que desvela lo absurdo de almacenar bienes que serán para otro, porque la muerte impide gozarlos a quien los atesora. El fin de muchas fortunas termina en la Hacienda pública o en disputas feroces de herederos, legítimos o advenedizos. La segunda afirmación de Jesús nos sitúa en el plano de la transcendencia, el que los codiciosos olvidan: así es el fin de quienes atesoran para sí y no son ricos ante Dios. Naturalmente, quien no cree en Dios quedará frío ante esta consideración. Jesús llama necio al que vive así, porque hacerse rico para sí mismo, cuando tenemos los días contados, sólo se justificaría si la riqueza tiene un fin social, y se convierte en ayuda para otros. Pero no es esta la perspectiva de la parábola, que busca poner en evidencia la necedad de una vida en la que todo se ve de tejas para abajo. Por eso Jesús advierte del peligro que tiene la codicia. Cuanto más grande es el imperio que uno logra, más trágico es el fin que le espera sin el horizonte de Dios y de la inmortalidad. Al final, se queda sólo consigo mismo y con sus bienes, como muestra la genial película «Ciudadano Kane», un magnate ambicioso que, cuando muere totalmente solo, pronuncia el nombre del trineo con que jugaba en su niñez, la única etapa de su vida en que fue feliz. Normalmente el codicioso tiene el alma fría, es insensible a las necesidades de los demás, vive obsesionado por los bienes, volcado en sí mismo, enterrado ya en vida entre sus bienes. Olvida que cada día que pasa es un día que le gana la muerte en su llegada. Es un necio.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Sábado, 23 Julio 2016 13:23

DOMINGO XVII: La oración del Señor.

 

Jesús no sólo nos ha dicho que debemos orar, sino que nos ha dejado la mejor oración para dirigirnos a Dios: el Padre Nuestro. La compuso él mismo a petición de los apóstoles y la recitamos dentro de la Eucaristía. Es la oración perfecta: en ella nos dirigimos a Dios con las palabras de Cristo y pedimos lo que realmente necesitamos. En el evangelio de hoy leemos la versión de Lucas, más breve que la de Mateo recitada en la liturgia. Como Lucas es el evangelista de la misericordia, ha puesto el acento en el perdón que debemos otorgar a los demás, a imagen del que recibimos de Dios. Lucas, además, añade algunos consejos para no desanimarnos en la oración. Jesús exhorta a insistir cuando no recibimos de inmediato lo que queremos. Y pone un ejemplo que nos anima a confiar en que Dios nos concederá lo que le pidamos. Dice que si ninguno de nosotros, aunque seamos malos, da a su hijo una piedra cuando le pide pan, ni una serpiente por un pez, ni un escorpión cuando le pide un huevo, ¡cuánto más Dios nos dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!

Estas palabras suscitan en nosotros una cierta perplejidad. Normalmente, cuando pedimos a Dios algo, hacemos como nuestros hijos: pedimos cosas materiales: pan, alimento, vestido, salud. No somos tan perfectos como para pedirle el Espíritu Santo. Parece que Cristo se evade de las necesidades normales de los hombres a las que parece aludir cuando dice: «pedid y se os dará», «llamad y se os abrirá», «buscad y hallaréis». ¿Qué persona corriente, cuando va a orar, pide lo primero el Espíritu Santo?

Las palabras de Jesús no son una evasiva. Concuerdan con otras del sermón de la montaña donde Jesús exhorta a sus discípulos a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se nos dará por añadidura. Si nos acostumbráramos a pedir lo verdaderamente necesario, seguramente el resto de nuestras necesidades quedarían en segundo término y dejaríamos en manos de Dios, Padre bueno y providente, la solución de muchos problemas. En ocasiones, dice el apóstol, pedimos y no recibimos porque pedimos mal. Sólo Dios conoce lo que en cada momento necesitamos. Esto no significa que no podamos acudir, como pobres, ante el Señor de toda dádiva. Jesús invita a venir a él a todos los cansados y agobiados para ser aliviados. Toda necesidad es objeto de la oración, pero no podemos olvidarnos de lo fundamental. En el Padre Nuestro, la mayoría de las peticiones hacen referencia a realidades espirituales: el Reino de Dios, el perdón de los pecados, la tentación a que nos vemos sometido, la victoria sobre el mal. Son peticiones esenciales, que Lucas sintetiza en pedir el Espíritu Santo.

 Debemos descubrir la belleza de la oración del Señor y recitarla con sus propios sentimientos, nunca a la ligera. Dice santa Teresa de Lisieux que, al orar con ella, era tanto lo que le decía la primera palabra —Padre— que no conseguía seguir adelante considerando lo que significaba poder llamar así a Dios. En realidad, si lo pensamos bien, Cristo, al enseñarnos a orar, nos ha introducido en su más profunda intimidad y nos ha revelado sus propios sentimientos, su relación personal con Dios, a quien nos permite llamar Padre. Por eso produce tanta tristeza que haya cristianos que no conozcan esta oración, la recen con rutina o la hayan olvidado. Viven en lo que Eugenio D´Ors denominaba «la orfandad de los que nos saben rezar el Padre Nuestro». Es una dramática orfandad que Cristo nos quiso evitar cuando enseñó a los suyos esta oración. Bien rezada, es la síntesis perfecta de la enseñanza de Cristo sobre Dios y sobre lo que todo hombre necesita pedir en su camino por este mundo.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

            

Sábado, 16 Julio 2016 07:55

Cracovia 2016: Juventud y vocación.

¿Qué tienen las Jornadas mundiales de la Juventud (JMJ) que terminan siendo semilleros de vocaciones? Desde que era sacerdote joven he participado en casi todas las Jornadas Mundiales de Juventud (JMJ). Después, ya de Obispo, también lo he hecho. Y ahora, en Segovia estamos preparando nuestra participación en la de Cracovia, hermosa ciudad de la que fue arzobispo San Juan Pablo II, iniciador de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Este Papa, llamado el Papa de los jóvenes, los entendió muy bien, los amó con pasión y les habló muy claro. Basta leer sus mensajes para las Jornadas de la Juventud, llenos de retos y propuestas. Sus invitaciones a ser santos, a huir de la mediocridad y a evangelizar a los jóvenes son documentos de pastoral juvenil que no han perdido su vigencia. Son lecciones de pedagogía cristiana dirigidas a hacer de los jóvenes, apóstoles de la juventud, centinelas del mañana y testigos de Cristo.

Volviendo a la pregunta inicial, las JMJ son experiencias inolvidables de la catolicidad de la Iglesia. Muchos jóvenes descubren la Iglesia o, al menos, amplían sus horizontes sobre ella. Convivir con jóvenes de todos los continentes durante varios días ayuda a salir de nuestro pequeño rincón y experimentar que no somos un pequeño, o gran grupo, en un rincón perdido del planeta, sino la Iglesia universal fundada por Cristo. La presencia del Papa y de tantos obispos de toda la Iglesia es reconfortante porque nos remite a los orígenes de la Iglesia, a Cristo que llama a los Doce para formar el núcleo del Pueblo de Dios que sigue caminando hoy por los senderos del mundo.

Los intensos días que suponen las JMJ, con la oración en común, la eucaristía, la confesión y la convivencia, son muy propicios para plantearse el sentido de la vida, la llamada de Dios a las diversas vocaciones en la Iglesia, y, sobre todo, la responsabilidad que tenemos de evangelizar a los jóvenes. Descubrir la belleza de la Iglesia ayuda a descubrir el puesto que cada uno ocupa en ella, la misión particular a la que Dios nos llama. Muchos jóvenes han descubierto en las catequesis de las JMJ y en los encuentros con el Papa que Dios les llama a entregar su vida de modo incondicional a Cristo, como sacerdotes, religiosos o religiosas, misioneros y laicos comprometidos en la vida matrimonial y apostólica. Son preciosas las historias de vocaciones que han nacido con ocasión de las JMJ.

La razón de esta fecundidad vocacional está en el hecho de que las JMJ son una peregrinación, es decir, una ocasión de salir de uno mismo y ponerse en camino en busca de la voluntad de Dios. No son días de turismo cultural o espiritual. Son días, decía Benedicto XVI, de peregrinar externa e interiormente. Vamos hacia un santuario, un lugar santo, una Iglesia de Cristo. Pero peregrinamos interiormente saliendo de nuestras actitudes cómodas, centradas en nosotros mismos, al encuentro de los demás y, sobre todo, de Cristo, que nos habla mediante todo tipo de experiencias vividas en comunidad. Las JMJ ayudan a purificar la fe, a cambiar la imagen que tenemos de la Iglesia, a descubrir aspectos de la vida cristiana que teníamos olvidados: el valor de la oración y de los sacramentos, la importancia del servicio a los demás.

Deseamos,  y lo pedimos a Dios, que nuestra participación en la JMJ de Cracovia potencie la pastoral juvenil de la diócesis de Segovia de manera que cuantos participemos en ella regresemos decididos a ser misioneros entre la juventud, luz para nuestros amigos y compañeros, discípulos alegres de Cristo que no se aíslen del mundo, aunque sea un mundo hostil a la fe, sino que comuniquen a los demás lo que han vivido en primera persona. Y quiera Dios que la experiencia de estos días disponga a los jóvenes a abrir su corazón a Dios y responder con generosidad a su llamada.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Sábado, 16 Julio 2016 07:30

Domingo XVI Marta y María

En el evangelio de hoy Jesús es acogido por Marta y María, hermanas de Lázaro, que vivían en Betania, cerca de Jerusalén. Mientras Marta se desvivía por servir a Jesús, María, sentada a sus pies, le escuchaba. Para Lucas, que narra la escena, es la imagen de la perfecta discípula que acoge a su Maestro. Marta se queja a Jesús de que su hermana la haya dejado sola en el servicio, queja comprensible si tenemos en cuenta que en oriente la hospitalidad tiene muchas exigencias. Jesús, en lugar de dar la razón a Marta, le dirige estas palabras que suenan a reproche o advertencia: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sola una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Esta escena ha sido interpretada por algunos exegetas como una defensa de la vida contemplativa, representada en María, frente a la activa, cuyo icono sería Marta. En tiempo de Jesús no existía tal debate, por lo que la intención del evangelista parece ir por otro camino. Jesús habla de dos cosas que dan la clave de la escena: «lo único necesario» y «la mejor parte». Parece que con estas expresiones pretende dirigir la mirada de Marta hacia un horizonte más amplio que el de servir al huésped. Naturalmente, una comida requiere el servicio de atender la mesa, pero el hombre no se alimenta sólo de manjares selectos. Jesús, en su encuentro con la samaritana, pasa el tiempo hablando con ella y dejó pasar la hora de comer. Cuando los discípulos le recuerdan que no ha comido, Jesús les dice: «Yo tengo otro alimento que vosotros no conocéis», y añade: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió». Jesús, pues, parece decir a Marta que, mientras prepara un banquete material, se está perdiendo lo único necesario: el alimento de la palabra de Jesús. No es un desprecio al servicio de Marta, sino una advertencia de que lo material debe supeditarse a lo espiritual, sobre todo si se trata de la enseñanza de Cristo.

Se comprende que, al elogiar a María, diga que ha escogido la mejor parte. Escoger la mejor parte es propio del hombre sabio, del discípulo atento a la verdad. Jesús es, para todo discípulo, la mejor parte. Él mismo es el don, el legado del Padre, la herencia prometida. Como diría un salmo: Cristo es el lote de mi heredad y mi copa. Es decir, lo reúne todo: es el banquete ante el cual cesa cualquier otro preparativo de lo que el hombre puede darse a sí mismo con sus medios humanos. En su persona, Jesús lo resume todo y acogerlo en casa significa que todo lo trae él. María dio a Cristo la preeminencia frente a todo. Comprendió que la mejor parte era estar a sus pies —actitud propia del discípulo— y alimentarse de sus palabras.

Muchas veces, la relación que el cristiano mantiene con Cristo se reduce a hacer cosas por él. No está mal, si pensamos que el mundo necesita apóstoles. Pero antes que hacer cosas, el Señor nos llama a ser discípulos. Discípulos que sean misioneros, como dice el Papa Francisco. Es posible que nos lancemos demasiado aprisa a la misión, sin haber escuchado al Maestro, sin pasar tiempo a sus pies escuchando su verdad. Quizás por eso, nuestras acciones sean tan poco fecundas. En el debate sobre la preeminencia entre la vida contemplativa y la activa, santo Tomás de Aquino terció con una fórmula en la que resolvía la cuestión diciendo que la vida perfecta es la de Cristo. No se fue por las ramas, sino que dirigió su mirada al núcleo de la cuestión: contemplata allis tradere, dijo, definiendo así la vida de Cristo. Entregar a otros lo contemplado. Seguro que María hizo esto bien: entregó a otros lo que había recibido como discípula a los pies de Cristo.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Viernes, 08 Julio 2016 17:58

Domingo XV «¿Quién es mi prójimo?»

 

            Hay preguntas que son claramente retóricas y buscan justificarnos ante los demás. Es la que plantea el maestro de la ley a Jesús en el evangelio de hoy. Dice Lucas que, «queriendo justificarse» por haber preguntado algo que debería saber —¿cómo alcanzar la vida eterna?—, y habiéndole Jesús mostrado que el camino para lograrla era el amor a Dios y al prójimo, el rabino le hace esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús, en lugar de responder directamente, le cuenta una historia a modo de parábola, conocida como la del buen samaritano. En esta parábola, que, según algunos estudiosos, podría estar basada en un hecho real ocurrido por aquellos días, un judío que bajaba de Jerusalén a Jericó fue atacado por salteadores que le dejaron medio muerto al borde del camino. Tres personajes se cruzan en esta historia: un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros pasaron de largo, posiblemente porque subían al templo a orar y no podían perder la pureza ritual con la sangre de un malherido. El tercer personaje era un samaritano, que fue quien se compadeció de él, curó sus heridas con aceite y vino, lo montó en su cabalgadura y lo llevó a una posada donde encargó al posadero que cuidara de él hasta que a su vuelta le pagara lo que había gastado con sus atenciones.

          Es de sobra conocido que en el tiempos de Jesús, judíos y samaritanos se consideraban enemigos irreconciliables. Les separaban no sólo la tierra —la Samaría pagana y la Judea religiosa— sino su concepción del culto y otras tradiciones. Baste recordar como ejemplo de esta enemistad las palabras de la samaritana a Jesús cuando éste, sentado sediento junto al pozo de Jacob, que está en Samaría, le pide de beber. La mujer, sorprendida, le dice: ¿cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?

            El hecho de que Jesús haya escogido al samaritano como el único que se compadece del judío apaleado y herido al borde del camino, es el dato que centra la enseñanza de la parábola y prepara la respuesta de Jesús a la pregunta del maestro de la ley: ¿Quién es mi prójimo?  Jesús deja claro que el prójimo es el que nos necesita en cualquier momento, aunque sea un enemigo nuestro. La caridad no conoce diferencias de clase, cultura, raza o religión. Prójimo es el necesitado de nuestra ayuda, cualesquiera que sea la circunstancia en que se encuentre. Así lo entendió enseguida el maestro de la ley, cuando, al acabar la historia, Jesús le preguntó: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». La respuesta no se hizo esperar: «El que practicó la misericordia con él». Y Jesús remachó su argumento: «Anda y haz tú lo mismo».

            Nuestro concepto de prójimo adolece de muchos prejuicios. Amamos a los que nos aman. Hacemos el bien a amigos y compañeros. Ayudamos a quienes pueden devolvernos el favor. O discriminamos en razón de conveniencias sociales, religiosas y políticas. Jesús critica estás posturas en varios pasajes del evangelio. ¿Qué mérito tenemos, nos dice, si amamos a los que nos quieren? Amar al enemigo, incluso al enemigo de Dios, es nota distintiva del cristiano. Así hicieron los mártires perdonando a sus verdugos que actuaban con odio a la fe. Jesús tuvo por prójimos, y los trató con compasión, a publicanos y prostitutas, a sus verdugos y torturadores, a leprosos intocables y marginados de la sociedad y del culto a Dios. Tuvo por prójimos a los ladrones crucificados con él, y a uno de ellos, que le pidió acordarse de él, le prometió el Reino de los cielos. Toda persona es prójimo, y para alcanzar la vida eterna hay que cumplir la sentencia de Cristo: «Anda y haz tú lo mismo».

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Sábado, 02 Julio 2016 07:35

Domingo XIV. La verdadera alegría

La verdadera alegría


 

El hombre tiende a enorgullecerse de sus propias obras. Todos caemos en la autocomplacencia, y nos gusta el incienso del reconocimiento público. Negarlo sería hipocresía. Jesus advierte del peligro de buscar la gloria unos de otros y no la de Dios. Títulos, homenajes, honras humanas, es el modo que tenemos los hombres para pagar servicios, destacar hallazgos, o simplemente dejar constancia de hechos laudables y meritorios. Nada de malo hay en ello si el hombre no se hincha con la vanidad o el deleite interior de pensar que todo le es debido. Los santos han huido del elogio, la adulación y las honras mundanas. Como vulgarmente se dice, se han puesto el mundo por montera, han practicado la humildad y han buscado siempre la aprobación de Dios, no la de los hombres. Dicen que cuando san Juan de Ávila agonizaba, una piadosa mujer que le tenía por maestro le recordaba todo lo que había hecho por Dios y por la Iglesia, y el santo replicó: no seré yo quien le recuerde a Dios todo eso.

En el evangelio de hoy, Jesús recuerda a los setenta y dos discípulos, antes de enviarles a predicar, que han sido investidos de un gran poder para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.  Es una forma simbólica de revelarles que participan de la misma autoridad y poder de Cristo, quien empieza por decir que ha visto a Satanás caer desde el cielo como un rayo, metáfora que alude a su derrota. ¿Quién no se alegraría de un poder semejante? ¿No es el argumento de tantas películas de héroes y superhombres que vencen el mal ante la admiración del mundo? ¿No lucha el hombre por ser coronado de gloria y poder como una forma de autoafirmación y de pasar a la posteridad?

Jesús, sin embargo, advierte a los suyos de que no deben poner su alegría en ese poder recibido, aunque venga de Dios. También él fue tentado por Satanás con la vanagloria de signos portentosos, que mostraran su mesianismo. Sus discípulos no deben alegrarse porque los espíritus se les sometan y triunfen sobre los poderes malignos. «Estad alegres, les dice, porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». ¿Qué diferencia hay entre uno y otro motivo de alegría? ¿Acaso la victoria sobre el mal no debe alegrarnos? ¿Y la salvación final no depende en definitiva de nuestras obras buenas? Sí y no. Es claro que la lucha contra el mal llena de gozo y produce la mayor satisfacción a la que el hombre puede aspirar, la que está en el fondo de toda obra verdaderamente humana, que el mundo premia con aplauso y homenaje. Pero, en la batalla contra el mal, el hombre no triunfa con su propio poder y eficacia. Es superior a sus fuerzas vencer el mal moral, el mal que se personifica en el espíritu diabólico. En los crímenes del terrorismo, por ejemplo, y las masacres de inocentes sabemos que hay un poder oculto, siniestro, que ningún poder humano puede vencer por mucho que lo intente. Es el mal personificado en el ángel caído que busca perder al hombre, incluso a los amigos de Cristo, a sus enviados, contra los cuales se revolverá siempre con la envidia homicida del origen, que acabó con la pureza de los primeros padres. Contra ese poder, sólo puede Cristo y los suyos en la medida en que sean conscientes de que también ellos están sujetos a la posibilidad de la corrupción, como bien sabemos por experiencia propia y ajena. Por eso, Jesús, recuerda a sus discípulos que la verdadera alegría no está en los milagros que puedan hacer, en los éxitos apostólicos, sino en la conciencia de que sus nombres están escritos en el cielo, es decir, en la misericordia divina que ha tenido a bien salvarlos de antemano, protegerlos de todo mal, y destinarlos por pura gracia a la vida sin fin.

 

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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