cesar

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El relato de la conversión de Zaqueo es el mejor comentario a una frase que san Agustín pone en labios de Dios: «Tú no me hubieras buscado si yo no te hubiese encontrado». El evangelio de Lucas cuenta las peripecias de Zaqueo, que, al saber que Jesús está en Jericó, hace todo lo posible por verlo. Como era bajo de estatura y la gente le impedía ver a Cristo, se sube a una higuera para saciar su deseo. Zaqueo busca ver a Jesús. Pero si leemos con atención el relato, descubrimos que esta búsqueda de Zaqueo coincide con la que Cristo realiza para encontrar al publicano. Al final del evangelio, Jesús afirma que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Por eso, Jesús, al pasar junto a la higuera, fija su mirada en Zaqueo y le dice que baje porque quiere comer con él en su casa. La libertad de Cristo es soberana: él mismo se invita a comer con Zaqueo. Entra en su casa, se sienta con él a la mesa y comparte su vida. Era la mesa de un hombre enriquecido con las extorsiones que había hecho en razón de su cargo de publicano. Jesús no hace ascos a sentarse con él porque para eso ha venido. Zaqueo era, sin embargo, muy pobre, porque el dinero acumulado con malas artes le hacía ser un pecador público, manchado por la mala fama. De ahí las murmuraciones de todos los que contemplaban la escena. Así las cosas, Jesús se sienta a la mesa de un pobre rico pecador. Como también lo fue Mateo, el publicano convertido en apóstol. Se cumple así otra sentencia de san Agustín, quien dice que Jesús, en su encarnación, ha venido a sentarse en la mesa de nuestra pobreza para hacernos ricos.

             Esto es lo que sucede en casa de Zaqueo. El ladrón se convierte a Cristo, confiesa públicamente sus pecados y promete dar la mitad de los bienes a los pobres y restituirles cuatro veces más de lo robado. El Zaqueo rico se hace pobre en lo material y rico de Dios. Su anhelo por conocer a Cristo se ha visto recompensado con el cambio de vida. Ha hallado a Cristo, que era en realidad quien le buscaba. Fue Cristo quien le salió al encuentro, se invitó a su casa y le ofreció finalmente la alegría del evangelio del perdón.

             La fe es una búsqueda que se inicia en el hombre por iniciativa de Dios. «No me hubieras buscado si yo no te hubiese encontrado». La historia de Zaqueo es un paradigma de la acción de Dios en el hombre. Dios utiliza todos los recursos y medios para hacerse el encontradizo con el hombre, desafiar su libertad, y ofrecerle una alegría indescriptible, sólo comparable a la inmortalidad. Estaba muerto, dice la parábola del hijo pródigo, y ha vuelto a la vida. ¿De qué hablarían Jesús y Zaqueo en aquella comida que le trajo la salvación? Podemos imaginar que de algo parecido a lo que habló Jesús con la samaritana: de la sed del hombre que sólo se sacia de Dios, del verdadero culto a Dios en la verdad, de la necesidad de vivir en el espíritu, y quizás del enorme peligro de las riquezas. Lo que es ciertamente claro es que Jesús se reveló a sí mismo, manifestó su grandeza y simpatía por el hombre y Zaqueo quedó vinculado a Cristo definitivamente. Y lo halló porque Cristo entró en su casa, se invitó a entrar en su intimidad. «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo -dice Jesús en el Apocalipsis-.  Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con el y él conmigo» (3,20). Zaqueo es el ejemplo del hombre que se ha dejado encontrar por Dios. Ha puesto lo que estaba de su parte por ver a Jesús, y ha dejado que Jesús hiciera el resto, aquello para lo que ha venido: buscar y salvar al hombre. Es el Evangelio en su desnuda pureza: Dios y el hombre buscándose mutuamente.

+ César Franco

Obispo de Segovia 

Viernes, 21 Octubre 2016 11:07

DOMUND 2016: Sal de tu tierra.

 

            Queridos diocesanos:

La Jornada Mundial de las Misiones, o día del DOMUND, se celebra este año bajo el lema de las palabras que Dios dirigió a Abrahán, nuestro padre en la fe: «Sal de tu tierra». El Papa Francisco, en su mensaje para este día, dice que «todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio». En este sentido, el cristiano siempre debe estar en disposición de partir, de «salir» a proclamar el Evangelio. La razón es muy sencilla: todos los hombres y culturas tienen derecho a recibir el mensaje de la salvación, que es una gracia de Dios para la humanidad.

El Concilio Vaticano II dice que, por su propia naturaleza, la vocación cristiana es una vocación apostólica. Cada cristiano es un misionero, llamado a comunicar a otros la salvación de Cristo. Muchos son los que experimentan la llamada a abandonar su familia, su tierra, su cultura, para anunciar el evangelio a quienes no han oído aún hablar de Cristo. Pero todo cristiano, sin experimentar esta llamada radical a dejarlo todo, está llamado a dar testimonio de su fe, con palabras y obras, en su propio ambiente, donde también hay muchos que no han oído hablar de Cristo, o, habiéndolo oído, han perdido la fe y abandonado la Iglesia. Si estamos atentos al mundo en que vivimos, y a las personas que tratamos, nos daremos cuenta de las ocasiones que tenemos para anunciar el evangelio.

En las comunidades parroquiales también tenemos ocasiones de «salir» en busca de los que no creen o de los indiferentes. La vida de una comunidad cristiana se mide por su tensión misionera. Con frecuencia nos contentamos con los que ya practicamos, y habitualmente participamos en la vida de la Iglesia. Y en lugar de «salir» con espíritu misionero, nos encerramos en nuestros grupos de siempre y perdemos la inquietud por evangelizar. En el fondo, esto significa que no valoramos suficientemente la fe, o la vivimos como una posesión ya adquirida de la que disfrutamos con otros que también creen. Esta actitud es lo más opuesto a la «misión», que no conoce límites ni confines, sino que crece a medida que la fe se hace personal, madura, apostólica. «Ay de mí si no evangelizara», decía san Pablo, urgido por la necesidad de evangelizar.

El ejemplo perfecto de todo misionero es Cristo. Consciente de que tenía que dar a conocer a su Padre, no permitía que le retuviesen en un lugar, sino que deseaba llegar a muchos otros para evangelizar. «He venido a traer fuego a la tierra, y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo», dijo en cierta ocasión. Jesús salió del Padre, salió de su propia familia, y se puso en camino para anunciar el Reino de Dios y su presencia entre los hombres. No quedó encerrado en su pueblo de Nazaret, o en el grupo de los suyos, sino que entendió su vida como un ir por todas partes anunciando el evangelio de Dios. La Iglesia, desde sus comienzos, ha entendido su misión a ejemplo de Cristo. El cristiano, en la medida en que profundiza su fe, descubre su vocación misionera que le urge a comunicar a otros lo que él ha recibido como una gracia especial: la fe en Cristo.

Gracias a Dios, Segovia ha dado muchos misioneros y misioneras que se encuentran en países lejanos anunciando el evangelio. Quiera Dios que surjan nuevas vocaciones misioneras. Pero quienes quedamos aquí, en nuestra diócesis, tenemos la misma responsabilidad misionera que quienes se van fuera. También nosotros somos enviados por Cristo con su autoridad. Hemos de «salir» de nosotros mismos, de nuestra comodidad, de nuestros ambientes, y proclamar que el Reino de Dios se ha hecho presente en nuestro mundo en la persona misma de Jesús, el Hijo de Dios, el Enviado a todas las naciones.

            Con mi afecto y bendición,

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Lunes, 17 Octubre 2016 08:56

Iglesia en Segovia. Octubre 2016.

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Sábado, 15 Octubre 2016 16:33

Domingo XIX TO: El juez y la viuda.

 

La relación del hombre con Dios suele tener un punto de conflicto en la oración. «Orar sin desfallecer» es el consejo de Cristo en el evangelio de este domingo, y pone como ejemplo a una viuda necesitada, a quien un juez injusto no atendía en sus reclamaciones. Harto de que le importunara, decidió hacer justicia con ella para que le dejara en paz. El mismo hecho de que Cristo utilice esta parábola nos previene sobre la lección que quiere darnos. Jesús concluye con un argumento a fortiori: si este juez inicuo termina haciendo justicia, Dios «¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas?»

La experiencia de los creyentes, sin embargo, parece contradecir la enseñanza de Cristo. Con frecuencia sentimos que Dios no escucha nuestras súplicas, y el tiempo pasa sin que nos llegue la gracia deseada. Así se expresa uno de los salmos de queja: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día?». He aquí la queja de quien se parece a la viuda que no encuentra justicia ante el juez. Y éste no es un juez inicuo, sino Dios.

 ¿Cómo entender esta contradicción? En el evangelio de hoy, Jesús da una pista importante para no desalentarnos cuando no conseguimos lo que pedimos: es preciso orar siempre sin desfallecer. Y al final de la parábola de la viuda inoportuna, deja caer esta pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra»? Se refiere a la fe en el Dios que escucha a los suyos y atiende a sus súplicas. Pero la oración no es un automatismo. Yo pido y recibo; yo llamo y se me abre; yo busco y encuentro. Todo automático. Dice un gran exegeta actual: «Si la oración recibiese automáticamente lo solicitado, entonces Dios sería transformado en una máquina que distribuye cosas. Pero él no puede ser una máquina distribuidora, sino una persona que comunica su amor. Una máquina distribuye, no comunica ningún amor, es solamente un automatismo. Dios es una persona… y la oración para él es el medio de establecer relaciones personales con cada uno de nosotros». De ahí que la fe se exprese en la súplica perseverante y confiada. Dios dará la gracia en su momento. Nunca deja de atender a los suyos, aunque parezca que tarda.

No hay que olvidar además que en ocasiones pedimos lo que no nos conviene, o pedimos para satisfacer nuestras pasiones, como dice Santiago en su carta. ¡Cuántas veces la oración está cargada de intereses egoístas! También rezamos mal cuando nuestra oración no va acompañada de buenas obras, y en especial del perdón a quien nos ha ofendido. Un corazón inmisericorde no es grato a Dios. Para orar necesitamos purificar el corazón y nuestras intenciones. Estas actitudes nos aproximan a Dios y alcanzamos su benevolencia para poder orar con las manos limpias de ira y con un corazón humilde y manso. Nos hacemos como el pobre que está a la puerta, con la mano extendida esperando la limosna. No exige. Confía y espera.

Por último, hay que decir que Dios nos somete a prueba. La oración tiene a veces el aspecto de una lucha del hombre con Dios. Como la lucha de Jacob con el ángel. Dios se hace valer cuando el hombre le asalta con sus ruegos, y prueba al hombre en la paciencia. Podemos decir que a Dios le gusta que le importunen para ver hasta qué punto se confía en su capacidad de escucha e interés por el hombre. Dice un poeta contemporáneo que Dios quiere perder en esta lucha, quiere ser vencido por los ruegos del que suplica. Es el hombre el que se da por vencido fácilmente. Le falta la constancia de la viuda para importunar al juez.

+ César Franco

Obispo de Segovia

           

            

El evangelio de hoy narra la curación de diez leprosos. Es una escena que describe muy bien la situación de los leprosos en tiempo de Jesús. No podían entrar en ciudades y pueblos, debían mantenerse a distancia de las personas, gritando fuertemente «impuro, impuro» para hacer notar su presencia. Por supuesto, estaban separados del culto sinagogal y quien se atreviera a tocar a un leproso se hacía igualmente impuro y no podía asistir al culto sin purificarse. Cuando un leproso se sanaba, debía acudir a los sacerdotes que verificaban la curación y le declaraban «puro» para poder reanudar la vida social y religiosa.

Cuando los diez leprosos ven a Jesús, que tenía fama de taumaturgo, se pararon a lo lejos y le gritaron: «Maestro, ten compasión de nosotros». Jesús no les cura de inmediato sino que les envía a los sacerdotes. Por el camino quedaron limpios de la lepra y sólo uno de ellos, al verse curado, se volvió hacia Jesús alabando a Dios con grandes gritos, según dice el evangelio. Había entendido que Jesús le había curado y su respuesta fue el agradecimiento. El evangelista subraya que era un samaritano, dando así a entender que los demás eran judíos. Este dato no es mera anécdota, pues es sabido que judíos y samaritanos eran enemigos irreconciliables. Al destacar este dato, el evangelista, que se dirige a cristianos procedentes de la gentilidad, critica indirectamente a los otros nueve leprosos que, olvidándose del milagro, siguen su camino para presentarse a los sacerdotes. Las palabras de Jesús son muy expresivas: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».

Dar gloria a Dios y agradecer sus dones son las actitudes más espontáneas de quienes han obtenido su favor. El leproso curado se arroja a los pies de Cristo, rostro en tierra, para agradecerle la curación. Es la imagen viva de la gratitud. También la Magdalena besó sus pies y los ungió con perfume, urgida por la gratitud. Y tantos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, se han postrado a los pies de Cristo para darle gracias por su compasión.

Los cristianos, como los judíos de tiempo de Jesús, estamos tan acostumbrados a sentirnos pueblo de Dios, que, con mucha frecuencia, olvidamos la acción de gracias. Somos como los amantes atrapados por la rutina que en raras ocasiones se dan las gracias por el amor recibido. Creen que todo se les debe. Incluso el amor, que es la mayor gracia que se nos puede conceder. Olvidamos que todos hemos sido curados de una lepra mortal, el pecado. Y hemos sido curados porque uno de nosotros, Cristo, el Hijo de Dios, ha asumido todas nuestras dolencias y enfermedades. En un musical sobre Cristo, hay una escena conmovedora, en la que se acercan a Jesús todo tipo de enfermos, pobres y excluidos, y se abalanzan sobre él para tocarlo y abrazarlo hasta que Cristo desaparece mezclado entre los que representan la miseria humana. La compasión de Cristo, según el profeta Isaías, consiste en haberse echado a sus espaldas todo el mal del mundo, los innombrables pecados de la humanidad para compadecernos y sanarnos. Nos hemos acostumbrado a esta compasión de Cristo y llegamos a pensar que se nos debía, que teníamos derecho a ser curados. No volvemos atrás, como el samaritano, dando gritos de alegría, para agradecer a Cristo su amor libre y gratuito. La queja de Jesús nos interpela con todo el dolor que reflejan sus palabras a causa de la ingratitud, pues la Iglesia se convierte, quizás sin advertirlo, en una comunidad de desagradecidos: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?»

+ César Franco

Obispo de Segovia

Este domingo se abre el Seminario Menor. Dos sacerdotes, junto con seis adolescentes, forman lo que san Juan Pablo II llama «escuela de evangelio». Es una experiencia nueva que une la vida en comunidad con la vida de familia. Quienes hemos vivido en comunidad sabemos la riqueza que aporta a la formación de la personalidad el hecho de convivir juntos y compartir responsabilidades. Al ser un seminario, la riqueza se acrecienta por la presencia de Cristo en la Eucaristía, que es el centro mismo de la comunidad. Rezar en común, celebrar la liturgia y formarse en la vida del Espíritu es un regalo para quienes desean adquirir una personalidad cristiana y discernir si Dios les llama al sacerdocio.

Cuando Jesús llamó a los apóstoles creó una pequeña comunidad. Eran doce. Y con doce revolucionó la historia del mundo. Vivían en comunidad itinerante, de un sitio para otro. De vez en cuando, Jesús les enviaba a predicar y, a la vuelta, le contaban sus experiencias. Reposadamente les enseñaba los misterios del Reino, les hablaba del Padre y, sobre todo, les trasmitía su pasión por los hombres, su amor a los pecadores y pobres. Es una pena que los evangelios no nos hayan trasmitido algo más de estos encuentros de Jesús con los doce. Respondería a sus dudas y preguntas. Les animaría si la tarea les resultaba penosa. Y, sin lugar a dudas, disfrutarían de momentos de convivencia inolvidables. San Juan, uno de los primeros llamados por Cristo, recuerda el primer día que pasó con él y deja constancia de la hora de aquel encuentro: eran las cuatro de la tarde.

 Nuestro seminario es un lugar abierto para quienes desean experimentar la vida comunitaria con Cristo en medio. Queremos desarrollar una cultura vocacional, algo que escasea en nuestra sociedad. Me explico: se habla poco de la vocación. No me refiero a las vocaciones específicas: matrimonio, sacerdocio, vida consagrada. Me refiero a la vocación en sí. Porque la vida, en sí misma, es vocación, llamada. Nadie se da a sí mismo la vida. La recibimos de Dios y de los padres. Y empieza una llamada a vivir, como hombre o mujer, y descubrir el sentido de mi lugar en el mundo, de lo que Dios quiere que haga. En mi trato con adolescentes y jóvenes, me sorprende la dificultad que experimentan cuando tienen que expresar para qué quieren vivir, qué esperan de la vida, qué desean aportar a la sociedad. Viven sin vocación, sin llamada. Puede interesarles una carrera, ganar dinero, alcanzar un bienestar, pero viven sin la vocación de construirse a sí mismos respondiendo a las preguntas esenciales. No existe una cultura vocacional, de ahí que cueste tanto encontrar la propia vocación. Nuestro seminario quiere contribuir a esto: a vivir atentos a la llamada, que en último término es llamada de Dios.

En una carta de Unamuno a un universitario desalentado, que se quejaba de que sus compañeros no le entendían porque aspiraba a algo más que pasarlo bien en esta vida, le da estos valiosos consejos: «Busca el ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero… En vez de decir, ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete a ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso; “doy cuanto tengo”, dice el generoso; “doy cuanto valgo”, dice el abnegado; “doy cuanto soy”, dice el héroe; “me doy a mí mismo”, dice el santo; y di tú con él, y al darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello, tienes que hacerte universo, buscándote dentro de ti. ¡Adentro!».

            «Mar adentro», dijo Jesús a los doce. Hoy son seis los que se animan a remar.

            

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Al concluir las fiestas en honor de la patrona de Segovia, la Virgen de la Fuencisla, quisiera destacar algunas actitudes de María que son siempre actuales en la tarea evangelizadora de la Iglesia. La devoción mariana no es un invento de piedades superadas por el tiempo, sino que pertenece a la entraña misma del evangelio. Y aunque éste nos dice poco de María, ha trazado los rasgos de su personalidad creyente, que la convierten en tipo perfecto de la Iglesia. María es llamada «estrella de la evangelización» porque ilumina a cuantos nos sentimos enviados por Cristo a llevar el evangelio a todos los hombres. He aquí dichos rasgos:

  1. Acoge y obedece a la Palabra de Dios. Preocupados por la acción, que muchas veces deriva en activismo estéril, olvidamos que un evangelizador es el que vive atento a lo que Dios quiere de él para ponerlo en práctica. Nadie mejor que Cristo ha alabado a su madres: «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen», dijo pensando en ella. La evangelización es tarea fundamental del Espíritu y de quienes, dóciles a él, secundan sus planes. María acogió la Palabra de Dios, la hizo propia en su corazón y en su carne, y la conservó en la contemplación fiel de Cristo. La Virgen es fiel reflejo de Cristo que vino a hacer la voluntad de su Padre.
  2. Pronta para el servicio. María está urgida por la misma caridad de Cristo para ponerse a disposición de quienes la necesitan, como sabemos por la escena de la Visitación a Isabel. Sale «deprisa» a la montaña, una vez conocida la necesidad de su pariente y la sirve con humildad. Servir es propio del cristiano. Es la vocación explícita de Cristo que no ha venido a que le sirvan sino a servir. Y es el mandato que nos dejó en la última cena mediante el gesto de lavar los pies a los apóstoles. La prontitud de María expresa la urgencia de Cristo por servir a los hombres con la entrega de su vida.
  3. Detecta la necesidad de salvación. En las bodas de Caná, María constata la necesidad de salvación que tienen los novios. No se trata de la carencia del vino físico. El vino es el símbolo de los bienes de la salvación, y Cristo es el único capaz de ofrecerla. Por eso, ofrece un vino nuevo, mejor, definitivo, cuyo significado último sólo se descubre en la cruz, donde María aparece como la Madre de los creyentes. Evangelizar es detectar la necesidad de salvación que tienen los hombres y acercarlos a Cristo, como hizo María: «Haced lo que él os diga». María se sabe intermediaria, no protagonista. Sabe que sólo Cristo merece la obediencia de los hombres. Por ello no se calla, ni esquiva su papel de mediación. ¡Cuántas veces, por prejuicios o temores, desaprovechamos la ocasión de acercar a los hombres a Cristo!
  4. No rechaza la cruz. María supera con fortaleza el escándalo de la cruz permaneciendo junto a Cristo en el Calvario. Avergonzarse de la cruz es avergonzarse del evangelio, de su fecundidad oculta, de su aparente fracaso. Queremos triunfar, tener éxito, y nos olvidamos de la única sabiduría que salva al mundo: la de la cruz. No hay verdadera acción pastoral que no esté marcada por la paradoja de la cruz. «Predicamos a Cristo, dice san Pablo, y Cristo crucificado».
  5. María es la Iglesia orante. En Pentecostés, con los apóstoles, María permanece en oración a la espera del Espíritu. Los frutos de la evangelización nacen siempre de la oración intensa, comunitaria, que invoca al Espíritu. Sólo Él hace fecunda nuestra acción. Por ello, invito a toda la diócesis a orar con María para que nuestra acción misionera en este curso responda a la voluntad de Dios y Segovia sea bendecida con sus dones.

+ César Franco Martínez,

Obispo de Segovia.

Entre los males morales de nuestro tiempo, la corrupción aparece como uno de los más detestables. Se ha convertido en clave para discernir al verdadero político que  aspira gobernar a su pueblo, y a todo el que ostente un cierto liderazgo social, cultural y espiritual dentro de la sociedad. Los casos de corrupción que saltan continuamente a la opinión pública ponen de relieve hasta qué punto es frecuente que el hombre se deje corromper por el dinero y qué prestos somos a juzgar y condenar tales comportamientos, que son ciertamente detestables. En la doctrina social de la Iglesia se ha denominado «estructuras de pecado» a las actitudes que se oponen a la voluntad de Dios y al bien del prójimo y que, arraigadas en el pecado personal, llegan a hacerse crónicas en el comportamiento humano. Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, apunta a dos de estas estructuras que parecen ser las más características: «el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: “a cualquier precio”. En otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de actitudes humanas, con todas sus posibles consecuencias. Ambas actitudes, aunque sean de por sí separables y cada una pueda darse sin la otra, se encuentran —en el panorama que tenemos ante nuestros ojos— indisolublemente unidas, tanto si predomina la una como la otra» (n. 37).

La raíz de estas estructuras de pecado que afectan tan negativamente a la sociedad está siempre en el pecado personal. Las estructuras en cuanto tales no pecan; pecamos los hombres, capaces de generar estructuras pecaminosas. De ahí que todo hombre esté expuesto a caer en el pecado de sus semejantes, como bien decía san Agustín: No hay pecado que cometa un hombre que no pueda cometerlo su semejante si la gracia de Dios no le sostiene. Todos podemos abrir el corazón a la corrupción, si como dice Jesús en el evangelio de hoy, no somos fieles en lo poco. Y añade: «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco; también en lo mucho es injusto». La corrupción tiene sus pasos, su progreso. El mal tiene sus grados: se empieza por poco hasta que uno se ve arrastrado al abismo por una inercia imparable, que tiene su ejemplo en lo que Jesús llama «el dinero de iniquidad». Lo más grave de la corrupción, y me refiero ahora a la económica (aunque no puede separarse de la moral general), es que se juega con el dinero ajeno, con el que está destinado al bien común, al progreso de la sociedad y, de modo especial, de los más pobres. Se trata de una injusticia social gravísima, un atentado al bien común. Y el pecado consiste, no sólo en el hecho en sí —quedarse con lo que a uno no le pertenece—, sino en querer compatibilizarlo con una moral religiosa imposible de justificar. «No se puede servir a Dios y al dinero», sentencia Jesús en el evangelio de hoy. O se sirve a uno o al otro. Se amará a uno y se odiará a otro. Es imposible servir a los dos.

En el evangelio de hoy, Jesús nos invita, a vivir la astucia de los hijos de la luz, fijándonos en el comportamiento de un administrador infiel, que actuó injustamente, con la astucia de las tinieblas. Se sirvió del dinero ajeno para asegurarse un futuro feliz. Las estructuras de pecado sólo se vencen, dice Juan Pablo II, «con la ayuda de la gracia divina, mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho» (SRS 38).

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Sábado, 10 Septiembre 2016 15:47

Domingo XXIV: La alegría de la salvación

 

            Una sociedad que ha desterrado de su horizonte el sentido del pecado, difícilmente comprenderá el mensaje de las tres parábolas de la misericordia de san Lucas que leemos en el evangelio de hoy. El hombre de hoy es más sensible a los problemas materiales que a los del alma. Nos conmueven las pobrezas, miserias y carencias físicas, pero ¿y las del alma? ¿Nos mueve a compasión el pecado de los demás? ¿Nos preocupa el nuestro? ¿O nos hemos acostumbrado al pecado como algo inevitable, normal, y carente de importancia? Nos parecemos a aquellos personajes del evangelio que llevaron un paralítico a Jesús para que lo curara; cuando lo tuvo delante, Jesús le dijo: tus pecados quedan perdonados. Y aquellas gentes, escandalizadas, pensaron que Jesús blasfemaba, que sólo pedían la salud corporal. También hoy nos parece que lo urgente es lo material, lo que nos permite vivir bien, la salud, el bienestar. ¿Y el alma? ¿Tiene alguna importancia el pecado? ¿Pasa algo porque el hombre viva de espaldas a Dios?

            En las parábolas de la misericordia —la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo pródigo—, Jesús habla de la alegría de la salvación, de la necesidad de que un pecador sea perdonado. Jesús subraya la importancia que tiene un hombre ante Dios, que hace todo lo posible por buscarlo y manifestarle su perdón. Mirada humanamente, la actitud del pastor que, por buscar una oveja perdida, deja las noventa y nueve en el campo, a expensas de lo que pueda sucederles, es poco inteligente. Puede venir el lobo o los ladrones, y quedarse sin el rebaño. Dios piensa en el hombre, en cada hombre. Cada individuo es único para él, y tiene valor infinito. Por eso, lo busca, lo atrae hacia sí, lo regenera y lo salva. Y el cielo se colma de alegría por un pecador que se convierte.

            La actitud de la mujer que pierde una moneda y limpia toda la casa para buscarla resulta exagerada  si olvidamos que sólo tiene diez. Posiblemente Jesús se refiere a las monedas de la dote de bodas, que las mujeres lucían como adorno sobre la frente. Eran el último recurso para la vida, si venían días de necesidad. Una de diez era una décima parte de sus recursos. Se entiende pues el afán por encontrarla. Y, cuando la encuentra, llama a sus amigas para comunicarles su alegría: «Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido».

            Que un hombre se pierda espiritualmente es una tragedia inmensa, que sólo captan los que, como Cristo, han luchado contra el pecado como el peor mal que puede sucedernos. Por eso, cuando nos acostumbramos al pecado, al personal o al ajeno, es que hemos perdido el sentido mismo de la existencia. Hacemos las paces con el mal. Así de claro. Renunciamos al bien como aspiración y meta del hombre. Y al renunciar al bien, en sentido pleno y absoluto, abrimos las puertas a tantos otros males que afligen al hombre y lo reducen a esclavitud. Sólo así se comprende que Cristo haya querido entregar su vida por los pecados de los hombres, o, dicho de otra manera, para salvar al hombre de sí mismo y de su tendencia a la muerte total. Las páginas más bellas del evangelio, además de las que leemos hoy, son aquellas en las que Cristo salva a alguien de su pecado y le reconcilia con Dios. Son páginas que revelan la alegría de la salvación, cuando, alguien que estaba perdido, es hallado. Por eso, a un cristiano, el pecado no puede dejarlo indiferente, como no nos deja indiferente que alguien a quien amamos pueda caer en un abismo, perder la vida. Al final de la parábola del hijo pródigo, el padre se lo dice claramente al hijo mayor, que no entendía la alegría de la fiesta: «Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Sábado, 03 Septiembre 2016 07:21

Domingo XXIII: Cristo es todo.

            El evangelio de este domingo es oportuno para comenzar un curso. Todos hacemos planes. Programamos. Nos sentamos a recapacitar sobre los recursos que tenemos para realizar proyectos. También Jesús nos invita a hacerlo, pero desde una perspectiva radicalmente nueva: para seguirle, dice, hay que dejar todo. Desconcierta su radicalidad. Pero sus palabras son claras: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Y a continuación cuenta dos parábolas que invitan a la prudencia antes de tomar la decisión de seguirle: un rey que quiere batallar contra otro, dice, no se arriesga si antes no se asegura de tener un ejército superior al del enemigo. Un constructor que quiere hacer una torre, no empieza la tarea sin cerciorarse de que tiene medios para terminarla. De lo contrario, ambos serán el hazmerreír de todos. La conclusión de estas parábolas la saca el mismo Cristo al final del evangelio: «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».

            La pregunta surge espontánea: Entonces, ¿quién puede ser discípulo? Hasta los que siguen a Jesús se quedan con algo en la trastienda. Que sepamos, sólo san Francisco se quedó desnudo en mitad de la plaza cuando determinó seguir a Cristo, después de haber dado todo a los pobres. Se dice que el obispo tuvo que vestirlo con su propia capa para evitar que le vieran desnudo… Hay pocos san franciscos. Volvemos a la pregunta: ¿Quién puede ser discípulo? En primer lugar, quien se tome en serio estas palabras de Cristo, quien crea que son verdad. Nadie, en efecto, que no posponga todo a Cristo, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo suyo. La razón no está en lo que vale todo lo que dejamos: nada más grande que los propios padres, la mujer y los hijos, la vida misma. Pero ahí no está la clave. La clave es Cristo, que vale mucho más. Él es todo. Nos faltan palabras para decir su valor: es el tesoro del hombre, la verdad eterna, la luz infinita, la resurrección de la carne, el perdón de todos los pecados. Es el Redentor del hombre, el Juez universal, la Belleza que salva al mundo y el Bien absoluto. Cuando uno se encuentra con él de verdad, lo que asombra es que se fije en nosotros, nos mire y ame con nuestras miserias, confíe en nuestras pobres y vacías manos, se atreva a buscar nuestra compañía, tantas veces engañosa e interesada. Ante esta confianza desmedida, a uno sólo se le ocurre decir como Pedro: «apártate de mí que soy un pecador». Es entonces cuando uno arriesga todo por seguirle, porque, sin él, se queda pobre y desnudo, tirado en el muladar de un mundo miserable, del que sólo él se ha compadecido de verdad.

            Sí, amigos, pensémoslo bien antes de seguirlo, porque Cristo es todo, y en él, como dice un antiquísimo himno de la Iglesia, todo tiene su consistencia. No dejéis que pase la Vida por delante, y optéis por la muerte; no dejéis que os mire el Amor, y desviéis la mirada como el joven rico. Os iréis tristes. Mirad a Cristo cara a cara, calculad si podéis librar la batalla y acabar la torre. Pero no hagáis los cálculos sin contar con él, con su fuerza y sabiduría. Sólo os pide que no antepongáis nada a él, como decía san Benito. Os pide que améis a vuestros padres, hijos, maridos y esposas, y a vosotros mismos, como dones que él os ha dado, porque él nos precede en todo, también en la riqueza de lo que somos y tenemos. Amemos sin condiciones, porque también Cristo ha dicho que quien ama así y le siga posponiendo todo, recibirá aquí cien veces más y poseerá la vida eterna. ¿Verdad que es una forma preciosa de plantear un curso?

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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