cesar

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Sábado, 24 Diciembre 2016 08:23

Día de Navidad 2016: Se llama Jesucristo

 

            El evangelio de san Juan comienza con un solemne prólogo que se lee el día de Navidad y durante los días siguientes. Es un himno de enorme belleza y densidad que nos remonta a la eternidad de Dios, al principio sin principio, antes de que se existiera nada, para decirnos que el Verbo existía junto a Dios y era Dios. Quien lea por primera vez este prólogo no sabe de quién habla el evangelista, ignora quién es el misterioso ser del que se dicen verdades sorprendentes: por su medio se ha hecho todo; en él está la Vida; es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; ha sido rechazado por los suyos, pero tiene poder para hacer de cuantos le acogen hijos de Dios.

            ¿Quién es este Verbo? Si seguimos leyendo el prólogo, aprendemos que en un momento determinado se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros; y se dice que es el Hijo único de Dios. Y quien escribe esto afirma incluso que él, junto con otros testigos, han contemplado su gloria y lo han visto lleno de gracia y de verdad. Finalmente, para más asombro, se afirma que este Verbo, Hijo de Dios, se llama Jesucristo, que ha venido precisamente a revelar, es decir, a explicar y dar a conocer a Dios, a quien nadie ha visto jamás.

            Esto es la Navidad: Dios rompe su misterio, su inmenso silencio, para darnos su Verbo eterno y mostrarnos el rostro visible del Dios invisible. Dios, dice Ratzinger, se ha mediado en Cristo. Ha querido explicarse a sí mismo mediante el único que conoce todo de él porque desde siempre, antes de todos los siglos, estaba junto a él, le hablaba, le conocía, le amaba infinitamente. El autor del prólogo, que parte de la eternidad de Dios, desciende hasta la historia concreta de su tiempo para decir que el Verbo se ha hecho carne, es decir, medida humana, tiempo y espacio, fragilidad y muerte, para compartir con los hombres su destino y ser el consuelo del que habló Isaías a quienes estaban postrados en las tinieblas y sombras de la muerte. Dios ha salido de sí y nos ha entregado al Hijo de sus entrañas infinitas, al inmortal y creador con él de todo lo visible e invisible. Se trata de Jesucristo, al que adoramos hoy en la pequeñez y fragilidad de un niño. Dios hecho niño, fajado con pañales, colocado en un pesebre, sobrecogiendo al universo con su silencio y con su llanto.

            En su origen, este magnífico himno se escribió para los miembros del pueblo de Israel. Por eso su autor dice que la Ley se nos dio por medio de Moisés. La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. La Ley mosaica venía de Dios. Pero sólo era Ley. Para salvarse había que cumplirla. Ahora es distinto: hay que acoger al que Dios envía: su Verbo vivo, su Palabra creadora y comunicadora de vida. Ha pasado el tiempo de la Ley para dar paso al tiempo de la gracia y la verdad. También la Ley participaba de esa verdad y gracia, pero no podía ofrecerla en plenitud. Sólo el Hijo de Dios podía tender el puente entre el misterio insondable de Dios y la concreta historia del hombre, de cada hombre, de todo hombre. Sólo el Hijo podía revelarnos al que le había engendrado desde toda la eternidad: el Padre. Este es el misterio de la Navidad, ante el cual sólo cabe asombro, adoración, silencio. El mismo silencio que trae el Niño de Belén en el acatamiento de la voluntad de su Padre. Y sólo cabe acogerlo con infinito gozo, porque en él reside la luz y vida de los hombres. La oscuridad sobre el destino de la humanidad y del cosmos ha sido quebrada para siempre por la Luz eterna que da sentido a la creación y a la historia de los hombres. Ha aparecido, dice san Pablo, la bondad de Dios y su amor por el hombre. El Verbo se ha hecho carne.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Sábado, 17 Diciembre 2016 19:57

Cuarto de Adviento: La señal de Dios

La señal de Dios

  

A las puertas de Navidad, leemos en el cuarto domingo de Adviento la revelación a José del misterio que sucede en María: el hijo que lleva en sus entrañas «viene del Espíritu Santo». Muchos cristianos tienen la idea de que José sospechó de la integridad de su prometida y pensó repudiarla. Pero san Mateo, que narra las dudas de José, no da pie para esto. Presenta a José como varón justo, que, al conocer el estado de María, probablemente porque - como piensa K. Rahner - ella misma se lo ha dado a conocer, comprende que «Dios se la reservaba para sí… que no podía tener de ninguna manera pretensión sobre ella, y por esta razón pensaba dejarla en secreto», es decir, no recurrir al repudio formal ni al acta de divorcio. José entiende que María está bajo la sombra poderosa del Altísimo, es el arca donde tiene lugar una presencia de Dios, que él debe respetar saliendo discretamente de la vida de quien ha concebido siendo Virgen.

Si esto es así, surge la pregunta: ¿Qué sentido tiene entonces la revelación en sueños de algo que José ya conoce? El anuncio del ángel despeja las dudas de José sobre su permanencia junto a María. No sólo confirma la concepción virginal sino que confía a José una misión decisiva: «Toma, no obstante, a María contigo. Sé, por lo tanto, - le dice el cielo - un padre para este niño, cumple los deberes de padre para con este niño que el cielo ha dado a tu prometida. Guarda, defiende, ama, protege a este niño» (Rahner). En este relato, en definitiva, tenemos la vocación de José para hacer las veces de padre del Hijo de Dios en esta tierra. Para entender su misión, es preciso observar que el ángel llama a José «hijo de David», es decir, descendiente de la dinastía real y capaz, por tanto, de introducir a Jesús en las promesas mesiánicas otorgadas a la casa de David. Por eso, Jesús será invocado como «Hijo de David», lo cual no habría sido posible si el que aparecía como su padre no hubiese pertenecido a la casa de David.       

El ángel también le dice que imponga al hijo de María el nombre de Jesús, exactamente igual que Gabriel le ordena a María. Pero a José le revela, además, que se llamará así «porque salvará a su pueblo de sus pecados». No cabe mayor claridad sobre la misión de José. Introducir a Jesús en la historia como aquel que profetizó Isaías: el hijo concebido por una virgen. Cuando Dios llama a una misión lo hace revelando los datos necesarios para que el hombre pueda aceptar libremente lo que se le propone.

Para que quede claro lo que Dios pide a José, el evangelista afirma que todo sucedió de modo que se cumpliera lo dicho por Isaías: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios cono nosotros» (Mt 1,23). Viene a decir que el nombre de Jesús no se opone a Enmanuel. De hecho, era imposible que Jesús salvara de sus pecados al pueblo si no fuera el mismo Dios. Ambos nombres se explican y complementan. Dios ha actuado definitivamente, por el camino que sólo él ha determinado, para que en la historia apareciera la «señal» de su intervención: la Virgen que engendra y da a luz al Hijo de Dios. Como decía san Alfredo de Rieval, Dios ya no está sólo «por encima de nosotros», ni «frente a nosotros»; está «con nosotros». «¿Cómo podría él estar más cerca de mi? Siendo pequeño como yo, débil como yo, desnudo como yo, pobre como yo… en todo se ha hecho semejante a mí tomando lo que es mío y dándome lo que es suyo. Yo yacía muerto, sin voz, sin sentido, ya ni tan solo poseía la luz de mis ojos… Ha puesto su rostro sobre mi rostro, su boca sobre mi boca, sus manos sobre mis manos: Se ha hecho el Enmanuel, ¡ Dios con nosotros!».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

¿Debemos esperar a otro?

  

En la espera de la Navidad, la embajada que envía el Bautista desde la cárcel para preguntar a Jesús si es él el Mesías o deben esperar a otro, cobra un sentido que supera el tiempo de Jesús. Es una pregunta que atraviesa la historia, pero que se ha hecho especialmente insistente desde la Ilustración. Cristo ha decepcionado a muchos en todos los tiempos. Ha decepcionado a quienes esperaban que él cambiara el mundo. ¿No vino a eso? ¿No dice san Pablo que vino a hacer todo nuevo? Y, si afinamos la mirada, ¿no sigue todo igual? Con el progreso del mundo, ¿no se ha hecho aún más cruel la crueldad, más refinadas las torturas, más infames las esclavitudes? ¿Dónde está la renovación de Cristo?

Cuando Jesús responde a la embajada del Bautista, se remite a sus hechos, anunciados por el gran Isaías: «Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,5-6). Todo esto lo había realizado a la luz del día. Eran los «signos» de una presencia divina, sobrenatural, exactamente lo que niegan los racionalistas. Pero hubo testigos. Hasta los enemigos de Cristo, como recoge el Talmud, reconocieron que en él había un poder superior, que ellos interpretaron como brujería, alianza con Belcebú, príncipe de los demonios. Los milagros de Jesús eran su carta de identidad, el cumplimiento de las profecías. Jesús no vino a hacer milagros, no era su finalidad. Sin embargo, los hizo, como signo de que era el Enviado que había de venir.

Su renovación no estaba, sin embargo, sólo en los signos, sino en el mensaje que se encierra tras ellos. Por eso, hay una frase en la respuesta de Jesús que puede sorprender a los lectores. Después de decir que «los pobres son evangelizados», añade: «¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». ¿Cómo es posible, podrá preguntarse un lector crítico, que el hecho de evangelizar a los pobres suscite escándalo? ¿No es el amor a los pobres, su cercanía a ellos lo que le hace atractivo y, en último término, creíble? ¿Por qué entonces escandalizarse? Para entender esta cuestión es preciso saber que, con la palabra «pobres» en este texto, Jesús piensa en los «pecadores», en aquellos que fueron objeto de su misericordia desde su primera aparición: Jesús acogió a los pecadores y les otorgó el perdón; sentó a su mesa a quienes los líderes religiosos excluían de la salvación y del Reino de Dios. Por los evangelios sabemos que fue esta actitud con los «pobres» pecadores, la que suscitó escándalo, hasta el punto de que a la gente que seguía a Jesús, se le llamara con desprecio «el pueblo de la tierra».

Aquí reside la paradoja de Cristo, su oferta de salvación, eso que llamamos evangelio, buena noticia. Es la rotunda afirmación de que Cristo renueva el mundo con la gracia y la oferta de la misericordia. Podemos pensar que el mundo no ha cambiado desde entonces, que sigue por sus derroteros de destrucción y muerte. Pero no es así: en Cristo ha entrado una fuerza indestructible en la historia de los hombres. Se llama Gracia, Perdón, Misericordia. Este es el mensaje que se esconde detrás de sus milagros a ciegos y sordos, cojos, leprosos y muertos; son la prueba de que en Jesús de Nazaret habita el mismo Dios capaz de recrear el mundo con milagros semejantes, y, sobre todo, con el milagro de que el Bien ha triunfado sobre el mal por insondable que sea. Sí, el desierto se ha convertido en un vergel; y el hombre ha sido restaurado. No es un condenado sin remedio, una pasión inútil. No hay que esperar otro Mesías. Ya ha venido. ¡Y dichoso quien  no se escandalice de él!

 

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

 

 

Sábado, 03 Diciembre 2016 16:24

Segundo de Adviento: Dos bautismos distintos.

 

Cuando Juan Bautista aparece como Precursor de Cristo, ofrece un bautismo en el Jordán invitando a la conversión del corazón. Su predicación es dura, exigente, en línea con los antiguos profetas que exhortaban un cambio radical de vida para huir de la ira inminente de Dios. Las imágenes que utiliza Juan son muy expresivas: el hacha está puesta en la raíz del árbol, el que no dé fruto será talado y echado al fuego. También se sirve de la imagen del bieldo que separa la paja del trigo, para echar la paja al fuego y llevar el trigo al granero. Son imágenes propias de las amenazas proféticas que buscan llevar al hombre a la verdadera conversión.

            El uso de tales imágenes responde a la facilidad con que el hombre pretende huir de la conversión. Así lo dice el Bautista a los fariseos que acudían a bautizarse como si fuera un rito exterior sin correspondencia con la actitud interna del corazón. Juan Bautista no duda en desenmascarar la hipocresía de esta conducta. Les llama «raza de víboras», y les interpela con fuerza: «¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión» (Mt 3,7-8). De nada sirve el bautismo -viene a decir- si el corazón no se pliega a las exigencias de la verdad de Dios y da frutos dignos de conversión, porque Dios es capaz de sacar de las piedras hijos de Abrahán. Ni siquiera este título, que se daban los fariseos y saduceos, les valía ante Dios si su conducta no cambiaba de rumbo.

            No es fácil convertirse. Más aún: es imposible sin la gracia de Dios. El hombre es muy hábil para acomodarse a su innato egoísmo. Nos acostumbramos al pecado, cualquiera que sea su forma. Es preciso que la gracia de Dios nos golpee con fuerza y arranque el corazón de piedra para sustituirlo con un corazón de carne. Precisamente esta es la misión del Adviento: conducirnos a la conversión profunda de nuestras actitudes. Retornar a nuestro Dios, dicho llanamente. Volverse a Él.  En esto consiste el secreto de la conversión.

            Juan Bautista anuncia que detrás de él viene uno más grande que él, capaz de realizar esta conversión perfecta del corazón porque viene con un bautismo distinto: el del fuego del Espíritu Santo. Jesús viene a purificar al hombre, a transformarlo con su gracia, a recomponer su naturaleza caída. Juan es el Precursor; Jesús es el Mesías. Juan prepara; Jesús realiza y cumple la promesa. Juan nos advierte del castigo con la palabra y nos lava con agua; Jesús nos purifica con el fuego de su misericordia. Pero los dos bautismos, el de Juan y el de Jesús no son ritos mágicos que actúan al margen de la libertad del hombre. Hay que dar el paso a la conversión con nuestra libertad humana. Dios no nos salva en contra de nuestra voluntad. Nos perdona, sí; pero nos quiere activos en el arrepentimiento. Purifica nuestro corazón, pero hemos de humillarnos y suplicar el perdón. Dios respeta la libertad del hombre. San Agustín decía: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Y este es el gran dilema y trabajo del hombre: salir de sí mismo, retornar al Padre, desandar el camino de la infidelidad y de la huida de la Verdad. Todos sabemos, por experiencia, que este trabajo no es fácil. Se trata de circuncidar el corazón, no la carne. Por eso necesitamos profetas como Juan que nos pongan ante la verdad de nuestra vida. Necesitamos dar el fruto que exige la conversión y no contentarnos con ritos externos, vacíos de sentido, aunque los hagamos en la Iglesia. La venida de Dios es inminente. Nadie puede ocultarse a su mirada de amor. Hay que mirarle a la cara, sin temores infantiles que nos lleven a la huida, al ocultamiento. Cara a cara, como hizo Jesús con los pecadores.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Sábado, 26 Noviembre 2016 17:00

Primero de Adviento: Adviento

La Iglesia comienza el año litúrgico con una significativa palabra: Adviento. Quiere decir llegada, venida. Es el anuncio de una presencia que afecta decisivamente a la vida del hombre: la presencia del Señor que viene. El tiempo de Adviento dura sólo cuatro semanas. Debería durar más, porque cuanto más se espera más se ama, y más se alegra el corazón con la llegada del Amado. ¡Ven, Señor Jesús, decimos todos los días en la eucaristía cuando el sacerdote acaba de consagrar el pan y el vino! Ven, no tardes más. Todo hombre vive de esta espera.

El cardenal Ratzinger ha comparado al hombre con el niño que siente miedo al tener que atravesar un bosque en una noche oscura, aunque le digan que no corre peligro. No teme por nada concreto, sino que «experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una pesadilla. Existe una angustia —la angustia auténtica, que radica en lo más íntimo de nuestra soledad— que no puede ser superada por el entendimiento, sino exclusivamente por la presencia de un amante». El Adviento es el anuncio de esa voz en la noche, de la mano cariñosa de alguien, de la presencia de un Amante, que se llama Cristo. Sí, Cristo viene. Vino en la carne, no deja de venir cada día a nosotros, vendrá con gloria al final de los tiempos. Su venida tiene que ver con nuestra soledad.

El hombre experimenta, cuando vive sin distraerse o somnoliento, la soledad. Es la más fiel compañera del hombre desde que nace hasta que muere. Como resulta molesta, el hombre intenta olvidarse de ella mediante todo tipo de comparsas que le hagan olvidar su destino. No nos gusta estar solos, huimos del silencio, nos fabricamos divertimentos de todo tipo, para no tener que pensar. Y dejamos de esperar a quien puede llenar nuestra soledad y acompañarnos en el paso por la vida: el mismo Dios.

En este primer domingo de Adviento, la Iglesia nos lee la exhortación de san Pablo a los cristianos de Roma: «Reconociendo el momento en que vivís, ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca, dejemos, pues las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos». Estas palabras convirtieron a san Agustín y le sacaron del sueño y de la distracción en que había sumergido su vida. Lo despertaron violentamente y lo arrancaron de la noche. Vio la luz del día, la de Cristo, Sol del Oriente, que se levantaba para iluminar las tinieblas de muerte en que Agustín y todos los hombres yaceríamos para siempre si no nos hubiera visitado Dios.

El hombre no camina solo, ni atraviesa en soledad las cañadas oscuras de la vida. Dios ha pronunciado una palabra salida del silencio: se llama Jesús, el Salvador. Dios ha dado la mano al hombre para que atraviese seguro, aunque sea de noche, el bosque de la vida. Dios es el Amante que esperábamos para saber que no estamos arrojados a la existencia, sin sentido, sin meta, sin compañía. Dios viene, porque ha escuchado el gemido de nuestra soledad y se ha compadecido del hombre que había perdido la esperanza, cuando fue lanzado fuera del paraíso. Esto es el Adviento, hermosa palabra que nos recuerda que la medida de nuestra soledad ha sido colmada por la presencia de aquel que viene como Enmanuel, «el Dios con nosotros».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

Sábado, 19 Noviembre 2016 15:10

Domingo Cristo Rey: Sálvate a ti mismo

La máxima tentación sufrida por Cristo tuvo lugar en el Calvario, durante la terrible agonía de la crucifixión. Jesús recitó las estremecedoras palabras del salmo 22, que dice: «Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al hacerlas suyas, Jesús expresaba la soledad con que se enfrentaba a la muerte. Sobre estas misteriosas palabras comenta Ortega y Gasset: «Es la expresión que más profundamente declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humano que es su radical soledad. Al lado de esto la lanzada del centurión Longinos no tiene tanta significación». Desde el comienzo de la pasión, en Getsemaní, Jesús había empezado a quedarse solo: solo de los apóstoles, solo de sus amigos y seguidores. Al pie de la cruz quedaron los fieles: su madre, las piadosas mujeres y el apóstol Juan. Ahora experimentaba la soledad de Dios. Hay que decir que el Padre no lo abandonó nunca, pero en la experiencia humana de Cristo, éste sintió la soledad de Dios.

 ¿En qué consistió la tentación de Jesús? En el evangelio que se proclama este domingo, solemnidad de Cristo Rey, los soldados y uno de los malhechores, le dicen a Jesús en dos momentos: si eres el rey de los judíos, el Mesías, «sálvate a ti mismo». Jesús es tentado de mostrar su realeza o su mesianidad política —que es lo mismo—, abandonando el camino de la cruz, es decir, la voluntad del Padre. No es la primera vez que Jesús experimenta esta tentación: durante su oración y ayuno en el desierto, también el diablo le incita a hacerse dueño de todos los reinos de la tierra, y a manifestar su poder con un milagro extraordinario arrojándose desde el pináculo del templo para que los ángeles vengan a tomarlo en sus manos. Cuando terminan estas tentaciones, Lucas, cuyo evangelio leemos en esta fiesta de Cristo Rey, dice que «el diablo se marchó hasta otra ocasión». Esa ocasión es la cruz.

Para comprender bien la tentación de Cristo conviene recordar unas palabras suyas dirigidas a los discípulos: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará». A la luz de este dicho entendemos que las palabras «sálvate a ti mismo» le sonaran en sus oídos como un reclamo a abandonar el camino que había propuesto a sus discípulos. «Salvarse a sí mismo» es la tentación del hombre que, dando la espalda a Dios, busca su realización personal mediante la glorificación de sí mismo. Cuando el ateísmo moderno alcanza su clímax con la expresión «Dios ha muerto», es porque coloca al hombre en el lugar de Dios. Es la tentación de  los ángeles caídos que quisieron ser dios. La que sugiere después la serpiente a Adán y Eva: seréis como dioses. La de los hombres que pretendieron construir la torre de Babel para arrebatar a Dios su señorío. Esa es la tentación que acecha a Cristo: «sálvate a ti mismo».

Jesús establece su reino, su señorío, perdiendo la vida por amor. Alcanza la gloria mediante la victoria de la cruz, que pone en entredicho todo intento del hombre por salvarse a sí mismo, que es por lo demás una empresa imposible. Entregando su vida, perdiéndola en aras del amor, Jesús la salva, porque, a pesar de experimentar la soledad de Dios, confía en él y sabe que lo levantará de la muerte y lo encumbrará a lo más alto de la gloria. «No bajó de la cruz, dice san Juan Pablo II, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas. Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como el primogénito de entre los muertos». He ahí su realeza, la que desea compartir con los hombres que pierden la vida para salvarla.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Domingo, 13 Noviembre 2016 08:30

Un año de gracia del Señor

Cuando Jesús entra en la sinagoga de Nazaret al inicio de su vida pública, anuncia, con palabras de Isaías, que viene a «proclamar un año de gracia del Señor». Afirma así que su actividad futura, - palabras y gestos – tienen que ver con la «gracia», es decir, la benevolencia y misericordia de Dios con el  hombre. Cristo es la Gracia en persona, la misericordia hecha carne. En su magnífico prólogo, el evangelio de Juan, dice lo mismo con otras palabras, al contraponer lo que hizo Moisés y lo que viene a hacer Cristo. Moisés, dice Juan, nos trajo la Ley; «la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo».

Gracia y Verdad. Dos palabras que dan sentido al evangelio de Cristo y a la vida del hombre. Sin Gracia y sin Verdad, el hombre es un ser abandonado a su destino de muerte. En Jesús se cumple lo que dice el salmo 45: «Eres el más bello de los hijos de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente».  ¿De qué belleza se trata aquí? De aquella, que, según Dostoievski, salvaría al mundo.  El escritor ruso pensaba en la belleza de Cristo, que se identifica con la gracia que trasmite su persona y que atraía a enfermos, pecadores, hambrientos y sedientos de verdad. Es la belleza que nos descubre nuestra realidad de criaturas nuevas cuando somos amados y perdonados por el Dios que nos has creado y redimido en Cristo. La belleza que descubrimos en María, «la llena de gracia».

Durante este año jubilar de la misericordia hemos experimentado con mayor intensidad la gracia infinita de Dios. Quienes han abierto sus manos para acoger el agua fresca y pura de la misericordia, sin dejarla escapar del cuenco de su necesidad, habrán percibido que Dios ama sin límites, hasta la donación de sí mismo. La misericordia de Dios llena la tierra y, aunque el problema del dolor y la oscuridad del pecado nos hacen dudar a veces de la misericordia de Dios, el amor es tan fuerte que desvanece toda duda, y la visión de Cristo crucificado sacude de nosotros toda turbación al entender que, si el Hijo de Dios nos amó de tal manera, es que el hombre está salvado y redimido para siempre. Basta que acoja la misericordia revelada en Cristo.

En todas las diócesis del mundo el domingo 13 de Noviembre se clausura este año de la misericordia. El Papa lo hará al domingo siguiente para la Iglesia universal. No hace falta decir que la misericordia continúa y que no se cierran las puertas de la gracia. Este año ha sido un tiempo espiritual intenso para renovar nuestra fe en el amor de Dios y en la capacidad del hombre para abrirse al perdón y ofrecerlo a los demás. Conviene que recojamos los frutos de este año y meditemos en ellos para no olvidar las grandezas de Dios. El hombre tiende al olvido. Pasa de lo eterno a lo efímero, de lo banal a lo sublime, en fracciones de segundo. Se olvida de lo que Dios ha hecho por él y con él. De ahí que la Escritura abunde en frases que comienzan: «Recuerda, Israel…». Y san Pablo dice a los cristianos: «Acuérdate de Jesucristo». En la memoria viva del cristiano el recuerdo de Cristo debe ser permanente, porque es la Gracia que nos salva. Pascal llevaba cosido en una parte de su hábito, para no olvidarlo nunca, el Memorial que había escrito cuando el fuego de Dios abrasó todo su ser con la experiencia de Cristo. La primera palabra que escribe es «fuego». «Quien se acerca a mí, se acerca al fuego», dice un dicho de Jesús. Y más adelante añade Pascal: «Jesucristo. Yo me he separado de Él, le he huido, renunciado, crucificado. Que nunca sea separado de Él». Esto es lo que pedimos al concluir el año de la misericordia. Memoria de Cristo para no ser jamás separado de él.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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La reciente Instrucción de la Santa Sede sobre la cremación de los cadáveres y el respeto que merecen sus cenizas nos ha llegado en vísperas del mes de Noviembre, dedicado a la oración por los fieles difuntos. La visita a los cementerios para recordar a quienes ya partieron, poner flores en sus tumbas y rezar por ellos es un gesto de fe en la resurrección de la carne al fin de los tiempos, cuando Cristo retorne como juez. Visitamos los cementerios porque allí reposan - o duermen, como indica la palabra cementerio (dormitorio) - los restos de nuestros seres queridos, y donde un día reposarán también los nuestros.

 La Instrucción, cuyo título es Ad resurgendum cum Christo (para resucitar con Cristo), sale al paso de ciertas prácticas, cada más frecuentes, como la de conservar las cenizas en el propio hogar, echarlas por aire, mar o tierra, e incluso convertirlas en piezas de adorno corporal. Quien lea detenidamente la breve instrucción descubrirá que la Iglesia quiere recuperar el carácter sagrado del cuerpo, que, aun después de la muerte, sigue siendo parte de la persona. En la antropología cristiana el cuerpo es parte integrante de la persona, llamado a resucitar. Basta asistir a las exequias cristianas para descubrir el respeto sagrado con que se tratan los restos mortales de un cristiano, que ha sido ungido en el bautismo con el santo crisma convirtiéndose en miembro de Cristo y de la Iglesia. Por eso, la Iglesia, desde sus inicios, ha tratado el cuerpo de los difuntos con sumo respeto y veneración, especialmente en el caso de los mártires y santos. Esta costumbre se remonta al trato que tuvo el cuerpo muerto de Cristo, que fue ungido para la sepultura y depositado en el sepulcro. El cuerpo de Cristo no fue un accidente pasajero en su existencia humana, sino parte del Hijo de Dios encarnado que resucitó, con su propio cuerpo, en la mañana del domingo.

El cuerpo del hombre, decíamos, es parte esencial de la persona. Se explica, así, que sea tratado con el máximo respeto y depositado, aunque sean cenizas, en un lugar santo donde acudir para su recuerdo y oración. Así lo ha entendido desde siempre la fe cristiana, que permite por supuesto la cremación, aunque recomiende la inhumación del cadáver, por ser más conforme a la sepultura de Cristo y al hecho de entregar el cuerpo a la tierra de donde fue tomado.

La sepultura, tanto del cadáver como de sus cenizas, recuerda a los familiares y a la Iglesia que la vida del hombre no termina en la tumba. Aunque, después de morir, el alma -que es inmortal- alcanza su destino último, el cuerpo humano, que ha vivido en estrecha comunión con el alma, espera el momento de resucitar según la imagen del cuerpo de Cristo resucitado. La Iglesia afirma que resucitaremos con Él y como Él, y lo que enterramos en debilidad y corrupción resurgirá en fortaleza e incorrupción. El evangelio del primer domingo de Noviembre afirma que Dios, «no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos». Esta es la razón última, bíblica y teológica, para tratar los restos de quienes han muerto como propiedad del Dios Creador, quien, según la Escritura, no es autor de la muerte. Gracias al cuerpo que, unido al alma inmortal, recibimos al inicio de nuestra vida, hemos hecho todo lo que constituye nuestra existencia temporal. Los restos mortales, aun convertidos en cenizas, siguen siendo parte de lo que somos y seremos en la resurrección. Bien lo entendió Francisco de Quevedo en su soneto amor constante más allá de la muerte, que termina con estos dos versos magistrales:

«serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado».

+ César Franco

Obispo de Segovia

Miércoles, 02 Noviembre 2016 10:20

Iglesia en Segovia. Noviembre 2016.

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