cesar

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Sábado, 28 Enero 2017 22:18

Domingo IV (A): La alegría del triunfo

Las bienaventuranzas de Mateo, que leemos en este domingo, inician el sermón de la montaña que Jesús pronunció como un nuevo Moisés. Éste subió al Sinaí para recibir la Ley; Jesús sube al monte para enseñar la novedad más absoluta del Evangelio, la Gracia y la Verdad definitivas. Las bienaventuranzas no comienzan, como la ley antigua, diciendo lo que no debemos hacer: no son preceptos de prohibición: No matarás, no mentirás, no adulterarás… Son afirmaciones solemnes, positivas, enunciados de la felicidad que Cristo propone a los suyos. Su lectura nos fascina, pero su realización nos atemoriza. Parece que Cristo propone metas inalcanzables, realizaciones imposibles. No es así. Propone la felicidad plena. Eso sí: a contrapelo del mundo, que considera las bienaventuranzas como moral de débiles, como consuelo para fracasados, que no han conseguido triunfar en este mundo, donde reina el orgullo, la riqueza y avaricia, la violencia y la lujuria, la risa de quienes pisotean a los pobres y humillados.

Decía san Juan Crisóstomo que sólo los cristianos valoran las cosas en su justa apreciación y tienen motivos muy distintos para alegrarse del resto de los humanos. Dice que quien nunca ha practicado un deporte, cuando ve a un atleta herido, llevando en su cabeza la corona de triunfador, sólo se fija en las heridas y el sufrimiento que ha pasado para vencer. Sólo mira el dolor que comporta la prueba. Se le ocultan las razones de su triunfo y la misma recompensa. En las bienaventuranzas, incluso los cristianos, nos quedamos en la primera parte de los enunciados: bienaventurados los pobres, los que sufren, los pacíficos, los limpios de corazón, etc. Y nuestro hombre viejo se revuelve, como si le acechara la muerte. Y así es. Jesús predica la muerte de lo viejo, lo que no heredará el Reino de Dios: el dinero, el placer, la vida disoluta, la inmisericordia, la injusticia. Todo eso está llamado a morir.

Hay que leer la bienaventuranza entera: el premio del vencedor que está en la segunda parte: Los pobres poseerán el Reino; los que lloran el consuelo; los sufridos, la tierra —se entiende la nueva, la renovada—; los hambrientos y sedientos, la satisfacción; los misericordiosos, la misericordia; los limpios de corazón, la visión de Dios; los pacificadores, el ser hijos de Dios; los perseguidos por la justicia, el reino de los cielos; y los que sufran por Cristo, la recompensa eterna. Esta es la corona del triunfo, que no ven quienes se echan atrás ante la propuesta de ser felices. En realidad, nos echamos en manos de una moral para cobardes y timoratos; o de una moral que se rinde ante lo que ofrece un mundo viejo y caduco, llamado a desaparecer.

Olvidamos también que Cristo hace posible la realización de las bienaventuranzas. San Agustín las comenta, en su tratado sobre la Virginidad, repitiendo, después de cada una: imitad al que la cumplió. Tenemos un modelo insuperable: el testimonio de Cristo, el más feliz de los hombres, que alcanzó la corona de la inmortalidad y la incorrupción. Nadie puede cumplirlas sin mirar a Cristo y asumir su modo de vida, su carrera hacia la dicha eterna. Unidos a él, entenderemos la exhortación de san Juan Crisóstomo: «Si ayunamos, saltemos de gozo como si estuviéramos rodeados de delicias. Si nos ultrajan, dancemos con alegría como si estuviéramos colmados de alabanza. Si sufrimos daños, considerémoslo como una ganancia. Si damos a los pobres, convenzámonos de que recibimos más. Ante todo, acuérdate de que combates por el Señor Jesucristo. Entonces entrarás con ánimo en la lucha y vivirán siempre en la alegría, ya que nada nos hace más felices que una buena conciencia»

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

           Un célebre modernista francés afirmó que «Jesús anunciaba el Reino y vino la Iglesia». Quienes utilizan esta frase, con mayor o menor acierto, participan de un prejuicio común entre los intérpretes racionalistas de los evangelios, según el cual Jesús no quiso fundar nada sino predicar simplemente, como afirma el evangelio de este domingo, que el Reino de los cielos estaba cerca. Por ello, predicaba la conversión a quienes deseaban entrar en ese Reino. Esta forma de pensar pretende contraponer el Reino predicado por Jesús y la Iglesia fundada por sus seguidores.

Junto a este prejuicio racionalista, se alinea también la idea de que Jesús fue un predicador moral de un Reino que le trascendía por ser iniciativa absoluta de Dios. Jesús, por tanto —que, dicho de paso, para los racionalistas no es Dios—, quedaba sutilmente separado de la instauración de dicho Reino. Como predicador, se limitó a llamar a la conversión para entrar en el Reino que Dios establecería en su momento.

Si leemos atentamente el evangelio, sin embargo, observamos que Jesús no sólo predica el Reino de los cielos sino que lo establece con su predicación y con sus gestos. Los evangelistas, obviamente, no son teólogos sistemáticos, pero hilan muy fino cuando se trata de presentar a Jesús como el que inicia entre los hombres el Reino de los cielos, que es una fórmula judía, para hablar de la acción salvadora de Dios entre los hombres. Así, inmediatamente después de llamar a la conversión ante la cercanía del Reino de los cielos, san Mateo narra la elección de los primeros apóstoles, a quienes Cristo saca de su oficio de pescadores en el lago de Tiberiades para hacer de ellos «pescadores de hombres». Esta primera acción de Jesús muestra su voluntad de constituir un grupo —los Doce— que le ayude en su misión de salvar a la humanidad. Si Jesús quiere hacer de ellos pescadores de hombres es porque ha venido a ofrecer a los hombres la salvación de Dios, es decir, quiere introducirlos en el ámbito de la soberanía de Dios que se establece en este mundo con la presencia de Jesús, Hijo de Dios.

En la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 3) se precisa esta relación de Jesús con el Reino que predica y con la Iglesia con extraordinaria claridad: «Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo». No hay oposición entre Iglesia y Reino, porque ambas realidades tienen su interdependencia en la persona de quien las establece, Jesús, el Hijo de Dios. La Iglesia no agota el Reino, pero es su germen e inicio, que llegará a su consumación al final de la historia. Por eso, los apóstoles aparecen cooperando con Cristo en su tarea de establecer el reino de los cielos.

En la capilla de la Conferencia Episcopal Española, el artista jesuita eslovaco Rupnik ha representado a Cristo llevando el timón de una barca en la que están pescando con él los apóstoles. Es la imagen de la Iglesia. Todos tiran de la red, echada al mar, que se llena de peces. Jesús lleva una estola, símbolo del sacerdocio, que sale del mosaico para recaer en el respaldo donde se sienta el que preside la eucaristía. El artista nos ha dejado un detalle precioso de la misión de Jesús: con su mano izquierda, está ayudando a algún pez despistado a entrar en la red, imagen de la la Iglesia y del Reino de los cielos, para que no se prive de la salvación que ofrece. No se puede expresar mejor la voluntad de Cristo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Miércoles, 18 Enero 2017 16:46

Pascua Joven 2017

¿Te vienes con nosotros a vivir una Pascua Joven?

Una Experiencia única preparada para ti.

Un lugar, un espacio, una comunidad, participación, silencio, oración, celebración, en torno a la mesa, con Pan y Vino, con una Cruz y descubriendo el aroma de la Vida.

Cuando sea elevado sobre la Tierra... ataeré a todos hacia Mí (Jn 12,20-33)

 

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Consideramos que son un buen complemento para el programa formativo que estamos desarrollando en los encuentros con Don César y que, sin duda alguna, pueden ayudar a comprender mejor a personajes bíblicos o grandes santos que nos han ayudado y nos siguen ayudando a consolidar nuestra fe con su testimonio de vida.
 
Siguiendo con estas propuestas, os presentamos las siguientes producciones:
 
- San Pablo:
 
https://www.youtube.com/watch?v=UfnpYuuJ4Zs

https://www.youtube.com/watch?v=9Rcxr3IEX4E

- Rey David:

https://www.youtube.com/watch?v=mGSeqGo6V3U

- Rey Salomón:

https://www.youtube.com/watch?v=AMMz-O5ufsY

Para las personas que necesitéis estas películas en formato archivo de vídeo para vuestros grupos de chavales o alumnado de Religión no dudéis en pedirlo.

¡Esperamos que os gusten!

horario delegación

Sábado, 14 Enero 2017 11:23

Carta del Papa Francisco a los Jóvenes

papa francisco escribiendo en el despacho
Queridos jóvenes,
 
Tengo el agrado de anunciarles que en el mes de octubre del 2018 se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». He querido que ustedes ocupen el centro de la atención porque los llevo en el corazón. Precisamente hoy se presenta el Documento Preparatorio, que les ofrezco como una “guía” para este camino.
 
Me vienen a la memoria las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1). Estas palabras están dirigidas hoy también a ustedes: son las palabras de un Padre que los invita a “salir” para lanzarse hacia un futuro no conocido pero prometedor de seguras realizaciones, a cuyo encuentro Él mismo los acompaña. Los invito a escuchar la voz de Dios que resuena en el corazón de cada uno a través del soplo vital del Espíritu Santo.
 
Cuando Dios le dice a Abrahán «Vete», ¿qué quería decirle? Ciertamente no le pedía huir los suyos o del mundo. Su invitación fue una fuerte provocación para que dejase todo y se encaminase hacia una tierra nueva. Dicha tierra, ¿no es acaso para ustedes aquella sociedad más justa y fraterna que desean profundamente y que quieren construir hasta las periferias del mundo?
 
Sin embargo, hoy, la expresión «Vete» asume un significado diverso: el de la prevaricación, de la injusticia y de la guerra. Muchos jóvenes entre ustedes están sometidos al chantaje de la violencia y se ven obligados a huir de la tierra natal. El grito de ellos sube a Dios, como el de Israel esclavo de la opresión del Faraón (cfr. Es 2, 23).
 
Deseo también recordarles las palabras que Jesús dijo un día a los discípulos que le preguntaban: «Rabbí […] ¿dónde vives?». Él les respondió: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). También a ustedes Jesús dirige su mirada y los invita a ir hacia Él. ¿Han encontrado esta mirada, queridos jóvenes? ¿Han escuchado esta voz? ¿Han sentido este impulso a ponerse en camino? Estoy seguro que, si bien el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esta llamada continua a resonar en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Esto será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sabrán emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios en la propia vida. Incluso cuando el camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios, que es rico en misericordia, tenderá su mano para levantarlos.
 
En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, les pregunté varias veces: «Las cosas, ¿se pueden cambiar?». Y ustedes exclamaron juntos a gran voz «¡sí»”. Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo! También cuando adviertan, como el profeta Jeremías, la inexperiencia propia de la joven edad, Dios los estimula a ir donde Él los envía: «No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte» (Jer 1,8).
 
Un mundo mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos. No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3).
 
Así, también a través del camino de este Sínodo, yo y mis hermanos Obispos queremos contribuir cada vez más a vuestro gozo (cfr. 2 Cor 1,24). Los proteja María de Nazaret, una joven como ustedes a quien Dios ha dirigido su mirada amorosa, para que los tome de la mano y los guíe a la alegría de un ¡heme aquí! pleno y generoso (cfr. Lc 1,38).
 
Con paternal afecto,
 
FRANCISCO
 
Vaticano, 13 de enero de 2017

Para una mentalidad moderna, alejada del culto sacrificial que impregnaba la vida del pueblo judío en tiempo de Jesús, la imagen de éste como «cordero que quita el pecado del mundo», resulta incomprensible y anacrónica. Es, sin embargo, la definición que Juan Bautista da a Jesús cuando indica a sus discípulos que deben seguirle. Para los judíos, el cordero no sólo evocaba su vida de nómadas por el desierto, sino que era un símbolo del perdón de Dios. Cada día, mañana y tarde, en el altar de los holocaustos del templo de Jerusalén, se celebraba el llamado sacrificio perpetuo de un cordero de un año como signo de comunión con Dios y petición de perdón. En la fiesta más importante, la Pascua, los judíos sacrificaban un cordero en memoria del que cada familia había sacrificado, al salir de Egipto, para untar con su sangre los dinteles de sus puertas y verse libre de la muerte de sus primogénitos. ¿Y qué judío no sabía que, cuando Abrahán, intentó sacrificar a su hijo Isaac, Dios le impidió hacerlo y en su lugar le mostró un carnero enredado en unas zarzas como víctima del sacrificio?

El cordero, además, era un símbolo de una figura misteriosa, que aparece en el profeta Isaías, el llamado «Siervo de Yahvé», el cual entregaría su vida como expiación del pecado del mundo. El profeta le compara con un «cordero llevado al matadero», que no abrió la boca ante quienes le sacrificaban. Es sabido que, Jesús, en la última cena se identificó con este personaje al decir, en las palabras sobre el cáliz, que su sangre sería derramada «por muchos». No sorprende, pues, que cuando san Pablo escribe su primera carta a los Corintios diga, que «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolada», que puede ser traducido perfectamente, por «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado».

Detrás de esta simbología se esconde una verdad que puede ser comprendida por los hombres de todas las culturas. En Cristo, Dios nos ha dado a Aquel que ha querido cargar con el pecado de la humanidad para borrarlo definitivamente. Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. El sacrificio perfecto. Lo ha hecho, como dice san Pablo, porque nos amó y entregó su vida por nosotros. Los judíos eran conscientes de que la sangre de los animales no podía borrar los pecados. Sus sacrificios eran simples símbolos que personificaban el anhelo común de verse libres de sus culpas. Una vez al año, el gran Día del Perdón, se anunciaba públicamente que Dios había perdonado los pecados de Israel. Aún así, cada año debían repetir el mismo sacrificio.

Jesús cumple las esperanzas de Israel y de todos los pueblos que buscan la reconciliación con Dios. El se ofrece libremente y, por ser quien es, el Hijo de Dios, lleva a la perfección a todos los sacrificios que el hombre podía imaginar e instituir. Dios nos ha reconciliado en Cristo, que asume sobre sí el pecado del mundo. Ese pecado que tanto nos cuesta aceptar como propio y que, incluso cuando lo reconocemos, sigue acusándonos en nuestro interior como si fuera la carga pesada que debemos portar durante toda nuestra vida. Escribe Nietzsche: «He hecho esto, dice mi memoria. No puedo haber hecho eso, dice mi orgullo y permanece imperturbable. Finalmente cede la memoria». Cristo ha superado para siempre esta tensión ente la memoria y el orgullo. Aunque recordemos nuestros pecados, sabemos que han sido perdonados por el amor de Cristo, que es lo que permanece para siempre aunque nuestro orgullo se resista a aceptar el perdón. Cristo es el Cordero inocente que ha quitado el pecado del mundo. Y este perdón permanece vivo en la memoria de cada cristiano y de la Iglesia.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Miércoles, 11 Enero 2017 17:24

PASCUA JOVEN 2017

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Miércoles, 11 Enero 2017 16:57

Teoría de género

¿Quieres conocer los fundamentos de nuestra fe, participar y resolver dudas?

Sin miedo, estás invitado a la Conferencia de Benigno Blanco sobre Teoría de Género. ¡Te esperamos!.

Lunes 16 las 19.00 horas en la Casa de Espiritualidad.

Teoría de género

Sábado, 07 Enero 2017 20:37

Bautismo del Señor

           El bautismo de Jesús en el Jordán ha sido representado en el Oriente cristiano con iconos bellísimos que sorprenden por su densidad teológica llena de simbolismos. Jesús aparece con el agua del río que le llega hasta la cintura, o hasta los hombros. Pero en el icono más divulgado las aguas aparecen incluso por encima de su cabeza. Esta representación del bautismo se denomina «sarcófago acuoso» porque Cristo, con su cuerpo rígido como un cadáver, parece que está colocado en un sepulcro lleno de agua. Esto tiene relación con el rito bautismal de la primitiva Iglesia que se realizaba sumergiendo tres veces al neófito en el baptisterio hasta cubrirle la cabeza con agua, indicando que se sepultaba en la muerte de Cristo para resucitar a la vida nueva del Resucitado. No hay que olvidar que la palabra «bautismo» viene del griego y significa «inmersión».

¿De dónde viene esta simbología? Cuando Cristo acude a bautizarse en el Jordán, hace un signo de humildad al situarse en la fila de los pecadores que hacían penitencia. No extraña, pues, que Juan Bautista se resista a bautizarlo porque sabe que Jesús es santo y no necesita convertirse. Jesús se impone a Juan diciéndole que es preciso «cumplir toda justicia», es decir, hacer la voluntad de Dios. Ahora bien, la voluntad de Dios sobre Cristo es que se una a los pecadores para salvarlos. Su mismo nombre —Jesús— significa que viene a salvar a su pueblo de sus pecados. Sumergirse en las aguas del Jordán es un símbolo de que Jesús descenderá a las profundidades de la muerte, morirá como todo hombre para salvarnos del pecado. Así lo explica san Cirilo de Jerusalén con una fórmula magistral: «Habiendo bajado a las aguas, ató al fuerte». Ese fuerte del que habla san Cirilo es el diablo. Pero Cristo es más fuerte que él, y puede atarlo y arrebatarle sus rehenes. En su Bautismo, Cristo desciende simbólicamente a las aguas de la muerte para salir de ellas como el Nuevo Adán que viene a reparar la obra del primero. Por eso se le pinta en algunos iconos totalmente desnudo, como estaba Adán en el Paraíso antes de pecar, con la pureza original dada por Dios en la creación.

El relato del bautismo termina con el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús, que viene a ungir su carne recibida en la encarnación y disponerle así a su misión, en cuanto Dios hecho hombre. Esta unción aclara la santidad de aquel que se solidariza con los pecadores. El Padre, con su voz, revela la identidad más íntima de Cristo: «Éste es mi Hijo amado en quien me complazco». No hay duda, pues, sobre quién es Jesús y cuál es su misión. Al solidarizarse con los pecadores, compartiendo nuestra naturaleza herida por el pecado, Jesús prepara el camino de la redención, que se realizará en su muerte y resurrección, cuando Cristo lleve a término su «bautismo», la «inmersión» en su propia muerte, y «guste la muerte por todos». «Gustar la muerte» y «beber el cáliz» son expresiones simbólicas para indicarnos que la solidaridad de Cristo le lleva a sumergirse en el oscuro mundo del pecado, representado por las aguas del Jordán que le anegan.

Gracias a este bautismo, nosotros somos bautizados y regenerados a la vida nueva del Resucitado. En nuestro bautismo, si nos atenemos a lo que enseña san Pablo, padecemos nuestra verdadera muerte: la muerte al hombre viejo y caduco, la muerte a nuestra condición pecadora, la muerte a todo lo que nos impedía mirar con esperanza el término de nuestra vida, cuando suframos la muerte física. Sumergidos en Cristo, no debemos temer la muerte, porque quien tenía el dominio de esta muerte, el diablo, ha sido atado por Cristo al descender a las aguas del Jordán.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

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            Desde 1968, por voluntad del beato Pablo VI, el primer día del año se celebra la Jornada de la Paz. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II trasladó al 1 de Enero la fiesta de Santa María Madre de Dios con la máxima categoría de solemnidad. La paz aparece así vinculada a María, que nos trajo al Príncipe de la paz, Jesucristo. La Iglesia no habla de una paz cualquiera, ni del fruto del ejercicio diplomático de los estados que luchan por instaurarla en todos los países. La paz que propone la Iglesia, y por la que ora, es aquella que los ángeles cantaron junto a la gloria de Dios en las alturas el día del nacimiento de Jesús. Nace en el cielo y llega a la tierra de la mano del Hijo de Dios, que viene a derribar el muro que separa a los hombres, a saber, el pecado. ¿Es esto una espiritualización de la paz?  En absoluto. Hablar de paz es hablar de armonía entre Dios y los hombres y de estos entre sí. Armonía que ha sido rota por el pecado, origen de todo conflicto, guerra, división y muerte. Por el pecado entró la muerte en el mundo. La paz de Cristo restaura la armonía y nos hace a los hombres hermanos. Sin este sentido de la paz, ésta quedará sin fundamento y será imposible materializarla en tratados de paz duraderos y fecundos. No se espiritualiza la paz cuando se la fundamenta en el plan mismo de Dios que establece Cristo para la humanidad.

            Dice el evangelio que los pastores, cuando encontraron a María, a José y al niño, «contaron lo que les habían dicho de aquel niño». Detrás de esta afirmación de Lucas, hay un profundo mensaje sobre el regalo que trae Jesucristo. ¿Quiénes y de qué hablaron a los pastores de aquel niño? El evangelista se refiere a lo narrado anteriormente: la aparición de los ángeles a los pastores, comunicándoles la «buena nueva», el evangelio de la salvación sintetizado en estas palabras: «Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». Y en torno a este anuncio gozoso, se entona por vez primera el «gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Esto es lo que contaron los pastores.

            Aún hay más significado en el anuncio a los pastores. El hecho de que sean los pastores los primeros destinatarios del anuncio del nacimiento del Salvador y de la paz que trae a la tierra no es anecdótico, ni puede reducirse a un dato bucólico de la escena navideña. En tiempo de Jesús los pastores estaban considerados por ciertos sectores religiosos entre las categorías de personas que, por los oficios viles que realizaban, eran considerados «pecadores». Entre estos oficios estaba el de pastores, pues «se sospechaba que conducían los rebaños a campos ajenos y que sustraían de los productos del rebaño» (J. Jeremias). Al constatar Lucas que los pastores reciben el «evangelio» de la paz, rompe estos prejuicios religiosos y afirma que son precisamente los considerados «pecadores» por la espiritualidad farisea quienes reciben el mensaje gozoso de la paz que trae Jesucristo. Frente al desprecio que estas personas experimentaban por parte de quienes establecían las fronteras entre el pecado y la santidad, los ángeles anuncian el nacimiento de quien con la entrega de su vida viene a buscar a los pecadores. Se explica así que los pastores se admiraban de lo que habían oído de aquel niño. Es la admiración que produce el evangelio como buena nueva de la salvación, el estremecimiento espiritual de quienes se sienten amados por Dios que rompe las fronteras que establecen los hombres.

            San Lucas afirma que María conservaba todo esto meditándolo en su corazón. Hagamos como ella y también nosotros seremos instrumento de paz entre los hombres. ¡Que venga la paz en este año 2017!

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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