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Jueves, 02 Agosto 2018 19:39

Lo transitorio y lo perenne, D.XVIII T.O.

La multiplicación de los panes y los peces despertó en los seguidores de Jesús la pregunta sobre si él sería el rey esperado. Su capacidad de alimentar a multitudes con solo cinco panes y dos peces suscitaba credibilidad. Asegurar el pan de cada día no es cosa baladí. Pero Jesús no es amigo de confusiones y, cuando comprende que quieren hacerle rey, huye a la soledad de la montaña para orar. Al regresar, establece un diálogo con la gente sobre los motivos por los que le busca. Les echa en cara que no le buscan por haber comprendido su autoridad moral y su enseñanza, sino porque han comido hasta saciarse, olvidando que hay un alimento que perece y otro que perdura para la vida eterna.

            Nos encontramos con el eterno problema del hombre: quedarse en lo transitorio o aspirar a lo eterno. Vivir en clave de temporalidad o trascender el tiempo con la eternidad. En la época de Jesús, esta dialéctica entre lo temporal y lo eterno se comprendía bien, pues el ambiente y la cultura religiosa lo favorecía. Aún así, la espera del Mesías estaba muy centrada en el anhelo de ver saciadas las aspiraciones más inmediatas del hombre, lo que hoy llamamos la cultura del bienestar. Vivir lo mejor posible. Despreocuparse del futuro, sobre todo si el futuro es tan difuso como la eternidad. Aunque confesaban la fe en el Dios revelado, el que resucita a los muertos, la sociedad judía en general pensaba en un Mesías que les diera prosperidad temporal. Como sus antepasados, muchos preferían tener asegurados los ajos y las cebollas de Egipto antes que ponerse en camino hacia la tierra prometida. Por eso, le piden signos a Jesús para que puedan confiar en él como Mesías.

            Como respuesta, Jesús, les exhorta a trabajar por tener fe y por aspirar al pan que no caduca, el Pan vivo del cielo, que es él mismo. Su argumento es muy sencillo: si él ha multiplicado los panes y los peces no es para asegurar lo material de cada día, sino para que entiendan que puede darles aquello que sólo viene del cielo. Con su habitual pedagogía, Jesús intenta revelar al hombre que el deseo profundo del corazón va más allá de las necesidades materiales del momento, que, una vez saciadas, no dejarán al hombre satisfecho plenamente, pues la felicidad a la que aspira no es de orden material, sino espiritual.

            ¿Espiritual? ¿Entendemos esta palabra? ¿O nos parece superada, perteneciente a tiempos pasados? El hombre que vive apegado a los sentidos corporales, aferrado a lo material, se hace incapaz, según san Pablo, de entender lo espiritual, que afecta al hombre en su dimensión trascendente. Hoy, dice el Papa Francisco, se impone la cultura dominante en la que ocupa el primer lugar «lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede a la apariencia» (EG 62). Duro lo tienen quienes se decidan a hablar del Espíritu y de lo espiritual como fundamento de la existencia humana. Dirán lo que le espetaron a san Pablo cuando, en Atenas, tuvo la osadía de hablar de la resurrección: De esas cosas ya te oiremos en otra ocasión. Y le dieron la espalda.

            Nuestra sociedad se ha conformado con aspirar a que este suspiro que es la vida, trascurra pacíficamente, sin sobresaltos, sin cuestiones inoportunas que nos aparten un ápice del disfrute sensual y hedonista que nos proponen los ideólogos del momento, profetas de la ensoñación y del divertimento. Contra ellos combatía Rilke en una de sus elegías, que presenta la vida como una feria, en la que todos se divierten bebiendo una cerveza llamada «sin muerte», que sin embargo no logra apartarlos de lo real: la muerte que intentan olvidar. De ahí que Jesús ofrezca un pan que da la Vida.

+ César Franco

Obispo de Segovia   

Domingo, 29 Julio 2018 08:34

Un Dios derrochador. D.T.O.XVII

Se ha dicho que Dios no se deja ganar en generosidad. Su gracia es siempre sobreabundante y desborda las necesidades del hombre. Basta sólo pensar en la creación de la nada para vivir en un asombro permanente ante la generosidad de Dios al crear los mundos y desbordarnos con sus dones.

              Los gestos milagrosos de Jesús en el evangelio de Juan también lo presentan como el Mesías que nos trae la abundancia de bienes, como habían anunciado los profetas. En este domingo, la Iglesia lee el relato de la multiplicación de panes y peces según el cuarto evangelio. Ante una multitud de unos cinco mil, contando sólo los hombres, Jesús pregunta a sus discípulos qué hacer para darles de comer. Estos se sienten incapaces pues carecen del dinero necesario. Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, cantidad insuficiente para una multitud. Jesús da la orden de que sienten para comer y realiza el milagro. Fue repartiendo el pan y dando de los peces todo lo que quisieron.

              Si leemos con atención este relato y el discurso del pan de vida que le sigue, nos daremos cuenta de que la intención del evangelista es presentarlo como un anticipo de la eucaristía. Jesús no ha venido a saciar a los hombres con el pan material. Por eso, cuando se da cuenta de que, por haber saciado el hambre de la multitud, quieren hacerlo rey, se retiró él solo a la montaña. No han entendido su mensaje, que explicará más tarde.

              En el Antiguo Testamento hay un relato, mucho más escueto, que narra un milagro parecido del profeta Eliseo. Se trata de una multiplicación de panes de cebada, veinte en concreto, que multiplicó para dar de comer a cien hombres. Los dos relatos se leen en la liturgia de este domingo con una intención pedagógica muy clara. Por una parte, se quiere subrayar que Cristo es el cumplimiento y la superación de la Escritura. Él nos trae la sobreabundancia del Mesías. Con menos panes y dos peces hace más que Eliseo. Este dio de comer a cien personas; Jesús a más de cinco mil. De Eliseo no se dice que lo hiciera él mismo, sino Dios que actuaba por medio de él. Jesús lo hace él mismo, repartiendo los panes y dando de los peces. Aunque en ambos milagros se dice que sobró, Juan afirma que con las sobras de los cinco panes llenaron doce canastas.

              Este contraste entre lo que hace un profeta afamado, como Eliseo, y Jesús subraya que Dios, en su Hijo, se muestra como «el derrochador más despreocupado», según dice un teólogo. San Pablo dirá que Dios en Cristo nos ha bendecido y enriquecido con toda clase de bienes. Es la sobreabundancia divina en acto, capaz de tomar lo poco que tenemos para devolvérnoslo multiplicado con medida superior al ciento por uno.

              Cuando Jesús parta el pan y entregue el cáliz en la última cena, comprenderemos hasta qué punto Dios derrocha sus bienes con los hombres. Dios no tiene medida en la donación de sí mismo, puesto que la medida es su propio Hijo, infinito como el Padre. Dios es pura donación. Y si pide algo de los hombres, lo hace para darnos a entender que «necesita» de nosotros para llegar a donde nosotros no podemos con nuestros medios. Si pide mi tiempo, mis manos y mis pies, mis medios, es para mostrar su capacidad infinita de amar y enseñarnos a colaborar con él aprendiendo a derrochar también nosotros los bienes, muchos o pocos, que tengamos. Así lo han hecho los santos que se han fiado del Dios capaz de transformar nuestra pobreza en un inconcebible derroche de amor. Por eso, Jesús manda que se recojan todas las sobras para darnos a entender que no se puede desperdiciar nada que viene de él. Siempre habrá algún necesitado que pueda beneficiarse de su amor.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Jueves, 28 Junio 2018 07:28

Enfermedad y muerte D. T.O. XIII

La curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, que leemos en el evangelio de este domingo, presentan a Jesús sanando y resucitando. Estos milagros son la prueba de que es el Mesías esperado, tal como habían anunciado los profetas. Sin embargo, relatos como este suscitan, según Urs von Balthasar, «preguntas terribles», que formula de esta manera: «¿Por qué entonces tienen que enfermar tantos hombres después de él y por qué tienen que morir todos? ¿Quiere Dios la muerte? Si nada ha cambiado en el mundo, ¿para qué vino Cristo a él?».

            La revelación bíblica deja claro que «Dios no hizo la muerte». Su presencia en el mundo se atribuye a la envidia del diablo que, como ángel caído, no podía soportar la felicidad del hombre en estado de gracia. El dogma del pecado original explica el desorden que ha sufrido la humanidad, que padece la enfermedad y camina hacia la muerte. Por eso nos preguntamos, si Cristo vino para remediar estos males, ¿por qué no lo ha hecho de modo definitivo y universal?

            En el precioso relato del evangelio al que hemos aludido, Jesús ofrece alguna pista para responder a estas preguntas. Cuando llega a casa de Jairo y escucha el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, Jesús afirma: «¿Qué estrépito y lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Jesús entiende la muerte como un sueño, como dice también antes de resucitar a su amigo Lázaro. Para Cristo, la muerte verdadera, que el Apocalipsis llama «segunda muerte», no es la física, sino la espiritual que sucede más allá del morir terreno. También la enfermedad, que según la mentalidad judía era una premonición de la muerte, para Jesús no tiene la trascendencia que le otorgan los hombres. Se explica así que la hemorroísa es curada con sólo tocar el manto a Jesús gracias a la fuerza que dimana de él.

            La venida de Cristo a este mundo ha dejado las cosas aparentemente iguales, pero no es así. Jesús es resurrección y vida y su fuerza ha penetrado en la entraña de lo humano reorientando todo hacia la plenitud de Dios. No cabe duda de que la enfermedad y la muerte siguen siendo un enigma de la condición humana, pero ha sucedido algo que nos permite responder a esas dramáticas preguntas que el hombre se hace en su interior. San Pablo lo explica muy bien en el capítulo 8 de la carta a Romanos, cuando afirma que estamos salvados «en esperanza» y que aún no vemos lo que se desvelará en el momento final de la historia. ¿A qué se refiere? Sencillamente a que el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, y con ella todo sufrimiento y la misma muerte. Jesús ha respondido con su vida y su entrega a las preguntas del corazón humano: ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué morimos? ¿Por qué este mundo parece que se le ha escapado a Dios de las manos? Estas preguntas están ya en el Antiguo Testamento, en los Salmos y libros sapienciales, en los profetas, que gritaban a Dios para quejarse de sus planes incomprensibles. En Cristo está la respuesta, y especialmente en el silencio sobrecoger de su muerte y de su descenso a lo más ínfimo de la condición humana, donde se ha hecho solidario con lo que el hombre rechaza como inaceptable a la razón. Jesús ha roto esa frontera y nos ha dado signos de que en él está la Vida y la Resurrección y que la muerte no tiene su origen en Dios.

            Es posible que nos falte la fe de aquella mujer que padecía hemorragias de sangre y le bastó tocar el manto de Jesús para ser curada. O la de Jairo, que, aún sabiendo que su hija había muerto, confió en que Jesús podía devolverla a la vida. Bastó con tomarla de la mano para que la niña despertara del «sueño» y echara a andar.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

Sábado, 23 Junio 2018 14:12

VIII Concurso “Dibujando la Biblia”

Organizado por al Delegación diocesana de Enseñanza.

Hoy en la capilla que alberga la imagen de San Alfonso Rodríguez de la Catedral de Segovia, el Obispo Mons. César Franco ha entregado los premios a los distintos alumnos que han tomado parte en esta VIII edición del concurso “Dibujando la Biblia” que organiza la Delegación diocesana de Enseñanza en colaboración con los profesores de religión. El tema elegido para este curso fue la figura del santo segoviano San Alfonso Rodríguez pues precisamente en el mes de octubre se cumplieron cuatrocientos años de su muerte. Han sido más de 2000 los dibujos recibidos y más de veinte los colegios que han tomado parte. Repartidos en todas la categorías desde Infantil hasta 6 de Primaria. Los dibujos ganadores y muchos otros de los que han participado podrán contemplarse en el claustro de la catedral desde hoy y hasta el día 28 de junio.
Los ganadores por categorías en archivo adjunto.

La Capilla de Juan de Juni, también conocida como Capilla de La Piedad, abre tras meses de una intervención general para recuperar su interior.

Restauración

Desde enero del presente año y con una inversión total de 145.000€, los restauradores Paloma Sánchez, Graziano Panzieri y su equipo han centrado los trabajos de restauración en las grietas e imperfecciones de la bóveda -incluidas claves y plementería- y en las paredes.

En este proceso integral de conservación y mantenimiento, el retablo "Llanto sobre Cristo Muerto", del escultor Juan de Juni, ha sido sometido a una limpieza integral, al igual que la reja procedente de la antigua catedral y forjada por Fray Francisco de Salamanca en 1506.

El coste de la restauración se ha financiado gracias a los ingresos de las entradas de los turistas y visitantes. Desde el año 2016, 3.376.445, 92 euros han sido destinados a un total de 24 actuaciones en diferentes partes del templo.

Historia de la Capilla de La Piedad

La Capilla de la Piedad de la Catedral de Segovia se enmarca dentro de la primera etapa constructiva del templo, entre los años 1527-1557, y que tuvo como principales maestros al arquitecto Rodrigo Gil De Hontañón, su aparejador, García de Cubillas, y al canónigo fabriquero, Juan Rodríguez.

Las obras de construcción de la Capilla de la Piedad y del resto de las capillas de la nave del Evangelio se centraron en el año 1532 bajo la supervisión del maestro de la Catedral de Toledo, Enrique Egas. En ese año se instalaron los andamios para levantar las cubiertas de las capillas en un orden regido desde el crucero hasta los pies.

Una vez terminada su estructura, la Capilla de la Piedad fue concedida en 1551 al fabriquero Juan Rodríguez para su enterramiento, ya que desde el inicio de la fábrica -1525- había sobrellevado las obras. Fue la primera Capilla que otorgaba el Cabildo y, a cambio, Juan Rodríguez debía de pagar la reja -en este caso su traslado y reparación ya que procedía de la antigua catedral-, el retablo y los ornamentos.

Esta reja fue forjada por fray Francisco de Salamanca en 1506. Se corona por un calvario y, a ambos lados, se sitúan los apóstoles Pedro, Pablo, Santiago y Andrés.

Cronológicamente, y como obra principal, destaca el retablo de “El Llanto sobre Cristo Muerto”, obra de Juan de Juni, que realizó entre los años 1565 y 1571. En este último año, el 29 de abril, el pintor medinense, Santos Pedrill, fue el encargado de pintar las bóvedas, trabajo que nunca finalizaría y del que solo queda constancia la inscripción del friso y el trono de ángeles alrededor de la Cruz sobre el testero de la Capilla, como coronación simbólica del retablo de Juan de Juni.

Para comprender la grandeza que ocupa Juan Bautista en el calendario y veneración de la Iglesia, bastarían las palabras de Jesús que lo proclama «el mayor entre los nacidos de mujer» (Mt 11,11). Su honor reside, no obstante, en su humildad. Juan había creado una escuela de discípulos, que lo tenían por el profeta esperado. Cuando aparece Jesús, sin embargo, no duda en señalarle como Mesías y orientar a sus discípulos hacia él. Se siente indigno de bautizar a Jesús y de desatarle las correas de sus sandalias. Su lema fue: «Él (Jesús) tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Y ese fue su destino: desaparecer cuando Jesús se presenta como el Ungido de Dios. No desapareció de cualquier manera, sino derramando su sangre por denunciar el adulterio de Herodes Antipas. Es mártir de Cristo.

Cuando las autoridades de Jerusalén le preguntan sobre su identidad, Juan niega que sea el Mesías o Elías o el Profeta. Se define como la voz que prepara en el desierto el camino del Señor. Es la voz que remite a la Palabra. La lámpara que presagia la Luz del mundo, Jesús. Su misión es ser precursor, abrir el camino a Cristo mediante su predicación ardiente, que lo convierte en el profeta Elías redivivo, como dice Jesús. Así como Elías anunciaba el juicio inminente de Dios, Juan Bautista proclama que Cristo trae un bautismo de fuego para santificar a su pueblo. Todo en Juan apunta a Cristo, como plasmó admirablemente el pintor alemán M. Grünewald en su retablo de Isenheim al situar, de modo anacrónico pero certero, al Bautista en el monte Calvario que apunta con su potente dedo al Crucificado, recordando aquella exclamación: «He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». 
Hay un calificativo de Juan Bautista menos conocido, que revela, sin embargo, un aspecto decisivo de su identidad y misión. Cuando los discípulos de Juan acuden a él para decirle que Jesús también bautizaba, aquel responde: «El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada» (Jn 3,29). Juan se define a sí mismo como «el amigo del esposo», que es Cristo. Esta imagen desvela la conciencia que Juan tenía de Jesús y de sí mismo. En el Antiguo Testamento Dios es presentado como el esposo de Israel y, en un sentido más amplio, de la humanidad. La imagen de las bodas sirvió para representar la unión entre Dios y su pueblo que se desposarían en alianza eterna y definitiva, fuente de alegría desbordante. No hay mayor intimidad que ésta: Dios unido para siempre con Israel y con todos los hombres. Al definirse a sí mismo como «amigo del esposo», Juan afirma de modo indirecto que en Jesús Dios se manifiesta como el esposo que consumará la alianza con los hombres. En esa alianza, Juan tiene el puesto de «amigo» que disfruta asistiendo a la boda y escuchando la voz del esposo, de forma que su alegría está colmada. No necesita más. Por eso a renglón seguido dice que él tiene que menguar y Cristo crecer. 
Jesús y Juan están unidos en un mismo destino que se inicia en la concepción de ambos. Cuando María visita a Isabel, ambas han concebido milagrosamente. Al escuchar Isabel el saludo de María, Juan salta de gozo en su seno como signo de la cercanía del Mesías. Es la alegría de la salvación que trae Jesucristo. Por eso, cuando, al nacer, intentan ponerle el nombre de Zacarías, como su padre, éste escribe en una tablilla: «Juan es su nombre». En hebreo, Juan significa «Dios se compadece». Con su nacimiento, se anuncia que Dios se dispone a visitar y compadecer con su pueblo en la persona de Jesús.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Miércoles, 13 Junio 2018 11:59

CURSO DE MISIONOLOGÍA EN SEGOVIA

Para toda persona que quiera conocer los rasgos de la misión y cómo la viven algunos misioneros, la Universidad San Dámaso y las Obras Misionales Pontificias presentan un curso de verano que satisfará estas inquietudes.

Será del 25 al 30 de junio y en él se sucederán, además de las intervenciones de profesores, mesas redondas, testimonios misioneros, vídeo-forum…

El título, “El Espíritu nos impulsa por los caminos del mundo”, plantea la labor en cada persona del verdadero protagonista de la misión, el Espíritu Santo.

Como dice el Papa Francisco en la reciente exhortación Gaudete et Exsultate: “Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible”.

El curso tendrá lugar en la Casa de Espiritualidad San Frutos, de Segovia, c/ Obispo Gandásegui, 7, en régimen de internado pero con la oportunidad de llevar a cabo visitas culturales por la ciudad del acueducto, del alcázar y de Santa María…

CURSO DE VERANO DE MISONOLOGÍA

Destinatarios

El Curso está abierto a todos aquellos interesados en la misión evangelizadora de la Iglesia, de manera especial están invitados los alumnos de teología o ciencias religiosas, miembros y voluntarios de las Delegaciones Diocesanas de Misiones y Dirección Diocesana de OMP, personas integradas en la pastoral misionera y, en general, agentes de pastoral y jóvenes que se preparan para una experiencia misionera de corta duración.

El Curso se hace en régimen de internado para aprovechar la oportunidad de orar y celebrar juntos, así como compartir fraternalmente las experiencias misioneras personales. Además el programa incluye diversas actividades complementarias como un video-fórum, una mesa redonda con testimonios misioneros y actividades culturales.

Finalidad

Ahondar en la teología de la Misión, profundizar en algunos retos actuales de la evangelización, reflexionar juntos, intercambiar experiencias sobre la animación misionera y participar en unas jornadas de convivencia misionera

Temario del curso

Los contenidos del Curso de Verano son distintos cada año, impartiendo dos asignaturas completas del Curso de Evangelización Misionera y otras materias suplementarias. Ver VI Curso de Verano de Misionología 2018: “El Espíritu nos impulsa por los caminos de la Misión”

CURSO DE VERANO DE MISIONOLOGÍA 2018

“El Espíritu nos impulsa por los caminos de la Misión” será el eje central del VI Curso de Verano de Misionología organizado por la Cátedra de Misionología de la Universidad San Dámaso en colaboración con Obras Misionales Pontificias.


Curso de verano 2018

Fecha: 25 al 30 de junio
Lugar: Casa de Espiritualidad San Frutos
C/ Obispo Gandasegui, 7 de Segovia.

Información e inscripciones

Facultad de Teología San Dámaso
Secretaría técnica, c/ Jerte, 10
28005 Madrid
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

http://www.sandamaso.es/actos-ac…/curso-de-misionologia-2018

Miércoles, 13 Junio 2018 11:57

CAMINO DE SANTIAGO


Apúntate ya. Puedes hacerlo también en tu parroquia o en el Obispado.
Ruta. Sarria - Portomarín - Palas del Rei - Arzúa - Pedrouzo - Santiago de Compostela. (etapas desde 18 km a 29 la más larga)

Miércoles, 06 Junio 2018 07:08

Tiempo y espacio para madurar

EDETIL, es la Escuela Diocesana de Educadores de Tiempo Libre de Segovia y como nuestro nombre indica pertenecemos a la Diócesis de Segovia. Ya son más de 25 años de experiencia los que nos avalan en la organización de actividades de ocio y tiempo libre entendiendo este como un espacio necesario y liberador para las personas, que fomenta su descanso, diversión y desarrollo personal. En virtud de nuestra identidad las actividades que desarrollamos inciden especialmente en una educación en valores desde una perspectiva cristiana del mundo. Por este motivo hemos querido este año contar con la presencia de capellanes permanentes en los campamentos y planear una continuidad a estas actividades ofreciendo, después del verano, encuentro periódicos con los acampados con el fin de favorecer un acompañamiento y formar grupos de jóvenes cristianos donde ofrecerles una educación que les ayude a su maduración humana y cristiana.
Señalar también el especial papel y protagonismo que tiene en la escuela la cantidad de voluntarios que participan con nosotros, y que son los que hacen posible que las actividades se hagan realidad y facilitan un precio más asequible de nuestras actividades que hacen que estas sean más cercanas a todos los públicos. Nos orgullece decir que este verano tendremos participando a lo largo de las diferentes actividades más de 30 voluntarios entre equipo de monitores y coordinadores y otras funciones como cocina e intendencia. 
A nivel formativo decir que EDETIL es una Escuela reconocida por la Junta de Castilla y León, y las titulaciones obtenidas tras nuestros cursos de monitor, coordinador, especialidad… son títulos y certificados oficiales y homologados. El año pasado participaron en nuestras actividades más de 1760 personas y para este verano la oferta de actividades que proponemos se resume de la siguiente manera: Para niños de 5 a 10 años 80 plazas en los campamentos urbanos de Segovia y otras 80 plazas en los campamentos de iniciación. Con los campamentos de inglés, y de playa ofertamos un total de 320 plazas para niños de 9 a 13 años. Para chavales de 14 a 17 años 50 plazas de playa.

EDETIL
Más información en: edetil.org

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo siempre sorprenden a los lectores. Dice que «todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre» (Mc 3, 28-29). ¿Cómo es posible que este pecado no tenga perdón? ¿No es infinito el amor de Dios e infinita su capacidad de perdonar?

            Para entender esta afirmación de Cristo, conviene situarla en su contexto histórico. La enseñanza y la actividad de Jesús suscitó fuertes controversias, muchas alimentadas por la admiración hacia su persona y otras por el odio que alentaban sus enemigos. Sus propios familiares, dice Marcos en el evangelio de este domingo, llegaron a pensar que estaba loco. En este contexto, se añade que los escribas de Jerusalén pensaban que estaba endemoniado y que expulsaba los demonios por un pacto con el jefe de los demonios. Contra esta acusación, Jesús se defiende con un argumento contundente: Es imposible que Satanás luche contra sí mismo para dividir su reino. Los milagros de Jesús, especialmente las curaciones de posesos, indican que él es más fuerte que Satanás y puede arrebatarle sus rehenes. Y para dejar claro en qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo, añade el evangelista: «Se refería a quienes decían que tenía dentro un espíritu inmundo».

            Equiparar al Espíritu Santo con Satanás constituye una blasfemia imperdonable, pues da por supuesto que quien llega a tal extremo se cierra al arrepentimiento y al perdón. Un teólogo de nuestro tiempo comenta así esta blasfemia contra el Espíritu Santo: «Es una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús es visible a quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres —también la Iglesia— su acción puede ser criticada, pero donde es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a él se condena a sí mismo». Se explica así por qué Jesús, cuando invita a creer en él a quienes se le oponían de modo pertinaz, les ofrecía el testimonio de sus obras: Si no creéis en mi, al menos creed en mis obras que dan testimonio de mí. Si Jesús, en efecto, realizaba milagros, cuyos contemporáneos reconocían, era en razón de su poder espiritual y de su estrecha unión con su Padre. Interpretar este poder como signo de un pacto con el demonio significaba oponerse radicalmente a Dios y negar en definitiva el bien supremo. Tal posición incapacita para recibir el perdón. No es que Dios no pueda perdonar; es el hombre el que se opone a recibir la verdad y el amor.  Aquí radica el drama enorme de la libertad humana que puede oponerse a Dios hasta sus últimas consecuencias.

            El evangelio de este domingo, sin embargo, no es sombrío, a pesar de esta seria advertencia de Jesús. Cuando le dicen a Jesús que su madre y familiares le buscan, Jesús afirma: «¿Quiénes son mi madre y ms hermanos? Y  paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,35). En contraste con aquellos que blasfemaban contra el Espíritu, aparece la comunidad de Jesús, que escucha su palabra y le sigue. Son los bienaventurados y sencillos de corazón que perciben en Jesús la presencia misma de Dios, actuando en la historia, y se adhieren con fe y alegría a quien revela la autoridad de Dios en sus gestos y palabras. Esta es la familia de Jesús, que no se rige por categorías de carne y sangre sino por la fe. Esta familia nacida en torno a Jesús, la Iglesia, es el signo más elocuente de que la acción de Cristo desautoriza la crítica de sus enemigos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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