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Jueves, 02 Junio 2022 08:37

«El Sínodo en la perspectiva de Pentecostés» Solemnidad de Pentecostés

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El pasado 15 de mayo clausuramos la etapa diocesana del Sínodo de Obispos convocado por el Papa para el año 2023 sobre el tema «Por una iglesia sinodal: comunión, participación y misión». El resumen de las diversas aportaciones es muy ilustrativo del interés que ha suscitado esta convocatoria en la que han podido participar quienes han querido. Como en todo lo que sucede en la Iglesia, hay luces y sombras.

            En el informe se ha insistido mucho en que todos formamos la Iglesia de Cristo y en ella todos tenemos nuestra voz y nuestro compromiso personal. La consulta realizada ha servido para sentirnos libres a la hora de expresar cómo es nuestra adhesión a la iglesia y cuál es nuestra participación real en ella. Los laicos piden mayor participación en las decisiones de la Iglesia. No sólo ser escuchados, sino atendidos en aquello que legítimamente piden. De los sacerdotes, piden cercanía, acompañamiento, tiempo de escucha. Hay una estima por el culto, especialmente, la Eucaristía, aunque echan de menos mayor preparación de las homilías, más adaptadas a la situación actual de la sociedad. Desean que las celebraciones sean más vivas, exentas de rutina y pasividad. Reconocen también los laicos que necesitan más espiritualidad y formación para poder asumir tareas en la Iglesia. No se trata de «clericalizar» a los lacios, sino de ayudarles a vivir su vocación laical en una sociedad muy secularizada, que necesita el testimonio vivo de los creyentes. Para ello, reconocen que la formación es imprescindible.

            Muchas de las propuestas son ya una realidad en la Diócesis de Segovia, aunque no en todos los ámbitos y parroquias: consejos pastorales y económicos, participación en decisiones diocesanas (como el Plan Diocesano de Pastoral), vitalización de los arciprestazgos, escuela de teología para laicos y un largo etcétera que no todos conocen. Otras propuestas son perfectamente asumibles, en la medida en que todos vivamos la sinodalidad.

            También hay sombras en las aportaciones. Bien por el silencio de temas fundamentales como el de la vida moral de los cristianos, que implica la conversión personal y comunitaria y, por consecuencia, la práctica del Sacramento de la Reconciliación; bien por una comprensión errónea de la llamada adaptación de la Iglesia a la sociedad, que parte del supuesto de que los criterios socializados como válidos deben ser asumidos por la iglesia: ideología de género, abolición del celibato, sacerdocio femenino, concepto de familia, matrimonio entre personas del mismo sexo, aborto, etc. Es obvio que la Iglesia debe adaptarse a los tiempos modernos, pero ¿de qué adaptación se trata? ¿qué se entiende por modernidad? ¿Acaso el modo de vivir la sociedad actual es criterio de discernimiento para la adaptación que la Iglesia necesita? Esto significaría la renuncia al Evangelio, único criterio válido para cualquier reforma en la Iglesia. Pentecostés supuso la irrupción del Espíritu que cambió los esquemas de la cultura grecorromana y judía. El Sínodo, como dice el Papa Francisco, conlleva la apertura al Espíritu de Pentecostés que se actualiza en cada momento de la historia para conducir a la humanidad hacia su plenitud. Hay que escuchar a la sociedad, ciertamente, pero no para seguir gregariamente sus criterios ni sus postulados, sino para descubrir en ella la llamada que el Espíritu nos hace para inculturar el Evangelio, sin perder su perenne novedad como han hecho los grandes santos reformadores de la Iglesia. Solo así el sínodo podrá ser una poderosa luz que nos guíe en el camino de la evangelización que necesita nuestra sociedad tan carente de referencias trascendentes, espirituales y morales.

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