Secretariado de Medios

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La Cuaresma es tiempo de purificación. Y eso es lo que hace Jesús en el templo de Jerusalén —purificarlo—, cuando observa que se ha convertido en un mercado, según dice el Evangelio de hoy. En tiempo de Jesús, con ocasión de la Pascua, las autoridades del templo permitían que en uno de sus atrios se ofrecieran a los peregrinos animales para los sacrificios y que, para los que venían de otros países, hubiera cambistas de monedas, que facilitaran las ofrendas. Ante este abuso, Jesús realiza un gesto de purificación que va más lejos de lo que parece a primera vista. Fabrica un látigo con algunas cuerdas y expulsa a los animales y vuelca las mesas de los cambistas con estas palabras: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Esta referencia al templo convertido en «mercado» alude al profeta Zacarías: «Aquel día no quedará ni un mercader en el templo del Señor del universo» (14,21). El evangelista, por tanto, ve en el gesto de Jesús el cumplimiento de esta purificación.

El gesto de Jesús provocó sorpresa en sus discípulos y en las autoridades del templo. Dice el relato que los primeros recordaron las palabras del salmo 69, 9: «El celo de tu casa me devora». Llama la atención, sin embargo, que el evangelista no dice «me devora», sino «me devorará», cambiando el tiempo del verbo. No es un dato accidental. Este salmo es una plegaria de un inocente perseguido. Jesús es, precisamente, ese inocente, que, a causa de esta purificación del templo, sufrirá persecución por parte de las autoridades religiosas de Israel. Por esta razón, el evangelista dice «el celo de tu casa me devorará». Naturalmente, los discípulos solo entendieron esto plenamente después de la resurrección.

En cuanto a las autoridades religiosas del templo, dice el evangelista que —sorprendidos sin duda por la acción de Jesús— le hacen esta pregunta: «¿Qué signos nos muestras para actuar así»—. La respuesta de Jesús es enigmática: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Sus oponentes la entienden en sentido literal y, naturalmente, le replican con cierto sarcasmo: «Cuarenta seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Se explica que el evangelista, que escribe después de la resurrección, se vea obligado a precisar lo que Jesús calla: «Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos se acordaron de lo que había dicho y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús».

Con estas aclaraciones, el gesto de Cristo alcanza una significación trascendental: Por la muerte y la resurrección Jesús se ha convertido en el definitivo templo de Dios. La muerte que le devorará no tendrá dominio definitivo sobre él, sino que su cuerpo será «levantado» del sepulcro y se convertirá, como dice san Pablo, en «Espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). Jesús no atacaba al templo de Jerusalén, al que acudió varias veces en peregrinación como piadoso judío. Al purificar el templo de lo que consideró ser un abuso, anunciaba ya su propio drama personal que le llevaría a la muerte como camino hacia la resurrección.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, esta acción profética de Jesús nos ayudará sin duda a purificar nuestro concepto del culto que realizamos para no olvidar que, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, no sólo hemos sido purificados en el bautismo de todo pecado y obra mala, sino trasformados, a su imagen, en templos vivos de Dios que no pueden convertirse en «mercados» por acciones que contradicen nuestra fe y que nos desacreditan ante el mundo. «¿No sabéis —dice san Pablo— que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?».

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

Jueves, 04 Marzo 2021 09:01

Marzo 2021

7 de marzo. III Domingo de Cuaresma

La expulsión de los mercaderes del Templo la narran los cuatro dvangelistas. Es significativo que Jesús realice este gesto antes de la fiesta de la Pascua, la principal celebración judía. De nuevo surge el conflicto entre los que cifraban su religiosidad en el culto externo, y la postura de Jesús que, sin despreciar los ritos, antepone la disposición del corazón. Inaugura un tiempo nuevo, en el que Él mismo será el nuevo Templo y el Cordero ofrecido por todos nosotros en la nueva Pascua. San Pablo, en I Cor 5,7, lo expresa así: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado».

14 de marzo. IV Domingo de Cuaresma

En el relato del encuentro entre Jesús y Nicodemo, el Señor va mostrando la superioridad de su sacrificio, subiendo a la cruz, frente al gesto de Moisés en el desierto. Es la mayor prueba del amor del Padre, entregando a la muerte a su Hijo, para que el mundo tenga vida eterna. Mediante la cruz Jesús ha vencido al mal, al pecado y a la muerte, y nos ha abierto las puertas de la vida eterna. El evangelista Juan hace notar que, cuando Nicodemo va a ver a Jesús, era de noche, mientras que Jesús se manifiesta como luz del mundo.

19 de marzo. Solemnidad de san José

San Mateo describe a san José con una frase que expresa toda su grandeza: «Era un hombre JUSTO». Se fía de Dios, acepta la maternidad de María y cuida de Jesús, de ahí el título que le dio san Juan Pablo II, como Redemptoris custos, y todo desde el silencio.

21 de marzo. V Domingo de Cuaresma

Ya se acerca el momento en que Jesús va a entregar su vida. Unos extranjeros quieren verle, pero Jesús ya está preparando su tránsito y les habla del grano de trigo que debe morir para que dé fruto. El símil del grano de trigo se identifica en los Evangelios sinópticos con la simiente que, caída en tierra buena, será el fundamento de la extensión del Reino de Dios. Jesús, por un lado, siente la angustia de enfrentarse a su próxima Pasión y Muerte, pero, por otro, acepta su misión con el gozo de saber que con su muerte atraerá a todos hacia Él.

28 de marzo. Domingo de Ramos

La entrada triunfante de Jesús en Jerusalén marca el fin de un viaje iniciado en Galilea, que terminará en la ciudad santa. Hacerlo subido en un borrico tiene un sentido de cumplimiento de la profecía veterotestamentaria, presentando a Jesús como Mesías-Rey, pero, al mismo tiempo, la cabalgadura que utiliza nos habla de humildad y sencillez. En el Evangelio de san Marcos se va mostrando poco a poco la identidad de Jesús, invitando al lector a ir descubriéndolo, pero al final de su camino presenta abiertamente a Jesús como el Mesías anunciado por los profetas.

Miguel Ángel Ramos
Consejo Pastoral Arciprestazgo de Segovia

semana santa dentro

 

Después de un año entero, nuestro mundo sigue afrontando la lucha contra la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias, auténtico drama que ha afectado a casi todas las dimensiones de la vida de las personas.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos nos recuerda que la pandemia también ha influido en la vida litúrgica de la Iglesia, y que “las normas y directrices contenidas en los libros litúrgicos, concebidas para tiempos normales, no son enteramente aplicables en tiempos excepcionales de crisis como estos”[1].

De cara a las celebraciones de la Semana Santa y del Triduo Pascual, en este año 2021, que por segunda vez se desarrollan estas circunstancias difíciles, la Comisión Episcopal para la Liturgia de la Conferencia Episcopal Española quiere acoger las indicaciones de la Congregación para dichas celebraciones, publicadas en la Nota para los Obispos y las conferencias episcopales sobre la Semana Santa 2021, del pasado 17 de febrero.

Se ha hecho un esfuerzo para adaptarlas a la realidad y circunstancias de nuestro país, y ofrecerlas a los Obispos de España, máximos responsables y moderadores de la vida litúrgica en sus respectivas diócesis, como instrumento y orientación para vivir el momento central del Año Litúrgico y de la vida de la Iglesia.

Con esa finalidad, y teniendo en cuenta la situación de la pandemia en España en este año 2021, se proponen a continuación las siguientes observaciones de carácter general y las de cada una de las celebraciones de la Semana Santa y del Triduo Pascual.

 

Observaciones de carácter general

 

  • Siempre que sea posible, desde un discernimiento responsable que ha de hacer cada fiel, se recomienda la participación presencial en la celebración, formando parte activa de la asamblea.
  • Aquellos fieles que, por razón de edad, enfermedad, o de prudencia sanitaria, no puedan participar presencialmente en las celebraciones, síganlas por los medios de comunicación[2].
  • En todas las celebraciones se deberán respetar las normas emanadas de las autoridades sanitarias en la lucha contra el virus: el aforo de los templos, las recomendaciones sanitarias e higiénicas para hacer de los lugares de culto espacios sanos y seguros, el uso de la mascarilla, disponibilidad de gel hidroalcohólico, distancia social, ventilación de los espacios, etc.
  • Prepárense con sumo cuidado las celebraciones, eligiendo bien las alternativas que propone la Liturgia y acogiendo de buen grado las indicaciones para adaptarlas a este tiempo de pandemia.
  • En las distintas celebraciones se ha de reducir al mínimo necesario el número de ministros que intervienen –acólitos, lectores, etc.–, sin que ello desdiga de la dignidad de la celebración.
  • El canto no está prohibido, siempre y cuando no exista alguna indicación expresa de las autoritarias sanitarias y se haga con las medidas de precaución adecuadas –uso de mascarilla en todo momento y distancia de seguridad entre las personas–. No es aconsejable el canto o la música grabados.
  • Evítese la distribución de subsidios para el canto en soporte de papel, o cualquier tipo de folleto explicativo de la celebración, por el riesgo que conllevan ante un posible contagio.
  • Instrúyase a los fieles para recibir la comunión de manera segura y ordenada, atendiendo a las disposiciones del Obispo diocesano, procurando que este gesto central de la celebración se haga de la mejor manera posible.
  • Para el bien de los fieles, en el caso de que los aforos permitidos en las iglesias sean un grave problema para la participación, el Obispo diocesano puede autorizar a que se hagan varias celebraciones en el mismo templo en horas sucesivas, siempre y cuando esto se haga verdaderamente para utilidad de los fieles y en circunstancias de real necesidad.
  • De cara a que los enfermos y las personas en confinamiento o de alto riesgo puedan seguir las celebraciones desde sus casas, se anima a que sean retransmitidas las presididas por el Obispo en la catedral, como signo de unidad de la diócesis.
  • Procúrese que estas celebraciones sean verdaderamente ejemplares en su preparación y desarrollo. Se excluyen, en cualquier caso, las grabaciones en diferido de las mismas.
  • Cuando no se puedan realizar las celebraciones con participación del pueblo, ofrézcase a los fieles la posibilidad de celebrar la Liturgia de las Horas, especialmente las Laudes y las Vísperas de cada día y el Oficio de Lectura. A tal efecto el subsidio La Hora de Jesús, que contiene los textos de las celebraciones de la Semana Santa y que incluye también la Liturgia de las Horas para estos días, puede ser un instrumento muy útil. También se recuerda que se puede hacer uso de la aplicación oficial de la Liturgia de las Horas para dispositivos móviles, recientemente publicada por la Conferencia Episcopal.
  • Los sacerdotes que estén afectados por el virus y estén confinados procuren también celebrar los distintos ritos, en la medida de lo posible y si su salud se lo permite.
  • Se recomienda vivamente que se cuide y fomente el Sacramento de la Penitencia. Se ruega a los sacerdotes una mayor disponibilidad para que los fieles puedan celebrar este Sacramento, con todas las medidas de precaución, distancia social y discreción.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor 

  • Para la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén se evitará la forma primera descrita por el Misal –procesión–.
  • En las catedrales se utilizará la forma segunda –entrada solemne–, al menos en la misa principal. Los fieles permanecerán en sus lugares y se hará la bendición y la proclamación del evangelio desde un lugar, dentro de la iglesia, en el que los fieles puedan ver el rito. En la procesión al altar puede participar una representación de los fieles junto con el Obispo y los ministros.
  • En las parroquias y demás lugares de culto se utilizará la forma tercera –entrada simple–.

Misa Crismal

  • A juicio del Obispo la fecha de la Misa crismal puede trasladarse al día que parezca más adecuado.
  • Si las normas sobre aforos no permiten la asistencia de todos los sacerdotes de la diócesis y es necesario también limitar el número de fieles, procure el Obispo que al menos pueda hacerlo una representación del presbiterio –por ejemplo, el consejo episcopal, o el consejo presbiteral, o los arciprestes– y un grupo de fieles, y que la celebración sea retransmitida, de modo que quienes hubiesen querido asistir, muy en particularmente el resto del clero, puedan al menos seguirla por estos medios.

Jueves Santo

  • De forma excepcional, al igual que el año pasado, los sacerdotes tienen la facultad de celebrar este día la Misa sin el pueblo, si concurren circunstancias que así lo aconsejen –por ejemplo, el contagio con el virus del propio sacerdote o el confinamiento de una población–. Quienes no tengan la posibilidad de celebrar la Misa rezarán preferentemente las Vísperas.
  • Ha de omitirse el rito del lavatorio de los pies.
  • Dado que este año la celebración se hará, en la mayor parte de los casos, con alguna participación del pueblo, no se omita la procesión y la reserva del Santísimo Sacramento para la adoración y la comunión al día siguiente. Facilítese, en la medida de lo posible, que los fieles puedan dedicar un tiempo de adoración, respetando siempre los horarios de restricción de la libre circulación de los ciudadanos que se establezcan en cada lugar.
  • Si se van a celebrar varias Misas de la Cena del Señor en la misma iglesia, háganse siempre por la tarde, y omítase, salvo en la última, la reserva solemne del Santísimo.
  • Si no se va a celebrar el Triduo completo en alguna iglesia, no se haga la reserva eucarística solemne. Además, si no se ha celebrado la Misa vespertina de la Cena del Señor, evítese una adoración eucarística desvinculada de dicha celebración.
  • Si la celebración es sin participación del pueblo, se omite la procesión, y la reserva se hace en el sagrario habitual.

Viernes Santo

  • Se ha de asegurar la celebración de la Pasión del Señor, por lo menos, en la Catedral, en los templos parroquiales, al menos en los principales, y en aquellos de mayor capacidad dentro de las zonas pastorales establecidas en cada Diócesis.
  • En la oración universal se utilizará el formulario habitual con el añadido de la intención especial que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el pasado año (Decreto Prot. N. 155/20). El texto de la intención, que se añade entre la IX y la X, es el siguiente:
    • XIb. Por quienes sufren en tiempos de pandemia

      • Oremos también por todos los que sufren las consecuencias de la pandemia actual: para que Dios Padre conceda la salud a los enfermos, fortaleza al personal sanitario, consuelo a las familias y la salvación a todas las víctimas que han muerto.

        Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

        Dios todopoderoso y eterno,

        singular protector en la enfermedad humana,

        mira compasivo la aflicción de tus hijos

        que padecen esta pandemia;

        alivia el dolor de los enfermos,

        da fuerza a quienes los cuidan,

        acoge en tu paz a los que han muerto

        y, mientras dura esta tribulación,

        haz que todos

        puedan encontrar alivio en tu misericordia.

        Por Jesucristo, nuestro Señor.

        R. Amén.

        • En el momento de la adoración de la cruz el celebrante lo hará con una genuflexión o una inclinación profunda. El resto de la asamblea lo hará por medio de una genuflexión o inclinación profunda cuando la cruz sea mostrada, y lo harán cada uno sin moverse de su lugar. Se podría invitar, también, a todos los participantes a la liturgia a que hagan un momento de oración, en silencio, mientras se contempla la cruz. Se evitará, en cualquier caso, la procesión de los fieles en este momento de la celebración.

Vigilia Pascual

  • Se procurará su celebración al menos en la Catedral y en las iglesias parroquiales principales, que posean un aforo suficiente para que puedan participar los fieles con seguridad.
  • Dependiendo de las normas civiles que se hayan establecido en cada lugar sobre restricción de la libre circulación de los ciudadanos, elíjase una hora adecuada para el comienzo de la celebración que facilite a los fieles la participación en la misma y el regreso a sus casas al finalizar.
  • El “inicio de la vigilia o lucernario” se puede hacer a la entrada del templo. El celebrante principal deberá estar acompañado por un número limitado de ministros, mientras todos los fieles se mantendrán en sus lugares. Se bendice el fuego, se hacen los ritos de preparación y se enciende el cirio tal como indica el Misal. El sacerdote y los ministros, manteniendo la distancia de seguridad, hacen la procesión por el pasillo central y se cantan las tres invocaciones “Luz de Cristo”. No es recomendable repartir entre los fieles las velas y que las vayan encendido del cirio y luego pasen la luz unos a otros. Después de las invocaciones se canta el Pregón Pascual.
  • Sigue la “Liturgia de la palabra”. Por razones de brevedad puede acortarse el número de las lecturas, pero procúrese darle la relevancia adecuada a este momento de la celebración. En ningún caso se debería reducir a una Liturgia de la Palabra normal de un domingo, únicamente con tres lecturas.
  • La “Liturgia bautismal” se celebra tal y como viene indicada en el Misal. La presencia de la asamblea aconseja no omitir el rito de la aspersión después de la renovación de las promesas bautismales. Tómese la precaución, sin embargo, de evitar el contacto con el agua que se va a bendecir cuando esta se prepare, y que el sacerdote higienice las manos con gel hidroalcohólico antes de la aspersión.
  • No parece aconsejable, dadas las circunstancias, celebrar el bautismo de niños durante la Vigilia Pascual. Si se han de administrar los sacramentos de la Iniciación Cristiana a adultos o si al final se celebra el bautismo de algún niño, hágase con todas las medidas higiénicas y sanitarias que garanticen que los signos y ritos se hagan adecuadamente, pero de forma segura, especialmente los que implican el contacto, como las unciones.
  • Quienes no puedan participar en la solemne Vigilia Pascual pueden rezar el Oficio de lectura indicado para el Domingo de Pascua en la resurrección del Señor, con el deseo de unirse a toda la Iglesia en la celebración del misterio pascual.

 

Esperando que estas orientaciones sean acogidas de buen grado en las Iglesias particulares que peregrinan en España, seguimos rezando por el fin de la pandemia, por los difuntos, los enfermos y sus familias, y por todos los que dedican su esfuerzo a paliar las consecuencias de esta crisis que estamos viviendo, esperando que la celebración de los días de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor sean un auténtico encuentro con Él, que fortalezca la fe, esperanza y caridad de todos los fieles.

Madrid, 3 de marzo de 2021

 

+ José Leonardo Lemos, obispo de Ourense. Presidente de la CEL
+ Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia
+ Ángel Fernández, obispo de Albacete
+ Jesús Murgui, obispo de Orihuela-Alicante
+ Manuel Sánchez, obispo de Santander
+ Juan Antonio Aznárez, obispo auxiliar de Pamplona y Tudela
+ Julián López, obispo emérito de León
+ Ángel Rubio, obispo emérito de Segovia


[1] Nota para los Obispos y las conferencias episcopales sobre la Semana Santa 2021 (Prot. N. 96/21)

[2] cf. Carta del Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a los Presidentes de las Conferencias Episcopales ¡Volvamos con alegría a la Eucaristía!, 15 de agosto de 2020, Prot. N. 432/20.

Fuente: Conferencia Episcopal Española

Lunes, 01 Marzo 2021 09:10

REVISTA DIOCESANA MARZO 2021

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El Evangelio de hoy tiene como escenario el monte Tabor. En la actualidad, existe allí una hermosa basílica que recuerda la Transfiguración de Jesús, cuyo relato leemos hoy en la Liturgia. En el mosaico que representa la escena sobre el altar mayor, aparecen Elías y Moisés hablando con Jesús. Estos dos personajes fueron testigos de teofanías en el monte Horeb o Sinaí. Ahora, parece que Jesús les convoca en el Tabor para hablar de su destino de muerte y gloria. Por eso, leemos este pasaje al adentrarnos en la Cuaresma, camino de la Pascua.

La importancia de Elías y Moisés en el relato de la transfiguración es muy significativa. Elías representa el profetismo de Israel por su celo al defender la unicidad del verdadero Dios. Moisés representa la ley, pues la recibió de manos de Dios como signo de la alianza con su pueblo. Jesús es la culminación y superación de la ley y de los profetas. Por eso, cuando camina con los discípulos de Emaús, después de la Resurrección, les habla de sí mismo «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas». Todo lo que Jesús dice y hace está en conformidad con las Escrituras, expresión técnica para decir que algo sucede según la voluntad de Dios.

Antes de transfigurarse en el Tabor, Jesús habló a sus discípulos de su muerte y resurrección sin que estos entendieran. El pensamiento de la muerte sobrevolaba por la imaginación de los discípulos como algo inadecuado para el Mesías. Jesús, para ayudarles a entender, toma a Pedro, Santiago y Juan y sube con ellos al Tabor. La elección de estos tres discípulos está justificada: son los mismos que contemplarán con sus propios ojos la agonía de Jesús en Getsemaní, donde, según Lucas, suda sangre ante el terror de la muerte. La transfiguración, desde esta perspectiva, ayudará a los discípulos a comprender que la cruz es el camino de la gloria, como dice el prefacio de la misa de este domingo.

A pesar del esfuerzo de Jesús para hacer entender a sus discípulos el plan de Dios sobre él, y a pesar de este milagro, sabemos que tuvo poco éxito. No entendieron el sentido de la muerte ni el misterio de la resurrección. Después de la visión, Jesús les prohíbe contar a nadie lo que habían visto «hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos». Y añade el evangelista que «esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos».

Cuando la mañana de la resurrección Pedro y Juan corren hacia el sepulcro, al conocer por María Magdalena que la piedra había sido removida, y contemplan el sepulcro vacío y el lienzo y el sudario colocados en su sitio, dice el evangelista que «hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). A pesar del anuncio de Jesús y de la transfiguración, no creían. La fe cristiana no es un invento de gente crédula ni un mito construido por discípulos deseosos de que la causa de Jesús perviviera, como dicen los críticos racionalistas. La fe cristiana es el acontecimiento que, por su propio dinamismo, se abre paso en la inteligencia de quienes no creían pero terminan postrándose a los pies del Resucitado por la evidencia de la misma verdad. Después de tantos siglos, muchos cristianos siguen pidiendo a Dios signos para creer más o mejor. Hoy la Iglesia nos invita a subir al Tabor para participar del diálogo que mantiene Jesús con Elías y Moisés —es decir, el diálogo con las Escrituras— y comprender que Dios ha realizado su plan con Jesús, que pasa por la muerte para llegar a la gloria. ¿Acaso no es esto la Cuaresma? Caminar con Jesús hacia la Pascua reconociendo que en su misterio pascual nos ha redimido del pecado y de la muerte.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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Siguiendo la costumbre de los últimos años, el colectivo de Amigos de don Antonio Palenzuela ha recordado este lunes 22 de febrero al que fue Obispo de Segovia entre los años 1970 y 1995. Gran pensador sobre los temas sociales de nuestro tiempo, todavía es recordado con cariño por muchos segovianos por su carácter asequible y por ser uno de los renovadores de la Iglesia española con la aplicación de las directrices emanadas del Concilio Vaticano II.

El acto, consistente en la colocación de una corona de siemprevivas junto a la placa que lo recuerda en el muro de las Hermanitas de los Pobres en la capital segoviana, ha sido más íntimo que en ocasiones anteriores debido a la prudencia que impone la actual pandemia de COVID. Este año, no se han organizado actos religiosos ni culturales, como sí se ha hecho en los anteriores, por el mismo motivo.

Don Mariano Sanz González, actual vicario judicial de la Diócesis, ha sido el encargado de leer un texto en su memoria, en el que ha destacado la especial preocupación de don Antonio por los jóvenes, a los que procuraba mostrarse siempre cercano.
Los Amigos de don Antonio Palenzuela agradecen a la sociedad segoviana el cariño que sigue mostrando al que fue su pastor durante un cuarto de siglo, de feliz memoria para todos.

 

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Lea y descargue aquí el texto leído por D. Mariano Sanz en el acto de homenaje

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El presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, ha firmado un acuerdo ante el actual escenario epidemiológico de la región. En virtud de este, se establece la conveniencia de ponderar la intensidad de las medidas restrictivas en espacios de culto, estableciendo parámetros que equilibren tales limitaciones en función de la dimensión de los templos.

Con esto se pone fin al numerus clausus, medida criticada desde todas las Diócesis de la región desde que se estableciera por fijar en términos absolutos la limitación máxima de feligreses en los templos. De esta forma, a partir del sábado los lugares de culto habrán de respetar un tercio de su aforo máximo. En cualquier caso, habrán de cumplirse (como se viene haciendo hasta el momento) las medidas de higiene y control encaminadas a evitar la propagación de la pandemia recogidas en el acuerdo 76/2020, de 3 noviembre y que recordamos:

• Diariamente deberán realizarse tareas de limpieza y desinfección de los espacios dedicados al culto y de manera regular se reforzará la desinfección de los objetos que se tocan con mayor frecuencia, así como las tareas de ventilación.

• Se organizarán las entradas y salidas para evitar aglomeraciones de personas en los accesos e inmediaciones de los lugares de culto.

• Se pondrá a disposición del público dispensadores de geles hidroalcohólicos o desinfectantes con actividad virucida, debidamente autorizados y registrados, en lugares accesibles y visibles y, en todo caso en la entrada del lugar de culto. Dichos dispensadores deberán estar siempre en condiciones de uso.

No se permitirá el uso de agua bendecida.

• Se facilitará en el interior de los lugares de culto la distribución de los asistentes señalizando, si fuese necesario, los asientos o zonas utilizables en función del aforo permitido en cada momento.

• Se limitará al menor tiempo posible la duración de los encuentros o celebraciones.

• Durante el desarrollo de las reuniones o celebraciones se deberá evitar el contacto personal así como tocar o besar objetos de devoción u otros objetos que habitualmente se manejen.

• Por último, en el caso de actuaciones de coros durante las celebraciones, estos deberán situarse a más de 4 metros de los asistentes y mantener distancias de seguridad interpersonales entre los integrantes, así como usar la mascarilla en todo momento.

Jueves, 18 Febrero 2021 09:20

«¿Tentación?» Domingo I de Cuaresma

Las tentaciones de Jesús han dado pie a mucha literatura exegética, teológica, literaria y también grotesca. Cualquiera que lea los Evangelios con un mínimo sentido común, observará que nos encontramos ante un hecho común a todo hombre: en su esencia, la tentación —toda tentación— es apartar al hombre de la adoración de Dios. El ansia de poder, de vanagloria y de bienes terrenos son forma de sustituir a Dios. Que Jesús, en cuanto Hijo de Dios, fue tentado es dicho abiertamente en el evangelio. En este domingo, el de Marcos lo dice con la mayor claridad y concisión: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Santanas» (Mc 1,12-13). No puede ser mas breve. Los otros evangelios sinópticos describen las tentaciones con detalles inspirados en pasajes del Antiguo Testamento para presentar a Jesús como el nuevo Israel que peregrina por el desierto sin caer en las tentaciones ante las que sucumbió el pueblo judío.

En el texto de Marcos se afirma algo que conforta a quienes somos tentados a lo largo de la vida. Dice que «el Espíritu empujó a Jesús al desierto». ¿No pedimos en el Padrenuestro que Dios no nos permita entrar en la tentación? ¿Cómo explicar entonces que sea el mismo Espíritu quien empuja a Jesús a desierto, si allí será tentado? El desierto tiene en la Biblia diversos significados: es el lugar de la prueba porque en él, según la tradición, habitaban los demonios. Pero es también lugar del encuentro con Dios. Estos dos aspectos no son contradictorios. La vida del hombre, en su complejidad espiritual, se realiza entre la tensión de la fidelidad a Dios y el apego a los ídolos. El desierto se convierte así en lugar de lucha, de entrenamiento, de fidelidad a la alianza. En sí misma la tentación no es mala: ayuda a conocernos en nuestra debilidad, a luchar por el bien y confiar en la fuerza de Dios. La carta de Santiago nos ofrece este magnífico texto: «Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman. Cuando alguien se vea tentado, que no diga: “Es Dios quien me tienta”; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie. A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Sant 1,12-15).

Jesús quiso ser tentado para ofrecernos el modelo del hombre nuevo que se hace fuerte en la lucha contra el mal. Sucede que en nuestro tiempo descaradamente hedonista nos hemos auto-engañado pensando que todo lo que deseamos es bueno, y nos damos por vencidos antes de que arrecie la tentación. Incluso esta palabra resulta para muchos pasada de moda. ¿Tentación? ¡Cosa de curas o de cristianos timoratos que ven al diablo por todos los rincones! Si no nos gusta la palabra, digamos prueba, ejercicio, entrenamiento. El hombre que renuncia a la lucha en el campo espiritual, cuando es probado, renuncia a su condición espiritual y racional, pues basta la razón para saber que dentro de nosotros el bien y el mal están en duelo permanente. Leamos a los clásicos y a los modernos que han escudriñado el alma humana si queremos ver hasta qué punto el hombre necesita ser empujado por el Espíritu al desierto y aprender la lección que nos da Jesús al oponerse a todo sugerencia e incitación al mal. Sin esta página de la tentación de Jesús, su vida entre nosotros sería inexplicable. Al encarnarse, tenía que parecerse a los hombres en todo para ser misericordioso «pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados» (Heb 2,18).

+ César Franco
Obispo de Segovia

Martes, 16 Febrero 2021 12:40

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA

Papa Francisco Cuaresma

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).
Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

 

 

«Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella para la salvación del mundo». Con estas palabras comienza el Papa Francisco su mensaje para el tiempo de Cuaresma. Un periodo de conversión en el que el pontífice nos llama a renovar nuestra fe, saciar nuestra sed con el agua viva de la esperanza, y recibir el amor de Dios con el corazón abierto.

Las condiciones a través de las que expresamos nuestra conversión son: la privación (el ayuno), los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna), y el diálogo con el Padre (la oración). Y mediante ellas podemos encaminarnos hacia «una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante».

En Cuaresma, vivir la verdad de Cristo significa, como nos recuerda Francisco, dejarse alcanzar por esa Palabra de Dios que la Iglesia nos transmite. Así, vivir el ayuno como una experiencia de privación desde lo sencillo del corazón nos lleva a descubrir de nuevo el don de Dios. Por eso, el Papa asegura que la Cuaresma es «un tiempo para creer», para recibir a Dios y permitirle que more en nuestro interior.

Dice el Santo Padre que «en el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación». No obstante, nos recuerda que la Cuaresma es un tiempo de espera para redirigir nuestra mirada a la paciencia de Dios. Es esperar la reconciliación con el Padre para recibir el perdón y ofrecerlo viviendo un diálogo atento. La oración es fundamental en este tiempo cuaresmal, ya que del recogimiento nos viene la luz interior como iluminación. Así, «vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo».

Nos encontramos finalmente ante la caridad, ese impulso del corazón que nos hace despertar y nos llama a cooperar en comunión. «Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad», nos dice Francisco. De esta forma, vivir este tiempo de caridad nos invita a cuidar a quienes sufren a causa de la pandemia, recordando que ante la incertidumbre Dios siempre está ahí.

El Papa concluye sus palabras recordándonos que cada etapa de nuestras vidas es un tiempo para creer, esperar y amar. Vivir la Cuaresma como un camino de conversión, oración y solidaridad «nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el Espíritu y el amor, cuya fuente es el corazón del Padre».

 

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La próxima semana comienza el tiempo de Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, que nos invita a la conversión. Hay conversiones fulminantes. Son acciones gratuitas de Dios que intervienen con fuerza en la vida de los hombres. Son famosas las de san Pablo, san Agustín, el beato Carlos de Foucauld. Otras conversiones se realizan de modo progresivo y otras muy lentamente, con altos y bajos. Mientras vivimos, siempre estamos en proceso de conversión. La oración, el ayuno y las obras de caridad son medios para abandonar nuestra vida de pecado o de mediocridad y lanzarnos en la carrera de la fe para alcanzar a Cristo.

La conversión más difícil es la de los buenos. ¿A qué me refiero? Con mucha frecuencia, el cristiano se acostumbra a una vida de piedad que cumple con sus aspiraciones: evitar el pecado mortal, ser fiel a los compromisos de su estado de vida, participar en el culto cristiano, hacer apostolado. Todo esto está bien y es necesario. Pero, sin darnos cuenta, podemos acomodarnos a ese nivel determinado de vida cristiana pensando que Dios ya no nos pide más. Es un grave error. Dios no deja de llamarnos a la santidad. Y la santidad tiene como modelo a nuestro Padre del cielo. Así lo dice Jesús en el «Sermón de la Montaña». Cuando santa Teresa de Jesús experimenta su segunda conversión era ya «una buena monja». Sin embargo, experimenta que Dios la llama a algo más: a salir de sus esquemas y organización de vida. Esto es lo que san Ignacio de Loyola, otro converso, llama el «más» a que el Señor puede llamarnos. Todos podemos dar más de sí: más en la oración, más en la caridad y más en las obras de penitencia o de justicia. Estancarse en la propia vida espiritual, es siempre un retroceso o hacer paces con la amenazante tibieza y mediocridad.

Cuando el corazón se enamora de verdad, y no queda prisionero de sus propios gustos, tiende a dar hasta la propia vida. Con Dios sucede lo mismo. En el Antiguo Testamento Dios recibe el calificativo de «celoso» porque lo pide todo, no se contenta con una parte de nuestro corazón. Lo quiere entero. El hombre tiende a hacer cálculos en su entrega a Dios: ¿hasta dónde me doy? ¿qué parte me reservo? Este intento de «compromisos» nos desvía de la rectitud de corazón y de la adoración a Dios «en espíritu y verdad».

Para estimularnos a la santidad, la Cuaresma nos presenta todo lo que Dios ha hecho por el hombre, desde la creación a la redención. Nos pone el ejemplo del amor desbordante de Dios con Israel, su pueblo escogido. Y, sobre todo, pone ante nuestros ojos la figura de Cristo en la cruz, dando la vida por nosotros. Ante semejante amor, la Iglesia nos pregunta: ¿qué debes hacer tú? ¿cuál es la medida de tu entrega a Dios? Por eso, urge contemplar a Cristo en su entrega al Padre y a los hombres para acrecentar en nosotros un amor semejante, que nos arranque de la tibieza, del acomodo, de lo que entendemos por «mi plan de vida». Es muy bueno tener, sin duda, un proyecto de vida, siempre y cuando no cierre las puertas al plan y proyecto de vida que Dios tiene sobre cada uno y que, con frecuencia, apunta a metas más altas. Por eso es más difícil la conversión de los «buenos», que pueden quedarse en el nivel de los tibios, de quienes dice el libro del Apocalipsis: «Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca» (Ap. 3,15-16). ¡Qué pérdida de tiempo sería la vida si, después de haber aspirado a ser santos, solo llegáramos a ser eso que solemos llamar «personas buenas» o cristianos mediocres! Aprovechemos la Cuaresma.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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