«Colaboradores de Dios» Reflexiones sobre la asamblea presbiteral

Queridos hermanos sacerdotes:

            En el último Consejo Presbiteral hicimos balance de la asamblea de sacerdotes celebrada en Ávila los días 7-9 del pasado noviembre. He juzgado oportuno compartir con vosotros mis impresiones personales y las expresadas por los participantes en esta carta que con motivo de la Navidad y Año Nuevo os dirijo con todo afecto de cara al futuro.

            Quiero decir, en primer lugar, que la asamblea ha sido una gracia del Señor por haber convivido juntos quienes formamos un solo presbiterio, por haber fortalecido la fraternidad sacerdotal nacida del sacramento del orden y por haber orado y reflexionado sobre nuestra tarea primordial: la evangelización. Agradezco de nuevo a quienes prepararon con esmero el desarrollo de la asamblea y a quienes participasteis en ella a pesar de tener lugar fuera de Segovia. Según el común sentir de los asistentes, fue un acierto aislarnos durante esos días para atender mejor a la necesidad, sentida hace tiempo, de reflexionar sobre los diversos aspectos de nuestra vida sacerdotal y sobre el futuro de nuestra diócesis. La experiencia muestra que, cuando nos ponemos bajo la acción del Espíritu y reforzamos la responsabilidad común en la misión recibida, siempre hallamos luz.

            Dado que lo vivido en la asamblea presbiteral afecta a todo el presbiterio, quiero dirigirme a todos los sacerdotes. De este modo, quienes no pudieron asistir por diversos motivos pueden participar también de nuestra experiencia.

            Como dije en el inicio de nuestra asamblea, los fines que pretendíamos eran claros: caminar hacia la conversión personal y pastoral, conocernos mejor para fortalecer la comunión y mirar con realismo, discernimiento y esperanza el futuro de la diócesis. Partíamos de un principio teológico y pastoral muy claro: por el sacramento del orden formamos parte de un presbiterio concreto —el de Segovia— y, al mismo tiempo, vivimos la preocupación por todas las Iglesias, típica del único sacerdocio de Cristo. El hecho de que sacerdotes venidos de fuera compartan nuestra responsabilidad pastoral nos enriquece, aunque sea también un reto para la comunión presbiteral que debemos asumir mediante actitudes de acogida y de integración en una diócesis concreta.

            Las cuestiones que se plantearon en las ponencias fueron debatidas en los grupos con sinceridad, objetividad y respeto mutuo.  En el contexto eclesial del Sínodo convocado por el Papa Francisco para 2023, se puede decir que esta asamblea ha sido un ejercicio ejemplar de sinodalidad, tanto por su gestación como por su desarrollo. Por todo ello, damos gracias a Dios.

            Los temas tratados, como sabéis, se concretaron en propuestas que fueron votadas al final de la asamblea para ser presentadas al obispo de cara a su discernimiento, aprobación y puesta en práctica en la medida de las posibilidades que tiene la diócesis. Son pistas para el camino.

            Aunque recibiréis en su momento las propuestas aprobadas en la asamblea, quisiera ofreceros mi reflexión sobre las mismas sin pretender ser exhaustivo, con el fin de dar una visión de conjunto sobre los cuatro temas que ocuparon nuestra atención.

            1. Acerca de dar pasos para una pastoral de conjunto que ayude a reestructurar la Diócesis.

 La situación actual de la diócesis nos urge a pensar en una posible nueva reestructuración de esta atendiendo a los núcleos de población y al número de sacerdotes que tenemos. Reconociendo la dificultad que supone una acción de esta naturaleza, la reflexión se centró en estos aspectos:

  1. Revitalizar los arciprestazgos como lugares de convivencia, trabajo y oración, hasta lograr que sean lugares de encuentros donde compartir la vida. Para ello, conviene revisar el tiempo que dedicamos a la reunión, la periodicidad y el estilo de vida sacerdotal que debemos fomentar.
  2. La importancia de los laicos en la vida de la Iglesia exige que sean escuchados, formados e incorporados a tareas concretas a nivel parroquial, arciprestal y diocesano. Se debe continuar el trabajo iniciado en la formación de los Consejos parroquiales y arciprestales y alentar el trabajo en grupos arciprestales de sacerdotes y laicos.
  3. En orden a una nueva restructuración de la Diócesis, que se considera necesaria, conviene estudiar la agrupación de parroquias que permita mejor distribución del clero; evaluar las experiencias hechas (vicarios foráneos, UPAS, celebradores de la Palabra); preparar equipos de sacerdotes y laicos que trabajen con criterios comunes; potenciar la presencia de laicos en la curia.
  4. Sobre los criterios comunes para una pastoral de conjunto en la diócesis, se valoró positivamente la celebración de un encuentro anual de sacerdotes, potenciar la sinodalidad y dar a conocer la normativa y los diversos directorios ya existentes.

2.  Acerca de cómo mejorar la acogida e integración de los sacerdotes extradiocesanos y nuestra comunión presbiteral.

  1. Además de potenciar lo que se realiza actualmente, se insistió en la conveniencia de formar un grupo de sacerdotes que, junto al Vicario para el Clero, faciliten la acogida de los sacerdotes que vienen a trabajar en la diócesis (un sacerdote de su cultura, el arcipreste o un sacerdote del arciprestazgo donde se integra).
  2. Atender a las necesidades concretas y acompañar al sacerdote durante un tiempo prudencial antes de incorporarlo a tareas ministeriales.
  3. Clarificar con él y el arcipreste su disponibilidad y tiempo de su presencia.
  4. Darle a conocer los criterios diocesanos sobre la acción pastoral, economía y aspectos organizativos.

3. Acerca del acompañamiento de los sacerdotes

La reflexión sobre este tema se orientó a las características que deben tener los sacerdotes que acompañan (cercanía, paciencia, capacidad de escucha), aunque se reconoció que no siempre se encuentran todas en la misma persona. Se destacó la disponibilidad para visitar a los sacerdotes en los lugares de trabajo. Entre los que formasen el grupo, debería haber un sacerdote extradiocesano que haya pasado por esta experiencia. Los sacerdotes dedicados a esta tarea, aunque trabajen en coordinación con el Consejo de gobierno, no deben ser miembros de él.

4. Acerca de la formación integral

Entre las propuestas más destacadas sobre la formación integral de los sacerdotes, señalo las siguientes:

  1. Temas que susciten interés por su actualidad e importancia.
  2. Temas sobre problemas humanos, de consistencia humanística e intelectual.
  3. Temas que compaginen la formación intelectual con los aspectos de la vida ordinaria (la soledad, el ocio, la convivencia).
  4. El tema de la sinodalidad.
  5. Temas sugeridos por los arciprestazgos.

Es obvio que esta síntesis de los asuntos debatidos y las propuestas no agota la riqueza de la reflexión, aunque permite hacerse una idea de las preocupaciones pastorales del presbiterio. Como entramado de los diversos bloques es fácil descubrir la necesidad que todos experimentamos de evangelizar en un cambio de época que exige más creatividad, discernimiento y, sobre todo, generosidad. El reconocimiento de nuestra pobreza y limitación fue también una constante en los momentos de oración y reflexión. Sin embargo, durante toda la asamblea prevaleció la esperanza basada en la certeza de que Cristo nos ha elegido para hacernos testigos y apóstoles en nuestro mundo.

Si observamos bien los bloques temáticos, encontramos una serie de características comunes en todos ellos, que podríamos resumir de esta manera:

1) La importancia de la persona del presbítero y de sus circunstancias concretas que debe impregnar nuestra relación fraterna y ministerial. Somos hermanos y debemos acogernos unos a otros como tales.

            2) La necesidad de la comunión presbiteral para llevar adelante la única misión de la Iglesia. Esta comunión nos exige a todos vivir lo esencial de nuestro ministerio al servicio de los hombres. No somos piezas de recambio ni meros funcionarios. Nuestra vida se explica desde la elección de Cristo y el envío misionero. El mutuo acompañamiento es un signo de la fraternidad derivada del sacramento del orden.

            3) La diócesis es la viña del Señor a la que debemos servir con disponibilidad atendiendo a sus necesidades reales, que son las de las personas que la forman. Los laicos son copartícipes de la única misión de Cristo. Son necesarios para realizar la evangelización y deben ser formados en orden a la misión.

            4) Las estructuras diocesanas (curia, arciprestazgo, parroquias) deben adaptarse a las necesidades reales de la evangelización en una sociedad que se muestra indiferente o rechaza la trascendencia. Debemos aprender a vivir en la dialéctica de atender a los que creen y suscitar la fe en los incrédulos e indiferentes.

            5) La acción misionera no será posible si no vivimos en la unidad de criterios que nace de la comunión eclesial y de la historia concreta de nuestra diócesis, plasmada en orientaciones doctrinales, directorios, planes de pastoral y otros documentos que nos dirigen hacia el futuro.

            6) Aunque figure como último apartado, es esencial que la misión parta siempre de la configuración con Cristo, Señor y Maestro de nuestras vidas. La conversión constante a su persona, mediante la oración, la experiencia de la gracia sacramental y la constante formación espiritual y teológica es el fundamento de una evangelización fecunda, aunque no recojamos la frutos esperados, pues «ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios que hace crecer… nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios» (1 Cor 3, 7-9).

            En la asamblea no abordamos todos los temas de nuestra vida sacerdotal. Los momentos largos de oración bien cuidada nos situaban ante la necesidad de orar más y mejor y nos interrogaron sobre el lugar que ocupa la oración en nuestra vida. Tampoco se abordó el tema de las vocaciones al ministerio y la pastoral vocacional en general sin la que es imposible entregar el testigo de la fe a las nuevas generaciones. Reflexionamos sobre la necesidad de agrupar parroquias, pero sin plantear paralelamente la posibilidad de vida en equipo de los sacerdotes para atender las necesidades pastorales de posibles agrupaciones. Tiempo habrá para ampliar la reflexión y buscar caminos de solución para problemas tan complejos. Seguramente la experiencia nos ayudará a discernir lo posible de lo deseable y lo real de lo ideal. Si nos situamos bajo la acción del Espíritu, siempre hallaremos luz y fuerza para el camino.

            Os invito a todos, hermanos sacerdotes, a poner en juego todas vuestras capacidades y especialmente la disponibilidad para el servicio de modo que el Señor nos confirme cada día en su llamada y nos envíe a su viña como fieles trabajadores cuyo salario es la dicha de predicar el evangelio de la salvación.

            Os deseo a todos que la cercana fiesta de Navidad revitalice la admiración ante el Verbo hecho carne y haga crecer el conocimiento y amor de quien nos ha redimido con la entrega de su vida.

            Con mi afecto en el Señor

            En Segovia, 14 de diciembre de 2021, fiesta de san Juan de la Cruz.

 

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